En medio de la oscuridad, una figura altiva avanzó con paso firme hacia los restos de una puerta marchita. Montones de escombros bloqueaban completamente la visión más allá.
—Se?or… hemos logrado retirar gran parte de los escombros. —dijo una de sus subordinadas, con la voz temblorosa —Haremos lo posible por quitar los que quedan…
—No importa… —respondió el Anciano, su voz profunda y serena imponía respeto —Esto no es nada…
Sin prisa, el anciano encapuchado alzó dos dedos. De las yemas brotó un fulgor azul que iluminó la oscuridad con una energía ominosa y vibrante. En cuestión de segundos, los escombros comenzaron a vibrar. Uno a uno, flotaron en el aire, desafiando la gravedad, como si temieran resistirse a su voluntad.
La entrada se despejó por completo. Su subordinada, maravillada ante semejante despliegue de poder, observó sin aliento cómo la entrada parecía reconstruirse sola.
—?Increíble, mi se?or!
—No hagas un escándalo por esto… —gru?ó el anciano con un poco de molestia.
Ella se inclinó de inmediato, pidiendo disculpas en un murmullo. El anciano cruzó el umbral del laboratorio, manteniendo los escombros suspendidos sobre él sin el menor esfuerzo. A cada paso, su túnica rozaba cuerpos descompuestos y maquinaria corroída por el tiempo. El hedor era insoportable, pero él caminaba como si nada lo afectara. Al fondo, semi oculto entre sombras y ruinas, se alzaba el portal.
—Ah… por fin…
Se arrodilló con solemnidad ante los restos del umbral. Uno por uno, retiró los fragmentos de piedra hasta dar con el corazón del portal. La piedra angular, el núcleo que permitía abrir dimensiones.
—Bien…
Con un leve gesto, la piedra estalló en mil fragmentos, revelando una gema interna de un rojo brillante que parecía contener un latido. Era como si la misma esencia del universo palpitara dentro de ella.
—Ah… “El Primer Fragmento”… por fin en mis manos…
El cristal pulsaba con una intensidad creciente, desprendiendo una energía oscura que parecía hablarle en un idioma antiguo. El anciano extendió su mano, y el fragmento voló hasta él como un pájaro llamado por su amo.
?Con esto… el primero y el segundo fragmento están bajo mi poder… ahora…?
—Sombra, acércate.
Como surgida de las propias sombras, la mujer apareció a su lado y se arrodilló reverente.
—?Ordene, mi se?or!
—Informa a la investigadora Wallace que el primer fragmento ha sido recuperado. Exijo un informe completo de sus avances este mes. Además, ordénale continuar con la purificación de los distritos… necesito tiempo.
—?Sí, se?or!
—Bien… —dijo, retirándose la capucha y revelando el rostro imperturbable del director —Tengo asuntos urgentes que atender… puedes retirarte.
La sombra desapareció en un suspiro, desvaneciéndose entre las ruinas. El director dio media vuelta. Con un chasquido de dedos, las ruinas volvieron a caer, cerrando el paso con un estruendo atronador. Sin mirar atrás, abandonó el corazón del coliseo.
En otro rincón de la dimensión…
Cáliban y Reinhard yacían en el suelo, arrojados violentamente a una gran distancia, casi al borde del plano dimensional. Un rayo púrpura los había alcanzado, dejando a Cáliban con una herida abierta por la que aún chispeaba una electricidad vibrante. Su cuerpo ardía desde dentro, como si fuera consumido por una llama invisible.
Jadeando, intentó mantenerse consciente. El dolor era insoportable. A su lado, Reinhard convulsionaba con violencia; su pecho ennegrecido subía y bajaba mientras luchaba por respirar.
—?Mierda! —gruno con los dientes apretados —?Debo hacer algo o moriremos los dos…!
Trató de meditar para calmar el rayo que rugía dentro de él, pero un chillido punzante le atravesó la mente. Ocelotl también sufría. Su vínculo resonaba con un dolor insoportable.
Finalmente, cayó de rodillas, derrotado por el sufrimiento. Sin embargo, justo cuando la oscuridad amenazaba con tragárselo, una luz carmesí los envolvió. Un resplandor cálido y misterioso lo protegía. El grimorio ancestral se desplegó frente a ellos, sus páginas giraban con voluntad propia. Comenzó a absorber el rayo púrpura que lo consumía, devorando cada chispa, cada residuo de energía maldita.
El alivio fue casi inmediato. Cáliban pudo respirar.
En ese instante, dos figuras surgieron del bosque púrpura. Eran Adelina y Xander, que corrían desesperados entre la maleza.
—?Se?or!
—?Jefe!
—?Estoy bien! —exclamó Cáliban con voz ronca, se?alando a Reinhard —?Ayúdenlo a él!
Cáliban se llevó la mano al pecho. Aunque el rayo había abandonado su cuerpo, aún sentía el ardor punzante que recorría cada nervio como brasas vivas. El dolor persistía, anclado en su carne como si no quisiera liberarlo.
Xander se inclinó rápidamente junto al cuerpo de Reinhard, que seguía convulsionando sin control. Adelina, con el rostro tenso, desplegó sus alas de energía, intentando estabilizar su núcleo mágico.
—?Lord Xander! —gritó ella, con voz angustiada —?Esto es grave! Si su corazón sigue recibiendo este da?o… podría no sobrevivir.
Xander maldijo entre dientes. El tiempo se les escapaba. Su mente buscaba una solución desesperadamente… y entonces, como un reflejo instintivo, llevó la mano a su propio pecho. Allí, colgaba un peque?o cristal, era el regalo que había recibido de Alec.
—??Se?or, qué hago?! —clamó Adelina.
Sin perder un segundo, Xander aplastó el cristal entre sus dedos. Un líquido multicolor, luminoso y espeso, comenzó a brillar como una aurora embotellada. Lo vertió con cuidado en los labios entreabiertos de Reinhard. El néctar descendió por su garganta y, como si la vida misma regresara a su cuerpo, una luz cálida recorrió cada fibra, librando una batalla silenciosa contra el veneno del rayo.
—Levantenlo. —ordenó Cáliban, con el rostro tenso por el esfuerzo —Yo lo ayudaré…
—Pero… tú también estás gravemente herido… —murmuró Adelina, alarmada.
Xander tomó a Reinhard con delicadeza, acercándolo a Cáliban. Reinhard apenas se mantenía consciente; su cuerpo temblaba como una hoja en el viento. Pero su espíritu… ese ardía con fuerza.
Xander lo sostuvo por la espalda mientras Cáliban colocaba sus manos sobre él, canalizando energía directamente hacia su núcleo. Podía sentir el relámpago púrpura reptando por sus meridianos, como una serpiente venenosa buscando el corazón.
Cáliban sabía que prolongar esta transferencia demasiado tiempo podría matarlo. Reinhard no poseía grimorio, ni artefactos, ni vínculo alguno que pudiera absorber tal tormenta. Estaba solo ante el caos que lo devoraba desde dentro.
—Reinhard… —jadeó Cáliban entre respiraciones agitadas —Vas a tener que absorberlo… Yo te ayudaré, pero el dolor será inhumano… No te desmayes, pase lo que pase. Si pierdes la conciencia, morirás…
Reinhard asintió, con el rostro cubierto de sangre, temblando de pies a cabeza. Cáliban canalizó su energía con precisión, empujando el rayo hacia el núcleo de su compa?ero, tratando de protegerlo con su propia esencia divina. Pero el relámpago se resistía, quemaba sus defensas, desintegraba cada escudo que formaba con una crueldad inclemente.
Ambos sufrían. Reinhard apretaba los dientes hasta que la sangre brotaba por la comisura de su boca y de sus ojos. Cáliban comenzaba a perder el control. Un solo error… y todo terminaría.
??Qué hago?... Si esto sigue así… va a morir… No sé qué más intentar…?
El pánico comenzó a enraizarse en su mente. Ninguna estrategia, ningún pensamiento útil cruzaba su conciencia.
Mientras tanto, en lo más profundo de la mente de Reinhard, él caminaba sin rumbo en una oscuridad absoluta. El dolor seguía allí, como un eco lejano… pero entonces, algo cambió. Una luz emergió de su pecho, cálida y poderosa, rasgando la penumbra como un amanecer.
??Qué es esto… que siento...??
La luz lo envolvió por completo. El dolor cedió. Y justo antes de desaparecer de aquel limbo, dos ojos gigantes se abrieron en la oscuridad. Dorados como el oro, con pupilas verticales, afiladas como cuchillas. Una mirada ancestral lo atravesó.
Fuera de su mente, Cáliban luchaba por contener el poder destructivo del rayo, cuando un rugido sacudió el bosque púrpura. Un rugido tan profundo que hizo vibrar los árboles y el suelo.
—??Qué demonios es eso?! —exclamó Adelina, mirando en todas direcciones.
—?Viene de Reinhard! —gritó Xander, asombrado.
Las venas de Reinhard comenzaron a brillar con una luz púrpura intensa, que recorría su cuerpo hasta llegar a su cabeza. Cáliban lo sintió, el relámpago estaba siendo absorbido por algo dentro de él.
Cáliban guió la energía a través de su cuerpo, ayudando a que el proceso fuera más fluido. Minutos después, el dolor había desaparecido, sustituido por una frescura revitalizante. La herida chispeante en su torso comenzó a cerrarse, y su núcleo mágico… se expandía.
?Segunda etapa… tercera… cuarta… El núcleo de Reinhard está creciendo a un ritmo anormal… ?Qué le está pasando...??
Reinhard lo veía con claridad. Dentro de su aura, las tres estrellas giraban con los tres anillos de maná. De pronto, comenzaron a unificarse, girando en perfecta sincronía hasta formar una estrella envuelta por un círculo de luz pura.
Cáliban habló, su voz era entrecortada por el cansancio, pero firme.
—Reinhard… vamos a intentar fusionar tus núcleos… déjame guiarte…
Reinhard no respondió, pero su flujo de energía lo seguía sin titubeo. Cáliban manipuló los anillos, alterando su forma. Uno a uno se unieron, formando un solo anillo azul con una estrella girando en su centro. Luego, esa estrella se dividió en cuatro, y del anillo surgieron tres más.
Los anillos giraban en armonía alrededor de las estrellas, envolviéndolas en su danza luminosa.
—Muy bien, Reinhard… ahora debes darles libertad… —susurró Cáliban, guiándolo con voz serena pero firme.
Las estrellas y los anillos, que hasta entonces habían permanecido unidos, comenzaron a separarse con lentitud, como si comprendieran que era momento de encontrar un nuevo equilibrio. Nadie en el continente había intentado jamás algo así, pero ahí estaba Reinhard, confiando ciegamente en su compa?ero.
—Recuerda… lo que buscas es unión y libertad. No elijas una sobre la otra… busca ambas. Como el cauce de un río que fluye sin cesar, pero nunca se desprende de su fuente. Deja que las estrellas bailen… y que los anillos muestren su poder. No te detengas.
Los anillos se separaron lentamente. Las estrellas, liberadas, comenzaron una nueva danza, girando con autonomía. En medio de aquella vastedad oscura, cada estrella eligió su anillo. La mente y el corazón, antes divididos, se unieron en un solo núcleo, perfecto y equilibrado.
Alrededor del nuevo núcleo, los anillos se colocaron en secuencia, uno tras otro, sin interferir entre sí, pero unidos en una sola sinfonía. Las estrellas giraban dentro de sus respectivos anillos, cada una iluminando un rincón distinto de su alma.
Y así, Reinhard creó un nuevo núcleo. Uno que nunca antes se había visto. Uno que desafiaba todas las leyes conocidas del maná.
Sus ojos se abrieron de golpe, resplandeciendo con intensidad.
—He alcanzado el cuarto rango… —murmuró incrédulo —?He llegado al cuarto rango! ?Ja, ja, ja!
Se incorporó de un salto, eufórico, con la respiración agitada. Volvió la mirada hacia Cáliban, agotado pero aún en pie, y lo ayudó a levantarse con respeto.
—Felicidades, joven Tyrant. —dijo Lord Xander, con una sonrisa leve.
—Parece que esta vez tuviste suerte. —a?adió Adelina con un suspiro de alivio, cruzándose de brazos.
Reinhard inclinó la cabeza ante Cáliban.
—Gracias… de verdad. No solo me salvaste la vida, también me diste una oportunidad que jamás so?é tener.
—Felicidades, Reinhard. —dijo Cáliban con una sonrisa cansada —No es fácil alcanzar un núcleo combinado.
—?Núcleo combinado? —preguntó Reinhard, intrigado —?Podrías instruirme?
—Eso puede esperar a ma?ana… por ahora, es momento de descansar. —respondió Cáliban, mirando a Xander —Ve por los chicos y asegúrate de que estén a salvo. Cuando terminen su entrenamiento, diles que regresen a la mansión. Es todo por hoy.
—?Y tú? —preguntó Adelina, preocupada —?Qué vas a hacer? Aún estás débil…
—Solo descansaré. No se preocupen… pueden irse.
Xander asintió y, con Adelina y Reinhard a su lado, se dirigió hacia la salida del bosque, rumbo a la mansión.
Cáliban, en cambio, tomó un desvío. Esta vez, decidió cruzar el portal del espejo hacia la residencia de Lord Xander. La noche era fría, y nubes oscuras comenzaban a arremolinarse sobre la academia, anunciando una lluvia inminente.
Avanzó en silencio hacia el patio trasero, donde se alzaba la antigua entrada al cementerio de los Hilloy. Atravesó el sendero cubierto de lápidas erosionadas por el tiempo hasta llegar a una capilla lúgubre, aunque sorprendentemente limpia.
Pero su paso se detuvo de golpe al divisar una figura entre las sombras. Una presencia noble, anciana… y profundamente inquietante. Una sonrisa amarga se dibujó en su rostro. Como si ya hubiese intuido que ese momento llegaría.
—Pensé que te tomarías más tiempo… Director.
Kasus emergió con paso calmado y las manos entrelazadas a la espalda, irradiando una serenidad que helaba la sangre.
—Veo que esperabas mi visita… mejor así. Me ahorras molestias innecesarias.
Comenzó a rodear a Cáliban lentamente, como un depredador examinando a su presa.
—Dime… ?Dónde está ella?
Cáliban frunció el ce?o, forzando una expresión de desconcierto.
—?Quién?
La respuesta desató la furia de Kasus. Una ola de poder puro golpeó a Cáliban como una tormenta. Su cuerpo voló por los aires y se estrelló contra el suelo helado, rodando como una mu?eca rota. Apenas pudo tomar aire cuando el director se acercó, con ojos encendidos de ira y el rostro tenso de rabia contenida.
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—No tengo tiempo para tus juegos, muchacho… sabes de quién hablo.
Antes de que pudiera reincorporarse, Kasus lo sujetó por el cuello y lo levantó con una sola mano. Su voz era un látigo cargado de desprecio.
—?Quién eres tú? ?Eh? ?Quién demonios eres? ?Te has entrometido en mis planes desde el principio de este a?o! ?He tenido que retrasar investigaciones, mover recursos, limpiar huellas! ?Todo por culpa de un mocoso miserable!
El agarre se hizo más fuerte, los dedos se enterraron en su piel con odio.
—Pero no… tú no eres solo un ni?o, ?Verdad? —dijo con tono venenoso —Respóndeme… ?Quién eres realmente?
Cáliban lo miró fijamente, y a pesar del dolor, esbozó una sonrisa cargada de desafío.
—?De verdad quieres que te lo diga… Director? ?O debería llamarte… Soberano?
Kasus se congeló. Un leve temblor le recorrió el rostro. Alzó una ceja, incrédulo… y, por primera vez en a?os, sorprendido.
—?Incluso sabes eso? —murmuró Kasus, con una mueca de resignación torcida en el rostro —Bien… eso me ha dado una idea de qué hacer ahora.
Alzó la mano con suavidad, como si el acto no mereciera esfuerzo alguno. Cáliban fue elevado del suelo, flotando en el aire como un objeto inerte. Con un giro de dedos, el maná del entorno se arremolinó, formando una esfera a su alrededor. En su interior, el aire desapareció por completo.
Cáliban se agitó, luchando por respirar. Un dolor sordo recorrió sus entra?as, mientras sus músculos se contraían por la falta de oxígeno. Aun así, sus ojos se mantenían fijos en los del director, brillando con desafío.
Kasus se acercó, contemplando la escena con fría serenidad.
—Esperaré pacientemente. Y cuando tu cuerpo inerte caiga fuera de esta burbuja, podré examinar cada rincón de tus recuerdos… sin interrupciones.
El joven seguía suspendido, retorciéndose, pero su mirada no cedía. A través de aquellos ojos, Kasus sintió un eco familiar… una sombra de su pasado que creía olvidada. Algo en esa mirada lo perturbaba profundamente. Incómodo, transformó la esfera en una masa oscura e impenetrable. No quería seguir viendo esos ojos.
Se sentó en un banco cercano, cruzando las piernas con compostura. Solo tenía que esperar. Aunque el plan se hubiese desviado, aún podía controlarlo. El futuro seguía siendo moldeable.
Una sonrisa se dibujó en su rostro… pero eso no duraría.
En medio de la noche, sobre aquel cementerio olvidado, un estruendo desgarró el silencio. La tierra tembló violentamente bajo sus pies. Kasus se incorporó de golpe. La esfera comenzó a vibrar, resistiéndose con esfuerzo a una fuerza interna creciente. Golpes sordos, rugidos viscerales se escuchaban desde el interior… como si una bestia salvaje hubiese despertado.
??Qué está pasando…? ?Qué es esta energía…??
Grietas comenzaron a formarse en la burbuja. De ellas emanaba una luz destructiva que desgarraba la oscuridad circundante. El director extendió la mano, intentando reforzar el sello, pero su energía divina… se desvanecía al contacto. Era como si aquella fuerza devorara incluso la esencia de lo eterno.
Y entonces, del núcleo de la esfera, emergió una figura.
Cáliban.
Su cuerpo estaba cubierto de energía caótica, su aura retumbaba con furia ancestral. Cada paso que daba desgarraba el espacio a su alrededor. Sus ojos se clavaron en Kasus como dagas ardientes.
—Me preguntaste quién era… aquí tienes tu respuesta, engendro.
Caminaba con lentitud, pero cada paso era una sentencia. El director retrocedió, con la garganta seca. Reconocía esa energía. La había sentido antes… y la había temido.
—Es igual al Torbellino… —susurró, casi sin voz —Entonces… fuiste tú…
—Soy el ocaso de lo divino. El final de todo aquello que se proclama superior. De los que juegan con las almas mortales como si fueran piezas de ajedrez…
La piel de Kasus palideció. Esa energía… no la había olvidado. No podía.
—?No…! ?No puede ser…! ?Tú eres…!
—Soy lo último que ven los engendros eternos antes de ser borrados. Soy el destructor de lo inmortal. La sentencia de los falsos dioses.
Desesperado, Kasus alzó ambos brazos y formó una cúpula oscura sobre todo el terreno de la mansión Hilloy, intentando contener el estallido inminente.
—??No entiendes lo que estás haciendo?! ?Si desatas ese poder, los dioses de este plano descenderán! ?Podrías destruir todo este mundo!
Cáliban guardó silencio. Solo lo miraba, como si calculara cada palabra que no necesitaba decir.
—?Crees que puedes enfrentarlos! Pero tú también tienes un límite… ?Todos conocemos la leyenda de la muerte del Primordial y los Once! ?Incluso si estás vivo, estás herido… ?Qué harás cuando tu energía se agote?!
—No me importa.
—?Qué…?
La mirada de Cáliban se volvió feroz. En su interior, un plan se dibujaba. Arriesgado, sí… pero mejor que dejar este mundo en manos de Kasus.
—Este mundo está podrido. Corrompido hasta los cimientos. Si no puedo salvarlo… al menos puedo impedir que caiga en manos de monstruos como tú.
La energía comenzó a arremolinarse a su alrededor, como un huracán que nacía desde el núcleo de su pecho. Un estruendo sordo llenó el aire, y el escudo de Kasus comenzó a agrietarse. Su mente trabajaba frenéticamente, buscando una salida. Pero ninguna funcionaba. Ninguna tenía sentido.
—?No lo hagas! —rugió, con una desesperación nunca antes mostrada —?Si invocas un poder superior, podrías colapsar el plano! ?Podríamos perderlo todo!
—Prefiero destruir el planeta antes que permitir que criaturas como tú jueguen con las almas de los inocentes.
La energía alcanzó su clímax. Todo el campo se iluminó. El escudo de Kasus crujía como un cristal a punto de romperse. Y entonces, por primera vez en siglos… el director sintió verdadero pánico.
No encontró alternativa. Cayó de rodillas.
—?Me rindo! —gritó, temblando de terror —?Me rindo! ?Por favor, detente…!
La energía de Cáliban comenzó a disiparse lentamente, como el eco de un trueno lejano. Aun así, la contuvo lo suficiente para dejar clara su advertencia. Su cuerpo ardía por dentro, cada fibra gritaba por descanso, pero no permitió que un solo rastro de debilidad se asomara en su mirada. No ante un enemigo.
—Habla…
—Me… me rindo… —murmuró Kasus, tragándose su propio orgullo como veneno.
Decir aquellas palabras le provocaba arcadas de repulsión, pero las pronunció igual. No podía permitirse perder el único ancla que aún lo ataba al plano mortal.
?Si logro una sola oportunidad… podría…?
—?Matarme?
La sangre se heló en su cuerpo al oír cómo Cáliban completaba su pensamiento. El joven avanzó lentamente, cada paso resonó en aquel cementerio. Sus ojos carmesíes se clavaron en los del anciano, que alzó la mirada solo para encontrar el mismo rostro frío que había querido ignorar.
—?Crees que soy tonto? ?Crees que no sé que intentas ganar tiempo para matarme…? Eso no funcionará, engendro…
Cáliban se agachó hasta quedar frente a frente. Kasus se quedó sin aliento por un instante, pero luego su expresión cambió. Recuperó su porte imperturbable y se irguió como si nada hubiese ocurrido.
—Hmm… pensé que sería fácil matarte. Pero eres un adversario complicado, Espadachín Carmesí…
—Tal vez pienses que estoy indefenso… y tienes razón. Estoy herido. Pero eso no me vuelve débil… me hace peligroso. No tengo nada que perder. Y si puedo dar mi último aliento para librar este mundo de una criatura invasora como tú… entonces moriré en paz.
Kasus y Cáliban se mantuvieron en un silencio cargado de tensión. El director examinaba al joven como si observara una espada a punto de caerle encima. No veía miedo en sus ojos… sólo una voluntad suicida y férrea de detenerlo a toda costa.
—Ya veo… mis disculpas por intentar algo tan torpe. —dijo Kasus finalmente, con una sonrisa helada.
Cáliban no se dejó enga?ar por la aparente serenidad de su enemigo.
—?Y ahora qué piensas hacer?
—Estamos en un punto muerto, caballero… No puedo exigirte nada, pero tú tampoco puedes eliminarme sin pagar un precio demasiado alto. Digamos que es… un empate inusual.
—Aun así… te lo juro… —dijo Cáliban, con voz grave —algún día te devolveré al agujero pestilente del que saliste.
Kasus soltó una risa sincera. Pero sus manos, escondidas tras la espalda, se apretaban con tal fuerza que la sangre chorreaba entre sus dedos. El odio lo carcomía por dentro, en silencio.
Sin decir más, desactivó la cúpula oscura que los rodeaba. Dio media vuelta y caminó hacia la salida de la mansión con paso pausado.
—Ha sido un honor hablar contigo, caballero… Nos volveremos a ver.
Cáliban esperó a ver cómo la figura de Kasus desaparecía entre las sombras de la noche antes de dejar escapar el aliento. Su rostro palideció y, de pronto, un borbotón de sangre oscura brotó de su boca. Cayó de rodillas, sin fuerzas, temblando por el esfuerzo colosal.
Como pudo, arrastró su cuerpo hacia la cripta. Tropezó en el umbral, jadeando con dolor.
—Lo siento… —susurró con una voz que apenas era viento —Quería venir a verte antes, pero… las cosas se complicaron.
El interior de la cripta estaba en penumbras, iluminado por tenues cristales azulados. Cáliban avanzó a rastras hasta llegar frente al gran ataúd de piedra. No podía moverse más. Solo podía contemplar en silencio la tumba de la mujer que más había amado.
Su respiración comenzó a calmarse, pero el dolor persistía como un hierro candente en su interior.
El silencio era absoluto. Solo se escuchaban las gotas de lluvia repiquetear sobre la piedra. Desde un rincón, se veían las flores que Nhun cambiaba cada día, con cuidado y devoción, para que su amiga nunca dejará de apreciarlas.
La mirada de Cáliban se nubló.
—Lo siento… no pude traerte nada…
Esperó en silencio, como si esperara una respuesta. Un susurro, una se?al, un indicio de que ella seguía allí. Pero no llegó nada. Solo recibió el sonido de la lluvia como respuesta. Y un relámpago lejano como testigo de su derrota.
La última esperanza, la última razón para seguir fingiendo que todo tenía sentido, se desvanecía frente a él.
En aquel cementerio, entre lápidas y recuerdos rotos, su espíritu gritaba en silencio.
Pero entonces… en medio del estruendo del cielo, entre la lluvia que lloraba por él… una voz habló. Una voz tan clara, tan pura, tan desesperada como el alma que la pronunciaba:
—?Cáliban! ?Estoy aquí! ?Mírame, estoy aquí!
La figura espectral de Cecilia agitaba las manos con desesperación, intentando llamar su atención. Pero Cáliban no podía verla. Ni sentirla.
—??Por qué nadie me ve?! ?Estoy aquí! —gritó, como si su voz pudiera atravesar los velos del mundo.
Durante días había suplicado, rogó a cada visitante de la cripta, llamando sus nombres, susurrando con esperanza. Pero nadie la escuchaba. Nadie respondía. Su alma, atada a ese lugar sagrado, no podía abandonar los muros fríos de piedra.
—él no puede verte… en realidad, nadie podrá hacerlo jamás.
Una voz suave, serena como un susurro del viento entre las hojas, la sobresaltó. Cecilia se giró bruscamente, buscando su origen.
Frente a ella, un orbe blanco flotaba en el aire. Su luz era serena, envolvente, como la de un faro en una noche de tormenta. El orbe comenzó a transformarse lentamente, tomando forma humana. Una figura femenina surgió de aquella luz. Vestía un elegante vestido negro que flotaba con la brisa espectral, su cabello rojo fuego danzaba con la humedad de la lluvia, y sus ojos carmesíes brillaban con una intensidad celestial. Su piel, blanca como la luna, parecía la encarnación misma de la pureza.
—No temas, mi ni?a. —dijo con ternura solemne —No he venido a hacerte da?o.
—?Quién… quién eres? —susurró Cecilia, sintiendo una mezcla de miedo y familiaridad.
La mujer le ofreció una sonrisa cálida, cargada de una autoridad compasiva. Cecilia no entendía por qué, pero sentía que esa figura no le era ajena. Su alma, herida, encontró un refugio momentáneo en aquella presencia.
—?Nos hemos visto antes?
—Oh, sí… muchas veces. Cada vez que sue?as, cada vez que recuerdas por qué viniste a este mundo… cada vez que anhelas algo que aún no entiendes, ahí estoy.
Cecilia se perdió en sus ojos, como si cayera en un lago profundo, sin fondo.
—No… no puede ser… creo que sí, te he visto antes… —musitó, confundida.
La mujer frunció el ce?o levemente, como si un pensamiento doloroso la atravesara.
—En efecto, nos hemos visto antes. Pero tú no lo recuerdas. —dijo, tocando con suavidad la punta de su nariz —Porque tú y yo tenemos un trato que cumplir.
—?Un trato? ?Yo… yo no recuerdo haber hecho ningún trato contigo!
El sonido de la tos interrumpió la conversación. Era Cáliban. Su respiración entrecortada surgió de sus labios, con la sangre aún deslizándose por la comisura de sus labios. La mujer se giró hacia él, y su mirada se volvió inmensamente suave. Se arrodilló junto a su cuerpo y acarició su mejilla con una delicadeza casi maternal, como si deseara arrancarle el sufrimiento con un solo gesto.
—Pobre alma condenada… si tan solo pudiera aliviar tu dolor…
Cecilia dio un paso atrás.
—?Lo conoces?
—?Conocerlo…? Sí. He estado con él desde hace mucho tiempo. Viéndolo sufrir… deseando poner fin a su tormento.
Algo en el tono de aquella mujer incomodó a Cecilia. Su estómago se encogió. Frunció el ce?o.
—Tú… ?Quién eres realmente? —preguntó con firmeza.
La mujer abrió los labios, lista para responder, pero la voz de Cáliban se alzó otra vez, rasgando el silencio con un susurro ahogado.
—Lo siento… —murmuró —Esto no debía pasar así… pero, como siempre… nada está bajo mi control.
Con un esfuerzo que desafiaba la lógica, Cáliban se levantó. Sus piernas temblaban, sus manos estaban sin fuerza. Avanzó paso a paso hacia el ataúd de piedra, como si cada movimiento doliera más que el anterior.
—Lo siento… —repitió una y otra vez, como una plegaria rota —Nunca debiste haberme conocido…
Sus manos buscaron algo en la piedra fría. Un milagro. Un respiro de esperanza. Pero todo lo que encontró fue el silencio de la muerte.
Afuera, los truenos rugían con fuerza. La tormenta parecía llorar con él.
—He combatido en guerras que hicieron temblar los cielos… he visto nacer y caer imperios, he visto mundos enteros ser devorados por el vacío… he caminado por el abismo… he sentido la traición clavarse como cuchillas… Y aún así… verte partir es lo único que mi corazón no ha podido superar.
El alma de Cecilia se quebró. Se acercó a él, deseando que su abrazo le ofreciera algo de consuelo. Pero Cáliban no sintió nada, solo el frío implacable de la piedra.
—Si hay otra vida para ti… —susurró él, con lágrimas ardiendo en sus ojos —Rezaré para que nunca nos volvamos a encontrar… Adiós, Cecilia…
Se dejó caer junto al ataúd, exhausto. Su espíritu estaba roto. Solo le quedaba el silencio. Ese mismo silencio que lo había seguido siempre. Apoyó la cabeza sobre el mármol y cerró los ojos, mientras en su mente brillaba el recuerdo de su sonrisa… aquella sonrisa cálida y sincera que ahora dolía más que cualquier herida.
Desde lo alto de la cripta, una gotera resonaba como un metrónomo de la tragedia. La lluvia se colaba por las rendijas, acariciando la piedra y llorando por él.
—Perdóname… —murmuró Cáliban entre lágrimas, con la voz quebrada por la culpa y el arrepentimiento —Perdóname…
Su mirada se desvanecía lentamente, como una antorcha extinguida por el viento. En medio de la negrura que lo envolvía, sólo podía oír la risa suave de Cecilia… aquella risa de una noche lejana, bajo fuegos artificiales, cuando aún había amor, luz, y un futuro posible. Sus últimos recuerdos danzaban como polvo en el aire, escapándose entre sus dedos, mientras su conciencia se desvanecía por la pérdida de sangre.
Cecilia, que sólo podía mirar, impotente, rompió a llorar. Lloró con un dolor profundo, crudo y desgarrador. Jamás había sentido una tristeza tan viva. Con el corazón hecho trizas y la voz temblorosa, cayó de rodillas.
—Perdóname… —suplicó entre sollozos —No quise que esto pasara… yo… —las lágrimas espectrales se deshacían en el aire, sin dejar rastro —Tenía miedo de perderte… perdóname…
El eco de su voz se ahogaba entre los muros de piedra de la cripta. Frente a ella, Cáliban yacía solo, bajo la sombra de un amor que ya no podía tocar. Sin calor, sin esperanza. Una lágrima brillante recorrió silenciosamente la mejilla de la mujer de ojos carmesí, la figura que aún permanecía junto a Cecilia, observando en silencio.
—Cecilia… —dijo con voz suave —Esto aún no ha terminado.
Cecilia alzó el rostro con los ojos hinchados.
—?De qué estás hablando?
La mujer se acercó, con paso firme, y la tomó por los hombros.
—?Quieres el poder? ?El poder para luchar a su lado una vez más? ?Para protegerlo… y enfrentarte a cada enemigo que ose siquiera rozarlo?
Los ojos de Cecilia parpadearon, incrédulos.
—?Estás diciendo… que puedo volver?
La figura asintió, aunque una sombra de duda atravesó su semblante.
—Sí… pero todo tiene un precio. Tendrás que someterte a una prueba. Una que podría llevar mucho tiempo.
—?Cuánto? —preguntó Cecilia con voz firme, sin vacilar —?Qué debo pagar?
—Tu mente deberá viajar a través de nuestro pasado… antes incluso de tu nacimiento. Deberás cruzar cada fragmento de tu existencia anterior, para despertar el verdadero potencial que duerme en ti. Pero tomará… dos a?os.
Cecilia se puso de pie de inmediato. Su espíritu brillaba con una resolución nueva y ardiente.
—?Y cuando termine esa prueba… podré volver con ellos?
—Si sobrevives… sí. —respondió la mujer —Regresarás.
Antes de que Cecilia pudiera hablar, una figura irrumpió en la cripta, cruzando la lluvia y los relámpagos. Lord Xander, empapado, con el rostro marcado por la angustia, entró a toda prisa.
—?Cáliban! —gritó, corriendo hacia el cuerpo de su se?or.
Se arrodilló junto a él, lo envolvió con su gabardina para protegerlo de la lluvia y lo cargó en sus brazos.
—Tranquilo… te tengo. Vamos…
Xander salió a toda prisa de la cripta, el agua golpeaba con furia el suelo de piedra. Cecilia, desde el umbral, lo vio desaparecer. Sus ojos se clavaron en el rostro de Cáliban una vez más, y algo en ella se encendió. No había más miedo, solo decisión.
Giró hacia la mujer, con la mirada encendida.
—?Lo haré! —exclamó —?Cueste lo que cueste, haré lo que sea necesario!
La figura de negro se quedó sin palabras por un instante. Aquella resolución, ese fuego, le recordó algo muy antiguo. Algo que había amado.
Con una sonrisa maternal, asintió.
—En ese caso…
Alzó un dedo y lo posó sobre el pecho de Cecilia. Una luz ominosa atravesó la oscuridad como una flecha divina. Era el principio de un camino sin retorno.
—??Qué… qué está pasando?!
El sonido de páginas al pasar llenó la cripta. Desde la penumbra emergió un libro de cubierta oscura, imponente y vibrante. Su presencia era una anomalía en el mundo, como si el espacio mismo se hubiera rasgado. La noche parecía haber sido convocada en su interior.
—Muy bien. —susurró la mujer —Es hora de comenzar…
El grimorio se abrió, y cientos de páginas comenzaron a girar a su alrededor. Un torbellino de tinta, magia y recuerdos la envolvió. Cecilia fue absorbida por las hojas, envuelta en un torrente de luz y oscuridad, hasta que todo su ser fue tragado por la blancura absoluta.
La mujer, el libro y el espíritu se fusionaron… y regresaron al cuerpo inerte de Cecilia, dormido en su ataúd de piedra.
Fuera, bajo la lluvia, Xander corría a toda velocidad con Cáliban en brazos, protegiéndolo como podía. Su expresión era férrea. Pero en medio de la tormenta, un mensaje silencioso brilló frente al rostro del herido… aunque él no pudiera verlo.
[Se han cumplido 1/3 de los requisitos para desatar el Cuarto Sello…]

