Al llegar al Gremio "Núcleo de la Providencia", Eszter no perdió tiempo en sutilezas y abrió la puerta de una patada.
—?Acaban de llegar los más grandes héroes del mundo, así que denos dinero! —anunció, entrando sin el menor reparo.
Detrás de ella, Máté y Bernát caminaban encogidos, notablemente avergonzados por la actitud de su amiga. Los presentes en el edificio los observaron por unos segundos, como si estuvieran ante un grupo de locos, antes de encogerse de hombros y regresar a sus asuntos.
—Eszter, deja de ser tan impulsiva. Nos avergüenzas a todos —susurró Máté con su habitual calma, mientras Bernát asentía frenéticamente a su lado.
De repente, un guardia se separó de la pared y se acercó a ellos. Vestía una elegante y pesada armadura de metal y portaba una maza imponente como arma.
—?Qué están buscando aquí? Si necesitan ayuda, estoy a su disposición —dijo el guardia dirigiéndose a Bernát.
Bernát se quedó un momento en silencio; después de haber sido llamado "forastero" con tanto desprecio por los aldeanos, que alguien lo tratara con cortesía le resultaba casi extra?o.
—Muchas gracias. Nosotros... queríamos unirnos a este gremio —respondió Bernát con un ligero tartamudeo.
—Es un placer conocer a nuevos reclutas. Soy el Sargento Tibor, Legionario de la Constante de rango Frecuencia —se presentó con una peque?a sonrisa amable.
—?"Legionarios de la Constante"? ?"Rango Frecuencia"? ?Qué es eso? —preguntó Eszter, picada por la curiosidad.
—Oh, claro, no deben saberlo. En este gremio, a quienes forman parte de nuestras filas los llamamos Legionarios de la Constante. Nuestro sistema de clasificación, tanto para humanos como para monstruos, se compone de cinco rangos. El rango "Insignificante" es por el que todos inician; sus misiones consisten en cazar monstruos peque?os o recolectar hierbas, lo cual da el dinero suficiente para vivir modestamente —explicó Tibor con paciencia—. Me gustaría seguir charlando, pero es mi hora de comer. Si necesitan registrarse, pasen con el se?or Gabor.
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Tibor se?aló un peque?o mostrador donde un hombre robusto contaba monedas con una obsesión rítmica. Tras agradecer al sargento, los tres amigos se acercaron al mostrador.
—Buenas tardes, nos queremos registrar —dijo Máté, mientras le tapaba la boca a Eszter con la mano para evitar que soltara alguna otra imprudencia.
—Agh, siempre vienen en el peor momento —rezongó Gabor, molesto por ser interrumpido en el conteo de su salario—. Serían 300 Bits, o lo que es lo mismo, 3 Bytes. Son 100 Bits por persona.
—?Bit? ?Byte? ?Qué es eso? —saltó Eszter en cuanto Máté la soltó.
—?En serio ni siquiera saben qué es un Bit? ?Vivieron en una cueva? —se burló Gabor.
—Vivíamos en un pueblo muy aislado —mintió Máté rápidamente para ocultar su origen—. Nunca habíamos escuchado esos términos.
—Está bien, campesinos, presten atención —suspiró Gabor—. La moneda de este país se llama "Pulso". Un Bit es la unidad más baja, una moneda de cobre peque?a. Un Byte vale 100 Bits y es de bronce. Luego están los Kilos, que valen 1,000 Bits y son de plata. Por último, están los Axiomas: valen 100,000 Bits, son de oro y dudo mucho que vean uno en sus vidas. Pero sin dinero no hay registro, así que mala suerte.
—?Y no hay otra forma? No tenemos nada y necesitamos trabajar —insistió Bernát, visualizando con horror otra noche en el bosque helado.
—Lo siento, ni?o. No puedo hacer nada —dijo Gabor con una amabilidad cargada de falsedad.
Eszter suspiró, dándose por vencida.
—Entonces tendremos que volver al suelo. Ya me había acostumbrado a la cama de la iglesia...
Sin embargo, mientras Bernát buscaba distraídamente en los bolsillos de su chaqueta, sus dedos rozaron algo sólido y frío: el cuerno cristalino del conejo.
—Disculpe... ?puedo vender esto? —preguntó, mostrando la pieza.
La esperanza se reanimó en el grupo. Eszter gritó de alegría, convencida de que aquel cristal valdría una fortuna, pero Gabor apenas le echó un vistazo despectivo.
—Es solo el cuerno de un conejo de cristal. No es valioso, pero te daré 50 Bits por él.
Un silencio pesado cayó sobre el grupo.
—Estás bromeando, ?verdad? ?Sabes lo que nos costó capturarlo, hijo de pu...?
Máté volvió a silenciar a Eszter justo a tiempo. Minutos después, los tres amigos salieron del gremio con apenas 50 Bits en una peque?a bolsa. Las monedas eran del tama?o de un botón, dise?adas para que grandes cantidades ocuparan poco espacio.
—Esa rata gorda de Gabor nos estafó —refunfu?ó Eszter, pateando una piedra—. ?Ese cuerno brillaba! En cualquier museo de Budapest valdría millones.
—Como sea, encontraremos la forma de conseguir el resto —dijo Bernát, resignado—. Por ahora, regresemos a rogarle a las monjas que nos dejen dormir una noche más.
—Está bien —accedió Máté—. Pero si piden que alguien se arrodille para pedir el favor, lo harás tú por los tres.
—?Esperen, idiotas! ?No me dejen sola! —gritó Eszter corriendo tras ellos.
Tal vez la vida en aquel mundo era más complicada de lo que imaginaron, pero mientras permanecieran juntos, no importaba el desafío; encontrarían la solución.

