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El Nombre de mi Esclavitud

  Veinticinco a?os atrás, el mundo no conocía a un monstruo, sino a una bendición. Peter de Pannonia nació rodeado de seda y expectativas. Era el orgullo de una nación noble, pero su don era una maldición silenciosa: su propia gravedad lo aplastaba. Fue golpeado y humillado por tutores que veían su lentitud como debilidad, sin entender que el ni?o luchaba cada segundo contra una fuerza que hundiría a cualquier adulto.

  Su esfuerzo no conoció tregua. A los 12 a?os alcanzó la Fase 2 y se unió a los Legionarios por voluntad propia. Peter no era solo talento; era disciplina pura. A los 21 a?os, con un cuerpo que ya desafiaba los límites de la anatomía humana, se convirtió en la persona más joven en alcanzar el Rango Axioma.

  Fue entonces cuando conoció a Réka y Attila. Con ellos, Peter encontró una familia que compartía su credo: el poder existe para proteger a los débiles. Sin embargo, cargaba con un enigma biológico: a pesar de su rango Axioma, seguía estancado en la Fase 2. Su potencial era un océano que nadie había logrado agitar... hasta que llegó Arthur Pendragón.

  —?Una sola persona derrotó a toda la guardia de la entrada? —preguntó Peter mientras corría junto a sus amigos hacia el epicentro del desastre—. ?Es siquiera posible?

  —No te preocupes, Peter —respondió Réka con una sonrisa confiada—. Tal vez esta sea la oportunidad que esperabas para alcanzar la Fase 3.

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  Pero al llegar, no encontraron un guerrero, sino una fuerza absoluta. Una figura solitaria rodeada de cadáveres.

  —Yo soy Arthur Pendragón —dijo el extra?o—. Deben adorarme como a su Rey.

  Peter activó su zona de gravedad. Esperaba ver a la figura colapsar o, al menos, ralentizarse. En cambio, Arthur corrió hacia ellos como si la física no existiera. El primer golpe que Peter recibió fue el último que recordó de aquella batalla. El impacto lo mandó a volar, atravesando muros de piedra hasta que la conciencia se le escapó entre los dedos.

  Cuando despertó, el mundo era distinto.

  —Réka... Attila... ?están bie...?

  Sus palabras murieron en su garganta. Frente a él, los cuerpos sin vida de los únicos que lo habían amado estaban esparcidos como basura. Sobre ellos, impecable y frío, estaba Arthur.

  —Desde ahora, serás mi general. Si te niegas, te mataré —sentenció la voz inexpresiva del conquistador.

  Peter apretó los dientes hasta que sus encías sangraron. Se inclinó, ocultando el odio volcánico que nacía en su pecho. “Lo juro... los voy a vengar. Haré que este idiota muera”, se prometió a sí mismo.

  —?Cuál es tu nombre? —preguntó Arthur, entronizado en las ruinas de Pannonia.

  —Mi nombre es Peter de Pannonia, se?or.

  —Jajajaja... Peter Pan. Qué buen nombre —se burló Arthur—. Desde hoy, así te llamarás.

  Para el Rey, era un chiste cruel. Para Peter, fue la ejecución de su identidad. Desde entonces, el general Peter Pan se dedicó a destruir aldeas y sembrar el terror. Cada vida que segaba, cada hogar que aplastaba, lo hacía con la esperanza desesperada de que el dolor engendrara a alguien lo suficientemente fuerte para levantarse contra él y contra Arthur.

  Peter Pan mataba a los que juró proteger, esperando encontrar al héroe que pusiera fin a su propia pesadilla.

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