Al amanecer del primer día, Grumak llamó a Ares a la forja. El lugar estaba cubierto de humo y brasas vivas, iluminado por el latido constante del metal al rojo.
—Necesitas una espada decente para una fisura —dijo sin rodeos—. No voy a dejar que entres con un filo común. Tengo tres materiales. No son milagrosos, pero sirven. Elige.
Colocó tres fragmentos sobre el yunque.
Acero Brumano: ligero, vibra ante presencias hostiles.
Hueso de Coloso: resistente, mantiene filo incluso golpeando roca.
Meteorita Gris: pesado, amplifica el impacto si se usa con técnica.
Ares los examinó en silencio mientras el herrero-orco hablaba.
—El arma no pelea sola —gru?ó Grumak—. Si eliges mal, lo pagarás tú. Si eliges bien, seguirá tu mano sin que la estorbe.
Finalmente, Ares se?aló el Hueso de Coloso. Grumak asintió, satisfecho, y comenzó a trabajar. Durante los tres soles Ares lo ayudó con el templado, el pulido y el ensamble, aprendiendo cómo la estructura ósea reforzada soportaba vibraciones que partirían acero común.
—Pon atención a esto —dijo Grumak, mientras Ares golpeaba con fuerza la hoja recién unida al refuerzo interno—. La mandíbula del gnoll alfa atrapada dentro es lo que absorbe el retroceso. No es magia. Es biología que no entiende de miedo.
Cuando Ares no estaba forjando, el orco lo entrenaba en percepción: ligeros cambios en el aire, tensiones casi invisibles en la piel, vibraciones en el suelo.
—No cargues tus ojos —decía Grumak, ajustándole la postura por décima vez—. Las criaturas de una fisura rara vez te dan la cara. El mundo te habla antes de que aparezcan. tus oidos tambien estan, Escucha.
Ares terminó cada jornada exhausto, pero sintiendo que algo nuevo se despertaba en él.
Mientras su hermano estaba en la forja, Sylas entrenaba con Korvash en el claro.
El líder de la tribu, tan imponente como siempre, extendió una mano y llamó energía azulada hacia sus dedos.
—Has refinado tu maná durante seis meses. Ya puedes dar un paso más. Te ense?aré dos fundamentos: proyección y solidificación.
Bajo esa guía estricta, Sylas aprendió a formar un muro de hielo de un metro, denso y firme. Le costaba mantenerlo estable, pero Korvash era inflexible.
—No empujes el maná. Guíalo. Si lo fuerzas, se quiebra.
Después vinieron los proyectiles arcanos: veloces, directos, capaces de herir a criaturas peque?as o humanoides si impactaban bien. Logró lanzar varios, pero algunos se desviaban.
—Puedes aplicar el mismo principio al hielo —le indicó Korvash—, pero es más complejo. El hielo tiene peso, forma y memoria. Aún no lo fuerces.
Sylas dudó un instante.
—?Y la magia de sombras? ?Cuándo voy a…?
—No ahora —lo cortó Korvash con una severidad sin ira—. Las sombras responden al desorden. Todavía no controlas lo básico. Primero aprende a sostener tu propio maná sin que te devore.
Sylas bajó la mirada, aceptando la corrección.
—Tres soles parecen muy poco.
—Tres soles bastan cuando se preparó durante seis meses —respondió el líder sin titubear—. Lo que necesitas ahora es control. Eso es lo que te va a mantener vivo.
Durante el tercer sol, la espada de Ares quedó terminada. La hoja, oscura y mate, tenía la estructura ósea del gnoll alfa incrustada dentro del metal reforzado. Ares la sostuvo y notó de inmediato un detalle: la vibración era casi inexistente, incluso al moverla rápido.
Esa tarde encontró a Sylas junto al claro. El menor lo miró con curiosidad.
—?Esa es tu nueva espada?
Ares asintió y se la mostró.
—la forje para la fisura. Su nombre es “Rompehuesos Gnoll”. Tiene un refuerzo interno hecho con la mandíbula de un gnoll alfa. Cuando choca contra algo duro… —Golpeó suavemente una roca cercana; la hoja apenas vibró— …absorbe parte del impacto. No se siente como un golpe normal. Es como si la hoja mordiera el retroceso antes de que llegue al brazo.
Sylas tocó el filo con cuidado, impresionado.
—Se siente… sólida. Como si no fuera a partirse.
—Ese es el punto —respondió Ares—. evita que pierda equilibrio en los choques y permite que golpee cosas duras como si fuera un martillo, ?es mi espada y escudo!
Luego sacó un peque?o envoltorio de cuero.
—También tengo algo para ti.
Sylas parpadeó sorprendido mientras su hermano abría el estuche y le entregaba dos dagas gemelas. Las hojas eran claras, casi traslúcidas, con un brillo suave que parecía pulsar desde el interior.
—Las hice con los materiales de los goblin y aceites gnoll que subyugamos —explicó Ares—. Cada daga tiene un cristal de eco. No hacen ruido, pero… se buscan entre sí.
Sylas las tomó y sintió un leve hormigueo.
—?“Se buscan”? ?Cómo?
—Cuando las usas juntas, una siente la posición de la otra. No te vuelven más rápido ni más fuerte, pero… si te mueves mal, te lo hacen notar. Es como un tirón muy suave que te corrige. Es resonancia. Grumak dice que te va a ayudar a pulir tu técnica.
Sylas sonrió, genuinamente emocionado.
—Gracias. De verdad. Esto… esto lo necesitaba.
Ares solo alzó los hombros, pero se notaba orgulloso.
—Vamos a necesitar todo lo que tengamos.
Cuando el tercer sol cayó, Grumak los reunió frente a la salida de la aldea. Korvash se mantuvo a unos pasos, observando en silencio.
—Ma?ana partimos —dijo Grumak, apoyando el garrote sobre un hombro—. Será su primera fisura real. Yo me encargo de lo que no puedan manejar ustedes. Pero quiero que recuerden algo: ustedes se mantienen vivos. No juegan a ser héroes.
Ares apretó la empu?adura de su nueva espada.
Sylas guardó las dagas, aún sintiendo ese leve pulso entre ellas.
El aire nocturno estaba cargado de expectativa.
La próxima vez que descansaran… sería en terreno enemigo.
Los tres partieron al amanecer del día siguiente. Habían revisado sus armas, distribuido raciones y asegurado los odres de agua antes de emprender el trayecto hacia la fisura de maná. El viaje transcurrió sin incidentes durante casi dos días, avanzando entre bosques densos y tierras pedregosas donde el viento arrastraba un olor mineral que anunciaba que la corteza del mundo estaba inquieta.
Pero una jornada antes de llegar al destino, Ares fue el primero en notarlo.
—Humo —dijo, deteniéndose.
Una columna gris oscura se elevaba en la distancia, justo en dirección a la fisura. A simple vista parecía humo de fogata, pero era demasiado abundante, como si hubieran quemado más le?a de la necesaria o como si varios fuegos estuvieran superpuestos.
Grumak entrecerró los ojos.
—Eso no es un fuego de campamento ordinario. No para un viaje, ni para cocinar. Cuando un grupo quiere desaparecer rápido, quema en exceso para borrar rastros… o para limpiar algo que no quiere dejar atrás.
—No me gusta el color —dijo finalmente—. Ese tono viene de brea o de aceites de carga. Lo usan ciertos gremios… los que operan fuera de la ley.
Ares lo miró de costado.
—?Qué clase de gremios?
—Los que viven del contrabando y la captura de gente —respondió Grumak, sin adornar la frase—. Se mueven en fisuras porque allí pueden ocultar caravanas enteras o montar emboscadas sin que los vean. Si ese humo viene de la zona, es probable que tengamos compa?ía. Mantengan los sentidos abiertos. No saben moverse en silencio, pero atacan en grupos y con confianza.
Continuaron avanzando con mayor cautela. Para cuando alcanzaron la entrada de la fisura, la columna de humo ya se había dispersado, pero el olor seguía impregnado en el aire. Una abertura irregular se abría entre las rocas, como si la tierra hubiese sido desgarrada desde dentro. El borde externo vibraba levemente, se?al inequívoca de inestabilidad mágica.
Grumak tomó la delantera.
—Entramos. Nadie se adelanta más de tres pasos.
Al cruzar el umbral, el paisaje cambió de inmediato. La luz exterior quedó atrás y la penumbra se abrió en una cueva amplia y silenciosa. No era una caverna natural. El suelo era sorprendentemente llano, como si hubiese sido pulido artificialmente. Rocas colosales descansaban en posiciones que parecían arbitrarias, pero ninguna bloqueaba el camino principal; formaban sombras grandes y densas donde cualquier cosa podría esconderse.
La fisura descendía. Una rampa natural se adentraba en las profundidades, con relieves suaves que obligaban a mantener el equilibrio.
Ares bajó la voz.
—No se escucha nada.
Grumak se adelantó un paso, y poso su mano en el hacha.
—Avancemos. Si hay bandidos, estarán esperando más abajo. Y si no son ellos… entonces limpiaremos esta fisura y volveremos a forzalia
Y juntos comenzaron el descenso, con la tensión creciente en cada metro de oscuridad.
Mientras avanzaban por la cueva, la luz tenue de los cristales de maná proyectaba sombras irregulares contra las paredes. El aire estaba quieto, demasiado quieto. Ares mantenía la mano cerca de su espada y Sylas no apartaba la vista de los recovecos a los costados.
Entonces ocurrió.
A la derecha de Grumak, un destello azulado rasgó el aire. Un Perro Blink apareció con la mandíbula abierta, emergiendo del salto dimensional a menos de un metro del orco.
Grumak ni siquiera se sobresaltó. Solo levantó la mano y dio un golpe corto, casi perezoso, con la palma. El impacto fue tan abrupto que el monstruo retrocedió como si lo hubieran empujado con un ariete. Un instante después, el orco activó su aura; la parte superior del Perro Blink pareció implosionar desde adentro, como si la fuerza hubiese estallado dentro de su cráneo. El cuerpo cayó sin emitir sonido.
—Parece que a partir de aquí comienzan los monstruos —gru?ó Grumak, sacudiéndose la mano como si hubiera apartado polvo.
Ares observó el cadáver, incrédulo. Sylas tragó saliva.
El orco continuó:
—Mi aura es de impacto. Puedo generar una descarga en cualquier punto dentro de cinco metros. Para activarla, primero debo golpear al objetivo. Cualquier golpe dentro de los cinco minutos previos se acumula. Luego puedo liberarlos juntos o por separado.
Ares y Sylas permanecieron en silencio. El hecho de que Grumak explicara su habilidad solo significaba una cosa: los consideraba parte del equipo.
Sylas fue el primero en hablar.
—Yo… por ahora puedo crear proyectiles arcanos lo bastante fuertes para da?ar criaturas rango dos. También puedo levantar un muro de hielo de alrededor de un metro… y quizás proyectiles de hielo, pero no prometo nada —dijo con una confianza contenida, sin sonar arrogante.
Ares dudó un segundo antes de responder.
—Lo único que tengo es mi dash. Puedo impulsarme unos metros pateando el suelo y ya. Eso… y mi espada —admitió, mirando al suelo, incómodo.
—Levanta la cabeza, ni?o —gru?ó Grumak sin detener la marcha—. Si eso es lo que puedes hacer, aprovéchalo. En combate real no gana el que tiene más trucos, sino el que sabe usar los pocos que tiene.
Siguieron avanzando. La cueva descendía en espiral hasta que, unos cien metros más adelante, se abrió en una sala enorme. El techo era tan alto que la luz no lo alcanzaba, y en el suelo había bloques de piedra dispersos, como si hubieran caído desde arriba.
El aire vibró con una tensión repentina.
Ares aún estaba admirando la precisión con la que Grumak había eliminado al primer Perro Blink cuando un ruido metálico resonó desde una plataforma lateral elevada. No era un monstruo. Era el sonido inconfundible de armas humanas desenvainándose.
Siete figuras emergieron desde detrás de una formación rocosa. Llevaban armaduras ligeras, máscaras de cuero oscuro y una insignia marcada con tinta oscura: una serpiente enrollada alrededor de un candado. Despertados de rango tres, por cómo se movían… y por la presencia que emanaban.
El líder levantó una lanza corta y sonrió con una tranquilidad agresiva.
—Herrero de Forzaalia —dijo con una voz ronca—. Te estuvimos esperando. No te metas. Esta fisura ahora es nuestra.
Grumak giró el rostro sin mostrar sorpresa ni miedo.
—Bandidos de gremio oscuro… —murmuró, casi con desprecio—. Siempre oliendo carro?a ajena.
El líder hizo un gesto con la mano, como quien da una orden a criaturas entrenadas.
Tres geólitos emergieron detrás de los bandidos, sus cuerpos de roca vibrando con un pulso terroso. Otros dos aparecieron más abajo, del lado de Ares y Sylas. Los Blink comenzaron a materializarse por toda la sala.
Grumak evaluó la situación con un vistazo.
—Seis de estos son rango tres básico… y ese de allí —se?aló al hombre del abrigo oscuro, cuyos ojos parecían vidriosos— es un rango cuatro intermedio.
El rango cuatro levantó una mano. Las criaturas de piedra y barro que los rodeaban se tensaron al unísono.
—Control espiritual —murmuró Grumak con tono grave—. Ese bastardo está dirigiendo a las criaturas.
—Mátenlo primero —ordenó el bandido—. Los ni?os no serán problema.
En ese instante los tres geólitos del lado de los bandidos golpearon el suelo al unísono. La tierra tembló. Un muro de roca irregular, grueso como un tronco de roble, se elevó desde el suelo, separando brutalmente a Grumak de los dos hermanos.
Ares dio un paso adelante, sorprendido. Sylas levantó una mano instintivamente, preparado para conjurar. Pero la roca terminó de cerrarse, sellando por completo la visión del orco.
En el lado de Ares y Sylas quedaron cinco Blink y dos geólitos.
Stolen from its rightful author, this tale is not meant to be on Amazon; report any sightings.
Del otro lado, donde Grumak había quedado aislado, podían escucharse gru?idos y el choque de rocas: tres geólitos, cinco perros más… y los siete bandidos.
La voz del líder resonó amortiguada por la pared:
—Terminen al herrero. Y cuando abra el paso… traigan a los críos.
Del lado de los hermanos, los Perros Blink ya se estaban acercando, teleportándose en destellos cortos y erráticos.
Sylas desenfundó sus dagas. Ares apretó el mango de su espada. La misión había cambiado. Y la verdadera pelea recién comenzaba.
—Confío en ustedes, ni?os. No titubeen. Entrenaron por y para algo —dijo Grumak, confiado, desde el otro lado de la roca.
Apenas terminó de hablar, los ni?os escucharon un gran estruendo detrás del muro. Pero no tenían tiempo para preocuparse por él; aún estaban encerrados con cinco perros y dos geólitos.
Los perros se abalanzaron sobre los ni?os. Sylas saltó directo al ataque, lanzando un corte rápido hacia el primero, logrando una herida superficial. Intentó seguir con una estocada al corazón del Blink, pero antes de impactar, dos rocas del tama?o de la cabeza de un cerdo volaron hacia él. Sylas tuvo que saltar hacia atrás para evitar el impacto.
Uno de los geólitos estaba concentrando maná para crear una roca enorme, y Ares lo notó de inmediato.
—?SYLAS, MURO DE HIELO YA! ?LO MáS GRUESO QUE PUEDAS HACER! —gritó Ares, posicionándose detrás de él.
Sylas conjuró el muro con toda la rapidez posible. Apenas terminó, un estruendo sacudió la sala: la gran roca impactó contra el hielo sin llegar a derribarlo.
El muro de hielo resquebrajó apenas, pero resistió. Ares no perdió tiempo.
—Sylas —dijo, sin apartar la vista de los geólitos—. Voy a saltar. Quiero que lances proyectiles arcanos al mago de la derecha. Yo eliminaré al de la izquierda.
Sylas negó de inmediato, apretando con fuerza sus dagas.
—No tengo tanta precisión en los proyectiles. Podría darte a ti.
Ares no respondió. No lo dudó ni un segundo.
Pateó el suelo.
Su dash lo impulsó hacia adelante como una flecha, levantando un torbellino de polvo detrás de él. Los Perros Blink saltaron para morderlo, pero él ya estaba por encima, trazando una curva ascendente hacia los geólitos.
Uno de los magos de piedra —el único que aún no había liberado su hechizo— levantó ambas manos. Un pulso terroso vibró en el aire.
Una roca enorme, compacta y con la fuerza suficiente para derribarlo, salió disparada directo hacia Ares.
El ni?o no tenía dónde apoyarse. Estaba en pleno aire. Pero había entrenado para reaccionar sin pensar.
Ares giró el torso, tomó la espada con ambas manos y la colocó de forma oblicua. La roca impactó con un estruendo seco. La fuerza del golpe lo hizo rechinar los dientes, pero la dureza del arma hizo el resto: el proyectil se desvió hacia arriba, rozando el filo y ascendiendo como un cometa, estallando contra el techo y levantando una nube de polvo sobre los magos.
Ese fue el instante que Sylas necesitaba.
El ni?o extendió ambas manos hacia la polvareda.
—?Proyectil arcano!
Un estallido de luz azul atravesó el polvo y golpeó de lleno a uno de los geólitos. La criatura de roca se tambaleó con violencia y cayó al suelo, su cuerpo vibrando mientras intentaba recomponerse.
Ares aterrizó justo en ese momento.
Cayó entre las dos criaturas restantes, giró sobre su eje y descargó un espadazo lateral que cortó la garganta —y luego la cabeza— del geólito de la izquierda. La cabeza rodó y su cuerpo se desmoronó como un montículo de arena compacta.
Entonces ocurrió algo extra?o.
Una luz tenue, del color del maná terroso, surgió del geólito decapitado. Flotó por un instante, temblando, y luego se lanzó hacia Ares ingresando en su cuerpo y haciendolo sentir extra?o.
Ares dio un peque?o jadeo, sorprendido por la sensación, pero sintiéndose más fuerte.
Fue el error que el tercer geólito necesitaba.
El último geólito, viendo caer a su congénere, reunió maná en un segundo. Levantó un brazo y disparó una roca del tama?o de un melón directo al pecho del ni?o.
El impacto fue brutal.
Ares salió despedido, voló varios metros y cayó de espaldas contra la piedra, con el aire escapándose de sus pulmones en un jadeo seco.
—?ARES! —gritó Sylas, con la voz rasgada.
—?Estoy bien! —respondió Ares, incorporándose con una velocidad antinatural.
Antes de que Sylas pudiera decir algo, Ares pateó el suelo y se lanzó en un dash feroz hacia el último geólito. Su figura cruzó la caverna como una flecha. La criatura apenas tuvo tiempo de alzar sus brazos de piedra.
Ares clavó su espada con una estocada limpia en el núcleo arcano del monstruo.
El geólito tembló, su cuerpo se fracturó y el núcleo explotó en fragmentos, apagándose en un susurro mineral. Ares arrancó el arma y gritó:
—?Tu turno! —antes de saltar desde la repisa alta donde había terminado su ataque.
Sylas tragó saliva. Todavía quedaban cinco Blink.
Los dos más cercanos se materializaron frente a él en un parpadeo azul. Sylas no dudó. Giró con una precisión entrenada, tajó al primero con ambas dagas en un cruce limpio que abrió su cuello etéreo y le hizo perder estabilidad en su forma. El monstruo colapsó.
El segundo Blink apareció detrás de él y logró hundir sus colmillos en su hombro izquierdo antes de que pudiera girar.
Sylas gritó de dolor, pero giró sobre su eje y clavó una de sus dagas directamente en el ojo del monstruo. La criatura chilló, desequilibrada, y él terminó el trabajo atravesándole la cabeza con la segunda daga.
El tercer Blink apareció a su derecha en un destello, completamente preparado para saltar sobre él.
Sylas levantó un muro de hielo peque?o, reactivo, apenas un bloque improvisado. El perro chocó contra él, pero no llegó a detenerse del todo; se preparaba para el segundo salto, uno mortal, directo al cuello.
Pero nunca llegó a saltar.
Un borrón oscuro cruzó la cueva.
Ares.
El ni?o interceptó al Blink antes de que tocara el suelo. Le asestó un tajo ascendente que abrió al monstruo desde el pecho hasta la garganta. El cuerpo se disolvió en fragmentos de energía mientras una luz —esa misma luz extra?a que ya había aparecido antes— emergía del cadáver y se hundía en Ares como un suspiro brillante.
El brazo del ni?o tembló un instante. Luego lo firmó con fuerza.
—No te distraigas —dijo Ares, sin volverse.
Sylas, respirando con dificultad, levantó una mano ensangrentada.
—No pienso hacerlo.
Quedaban dos Perros Blink.
Ares y Sylas se miraron solo un segundo. Ese segundo bastó. El primero se materializó frente a Ares, que lo recibió con un dash corto y un tajo horizontal que le cortó las patas delanteras antes de hundirle la espada en la nuca.
El segundo apareció sobre Sylas desde un ángulo elevado. Esta vez, Sylas estaba listo. Formó un proyectil arcano y lo lanzó a quemarropa. El impacto explotó en el pecho del monstruo y lo arrojó contra el suelo, donde quedó inmóvil antes de desintegrarse.
La sala quedó en silencio por un instante apenas.
Habían terminado. Cinco Perros Blink, Tres geólitos y Ellos dos.
Respiraban rápido, heridos, llenos de adrenalina… pero vivos. Del otro lado del muro, sin embargo, la batalla de Grumak seguía rugiendo. Y todavía tenían que alcanzarlo.
Ares y Sylas se acercaron al muro de piedra que los geólitos habían levantado. El eco metálico de la lucha del otro lado seguía resonando. Sin perder tiempo, Ares apoyó ambas manos sobre la superficie irregular y empujó con toda su fuerza, mientras Sylas dirigía un impacto arcano hacia una de las grietas. La estructura, ya debilitada por el combate previo, cedió con un crujido profundo.
El muro estalló hacia adelante en fragmentos.
Del otro lado, Grumak estaba cubierto de polvo y sangre —pero no era suya. Tres criaturas másacían hechos pedazos a su alrededor, y dos cuerpos humanos yacían derrotados en el suelo. El ogro respiraba profundamente, con el hacha aún humeante.
Ares y Sylas quedaron congelados. Nunca lo habían visto así: imponente, brutal, completamente comprometido con la batalla.
Grumak giró hacia ellos, y al verlos lastimados—Ares con el pecho enrojecido por el impacto y Sylas con el hombro perforado—por un instante su expresión se tensó con preocupación.
Pero esa preocupación se mezcló con algo más profundo: orgullo.
—Veo que se encargaron de lo suyo —dijo, su voz grave retumbando en la caverna—. Tres geólitos y cinco Blink… solos. Bien hecho.
Ares y Sylas intercambiaron una mirada rápida. No estaban seguros si él estaba exagerando o si realmente había visto lo que habían logrado a través del muro, pero las palabras del ogro los llenaron de una energía renovada.
Grumak se?aló con el hacha al grupo restante de bandidos. Cinco en total. Todos alertas, tensos, claramente entendiendo que ya no quedaban monstruos que sirvieran como distracción.
—Escuchen —continuó—. El jefe de la fisura ya está muerto. Si siguiera vivo, estos bandidos jamás habrían tomado control de los geolitos. Así que… lo que queda son estos cinco.
Los cinco bandidos al otro extremo de la sala dieron un paso adelante. Uno de ellos, el más corpulento, tenía ojos vidriosos y un aura residual de maná: el rango cuatro intermedio. A su alrededor, cuatro más —todos rango tres básico— levantaron sus armas.
Grumak se?aló con el mentón.
—Yo me encargo del rango cuatro y de dos de los rango tres.
Luego los miró fijamente. Su tono se volvió más grave, casi frío.
—A ustedes les dejo los otros dos. Pueden con ellos… pero tienen que entender algo antes de empezar.
Ares tragó saliva. Sylas sintió cómo se le helaba el estómago. Grumak avanzó un paso, inclinándose apenas hacia ellos.
—No estamos peleando contra monstruos ahora. Son humanos. Y no van a rendirse. Así que… si quieren salir vivos…
Hizo una pausa cargada, brutal.
—Van a tener que pelear para matar.
El silencio cayó como una losa.
Sylas abrió la boca, pero no salió sonido alguno. Nunca había clavado una espada en un humano. Nunca había sentido esa línea invisible entre defenderse… y quitar una vida. Ares, a pesar de su determinación habitual, sintió un escalofrío treparle por la espalda.
Los dos se quedaron quietos, con las manos temblando sobre las empu?aduras.
Grumak lo notó. Su voz se suavizó apenas, pero no perdió firmeza.
—Entiendo que les asuste. A todos nos pasa la primera vez. Pero estos tipos mataron gente como ustedes sin pensarlo dos veces… y si los dejan respirar un segundo más, lo van a volver a hacer.
Los bandidos empezaron a avanzar.
Grumak dio un paso adelante para interceptar a los suyos.
—Respiren —ordenó, sin mirarlos pero sabiendo que lo escuchaban—. Fíjense en sus movimientos. Y recuerden: no están solos. Yo estoy acá.
Ares levantó la cabeza.
Sylas apretó la mandíbula.
El miedo seguía ahí… pero algo más profundo, una resolución naciente, empezó a reemplazarlo.
Los dos dieron un paso al frente. Listos. O todo lo listos que podían estar para cruzar una línea que ya no tendría vuelta atrás.
Ares fue el primero en entrar en contacto.
El bandido de rango tres básico cargó con un grito gutural, un grito que parecia darle fuerza bruta mientras ponia su espada en alto. Ares levantó la suya para bloquear, el choque metálico retumbó en la sala, y ambos intercambiaron golpes bruscos y sin técnica refinada, pura fuerza y urgencia. Ares resistia los golpes como podia. El bandido aprovechó un hueco y le propinó una patada directa al estómago.
Ares se dobló por el impacto y cayó de rodillas, el aire escapándosele del pecho.
Pero la caída fue deliberada. Apenas sus manos tocaron el suelo, canalizó maná. La piedra bajo los pies del bandido se elevó formando un montículo abrupto, como los que los geolitos generaban al atacar. El terreno se deformó con un crujido y obligó al enemigo a saltar para no perder el equilibrio, el bandido salto con la intencion de reunir mana pero Ares ya estaba sobre él.
Sin usar su dash —reservando ese recurso por instinto— se impulsó con un salto veloz y, en el aire, giró su espada ancha para golpear con la parte plana. El impacto resonó como un tambor seco al estrellarse contra el pecho del bandido.
El hombre salió disparado hacia atrás y chocó contra la pared con tanta fuerza que el golpe lo dejó inconsciente de inmediato, deslizándose hasta el suelo sin emitir un solo quejido.
Ares respiró hondo, aún con dolor, pero firme.
Sylas enfrentaba el suyo.
El bandido, más rápido y con mejor postura, lanzó un espadazo descendente que venía directo a partirlo en dos. Sylas reaccionó por puro instinto: se deslizó por debajo del ataque y pasó entre las piernas del hombre, sintiendo el viento del filo rozarle el cabello.
Apenas estuvo detrás, giró con precisión y clavó sus dagas hacia la zona lumbar.
Pero el bandido, entrenado, dio un paso brusco hacia adelante. El movimiento redujo el da?o del corte, y giró en un segundo con una patada giratoria cargada con electricidad. Sylas no la vio venir. El impacto le dio de lleno en las costillas y lo mandó al suelo sin aire.
El bandido cocentro mana mientras sylas intentaba ponerse de rodillas y le lanzo una pelota de rayo que hizo que el ni?o caiga al suelo
—Terminaste, mocoso. sonrió, confiado.
Avanzó con paso seguro, alzando su espada, apuntando directo al pecho de Sylas mientras este intentaba incorporarse y apenas podía levantar un brazo para defenderse.
El filo comenzó a bajar.
Y entonces, sobre la cabeza del bandido, el aire se enfrió de golpe.
Sylas no necesitó moverse. No necesitó levantarse. Solo extendió una mano temblorosa mientras su maná se reunía instintivamente. había creado varios carámbanos de hielo sobre la cabeza del bandido, silenciosamente, sin que él pudiera notarlo.
Seis carámbanos de hielo se materializaron en el aire, perfectos, afilados como lanzas, apuntando verticalmente hacia abajo.
El bandido jamás los vio.
Lo único que alcanzó a sentir fue un escalofrío súbito.
Los seis carámbanos cayeron con la fuerza de la gravedad y el peso del maná. Tres atravesaron el torso, uno la clavícula, otro el muslo y el último se hundió en el omóplato. El cuerpo se arqueó, tembló… y luego cayó de rodillas antes de desplomarse de lleno contra el suelo.
La sangre comenzó a extenderse lentamente alrededor del hielo quebrado.
Sylas, aún respirando rápido, dejó caer los brazos. La adrenalina y el horror del momento lo golpearon al mismo tiempo. Había sido su primer humano. Y esta vez no había inconsciencia. No había aturdimiento.
Era muerte.
Ares se giró hacia él, pálido, pero antes de que pudiera acercarse, la voz de Grumak resonó desde el frente, aún en pleno combate con el rango cuatro:
—?No se detengan! ?Mantengan la guardia! ?Esto todavía no terminó!
Los ni?os escucharon al orco, sin embargo Sylas no podía moverse, su cuerpo habia quedado agotado al usar tanto su mana.
La batalla continuaba. Pero algo en los ni?os ya había cambiado para siempre.
La voz de Grumak retumbó todavía en la cueva cuando los dos ni?os retomaron el aliento. Frente a ellos, el orco ya estaba enfrentándose a los tres bandidos restantes.
Los dos de rango bajo atacaron primero. Grumak dio un paso adelante, su maná se activó y el aire se volvió denso y húmedo. Una capa ligera de agua surgió bajo los pies de sus enemigos, empapando el suelo y volviéndolo resbaladizo. Los bandidos perdieron estabilidad. Uno de ellos intentó una estocada directa, pero Grumak inclinó el cuerpo en un movimiento sorprendentemente fluido para alguien de su tama?o.
Cuando el ataque pasó de largo, el orco levantó el brazo y un latigazo de agua presurizada impactó al bandido en pecho, con un impacto tan fuerte que hizo que suelte el arma. luego activaria su aura y el pecho del bandido recibiria otro impacto, el bandido caeria al suelo mientras le salia sangre de la boca.
El otro rango tres trató de rodearlo, pero Grumak giró sobre un pie, pateó el suelo y liberó una oleada circular de agua que cortó el impulso del enemigo. El bandido tropezó y, antes de recuperar postura, el orco ya estaba frente a él. Un impacto seco en el pecho lo lanzó contra la pared. No se levantó.
el orco había quedado de espaldas al líder, cuando se dio cuenta de su error, se volteo rápidamente.
Antes de que el orco pudiera tener tiempo a reaccionar, el líder de los bandidos golpeó el suelo con el mango de su lanza, y al instante raíces gruesas brotaron desde la piedra, trepando como serpientes. En un segundo ya rodeaban las piernas de Grumak, luego su cintura, luego su torso. El orco forcejeó, pero las raíces se tensaron aún más, inmovilizándolo por completo.
—No… —gru?ó, mientras intentaba romperlas.
El bandido de rango cuatro intermedio no se había movido un paso durante todo ese intercambio. Observo con frialdad, evaluo, y actuo en el momento mas indicado ya que habia entendido que de otra maanera, no podria vencer al orco.c
Sus ojos tenían dos brillos distintos: uno verde, vivo, y otro oscuro, profundo. Grumak reconoció inmediatamente lo que significaba.
—Magia dual… naturaleza y mental —dijo entre dientes.
El bandido sonrió con lentitud mientras comenzó a cargar su ataque. Maná giró alrededor de su brazo libre, compactándose en forma de lanza de madera sólida. Apuntó directamente al pecho del orco.
—Terminemos esto.
Ares lo vio y se lanzó sin pensarlo.
—?GRUMAK! —gritó mientras usaba su dash con mas potencia de lo normal, disparándose como una flecha humana.
Sylas extendió la mano, como si pudiera detenerlo, pero no alcanzó ni a llamarlo. Ares ya estaba corriendo directo a la muerte.
El bandido giró la cabeza, sorprendido de ver al ni?o arremetiendo a toda velocidad.
—?En serio? —murmuró, levantando la lanza hacia él.
Grumak rugió.
—?NO, ARES!
El proyectil salió disparado con un estallido. Ares estaba a menos de cinco metros. No podía frenar. No podía esquivar.
Y entonces ocurrió. El tiempo se quebró.
Ares vio el mundo volverse lento, espeso, silencioso. El proyectil avanzaba hacia él como si empujara agua. Podía escuchar su propio corazón, podía sentir su respiración temblar.
Pensó:
“Desearía estar justo detrás de él… sería más fácil…”
El ataque estaba ya frente a su cara. Ares cerró los ojos por instinto, esperando el impacto.
Un segundo después los abrió. El proyectil había desaparecido. El bandido también.
Solo había una espalda. A un metro de él. La espalda del enemigo.
Ares parpadeó, sin entender cómo había llegado hasta ahí. No tuvo tiempo para preguntas.
—?AHORA, ARES! —gritó Sylas desde atrás.
El ni?o apretó la empu?adura de su espada y lanzó un tajo horizontal con toda su fuerza.
El filo atravesó el aire con un siseo. La cabeza del bandido cayó hacia adelante, y el cuerpo se quedó inmóvil por un instante antes de desplomarse de rodillas.
Una luz salió del cadáver, la misma que habían visto antes en los geolitos y en los perros blink, luego se hundió en el pecho de Ares.
Las raíces que aprisionaban a Grumak se deshicieron al instante, cayendo como polvo vegetal.
—?Ares! —rugió el orco, liberándose y corriendo hacia él.
Ares retrocedió un paso tambaleante. Sentía el cuerpo pesado, la respiración irregular. Las piernas no le respondían. Cuando el cansancio lo venció y estuvo por derrumbarse, Grumak lo atrapó antes de que tocara el suelo.
Ares apoyó la frente contra su pecho, exhaló débilmente y murmuró:
— Yo… Tengo aura… Creo que ya entiendo…— dijo murmurando Ares justo antes de desmayarse
Grumak lo sostuvo con suavidad inesperada. La preocupación le endurecía el rostro, pero su voz salió en un murmullo bajo, rasposo, cargado de algo que casi nadie habría creído posible en él.
—Lo hiciste bien, hijo.
Ares no pudo escucharlo. Pero Sylas sí. Y jamás olvidaría ese tono.
Fin capitulo 3

