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33. Ritual

  Cuando regresaron al departamento, la noche ya había caido completamente. La luz de las farolas afuera apenas lograba penetrar las cortinas. Haruka no perdió tiempo: empujó la mesa baja a un lado y desenrolló el pergamino sobre el suelo.

  —Tráeme un mechero, Mochi.

  Mochi se levantó rápidamente y fue a la cocina en busca de uno. Haruka, de rodillas, mojó el pincel en la tinta negra —tan espesa que parecía casi sangre coagulada— y comenzó a trazar símbolos sobre el pergamino. Los caracteres, al principio desconcertantes, tomaban forma lentamente, curvándose en espirales que parecían cambiar de aspecto cuando uno apartaba la vista, como si los símbolos tuviesen vida propia.

  Mochi observaba fascinada, sus orejas de gato moviéndose con curiosidad.

  —?Qué dice eso? —preguntó, incapaz de contenerse.

  —No lo entenderías —respondió Haruka sin apartar la vista, totalmente concentrada—. Son parámetros para un hechizo.

  Cuando terminó, se incorporó y, tras un breve suspiro, levantó la voz.

  —Pueden salir.

  Desde la habitación se deslizaron las dos anomalías.

  La parka flotaba en silencio, mientras que el Ojo avanzó lentamente, apoyándose con cautela sobre sus patas.

  —Esto será rápido —explicó Haruka con calma—. Solo necesito un poco de su energía para estabilizar el vínculo. Coloquen una mano… o lo que tengan —a?adió, mirando de reojo al Ojo.

  Este respondió levantando una de sus patas delanteras.

  Mochi tragó saliva y colocó su mano sobre el pergamino. La superficie estaba tibia. Haruka asintió.

  —Ahora, canaliza tu éter. No te detengas hasta que te lo diga.

  Mochi cerró los ojos y dejó que la energía fluyera desde su pecho hasta la palma. El pergamino comenzó a brillar con un resplandor rojo profundo; las runas vibraron como si respiraran y una corriente caliente recorrió la habitación.

  El Ojo emitió un murmullo agudo, incómodo, y la parka se estremeció, sus mangas agitándose con nerviosismo, pero ninguna de las anomalías se apartó.

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  —Mochi —dijo Haruka—. Dales un nombre a cada uno.

  La petición la tomó completamente desprevenida. No tuvo tiempo de pensarlo demasiado; las palabras simplemente salieron.

  —Tú serás Kero —dijo, mirando a la parka—, porque eres verde… como una rana.

  Luego giró la cabeza hacia el Ojo.

  —Y tú serás Kumo porque pareces una ara?a.

  En ese instante, el brillo alcanzó su punto máximo… y se apagó de golpe.

  —Está hecho —anunció Haruka con voz serena.

  Encendió el mechero y acercó la llama al pergamino. En cuestión de segundos, el papel ardió con un fuego rojo y negro que no dejó cenizas, solo una bruma luminosa que se elevó y se disipó lentamente en el aire.

  Haruka exhaló con suavidad y se giró hacia Mochi.

  —?Cómo te sientes?

  —No siento ninguna diferencia. Estoy… bien.

  —Aun así, me quedaré esta noche —decidió Haruka—. Quiero asegurarme de que todo esté en orden.

  Mochi la miró, con las orejas moviéndose solas.

  —?Vas a dormir aquí?

  Haruka sonrió y tomó su mano con suavidad.

  —Es tarde, ?no? Además… —sus ojos brillaron con un matiz travieso— hace tiempo que no compartimos un ba?o.

  —?Eh? ?E-espera, Haruka! —protestó Mochi, alarmada.

  Pero la elfa ya la estaba arrastrando hacia el ba?o sin darle opción.

  Kero y Kumo se quedaron solos en la sala, observando en silencio cómo las dos chicas desaparecían por el pasillo.

  Poco después, el vapor llenó el ba?o, ti?endo el ambiente de un resplandor cálido. Las risas de ambas se mezclaron con el chapoteo del agua.

  Más tarde, cuando el silencio regresó al departamento, Mochi abrió el armario para sacar el futón, pero Haruka la detuvo con un gesto.

  —No hace falta —dijo, acomodándose en la cama de Mochi y dando suaves golpecitos al espacio a su lado—. Aquí hay espacio de sobra.

  —P-pero…

  —Vamos, no muerdo.

  Mochi infló las mejillas, avergonzada, pero terminó riendo y se deslizó bajo las sábanas. Quedaron frente a frente, separadas por apenas unos centímetros. La luz tenue de la lámpara resaltaba el brillo plateado del cabello de Haruka y el rojo suave del de Mochi.

  —Haruka… gracias por todo —susurró Mochi, con la voz ya adormilada.

  —Duerme, tonta —respondió ella, acariciándole el cabello con ternura.

  Mochi asintió y cerró los ojos. Su respiración se volvió lenta y tranquila.

  Haruka la observó unos segundos más, con una sonrisa cargada de cari?o y una leve preocupación. Luego apagó la luz.

  —

  La habitación quedó a oscuras, iluminada solo por la luz azulada que se filtraba a través de la ventana.

  Haruka seguía despierta, recostada de lado, con un brazo bajo la cabeza. A su costado, Mochi dormía profundamente, envuelta en las sábanas, con el rostro sereno y una peque?a sonrisa en los labios. Su respiración suave llenaba el cuarto.

  Haruka la observó durante un largo rato sin decir nada. La luz de la luna caía sobre el cabello rojo de Mochi, haciéndolo brillar.

  Ni siquiera imagina el potencial que esconde... pensó, con una mezcla de asombro y ternura.

  Recordó el ritual, Mochi había canalizado éter de forma constante, sin vacilar, con una naturalidad que habría hecho colapsar a más de un agente. Y cuando todo terminó, ni siquiera parecía cansada.

  Su cantidad de éter es enorme. Incluso con dos anomalías alimentándose de ella, sigue estable… como si nada.

  Haruka suspiró.

  Además, emitir pulsos de éter tan potentes agotaría a cualquiera. Y esta gatita lo hizo de manera continua.

  Bajó la mirada y volvió a observarla. Mochi se había acurrucado contra su brazo, buscando inconscientemente su calor, como una gata buscando un rincón soleado.

  Haruka alzó la mano y rozó con los dedos la mejilla suave de la chica.

  —Has crecido mucho… mientras no te miraba —susurró, casi sin darse cuenta.

  Mochi murmuró algo ininteligible y se movió, acercándose aún más, apoyando la cabeza sobre el pecho de Haruka. El corazón de la elfa dio un peque?o salto. Por un instante, se quedó completamente inmóvil, sin saber si apartarse o abrazarla.

  Al final, solo exhaló y le acarició el cabello con delicadeza.

  —Realmente te comportas como una gatita… —murmuró con una sonrisa apenas visible—. Será interesante ver hasta dónde llegas.

  Haruka cerró los ojos, dejando que el ritmo tranquilo de la respiración de Mochi la arrullara.

  Y por primera vez en mucho tiempo, la elfa se permitió bajar la guardia.

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