Eran las cinco de la ma?ana. También en invierno Ixen se despertaba antes que el gallo. Lo cierto es que tampoco le importaba demasiado, siempre había sido un hombre muy disciplinado y diligente. Se consideraba a sí mismo un hombre normal, sencillo… obediente, prudente y nada ambicioso; un buen hombre de Dios. Trataba de pasar desapercibido en el monasterio en el que había ingresado siendo muy joven. Tenía buenas relaciones con todo el mundo, era muy tranquilo y servicial.
En su adolescencia vivió una breve pero intensa crisis de fe tras encontrarse a tres muchachas ba?ándose en el río que separaba el monasterio del pueblo. Aquel muchacho de moral ejemplar que iba para sacerdote se disponía a entregar en mano una carta del Padre Thomas al tintorero del pueblo. Aquel recado tan inusual lo tenía alterado, hasta el momento en el que cruzó el río y supo lo que era estar alterado de verdad. Tras unos días en los que no salió de su celda, le comunicó al Padre Thomas que quería convertirse en paladín. Le explicó que recientemente había descubierto el furor del guerrero, que poseía un gran vigor que solamente la lucha podría sofocar; y así fue como fue instruido en el arte de la guerra y se convirtió en un defensor de Dios.
Con fe renovada, y mucha, muchísima exaltación por el combate, juró sus votos, el de castidad entre otros tantos, a la temprana edad de diecisiete a?os.
Ahora, con veintiocho, era un valioso veterano, Paladín en jefe de todos los monasterios y templos que tenía su Dios, Ador, en todo el estado.
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El ya ajado padre Thomas, ahora arzobispo de la orden de Ador en Rieva, requirió su presencia aquella ma?ana. Tenía una misión para él. Tendría que entregar un paquete personalmente al padre Dumas, el arzobispo de la orden de Anza, un dios bastante afín al suyo; con quien ya habían forjado alianzas anteriormente en varias luchas contra bárbaros.
—Por supuesto Padre, llevaré a varios de mis mejores hombres conmigo.
—No será necesario hijo. Confío en tu valía y coraje para proteger la caja hasta su destino. Además, nos harán falta todos tus hombres aquí en caso de ataque, y quizá ni aun así éstos puedan suplir tu ausencia…
Al oír aquellas palabras Ixen pareció crecer unos centímetros y el contorno de su tórax duplicarse, tal y como el padre Thomas esperaba.
—De hecho, es tanta mi confianza en ti que me aventuraré a pedirte otro favor.
—Estoy para serviros, Padre.
—Bien, el caso es que hace seis meses que reside y ora con nosotros un postulante de intercambio. Es un aprendiz de sacerdote de Dumas, un joven que quería conocernos y conocer a nuestro Dios.
—Sí, creo que lo recuerdo, ?no es ese que hiere a los gatos y ataca a las palomas en el claustro para practicar sus hechizos de sanación?
—Exacto. Tristemente ha llegado la hora de devolverlo con los suyos a la Catedral de Gorvis.
—Cuente conmigo Padre —tomó aire y miró al suelo. —?Pero cree que es necesario enviar a su mejor hombre a escoltar a un estudiante? Es decir, puede que eso me retrase en la entrega.
—Oh… vamos… ?a un guerrero como tú! —fingió dos carcajadas. —?Dios y yo sabemos que nada podría demorarte!
Con un pecho tan henchido que le chirrió la coraza, Ixen se apresuró con paso firme a por sus armas y su petate.

