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La cueva

  Elur se levantó de un salto y meneando la cola como un loco se acercó a Bach y le propinó un peque?o empujón con la cabeza, indicándole claramente que estaba orgulloso de ella.

  Lo de la orca era harina de otro costal. ésta, directamente, no entendía nada. El lobo no la había atacado, por el contrario, le había traído comida; y la elfa, que la había dejado inconsciente para luego curarla, ahora la invitaba a entrar.

  Una vez más fue Elur quien tomó la iniciativa. Se encaró a la orca, que seguía sentada, y se quedó quieto mirándola muy fijo. Ya fuera por la impresión o por el aliento del animal, a Gaggash se le cortó la respiración al instante. El lobo percibió su miedo y dio un paso atrás. Sin dejar de observarlo la orca se puso en pie, insegura. Echó un vistazo a la elfa, que también la estaba mirando, y en el momento en el que sus miradas se encontraron, Bach, que seguía en jarras, dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la cueva. Elur cogió entonces la liebre que seguía intacta del suelo y le clavó la mirada a Gaggash hasta que ésta cogió sus cosas y empezó a caminar tras los pasos de la elfa.

  Cuando llegaron a la cueva el asado de Bach ya se había quedado frío, así que Elur sería el primero en cenar. Ellas se quitaron las prendas que tenían mojadas y las extendieron y colgaron cómo y dónde pudieron, dándole a su refugio un aire bastante hogare?o. Se sentaron junto al fuego, una a cada lado de Elur. Bach comenzó a avivar el fuego y Gaggash, todavía bastante descolocada, comenzó a preparar las liebres. Aun con las manos temblorosas su destreza impresionó a Bach, que jamás había visto algo así. La velocidad y precisión con que aquella bárbara había sacado las pieles enteras a las piezas parecían casi mágicas. Cuando hubo acabado se las dio a ella para que las pusiera al fuego y guardó las dos pieles en su macuto.

  Por su parte, a Gaggash tampoco la dejó indiferente la pseudo—ceremonia—monólogo—ritual que tuvo la elfa con la cena antes de ponerla al fuego por fin. De manera inconsciente miró al lobo, como si éste le fuera a dar una explicación; pero estaba comiendo; y cuando Elur comía podría desplomarse el cielo que él no se daría cuenta. Así que la orca intentó mantener el tipo, intentando simular que allí no había pasado nada. Y no pasaba nada. Las dos miraban el fuego, en silencio. La bestia se levantó y se ausentó un par de minutos de la cueva, iría al excusado, lo más seguro. Cuando regresó todo seguía igual. Dio un golpe con el morro a un odre que estaba junto a la elfa y ésta por sistema sacó un recipiente de madera y dio agua al animal, que bebió como si no hubiera un ma?ana. Visto lo visto, las bestias de aquel lugar parecían ser más higiénicas y educadas que muchos miembros de su clan. El lobo se tumbó y volvió el silencio. Las miradas de las dos se cruzaban de vez en cuando, pero siempre volvían al fuego. Más silencio… para hacer la situación más incómoda aún, el lobo resopló bien fuerte, con ese matiz que sólo las madres saben darle a un suspiro cuando sus hijos intentan justificarse culpando al otro.

  —?Cómo se llama? —se atrevió Gaggash a preguntar por fin. De todas las preguntas que pudiera tener, le pareció la más acertada.

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  —Elur —contestó Bach aparentando indiferencia. ?Sí! ?La bárbara hablaba común! Así lo practicaría y quizá pudiera aprender de ella algún idioma nuevo. Además, le tocaba hablar:

  —Significa nieve.

  —?En élfico?

  —Y en druídico.

  ésta y no otra fue la animada conversación que mantuvieron las dos mujeres en toda la noche. Tras la cena la orca sacó los pellejos de las liebres de su petate y estuvo manipulándolos un rato. Cortó ciertas partes, al parecer sobrantes, quemó algo de pelo —o al menos a eso olía —y cuando por fin las volvió a guardar hizo una especie de paquetito que abultaba la cuarta parte que al principio.

  Claro que lo que hizo con exactitud Bach no lo pudo ver bien, ya que hacía como que escribía. Al poco de comenzar su andadura por el mundo decidió escribir algo así como un diario de expedición en el que registrar todos sus nuevos descubrimientos: plantas, animales, árboles, lugares, lenguas… puede que incluso gentes; y ahora se alegraba de poder escudarse en aquel equipamiento de escriba para poder rehuir de manera elegante —o eso creía ella —una inminente relación como mínimo de convivencia temporal.

  Al poco rato la orca se echó sobre una especie de camastro formado a base de equipaje. Bach seguía posando. Elur ya dormía. La elfa salió a dar una vuelta. Solía dar un paseo todas las noches. Por ser de su especie no necesitaba largas horas de sue?o para descansar, se restauraba con unas cuatro horitas al día, que más bien eran una suerte de vigilia.

  En su paseo nocturno rondó los alrededores de la cueva. Observó a las rapaces nocturnas, se acercó al río y por último se asomó al camino en busca de las huellas de los dos jinetes. Era capaz de ver con claridad a la luz de las estrellas, así que supuso que no sería difícil encontrar su rastro. Contra todo pronóstico, nada más girarse hacia el camino, se encontró de frente con una caseta de tela anclada justo en el medio. No pudo entender como habían podido fabricar algo así. De un tama?o considerable, aquel artefacto había esquivado la lluvia de la noche. Se podía hacer fuego dentro, o algo similar, ya que salía humo por una especie de chimenea de tela. Así que aquella casa burbuja soportaba el agua y el fuego. Quizá fuera alguna creación mágica de carácter elemental. Decidió acercarse con prudencia, podría darse el caso de que aquel objeto arcano estuviera provisto de trampas. Con sumo sigilo dio un par de rodeos en torno al perímetro, pero no descubrió nada nuevo, sólo obtuvo la confirmación de que eran dos hombres, dos caballos, y de que los cuatro roncaban. Tras este curioso descubrimiento —el del campamento— Bach volvió sobre sus pasos.

  Todo seguía en orden. Observó a la orca con mucha curiosidad y cierto recelo. ?Era enorme! Aunque bien mirada, y así, dormida y desde cierta distancia, no le pareció tan amenazante. Si no fuera por aquellos colmillos inferiores sobresaliendo sobre su boca y aquel gigantesco hacha junto a ella, hubiera podido llegar a pensar que tenía cierta ternura, incluso. Se detuvo ante Elur. Era magnífico. El mero hecho de verle dormir le aportaba paz. Una profundísima paz interna que le hacía sentir llena y feliz; ejercía sobre ella un poder extra?o, pero natural. Todo él y lo que le daba era puro, sencillo y franco. Después de Elur todo pasaba a un segundo plano, lo demás no parecía tan real. Era su bendición, y ya era incapaz de recordar su vida antes de su llegada; la evocaba, con muy poca frecuencia, como algo irreal, sin intensidad, como si todo antes de él hubiera sido plano.

  Elur movió las patas entre sue?os y emitió un par de gemiditos. Bach decidió que era un buen momento para acostarse y se acomodó junto a él, que de inmediato la cubrió desde atrás con su enorme pata blanca.

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