Gaggash madrugaba más de lo que Bach supuso. Cuando ésta despertó tuvo una de esas visiones que uno cree imposible concebir siquiera en la ficción: había una feroz orca de más de dos metros y ciento sesenta kilos barriendo. ?Barriendo! Era una imagen entre grotesca y cómica. Bach no daba crédito. Por lo visto se había fabricado una rudimentaria escoba de ramitas de buena ma?ana; o eso es lo que quiso pensar Bach, ya que la idea de que una orca bárbara llevara una en su mochila le parecía aún más inquietante. Eso no era todo, al incorporarse descubrió que los ropajes mojados que habían tendido la noche anterior estaban ahora minuciosamente doblados y apilados junto con las armas, limpias y pulidas. En la hoguera no había ni rastro de la cena. De súbito, un pompón gigante se restregó contra ella. Elur movía la cola con nerviosismo y le lamía las manos. Parecía contento. En fin, si a un huargo nival no le ofendía oler a lavanda, ella no era nadie para decir nada al respecto.
—Te has levantado temprano —fue todo lo que dijo.
—Sí. —Contestó la orca mientras seguía barriendo.
Bach no supo que más decir. Acababa de despertar y todavía no había encajado la situación. Quedó en silencio unos instantes. Decidió empezar a vestirse y equiparse.
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—?Son esas mis cosas? —preguntó se?alando lo que obviamente eran sus cosas.
—Sí.
Se dirigió entonces hacia el montoncito mirando a la orca de refilón y comenzó a calzarse las botas.
—?Has desayunado? —acertó a preguntar la elfa.
—Casi.
En ese preciso instante Elur soltó un quejido y se dejó caer. Resopló. La orca detuvo su escoba y miró al lobo. éste apartó la cabeza, avergonzado, y Gaggash estalló en una carcajada. Bach creyó entender.
—?Huevos? —fue todo lo que preguntó.
Como respuesta la orca se rio aún más, Elur se levantó ofendido y salió de la cueva. Y mira que se lo tenía dicho, que pidiera a—y—u—d—a. Cada vez que Elur encontraba un nido se empe?aba en traer él mismo los huevos. Era muy testarudo y autosuficiente; contra eso no se podía luchar.
—?Lo hace a menudo? —trató de averiguar Gaggash, aun entre risas.
—Cuando está muy contento, y el día de mi cumplea?os. Sabe que me gusta desayunar huevos —dijo mientras terminaba de vestirse.
La orca ya había acabado de limpiar y estaba preparando su petate. En un par de minutos ya estaban listas para abandonar su refugio; y en el momento en que Gaggash terminó de apagar el fuego sintió curiosidad:
—?Cuántos a?os llevas sin desayunar en tu cumplea?os?
Bach miró de frente a la orca, que la miraba con sorna agachada junto al fuego.
—Seis.
Fue todo lo que dijo, y salió de la cueva a reunirse con Elur. Una carcajada explotó en el interior de la gruta resonando en todas direcciones. Bach casi sonrió.

