home

search

Capítulo II: Los Ladrones de Antigua Luna (Completo)

  El sol brillaba sobre la ciudad de Antigua Luna, mucho más ajetreada que los peque?os pueblos rancheros a los que estaban acostumbrados. Los edificios consistían todos de mínimo dos pisos, paredes recién pintadas con tonos albos y techos de teja azur. Las calles, llenas de comercio, daban a Antigua Luna un sabor de vida antagónico al rural; diferente pero humano de todas formas. De hecho, la se?orita Lombarde, bajo sus propios criterios, había medido que se trataba de una urbe. Pues dictaminó que como contaba con más de una torre de reloj, era suficiente.

  Rex Ford y Víctor cabalgaban tardo, a paso de peatón. Habían recuperado sus caballos tras el encuentro con James. “Fiasco” le llamaba la se?orita Lombarde. Ella andaba sin cabalgar, guiando a su corcel de la correa, pues encima de éste descansaba horizontalmente un hombre llamado Kit Tanning. Se encontraba amarrado de los brazos, el torso, las piernas y la boca.

  La se?orita leía el papel de recompensa en voz alta, desde el nombre y el cargo del criminal hasta los detalles más inferiores, como la compa?ía que había publicado el aviso.

  —Stiel Gunn & Co.

  —?Qué? —preguntó Víctor.

  —“Stiel, Gunn y compa?ía” —respondió ella—, es la Corporación de Acero.

  Verónica ense?ó el papel al mismo Kit, como para entretenerlo.

  —No tiene sentido —siguió hablando—. La Corporación de Acero se beneficia si Rumbo Largo es aterrorizado por criminales. ?Para qué ofrecerían dinero por atraparlos?

  —Quizá les conviene más —habló Rex—. Los civiles ven los papeles y se enteran de que están repletos de bandidos.

  Verónica siguió mirando la tinta.

  Obtener un pago de la compa?ía por entregar criminales iba en contra de sus sospechas. Si la empresa realmente ofrecía una remuneración a cambio de limpiar las calles, y lo hacía de manera justa, su paranoia resultaba no ser más que una coincidencia terrible. Quizá era un hecho que el nuevo camino, por donde pasaría el nuevo tren, simple y sencillamente era más seguro que el Rumbo Largo. Sin necesidad de una publicidad arreglada.

  Se galardonó a sí misma con el mero gesto al entrar por el umbral de la comisaría, aunque era Rex quien venía cargando al bulto.

  —Buenísimas tardes —reverenció al sheriff—. Le traemos nada más y nada menos que un criminal recién horneado.

  “Date la vuelta, querido” indicó a Rex, quien la miró desconcertado por tal actitud soberbia. Verónica insistió. Quería sostener el retrato de Kit al lado de la cara, retirando la mordaza en el proceso.

  —Kit —saludó cansadamente el sheriff.

  —Miguel, ?qué tal los ni?os? —contestó el otro.

  Verónica le puso la mordaza de nuevo. El sheriff, sin dejar de lucir exhausto, sacó una pluma y una chequera.

  —Nombre…

  —Trixie —mintió.

  —?Posee una cuenta bancaria en Grupo Oro?

  Verónica titubeó. En efecto, poseía una, pero al nombre de “Verónica María Lombarde”; un detalle que el Se?or Edward Gunn identificaría de inmediato. Si los miedos de la muchacha eran cumplidos, podía ser que la espiaran hasta en la transacción más mínima.

  —Nos gustaría la recompensa en efectivo.

  —No hay esa cantidad de efectivo —sopló el sheriff—. Pero es bienvenida a ir a Grupo Oro y crearse una cuenta —sonrió—, “Se?orita Trixie”.

  Verónica casi le arrebató el cheque de la mano al sheriff y lo dobló pulcramente antes de meterlo en su cuadernillo y guardarlo en el bolso.

  —Pagaremos la comisión —le dijo, y se dio media vuelta para salir de la comisaría—. Gracias.

  Rex y Víctor se despidieron con un cabeceo formal y siguieron a la se?orita Lombarde.

  —?Cuál comisión? —preguntó Rex una vez que estuvieron lo suficientemente lejos.

  —La comisión para cobrar un cheque sin tener una cuenta —explicó Verónica—. Me parece que Grupo Oro maneja una tarifa plana de cincuenta monedas, así que no importa mucho.

  —?Pero por qué no usa su cuenta?

  —Solo es una precaución —aclaró ella—. No quiero que el Sr. Gunn sepa dónde estoy ni qué estoy haciendo.

  Rex asintió. él no entendía muy bien cómo funcionaban los bancos —nunca los había usado de manera legítima—, así que confió en que Verónica estaba siendo sensata.

  —?Será prudente que yo abra una cuenta? —preguntó Víctor.

  Verónica sacudió la cabeza.

  —No creo que sea necesario. Además, ?qué tal que tiene espías en los bancos?

  —En ese caso, usted no debería ni entrar —dijo Rex, y aunque su tono era medio en broma, Verónica suspiró.

  —Tiene razón. —Verónica sacó hábilmente el cheque de su bolso y se lo dio a Víctor—. Tú cóbralo.

  Víctor alzó una ceja.

  —?No crees que estás exagerando? —preguntó, pero se guardó el cheque en el bolsillo del chaleco.

  La mujer pareció pensarlo un poco más. Desde que descubrieron que Ben James trabajaba para alguien, y que ese alguien la quería viva, Verónica no podía dejar de pensar que se trataba de Edward Gunn.

  A diferencia de sus acompa?antes, ella no tenía muchos enemigos. Era una mujer de negocios, no una pistolera que estuviera en ri?a con pandillas y maleantes; sus únicos oponentes eran otras compa?ías. Sin embargo, su mayor contrincante era el Sr. Gunn.

  No les había contado sus sospechas a Rex y a Víctor porque no tenía en qué sustentarlas más que en una mala corazonada, pero había estado observando todos sus alrededores con muchísima más atención que antes.

  —Quizás… Quizás un poco —finalmente admitió, tratando de relajarse.

  —Además, si tuviera espías en los bancos, también los tendría afuera en la ciudad —a?adió Rex con una sonrisa burlona.

  Víctor le lanzó una mirada de “no estás ayudando”, pero Verónica chistó ligeramente, medio divertida.

  —Bueno. Como sea, vamos al banco —dijo ella.

  —Vayan ustedes —se excusó Rex—. Llevaré a los caballos al corral.

  El banco de Antigua Luna colindaba con edificios en todas direcciones menos el sur. Resultaba difícil que entrara el sol por las ventanas. Sin embargo, más que un error de arquitectura, al tratarse de una ciudad conglomerada, pocos ventanales en Antigua Luna tenían el lujo de encarar al este o al oeste. Para ello, Grupo Oro contaba con las lámparas de aceite más modernas. Brillaban todo el día y quemaban sin emitir aroma. Además, proveían una atmósfera artificial al interior de los muros, digna de un edificio capitalino.

  En donde más brillaban estas lámparas era a lo que los empleados se referían como “la parte de atrás”.

  —Aria —llamó su jefe—, venga. No te escondas de los clientes.

  —No me estoy escondiendo.

  —Tu descanso terminó hace más de un minuto.

  La tomó de ambos hombros desde la espalda.

  —Sé que estás nerviosa —dijo mientras la empujaba—. Es tu primer día y has tenido malas interacciones con los clientes, pero estoy aquí. Y te prometo que te acompa?aré.

  Otro empleado llamó al jefe. “Fer, ?podrías venir a checar esto?”.

  —Claro que sí.

  Y éste dejó sola a Aria.

  Por la puerta del banco entró una mujer con una trenza francesa, la trenza más grande que Aria hubiera visto, seguida de un hombre sin más vello facial que unas patillas largas; el atuendo del hombre se parecía al de un oficial y su rostro, a los dibujos que Aria veía en los catálogos de ropa, por lo que le pareció lindo.

  —Buenas tardes —dijo Verónica—, me gustaría cobrar este cheque.

  Aria lo inspeccionó.

  —?Tiene una cuenta con nosotros?

  —No, pero pagaremos la comisión. El resto, nos gustaría retirarlo en efectivo.

  Mientras Verónica decía esto, la chica tomaba su manual y memorizaba las estipulaciones. Escuchó que mencionó el efectivo. Su jefe le había explicado, como parte del porqué fue contratada, que habían sido robados el día anterior.

  Volteó a ver a su jefe, que seguía ocupado.

  —No tenemos esa cantidad de efectivo; lo lamento.

  Verónica puso los ojos en blanco, lo cual detonó pavor en la recepcionista.

  —Sería un total de dos mil ochocientos.

  Los ojos de Verónica se convirtieron en dagas.

  —No —discutió—. Sería un total de tres mil doscientos cincuenta.

  —Es que la comisión para clientes sin cuenta es del veinte por ciento en cheques mayores a tres mil.

  —??Qué?!

  “Por favor no me grite” murmuró Aria, pero nadie la oyó. Víctor se disculpó y dijo que habían tenido un día largo. El jefe de Aria se percató de esto.

  —Discúlpenla, es nueva y no sabe lo que hace. Pero son bienvenidos a crearse una cuenta en Grupo Oro, así no pagan comisión alguna —se?aló sonriendo, tomando el lugar de Aria—. Es en esa fila de ahí.

  Luego, rega?ó a Aria por no mencionar lo de crear la cuenta.

  Las filas eran algo que la se?orita Lombarde detestaba.

  —?Qué clase de pocilga de segunda no tiene efectivo?

  —Usted no debe de leer el periódico —dijo la persona formada enfrente. Y se inclinó para cuchichear como buen mensajero clandestino—. Fueron robados.

  Víctor giró la cabeza como si lo hubiesen llamado.

  —?Robados? —quiso saber—. ?Por quién?

  La mujer delante del hombre en la fila volteó para susurrar también.

  —Fueron los hermanos Severino. Han estado atracando por Rumbo Largo.

  El oficial asintió con la cabeza, procesando la información. Había oído de los hermanos Severino, pero recordaba que su área de trabajo estaba mucho más al oeste.

  —?Han atracado algún otro lugar?

  —Solo el banco —dijo la mujer—. Pero Mildred Bustamante dice que vio a uno de ellos paseando por la joyería.

  Víctor volvió a asentir. Pocos bandidos se atrevían a asaltar la misma ciudad más de una vez, pero los hermanos Severino eran famosos por eso: llegaban a un sitio y vaciaban el banco junto con dos o tres negocios.

  —?Conoces a estos hermanos? —le preguntó Verónica.

  —He oído de ellos. Quizás Rex también los conozca. —Se despidió de las personas con un cordial cabeceo y se dirigió a la salida—. Vamos.

  Verónica se tardó unos segundos en darse cuenta que se estaban yendo, pero finalmente se apresuró para alcanzar a Víctor y dejar el establecimiento.

  —?A dónde vamos? —preguntó la mujer.

  —Estos hermanos nunca roban un solo lugar. Si solo han robado el banco, quiere decir que apenas vienen llegando a la ciudad y se quedarán un par de días más.

  Verónica entendió a lo que se refería.

  —Entonces el dinero del banco está… ?en algún sitio por aquí?

  —Es posible. —Se detuvo brevemente para ubicarse; se dirigía a los establos.

  —?Claro! Y entonces podremos cobrar en efectivo.

  Víctor miró a Verónica con el ce?o fruncido, medio preocupado por las prioridades de su compa?era.

  —Y, además —a?adió la mujer casi tartamudeando—, sería lo correcto.

  —Sería lo correcto y además podríamos cobrar el cheque —corrigió Víctor amablemente.

  Verónica asintió con la cabeza y siguió caminando con su compa?ero.

  ★

  Rex acababa de dejar a los caballos cuando vio a Víctor y Verónica acercándose. El hombre caminaba con determinación, por lo que Rex supo que tenía un plan o alguna idea.

  —?Cómo les fue en el banco? —les preguntó para ser cortés.

  —Terrible —respondió Verónica—. No tenían efectivo.

  —Porque los asaltaron —a?adió Víctor, nuevamente priorizando la información—. Los hermanos Severino.

  Rex alzó una ceja, visiblemente perplejo.

  —?Tan al este?

  Víctor confirmó con un cabeceo.

  —Creo que siguen aquí. Una mujer dijo que vio a uno de ellos acechando la joyería.

  Rex se cruzó de brazos, considerando el plan tácito que se estaba formando.

  —No tienen una recompensa por aquí, ?o sí?

  —Pues… no. Pero tienen el dinero del banco.

  Al forajido se le dibujó una sonrisa de codicia y orgullo.

  —?Ah! Me gusta como piensas. Si los atrapamos, podemos quedarnos con las monedas.

  El oficial suspiró y se llevó la mano al rostro.

  —No, Rex. Devolveremos las monedas.

  La sonrisa de Rex desapareció.

  —Ah…

  —Pero podremos cobrar en efectivo y quizás nos den una recompensa —a?adió rápidamente la se?orita Lombarde para no perder por completo el interés de Rex—. Después de todo, sería un servicio público.

  El hombre gru?ó por lo bajo, pero terminó por asentir.

  —?Quieres ir a buscarlos entonces?

  —Creo que no perdemos nada con intentarlo —confirmó.

  Necesitaban repasar las pistas que tenían. Reservaron una habitación de hostal, esperando eventualmente ser capaces de costearla. El ex oficial sugirió ir en busca de aquella tal Mildred Bustamante mencionada por las personas del banco. Sin embargo, Rex lo consideró fútil. Aseguraba que los hermanos Severino atacarían la joyería en cuanto se izara el cielo nocturno, pues si durante el día habían cometido el error de dejarse ver, era porque pretendían infiltrarse esa misma noche.

  La primera propuesta de Verónica, y lo que más convino a los tres, fue obtener el periódico de Antigua Luna.

  —“Los hermanos Severino” —leyó en voz alta—, “famosos originalmente por pertenecer a un acto de circo familiar en Cambolana, terminaron dándole al público una última sorpresa al practicar la voltereta de convertir sus vidas en un acto de crimen”.

  “Liz, Enya y Jerónimo Severino nacieron directo al mundo del espectáculo en una familia de acróbatas conocida como Los Voladores Severino. Entrenados desde peque?os, los tres se enorgullecían de erguir la tradición del entretenimiento, trepándose al trapecio cual segunda naturaleza. Quizá fue esta falta de miedo a las alturas lo que se convertiría en una motivación por desafiar las autoridades”.

  “La muerte de la madre, administradora del circo y viuda del antiguo portador del nombre, confirmó las sospechas que de por sí se intercambiaban entre el público: los hermanos no eran personas honestas. Sobrando en juventud e inexperiencia, abandonaron la vida de circo para adentrarse a una cruzada de romper la ley”.

  “Desde hace cinco a?os van de pueblo en pueblo y saquean todo lo que cabe en sus manos. ?Cómo escapan siempre de la autoridad? Nadie lo sabe. El menor es el único que ha sido arrestado de los tres, por lo tanto, el único que cuenta con un retrato publicado por las autoridades. Corpulento, porta un grueso bigote negro retorcido en ambas puntas y es completamente calvo de la cabeza. Fue liberado de prisión por sus dos hermanas mayores, Liz y Enya, hace dos a?os y medio”.

  Verónica terminó de leer un par de párrafos más que enfatizaban el detalle explicado por Víctor. En efecto, se quedaban más de un día en la misma ciudad y robaban más de un negocio.

  Sin embargo, Rex y Víctor habían dejado de prestar atención. Miraban a una distancia perdida de los ojos de Verónica. ésta se preocupó. Pensó que yacía alguien peligroso a sus espaldas, o quizá tenía una mancha en el rostro, pero al percatarse correctamente, notó que le estaban mirando las manos. Más precisamente, la contraportada de la prensa.

  “Maestra en San Domingo pierde casa en incendio”.

  Una fotografía de Miroslava, llena de vida al momento de ser tomada, los encaraba directamente. Verónica sintió que le faltaba el aire. Tragó saliva. Dobló el periódico con mucha delicadeza, como si no quisiera lastimar la figura de la fotografía, y decidió cambiar el tema lo más pronto posible.

  —Sé quién es Mildred Bustamante —dijo.

  Rex y Víctor intercambiaron miradas.

  —?Cómo?

  Verónica hizo un ademán con el periódico.

  —Ella firmó este artículo.

  Víctor hizo un sonido de admiración.

  —Una mujer de letras.

  Rex gru?ó por lo bajo.

  —?Y tenemos que ir a entrevistar a esta reportera?

  —Bueno, ella sabe qué joyería estaban viendo —explicó Verónica, revisando el título del periódico para asegurarse de qué edificio buscar.

  —?Cuántas joyerías puede haber en una ciudad?

  La mujer solo sacudió la cabeza para indicar que la respuesta era obvia y emprendió el camino hacia el centro de Antigua Luna, donde si no encontraban las oficinas del periódico, al menos hallarían a quién preguntar.

  A pesar de que Verónica se sentía como en casa caminando por las amplias calles de la ciudad, Víctor y Rex estaban fuera de su elemento. Víctor esquivaba a los peatones que bullían por el camino, pero Rex chocaba sus hombros contra varias personas, careciendo la costumbre de transitar por tan concurridos andadores. Se le veía un poco irritado.

  Por fin llegaron a la plaza principal y, aunque también estaba atestada, encontraron un peque?o espacio donde el flujo transeúnte era menor.

  —Hay mucha gente —se?aló Rex a modo de queja.

  —Es la hora pico —se?aló Verónica, mirando a los alrededores en busca del edificio del periódico—. ?Alguien ve las oficinas?

  Víctor y Rex también buscaron, alzando la mirada para examinar las altas fachadas de los edificios que rodeaban la plaza principal, pero ninguno leía el nombre del periódico de Antigua Luna.

  —Bueno, se intentó —dijo Rex, rindiéndose con exageración.

  Verónica puso los ojos en blanco y simplemente llamó la atención de un hombre que iba pasando,

  —Disculpe, ?sabe dónde están las oficinas del periódico? —le preguntó cortésmente.

  —?El periódico? —contestó el hombre—. Lo imprimen en el norte de la ciudad. Casi afuera.

  El hombre se alejó sin siquiera dejar que Verónica le agradeciera, pero a la mujer no le importó mucho. Miró a sus compa?eros para indicar que seguirían caminando y avanzó hacia el norte.

  El periódico de Antigua Luna estaba entre una lavandería y una farmacia, resaltado por las grandes letras en la cornisa que anunciaban su nombre. Efectivamente, estaba casi en los límites de la ciudad, teniendo una calle trasera que conectaba directamente con el camino hacia el Rumbo Largo. A través de las ventanas se podía ver el bullicio en su interior: una docena de personas trabajando en las tres prensas para tener listo el periódico del día siguiente.

  —Mildred —dijo el due?o—, ?nada sobre los ladrones?

  —No. No desde que preguntó hace cinco minutos —respondió ella, jugando con el lápiz entre sus dedos—. Ya le dije que será la historia de ma?ana.

  —A los lectores les encantó todo lo que investigaste sobre esos hermanos. Quieren más. ?Por qué no vas al telégrafo a preguntarle a tu amiga de Cambolana? —insistió el se?or Harper.

  Mildred soltó un peque?o bufido, pero se levantó. No iría a hablar con su amiga, pero iría a dar una vuelta y ya se inventaría una excusa cuando regresara. Necesitaba el aire fresco.

  —No imprima la historia de la frutería hasta que regrese —le advirtió a su jefe.

  A pesar de ser solo la reportera, Mildred tenía un porte de autoridad en el periódico que incluso el se?or Harper respetaba y obedecía. éste asintió y la dejó irse, esperando que volviera con noticias sobre los ladrones de Antigua Luna.

  La se?orita Bustamante se puso su pamela sobre el mo?o alto de su cabello y se llevó la chaqueta en el hombro. Al abrir la puerta, casi se dio de bruces contra otra mujer.

  —Ay, una disculpa —dijo Verónica, poniendo una mano entre ambas para no chocar.

  “Mira por dónde caminas” se alejó Mildred, irritada.

  El olor a tinta resquemó la nariz de Rex. El lugar estaba repleto de aquel aroma.

  A mitad del edificio, sobre tres piernas de madera, descansaba una caja con pliegues similar al cuerpo de un acordeón; aparato con el que Rex había interactuado muy pocas veces.

  Víctor les preguntó si no les parecía hermoso, encontrando fascinante el proceso de la imprenta, pero Rex declaró que era mala idea lo que estaban haciendo. Lo había repetido ya en el camino; de tanto andar terminarían exhaustos, especialmente si retornaban hacia los adentros de la ciudad. Sin embargo, Verónica pareció ignorarlo. Le dijo que si encontraba esto abrumador, Cambolana lo sería diez veces más.

  —?En qué puedo ayudarles? —preguntó el se?or Harper a las visitas.

  —Buscamos a Mildred Bustamante —respondió Verónica.

  —?Motivo?

  —Somos… viejos amigos de ella.

  —Ajá.

  El hombre sacó una escopeta. Rex, instintivamente, colocó una mano sobre su funda, pero Verónica lo frenó con un movimiento, a lo que Rex cedió. No había necesidad de un enfrentamiento tan trivial. El único sonido que se escuchó en aquella atmósfera tensa fue el seguro de la escopeta de Harper siendo desactivado.

  —En cuanto se larguen de aquí —habló el se?or—, me aseguraré de que el sheriff Miguel sepa que lidiamos con tres foráneos fisgones. Ahora, ?qué tal si me dicen la verdad?

  —Sólo somos cazarrecompensas —imploró Verónica con ambas manos levantadas—. Queremos saber dónde está la joyería que acechaban los hermanos Severino.

  Sin dejar de observarlos, el se?or Harper frunció la mirada y sacudió su cabeza mientras respondía.

  —Los hermanos Severino no tienen una recompensa, ?tarados!

  Mildred Bustamante dictó desde el umbral.

  —Es porque quieren quedarse con el botín del banco.

  —No, no —debatió Víctor—. Se equivocan sobre nosotros. Miren, planeamos devolver el dinero. Queremos lo mismo que ustedes. Justicia.

  Mildred comenzó a dar pisadas lentas, enfatizadas por el eco que causaban sus tacones al caer.

  —Odio a los cazarrecompensas —dijo—. ?Escupo sobre ellos! ?Creen que por ser una reportera he desarrollado un gusto mórbido hacia el delito? Me da pena cuando se aprovechan de lo roto, sino es que destruido, que está nuestro sistema. Actúan por fuera de la ley. Actúan por interés propio, ?y se atreven a decir que queremos las mismas cosas?

  Se acercó lentamente a Víctor hasta ponerle las manos encima. Rex y Verónica podrían jurar que se acercó demasiado, pues parecía que le respiraba en el cuello.

  De los bolsillos del hombre, sacó una credencial vieja.

  —“Oficial Víctor Guadalupe”.

  —??Cómo es que tienes eso?! —murmuró Verónica entre dientes—. Creí que perdimos todo en el incendio.

  Víctor anheló convencer a sus camaradas, con su tono de voz, de que la siguiente respuesta era de lo más natural.

  —Siempre la cargo conmigo, en caso de tener que confirmar mi identidad.

  —?Oh! Ya sé de qué voy a escribir mi artículo hoy —dijo Mildred al se?or Harper—. El oficial Víctor y sus dos secuaces llegan a Antigua Luna para tratar de detener a los hermanos Severino. ?Saldrán vivos de este afrontamiento? ?O serán asesinados? —soltó un bufido—. El resultado será la historia de ma?ana.

  Acercó sus labios a la oreja de Víctor.

  —Y como me siento generosa, les daré lo que vinieron a buscar. El nombre de la joyería es Hepburn’s. Se encuentra tres cuadras al sur.

  Bustamante, entonces, sin dejar de aprovechar que los cazarrecompensas se encontraban a punta de pistola, maniobró la cámara de fotografía.

  —Sonrían.

  Y los capturó a los tres con un destello.

  —Ah, y lo más probable es que los Severino atraquen a medianoche. Eso hacen con las joyerías de otros pueblos.

  Rex se frotó los ojos y refunfu?ó algo sobre que no le gustaban las fotos. Verónica se interpuso entre él y la reportera.

  —Gracias por el dato —fingió amabilidad, y luego a?adió con un poco de arrogancia—. Es más, también me siento generosa, así que aquí va una sugerencia para el titular: “Cazarrecompensas atrapan a los hermanos Severino.”

  Mildred alzó una ceja y formó media sonrisa, entretenida por el alarde de la se?orita Lombarde. Sin embargo, Víctor carraspeó para llamar la atención de su compa?era.

  —Se supone que estamos manteniendo un perfil bajo —le recordó en voz baja.

  El rostro de Verónica mostró brevemente su retractación, pero se deshizo pronto de esa expresión y volvió a mostrar confianza.

  —Que tengan un buen día —dijo, y se dio la vuelta para salir.

  Víctor dio un cabeceo cortés y se despidió, recuperando su credencial, mientras que Rex solo gru?ó y salió a pisotones.

  —No me agrada esa mujer —resopló, mirando sobre su hombro mientras se alejaban del periódico.

  —No tiene que agradarte. Nos dio lo que queríamos —fue la pragmática respuesta de Verónica.

  Víctor era el único que no había salido de mal humor de aquel sitio.

  —Me parece sagaz —habló, jugando con su credencial entre sus manos.

  Verónica puso los ojos en blanco y se giró brevemente para encarar al oficial.

  —Te gustó —acusó—. Y no puede ser que tengas tu maldita credencial. ?Acaso duermes con ella?

  Víctor optó por no contestar, y puso una cara de ligera indignación. Eso era respuesta suficiente.

  —?Y confiamos en lo que dijo? —cuestionó Rex—. ?Medianoche en Hepburn’s?

  Verónica se encogió de hombros.

  —Es la única pista que tenemos. Y no es como que podamos estar en todas las joyerías al mismo tiempo. Ni siquiera sabemos cuántas hay.

  Algo de la situación no le gustaba al pistolero. La reputación de los hermanos Severino los precedía. Incluso Ben James había alabado sus robos un par de veces, y era sabido en los círculos de bandidos que eran unos ladrones sigilosos. Si Jerónimo se había dejado ver en Antigua Luna, solo podía significar una de dos cosas: los hermanos se estaban volviendo descuidados —lo que era improbable—, o era una distracción.

  —Hay que revisar las demás joyerías —habló con determinación—. Por si acaso.

  —Nos llevará el resto del día —se quejó Verónica.

  Rex le dirigió una mirada que indicaba que el plan no estaba a votación. La mujer suspiró resignada y asintió.

  —?Estás buscando algo en particular? —inquirió Víctor.

  Rex dio un lento cabeceo antes de responder.

  —Sí. Quiero ver cuál es la que yo robaría —dijo firmemente.

  El sol comenzó a ponerse y Rex, Víctor y Verónica emprendieron su misión. Rex determinó que los hermanos Severino no podían alejarse mucho, pues debían haber establecido un punto de encuentro y éste tenía que ser aleda?o al lugar de su primer atraco. Se limitaron a investigar joyerías cerca del banco primero.

  Ya para aquel momento del atardecer, los rayos de sol eran selectivos sobre qué ventanas merecían ser acariciadas por ellos. Una en particular parecía ganárselo, pues de ella emanaba una linda melodía que decoraba el cielo. Se trataba de un peque?o hostal, a los límites de la ciudad, donde las cuerdas de una jarana eran tocadas delicadamente.

  Una mujer de cabello cobrizo y piel llena de peque?os lunares improvisaba una canción sobre su familia.

  Había una vez tres bandidos

  Con fugas que siempre lograban

  Eran simples, de hecho

  Pues usaban los techos

  Pero aquello nadie descifraba

  Fue interrumpida por su hermana mayor.

  —?Qué quieres de cenar?

  —Pollo frito.

  —Ayer comimos pollo frito.

  La chica, entonces, se tomó más tiempo para pensar.

  —No sé. Escoge tú por mí.

  Un grito masculino sonó en toda la habitación, cual oso voraz defendiendo su territorio. Era la estruendosa y gutural voz de Jerónimo, quien en realidad no estaba gritando, pues su voz siempre sonaba así y las hermanas ya estaban acostumbradas.

  —?No! —terminó de alegar—. Te lo dije. Te prefiere a ti que a mí.

  —?De qué hablas?

  —Siempre le cedes el voto a Liz, lo cual quiere decir que Liz vota dos veces. Yo, una. ?Y tú, cero!

  —?Pues es que tú siempre quieres cenar pan!

  —No peleen —dijo la hermana mayor, y demandó de nuevo una respuesta.

  —Ya te dije que no sé. Escoge tú por mí.

  El hermano volvió a alegar.

  —?Bueno! Cabeza de chorlito, elige tú.

  “Pan” exclamó Jerónimo.

  —Encárguense de esto, por cierto —se?aló Liz, refiriéndose a un montón de lingotes de oro—. No quiero que la mucama entre y nos descubran.

  —Lo estamos contando.

  —Pues terminen de contarlo en lo que voy por la cena —indicó Liz, y salió a caminar a la ciudad.

  Liz Severino ya se había percatado de que ella y sus hermanos capturaban la atención de los periódicos. Aunque, más que asustarle, alimentaba su ego. Eso sí, no había coincidido con gente que hablara sobre el tema a sus espaldas. Al parecer, Antigua Luna estaba fascinado con los hermanos Severino, especialmente porque se escondían entre ellos a plena luz del día, y las personas que estaban formadas en la panadería, atrás de Liz, eran el perfecto ejemplo.

  —Actores de circo, ?puedes creerlo?

  —Hay que ser un nuevo nivel de escoria para alejarse de un trabajo que ya es digno y empezar a dedicarse al crimen.

  “Ignóralos” se dijo a sí misma.

  —De por sí la economía está difícil. Uno no puede encontrar trabajo en estos tiempos. Y ellos que ya tenían, lo abandonan.

  —La pobre madre. ?Supiste? Murió porque se enfermó y ellos no la cuidaron.

  Liz sintió un agujero en el estómago. Sopló aire por la nariz.

  “?Saben qué?” se imaginó volteando, “Yo escuché que la madre escondió su enfermedad a sus hijos, porque era una fanática religiosa y prefería evitar el tratamiento para estar con el papá”. Pero lo único que realmente salió de su boca fue el encargo de comida para el joven del mostrador.

  Los hombres a sus espaldas siguieron charlando en voz alta, haciéndola enojar más. “Menos mal” dijeron, “Nadie se ha llevado el último pastel de pi?a”.

  —Me da también el pastel de pi?a —dijo Liz.

  Uno de los hombres dijo una maldición, lo que terminó de pintar una sonrisa en el rostro de Liz. Pagó una moneda por los panes, y cuando el joven le ofreció los centavos de cambio, ella solo sacudió la cabeza y le dijo que se lo quedara; después de todo, era el dinero del banco.

  La mujer salió de la panadería y miró las nubes te?idas de anaranjado. Su sombra, alargada por el atardecer, desaparecía bajo aquellas de los altos edificios. Eso era algo que le gustaba de las ciudades: los días terminaban antes y las noches duraban más. Los faroles de la calle, a pesar de alumbrar la vía pública, a?adían a la noción de la noche. Los citadinos eran gente de rutina, y una vez que el sol se ponía, su vida se detenía. Se volvían dóciles. Blancos fáciles.

  Caminó tranquilamente por la calle principal de Antigua Luna con la confianza de quien es due?o del lugar. Se encontró a sí misma tarareando la tonta canción que Enya había estado cantando antes y sonrió con picardía, como quien ya ha ganado en el ajedrez. Al pasar por un grupo de mujeres cuchicheando, su satisfacción aumentó.

  —?Escuchaste? Los hermanos Severino tienen a Hepburn’s en la mira —dijo la primera.

  —?Y qué están haciendo los oficiales? —preguntó la segunda.

  If you stumble upon this narrative on Amazon, it's taken without the author's consent. Report it.

  —Oí que pondrán algunas patrullas más. Por si acaso.

  —?Tanta seguridad por un chisme? —dijo una tercera mujer.

  —No es cualquier chisme —explicó la primera—. Mildred Bustamante los vio. Ella es de fiar.

  “Si tan solo lo supieran,” pensó Liz, aguantándose las ganas de presumir su plan maestro.

  De vuelta en su peque?a habitación, Liz arrojó la bolsa del pan sobre la mesita que ya estaba despejada de los lingotes de oro.

  —La cena —anunció, masticando un cuernito.

  Jerónimo se abalanzó como un coyote muriendo de hambre y pescó su pan del papel, acabándoselo de un bocado.

  —Ya era hora —habló con la boca llena.

  Enya tomó su cono relleno y se acercó a Liz.

  —Hermana…

  —Dile lo de Mildred —interrumpió Jerónimo, pescando un segundo panqué de la bolsa.

  —Estoy diciéndole, bobo. Déjame hablar.

  —?Qué con Mildred? —preguntó Liz, sentándose en el borde de la cama.

  —Vino mientras no estabas.

  La hermana mayor alzó una ceja, intrigada y cautelosa. Se suponía que no tendrían más contacto hasta después del atraco a la joyería.

  —?Qué quería?

  —Dijo que…

  —Unos cazarrecompensas le preguntaron por nosotros —interrumpió el hermano de nuevo, quitándose las migajas de su pa?uelo.

  Enya le lanzó dagas con los ojos. Liz se interesó más.

  —?Cazarrecompensas? No tenemos ninguna en Antigua Luna —dijo más para sí misma—. ?Nos habrán seguido desde San Marcos?

  La hermana menor sacudió la cabeza.

  —Uno de ellos es un oficial de Los Llanos. Vienen del oeste.

  —?Y qué hacen hasta acá?

  Enya se encogió de hombros.

  —?Los matamos? —preguntó Jerónimo con despreocupación, como quien habla del clima.

  —No —dijeron ellas al unísono.

  El hermano alzó las manos en rendición. No iba a discutir con las dos al mismo tiempo.

  —?Les dijo de Hepburn’s? —quiso saber Liz.

  La hermana menor asintió. Eso fue un alivio para la mayor.

  —Bueno. Entonces no hay de qué preocuparse —aseguró, nuevamente más para sí que para sus hermanos. Quería convencerse de que en verdad no había razón para inquietarse.

  Enya y Jerónimo decidieron tranquilizarse por la seguridad de su hermana y volvieron a lo suyo: él estaba cargando las pistolas y ella terminaba de peinarse.

  —Iré por un traguito, entonces —dijo la hermana menor cuando terminó de acicalarse.

  Mientras tanto, en el bar de abajo, Rex, Víctor y Verónica bebían tras haber investigado lo que pareció como quinientas joyerías, de acuerdo con el oficial y la se?orita.

  Ordenaron un plato gigante de queso derretido, adornado con tortilla frita y frijoles.

  —Vaya —exclamó Víctor—, este queso no está mal para ser de ciudad; usualmente los pueblos tienen el mejor queso.

  —Rex —Verónica cambió de tema—. ?Alguna vez sientes miedo de no acertar un disparo?

  —?Acaso importa? Incluso sintiendo miedo, hay que jalar el gatillo.

  —Yo sé, pero… —la mujer pensó mejor sus palabras—. Me refiero a si siempre sabes que vas a dar en el blanco. Por ejemplo, la vasija de ahí. Puedo tomar esta aceituna y lanzarla, y quizá puedo apostar dinero a que voy a lanzarla dentro de la vasija.

  Rex dudó sobre aquella certeza, pero siguió escuchando a Verónica con oídos atentos.

  —Si alguien te ofreciera, digamos, cien monedas. ?Cuál sería el tiro más impresionante que puedes lograr?

  —Honesta… —comenzó a hablar Rex.

  —Pero tienes que garantizar que lo puedes lograr.

  —Honestamente —Rex sonrió, entretenido—, depende de cuántas de estas me haya tomado.

  Dio un sorbo a su tarro de cerveza.

  —?Puedes? —a?adió, confundiendo a Verónica.

  —?Disculpa?

  —Lanzar la aceituna a la vasija.

  La se?orita soltó una risa, mezclada con sorpresa. No estaba segura de si Rex hablaba en serio.

  —No es momento para jugar —indicó Víctor—. No sabemos qué hay dentro de esa vasija. Podrían ser objetos valiosos.

  —Son escupitajos, Víctor —dijo Rex.

  El oficial desvió la mirada para seguir dedicándose a su bocadillo. Rex recargó ambos codos en la mesa.

  —Entonces, ?crees que puedes hacerlo? Te daré cien de mis monedas de la recompensa de Kit.

  —?Rex! —dijo Víctor—. No hacemos esa clase de cosas.

  Verónica lo consideró un par de segundos.

  —?O sí?

  —Bueno —reflexionó la mujer—, es su dinero. Puede hacer con él lo que quiera.

  De repente, el rostro de Verónica se llenó de determinación, muy para el disgusto de Víctor. Colocó la aceituna entre su dedo medio, pulgar e índice, alzando los dos restantes en el aire, de la misma forma que su madre le había ense?ado a tomar las tazas de porcelana. No había tomado en cuenta toda la cerveza que ya había entrado en su sistema y se divirtió por lo poco mareada que se sentía. Sin embargo, hizo el esfuerzo de regresar a su estado de concentración. Una parte de ella quería impresionar a Rex.

  Balanceó la mano hacia adelante, hacia atrás, y luego lanzó.

  Con tan sólo mirarla, Rex sabía que la aceituna golpearía su objetivo. Se formó una sonrisa en ambos antes de que objeto alguno siquiera volara por los aires y vibraron al impacto las paredes de la vasija. Verónica celebró de brazos abiertos.

  —Suerte de principiante —comentó Víctor.

  —Inténtelo usted —lo retó Verónica—. Maneja las pistolas más que yo, así que le debe resultar pan comido.

  Víctor hizo algún comentario sobre las balas y las aceitunas siendo cosas diferentes, pero para darle el gusto a la se?orita tomó su propia aceituna y la lanzó.

  Sin embargo, no cayó cerca de la vasija en lo más absoluto. Golpeó el hombro de una mujer que descansaba en la barra, de cabello cobrizo y piel llena de pecas.

  Enya sintió un objeto golpearla. Después, observó una aceituna aterrizar en su tarro de cerveza. La vio hundirse muy, muy tortuosamente. Giró en busca del perpetrador, sólo para encarar a un Víctor lleno de vergüenza.

  La obligación que sentía el hombre de disculparse era demasiada como para ignorar, así que rápidamente cerró la distancia entre él y la mujer.

  —?Lo siento tanto! —exclamó, gesticulando casi con exageración y tartamudeando su disculpa—. Mis compa?eros dijeron que… Solo estábamos…

  La mujer frunció el ce?o, confundida. Miró por encima del hombro de Víctor y vio a dos personas riendo: una mujer con una trenza y un hombre con barba y cabello casta?o y largo. No parecían estarse riendo de ella, sino burlándose del que se le acercó, quien seguía tropezando con perdones y excusas. Ahora que Enya lo miraba mejor, se le hizo guapo con aquellas patillas pronunciadas y dramáticos ojos verdes.

  —No pasa nada —dijo por fin, callando a Víctor con un ademán—. ?Qué tal si solo me compra otra?

  El ex oficial se tranquilizó por un momento solo para ponerse nervioso por una razón diferente, aunque de manera más sutil.

  —Oh, ?por supuesto! Sí —accedió con diligencia.

  El hombre alzó una mano para llamar la atención del tabernero e indicarle que trajera una bebida más, quien cumplió y le sirvió un tarro más.

  —De nuevo, una disculpa. Me llamo Víctor. —Le ofreció la mano.

  —Soy E… —Por una fracción de segundo, titubeó, pero terminó de presentarse—. Elizabeth.

  Y se dio cuenta que más que un nombre falso, solo era el nombre alargado de su hermana. Se reprendió mentalmente, pero trató de no mostrarlo en su rostro. “Hagas lo que hagas, no acortes el nombre a Liz.”

  —Me dicen Liza —a?adió, y nuevamente se dio una bofetada mental, pero el hombre no pareció notarlo.

  —?Liza? Un gusto —le estrechó la mano de manera cordial, como un caballero.

  Rex y Verónica habían dejado de reír y ahora miraban incrédulos la escena frente a ellos.

  —?Víctor es… encantador? —habló Verónica, anonadada.

  Rex soltó un resoplido ligeramente impresionado. Desde que viajaban juntos, no había visto nunca a Víctor soltarse tan fácilmente con alguna persona, y mucho menos a modo de coqueteo. Decidió tomar otro sorbo y dejar de observar para cambiar de tema.

  —Cuando atrapemos a los hermanos, le compraremos una pistola —dijo a Verónica.

  Esto la sacó de su desconcertado trance, y se giró para mirar a Rex.

  —?A mí?

  Rex asintió.

  —Vi algunas tiendas de armas mientras contábamos las joyerías. Deberíamos aprovechar que estamos en la ciudad.

  La mujer lo pensó un poco. Se distrajo brevemente con la risa de Víctor y su cita sorpresa, pero volvió a mirar a su compa?ero.

  —?Son caras?

  —Yo se la compraré.

  —No es lo que pregunté.

  A Rex le sorprendió un poco la firmeza en la voz de Verónica, pero se limitó a contestar.

  —No demasiado. Unas dos mil monedas.

  La se?orita Lombarde alzó las cejas con sorpresa.

  —?Eso es casi toda la recompensa de Kit! —Hizo una pausa para calcular rápidamente—. ?No tienes ese dinero!

  Rex rio y movió la mano como para quitarle importancia.

  —Lo que valgan los hermanos Severino lo cubrirá.

  Verónica se cruzó de brazos, escéptica.

  —No tienen una recompensa aquí.

  —Aquí no —concordó Rex, confiado.

  Verónica entendió la implicación: “otra ciudad debía tener un precio por ellos.”

  —?Se pueden cobrar recompensas desde otros lugares?

  Rex se encogió de hombros, como si la incertidumbre no afectara su plan.

  —Las recompensas las cubren compa?ías privadas. Seguro que sí.

  —Rex —sopló la mujer, con las cejas un poco arrugadas—. ?Qué estás diciendo?

  El hombre se encogió de hombros nuevamente, lo cual comenzó a molestarla. Se preguntó si estaba jugando con ella; después, otra idea le pasó por la cabeza, haciéndola formar media sonrisa.

  —?Estás ebrio?

  —No.

  —Pues —descruzó los brazos—, no creo que las recompensas crucen fronteras. Tendríamos que llevarnos a los hermanos Severino.

  —?No podemos simplemente decir que los capturamos y ya?

  —?Y luego qué? ?Telegrafiar el premio?

  Rex afirmó con la mirada.

  —Las recompensas son caprichos —pensó Verónica—, publicadas por, no sé, hacendados con varias granjas que quieren que les dejen de robar sus vegetales. Imagino que si capturan a los ladrones en otro pueblo, no pagarían nada.

  —?Qué hay de recompensas como las de Stiel Gunn & Co?

  —Me dan desconfianza.

  —Sólo sé que conseguiremos el dinero —finalizó Rex.

  Verónica sintió que había hecho malhumorar al forajido.

  —No estaba peleando —explicó.

  Rex sabía esto. Lo desconcertó escuchar a Verónica decir que aquello podía ser considerado era una pelea. Para las atrocidades a las que estaba acostumbrado, un intercambio de palabras era inofensivo. Aunque, también, pensó en el estilo de vida de la se?orita. Seguro ahí las tensiones nunca se alzaban más que un intercambio de palabras.

  —Debería volver con mis colegas —decía Víctor, sacando monedas de su bolsillo.

  —Espera, quiero saber más de ti.

  Sin embargo, por más cautivadora que fuese la invitación a seguir charlando, al sentir la cantidad de monedas en su mano, Víctor fue afrontado por una cruda verdad: estaban oficialmente quebrados. Era un hecho con el que habían lidiado todo el día.

  Lo que sea que costara la cerveza de Enya, o “Liza” como la conocía él, eran las últimas monedas, no sólo de Víctor, sino del grupo completo. Al parecer, falló en disimular su consternación, pues Liza preguntó si estaba todo bien.

  —Sí, sí —persistió Víctor—. Solo permíteme pagarte la cerveza y me iré.

  —?Sabes qué? Es tonto. Puedo pagar mi propia cerveza —respondió preocupada.

  Enya olvidaba que las personas trabajaban para costearse la vida. Había gente, como aquel atento caballero, que seguro ahorraba con dedicación salario tras salario para salir con sus amigos. No sólo eso; seguro tenía que medirse en cuestión de diversiones. La cerveza, para ella, era un coqueteo; un lujo lejos de una obligación real. Si una aceituna era la diferencia entre vaciarle el bolsillo a un inocente o permitirle pagarse la cena con sus amigos, Enya se mantendría lejos de causar tal desgracia.

  Para ella, las personas eran diferentes que la bóveda de un banco.

  —?No, no! —contestó Víctor—. Sólo es una cuestión de efectivo, no te preocupes. De hecho, tendré más dinero ma?ana.

  —?Por qué? ?Qué pasará ma?ana?

  —Simplemente tendré más dinero.

  —Pero, ?por qué? —sonrió—. ?Robarás una joyería?

  Víctor alzó una ceja. Enya sintió la necesidad de avivar el humor nuevamente. Le preguntó a Víctor si quería quedarse ahí, con ella, a lo que el hombre titubeó. Tenía que regresar con sus amigos.

  —?Podemos reunirnos ma?ana?

  —Ma?ana me voy de la ciudad. Tengo que viajar con mis hermanos.

  Decidieron entonces despedirse. Enya soltó una última broma, agradeciendo a Víctor por la aceituna gratis mientras la tomaba del tarro de cerveza.

  “Eres una cosa tremenda” fue lo que Verónica le dijo, sin saber éste por qué.

  La luna estaba alta en el cielo de la epónima ciudad, pintándola de un resplandor azul. Las tiendas habían cerrado y los hermanos Severino se preparaban para su atraco. Salirse con la suya pendía de un hilo, pues era cuestión de si Rex tenía razón sobre su corazonada o no.

  —?A qué hora nos vamos a ir ma?ana? —preguntó Enya a Liz mientras se ajustaba la cuerda a la cintura.

  Liz, que estaba muy concentrada en el nudo del techo, se tomó unos segundos para contestar.

  —?Qué? No sé. Temprano.

  La menor hizo una mueca de decepción.

  —?Y qué tan temprano?

  —?Es por el hombre de la taberna? —quiso saber Liz, harta del tema.

  —Es que era todo un caballero. Nunca había conocido a nadie tan caballeroso —dijo la chica, distrayéndose un segundo y soltando la cuerda.

  —?Oye! Harás que nos caigamos —le reclamó Jerónimo, pegándole una palmada en la cabeza—. Agarra bien la cuerda.

  Enya frunció el ce?o y se sobó la cabeza, pero asió firmemente la soga en lo que su hermana terminaba el nudo.

  —Listo —declaró Liz, dando un par de tirones para probar la tensión—. Máscaras.

  Los tres alzaron el pa?uelo de sus cuellos para cubrirse la mitad inferior del rostro y se miraron con determinación. Las joyerías eran mucho más fáciles de robar que los bancos, y con Mildred dándole a toda la ciudad la dirección equivocada, el atraco sería como quitarle un dulce a un bebé.

  Los hermanos Severino se encontraban en el techo de un edificio que colindaba con otra joyería: Diamantes Holly. Como con todos sus robos, el plan consistía en bajar haciendo rapel, entrar por el tragaluz, meter todo lo valioso en sacos, y salir escalando para desaparecer antes del amanecer.

  Jerónimo fue el primero en bajar, pues era el más fuerte y abrir los tragaluces era tarea fácil para él. Una vez que su entrada se abrió, los tres bajaron al establecimiento.

  —Los oficiales estarán distraídos en Hepburn’s. Tenemos todo el tiempo del mundo —dijo Liz con una sonrisa casi felina.

  En el exterior, y del otro lado de la calle, Rex, Víctor y Verónica vieron tres figuras bajando a la joyería que, según Rex, sería la más vulnerable.

  “No hay casas alrededor, por lo que nadie oiría el ajetreo de un robo,” les había explicado Rex cuando la vieron en la tarde. “Además, está rodeada de edificios y andadores. Cobertura y rutas de escape.”

  —?Y si te equivocas? —había preguntado Verónica.

  —No robarán Hepburn’s. Tendrá demasiados ojos encima.

  Y ahora los tres cazarrecompensas eran los únicos que sabían dónde estaban los hermanos Severino.

  —?Vamos a entrar? —preguntó Verónica.

  Víctor y Rex sacudieron la cabeza al mismo tiempo.

  —No sabemos dónde está el dinero del banco —habló Rex—. Si los confrontamos ahora, perderemos el botín.

  —Y no podremos devolverlo —a?adió Víctor, asegurándose de que sus compa?eros recordaran su moral—. Además, aunque tenemos el elemento sorpresa, si entramos por la puerta, toda la cobertura la tendrán ellos.

  —?Entonces qué? ?Vamos a seguirlos por los techos? ?No tenemos cuerda! —siseó la mujer, preocupada al darse cuenta que, nuevamente, no tenían un plan.

  Víctor guardó silencio por un momento, pensando en el mejor rumbo. No habían considerado a los techos como un factor para la persecución.

  —Tal vez no haga falta —dijo por lo bajo—. Deben bajar al suelo en algún sitio, ?no? Y sabemos que subirán por el edificio oeste…

  Rex entendió lo que su compa?ero sugería.

  —Si seguimos los edificios, podremos emboscarlos cuando bajen a la calle.

  —?Y cómo sabremos dónde van a bajar? —quiso saber la mujer.

  Víctor miró a Rex, esperando que, quizás, su intuición pudiera ayudar también con eso. El pistolero lo meditó.

  —Pues será en algún callejón o una puerta trasera —dijo al fin, lo suficientemente seguro.

  —?Así nada más?

  Rex asintió.

  —No hace falta complicarse cuando crees que nadie te está siguiendo.

  —Pues pienso que es una mala idea.

  —Se?orita Lombarde —exclamó Víctor sorprendido—, usted nunca piensa que una idea es mala.

  Verónica se giró para encarar a ambos.

  —Cuando era peque?a, mi platillo volador se atoraba en el techo de la vecina y mi madre me prohibía escalar por él. Tenía que ir hasta casa de la vecina y pedírselo. O sea, caminar dos calles enteras. Siempre pensé que era más rápido subir por el techo y ya. Lo que los hermanos Severino pueden saltar en un segundo a nosotros nos va a tomar diez minutos. Los techos no son lo mismo que las calles.

  —Sólo hay que empezar a caminar ahora —refutó Víctor—. Nos adelantaremos.

  —Espera —dijo Rex.

  Sin embargo, Verónica no supo si Rex decía esto porque estaba considerando su idea o por la linterna que acababa de encenderse a la distancia. Un anciano, quien asumieron se trataba del due?o de la joyería, los tomó por sorpresa, apareciendo de lo que parecía la nada. Vieron que estaba mal vestido y le faltaban dientes. Gritó.

  —?Creyeron que no me iba a dar cuenta de que robarían mis joyas mientras todos los oficiales estaban en Hepburn’s?

  Puso la lámpara en el piso y de una tira de cuero en su espalda sacó una escopeta. Víctor no supo si alegar que ellos no eran ladrones o forzar al viejo a que se callara, pues el parloteo estaba a punto de alertar a los verdaderos criminales que no estaban solos.

  —?Ya sabía yo que se robarían mis joyas! No me importa si son dos. ?Puedo contra todos ustedes!

  Notaron que el viejo sólo apuntaba a Rex y a Víctor. La se?orita Lombarde cuestionó en voz alta “?Dos?”, considerándose ella parte de la amenaza. Sin embargo, el viejo la reconoció como un rehén de los hombres.

  —?Se?orita, póngase a mi lado! Así estará más segura.

  Mientras tanto, desde dentro de la joyería, los hermanos Severino comenzaban a atestiguar la conmoción. Vieron a tres cazarrecompensas luchando por apaciguar un anciano enloquecido. La tenue luz de la lámpara enalteció las facciones de uno de los tres: patillas pronunciadas y ojos verdes.

  “?Víctor?” murmuró Enya para sí misma.

  —Vámonos —ordenó Liz.

  El viejo insistía y balbuceaba, repitiendo lo mismo.

  —?La única forma de que me roben mis joyas es si me quitan esta escopeta!

  Harta, Verónica se la arrebató ella misma. El anciano se quedó atónito por unos segundos, viendo a Verónica que lo reciprocó con ojos igual de sorprendidos, medio encogiéndose de hombros como si ella tampoco estuviera convencida por lo que acababa de ocurrir. Lentamente, el viejo levantó el dedo índice. Sus ojos estaban llenándose de rabia. Se?aló y abrió la boca para gritar.

  —?Ladrona!

  Verónica lo golpeó en la nariz con la culata, tirándolo al piso.

  Cuando los tres voltearon a ver la joyería, los hermanos ya estaban escalando la cuerda para salir.

  “?Vamos!” gritó Víctor con rapidez, seguido por Rex y Verónica. Se adentraron los tres en la joyería y empezaron a escalar la misma cuerda. La textura les pareció inesperada, pues era flexible, y la forma se acercaba más a la de un listón gigante que de una cuerda. Aun así, los acróbatas eran mucho más veloces. Para cuando Víctor estaba en el techo de la joyería, Liz y Jerónimo ya terminaban de asistir a Enya en el otro edificio. Rex ordenó al oficial que se detuviera, sin embargo éste hizo caso omiso..

  Mirando a Víctor, Liz sacó una navaja y la entregó a su hermana menor.

  —Cuando esté a punto de llegar —dijo sin terminar la oración, pues Enya ya sabía a lo que se refería.

  Jerónimo empezó a moverse y Liz se preparó para hacer lo mismo, pero Enya la detuvo.

  —Espera —dijo sin pensar—. Es que… la cuerda no es barata.

  La hermana mayor la miró con confusión y media sonrisa de incredulidad.

  —?Qué?

  —?Por qué cortar la cuerda si podemos desamarrarla y reutilizarla después? —explicó para ganar tiempo.

  En realidad, solo no quería dejar caer a Víctor.

  —Podemos comprar cien cuerdas con lo que robamos. La cuerda no importa —respondió su hermana todavía sin darse cuenta de la verdadera razón de su titubeo.

  —Será evidencia —a?adió Enya.

  —Ya saben que fuimos nosotros —dijo Liz, cada vez más impaciente.

  —Pero y si…

  —?Enya! —la interrumpió.

  Víctor. quien estaba casi en la cima del techo, escuchó los reclamos; una voz sonaba particularmente familiar.

  —?Liza? —preguntó.

  Liz se sobresaltó, creyendo que le hablaba a ella. “?Lo conozco?” se preguntó, asomándose por el borde para ver al oficial. Frunció el ce?o cuando no lo reconoció, y éste también la miró con confusión.

  Enya llevó las manos a su boca por dos razones: por los nervios de que su hermana viera al caballero de hace rato, y por la preocupación de que dicho hombre era uno de los cazarrecompensas que les buscaban.

  Verónica miraba desde la azotea cómo su compa?ero literalmente pendía de un hilo —o, mejor dicho, una cuerda— mientras Rex buscaba alguna manera de subir que no fuera tan peligrosa. Nada garantizaba que el edificio adyacente tuviera un tragaluz, pero tenía ventanas que podría usar para escalar al techo.

  —Que Víctor no se caiga —dijo a Verónica mientras bajaba de nuevo.

  —?Qué se supone que haga yo? —reclamó, pero el pistolero ya se había ido.

  Salió de la joyería y corrió al edificio de al lado. No tenía idea de para qué era, pero sería su boleto a la cima. Retrocedió unos pasos para tomar vuelo y corrió hacia la puerta, preparando su hombro para el impacto. El crujido de la madera hizo eco tanto por el pasillo interior como por la calle exterior, y esto llamó la atención de las hermanas en la azotea.

  —?Qué fue eso? —preguntó Liz, irguiéndose.

  —?El viento? —dijo Enya, inquieta.

  —Dame eso. Lo haré yo misma.

  —?No! —Se llevó las manos a la espalda para quitar la navaja del alcance de su hermana.

  Víctor aprovechó el momento para escalar más rápidamente y por fin poner las manos en la cornisa. Tendría que subir ágilmente o podrían tirarlo todavía. Exhaló en preparación y se alzó con sus brazos, pisando la pared para impulsarse más. No importaba si chocaba con alguien en el techo, pero necesitaba alejarse del borde, sin embargo, una vez que tuvo el torso en la azotea, la escena lo dejó pasmado.

  La se?orita Liza estaba ahí; la reconoció aunque tuviera un paliacate, pues sus lunares y cabello rojizo resaltaban bastante bajo la luz de la luna. Enya lo miró y sus ojos se abrieron como platos. Soltó la navaja y se llevó las manos al rostro para taparse. Liz se giró para ver al oficial apoyado sobre sus codos y luego regresó la mirada hacia su hermana.

  —?él es el caballero de la taberna? —preguntó incrédula, casi indignada.

  A dos techos de distancia, Jerónimo por fin se giró.

  —?Por qué tardan tanto? —gritó, y miró al oficial en el borde.

  Víctor también miró al hermano y lo reconoció por los carteles.

  “Oh, chispas,” maldijo por lo bajo, por fin entendiendo la precariedad de su situación.

  Al mismo tiempo, Rex corría escaleras arribas por el interior del edificio, que parecía estar vacío a estas horas. Necesitaba llegar al último piso.

  Liz se aproximó a Víctor. Lo tomó del pecho y cerró ambos pu?os con fuerza, arrugándole la vestimenta en el proceso. Lo levantó hacia ella, a una altura relativamente más segura que el mero borde de la cornisa. Aun así, hizo que las piernas de éste empezaran a colgar, por lo que Víctor le rodeó ambos antebrazos con las palmas, casi enterrándole sus dedos.

  Arrastró el torso del hombre hasta tumbarlo sobre el asfalto gris. Por un segundo, Víctor pensó que podría comenzar a ponerse de pie, sin embargo, inmediatamente recibió un gancho.

  —?Cómo te atreves a usarla? —gritó Liz.

  —?Usarme? —repitió Enya.

  La acróbata se dejó caer encima del oficial, aplastándole los brazos con el peso de sus rodillas.

  —Por eso está aquí —explicó—. Te siguió desde la taberna.

  Luego, se dirigió a Víctor.

  —?Acaso lo disfrutas? ?Eh? ?Seducir las mujeres que cazas? ?Ni siquiera tenemos una recompensa aquí!

  “Al menos está a salvo”, pensó la se?orita Lombarde.

  Acababa de ver a su compa?ero desaparecer del campo de visión. Ahora, era turno de ella decidir entre seguir la ruta de Rex o correr para trepar la misma cuerda que Víctor. Concluyó que la cuerda sería el destino más rápido y confió en la fuerza de sus músculos.

  Liz, mientras, le quitaba los cartuchos a las pistolas a Víctor.

  —Mi hermana es un ángel —continuaba rega?ándolo—. Ella es buena e inocente.

  —Víctor —sopló Enya—, ?cómo pudiste?

  El oficial, sin embargo, buscaba en su mente la forma de explicar la verdadera situación, pero sonaba tan confabulada que bien podría tratarse de la mentira que aquellas mujeres ya se estaban creyendo.

  Liz lanzó los cartuchos al vacío y éstos golpearon a Verónica, quien por estar mirando hacia arriba, recibió un golpe directo al rostro.

  “?Auch!”

  El poco agarre horizontal que sus pies le brindaban al pisar la pared del edificio, se desvaneció tras recibir aquel impacto. Terminó colgando sólo de los brazos, empezando a gritar el nombre de Rex, pues sabía que éste se encontraba cerca.

  Liz indicó a Enya que ahora sí cortara la cuerda. Dolida por la recién traición, concluida con ayuda de su hermana, decidió hacerle caso.

  Verónica levantó la cabeza de nuevo para ver dos peque?os grupos de dedos aparecer y recargarse en la cornisa, seguidos por la cabeza de Enya.

  —Perdón —se disculpó, sarcástica—. Odiamos a los cazarrecompensas.

  —?Rex!

  El forajido se asomó por una de las ventanas y vio a Verónica colgando un piso abajo de él. Subió la mirada, entonces, para ver a Enya tallando la cuerda con su cuchillo. Le dijo a Verónica que aguardara. Corrió a bajar las escaleras que acababa de subir y abrió la otra ventana que estaba abajo de la se?orita Lombarde.

  —??Reeeex!!

  Al mismo tiempo que la cuerda cedió, Rex tomó a la se?orita Lombarde por debajo de la cintura, deteniendo su caída, pero obligándola a colgar cabeza abajo.

  —?Me estás jalando los calzoncillos!

  —Pues quédate quieta.

  Liz, con bastante material de sobra, amarró a Víctor de los brazos y las piernas. La bondad del oficial le impidió mostrar alguna resistencia que cayera en territorio agresivo, pues quizá lo consideraba innecesario en la presencia de Enya. Sin embargo, tampoco es como que tuviese más opción, la fuerza de la acróbata era inesperadamente vasta.

  —?Qué dices? —preguntó Liz a Enya—. ?Lo tiramos? —y puso un pie en la espalda de Víctor para empujarlo a la cornisa.

  Víctor comenzó a implorar por su vida.

  —No —dijo la otra—. Matar a un oficial nos va a meter en muchos problemas.

  Jerónimo apareció detrás de la hermana menor y le apuntó a Víctor con su pistola.

  —Sabe cómo luces. Suficiente tenemos con mi cara en un cartel.

  Víctor se giró para mirar al hermano y algo en sus ojos le indicaron que no podría mitigar la tensión; dio un paso hacia atrás y casi resbala con el borde de la azotea.

  —?Espera! —gritó Liz—. ?El disparo alertará al pueblo!

  Pero Jerónimo jaló el gatillo al mismo tiempo que Enya le empujó el brazo. Víctor escuchó un silbido mientras la bala le rozaba la oreja derecha y resbaló, cayendo y dejando salir un grito.

  Rex aún estaba sosteniendo a Verónica cuando la silueta de Víctor pasó frente a él y, de pronto, sintió un tirón que casi lo defenestra, obligándolo a gru?ir y maldecir.

  Verónica atrapó a Víctor de la cuerda que ataba sus pies y sintió que su hombro izquierdo hizo “pop” cuando interrumpió la caída del oficial. éste se balanceó y golpeó su cabeza contra el muro, colgando inerte de las manos de Verónica, quien a su vez colgaba de un jadeante Rex.

  —?Rex! ?No puedo sostenerlo! —lloró la mujer tanto de dolor como de preocupación.

  El pistolero miró hacia arriba. Los hermanos no se habían asomado y le había parecido oír pisadas que se alejaban tras el disparo. Confió con todas sus fuerzas en que los Severino se hubieran ido para no no tener que preocuparse por nada que no fuera sus compa?eros.

  —Se?orita Lombarde, la voy a columpiar a la ventana de abajo. Arroje a Víctor al interior —le ordenó entre gru?idos.

  —??Qué?!

  Rex no esperó más; no tenían tiempo que perder. Acomodó mejor sus manos para tener un agarre más firme, sosteniendo a Verónica del cinturón y de uno de sus tobillos. Le temblaban los brazos del esfuerzo, pero aun así se las arregló para alejar a Verónica de la pared y alzarla. La gravedad y la inercia la traerían de vuelta en un segundo.

  El hombro de Verónica se sentía en llamas, pero logró aferrarse a Víctor durante el tiempo suficiente para que Rex hiciera de ellos un péndulo. Solo tenía una oportunidad y alineó al oficial lo mejor que pudo. Sería como arrojar una aceituna a un escupidero, pero con una fruta cien veces más grande y mucho más pesada. Cuando empezó a moverse de vuelta a la pared, Verónica flexionó su abdomen y obligó a su cuerpo a tensar músculos que ni siquiera sabía que podía usar para arrojar a Víctor. El oficial se golpeó la cabeza de nuevo contra el marco de la ventana, pero su cuerpo cayó en el interior del edificio.

  Rex rugió mientras levantaba a Verónica y la metía con él, colapsando a salvo en el suelo de madera. Exhaló todo su cansancio y le dio un par de palmadas a su compa?era, quien había aterrizado sobre él; un gesto tanto de tranquilización como para indicarle que se quitara de encima.

  La se?orita Lombarde se quejó mientras rodaba a un lado y se sostuvo el hombro con un quejido.

  —Ah, ?se puede fracturar un hombro? —siseó, tratando de erguirse.

  Rex se levantó y la alzó de su brazo bueno.

  —No, solo está dislocado —le explicó, examinando gentilmente su articulación—. No se mueva.

  —No vas a…

  —Shhh —la chitó y, sin avisar, le acomodó el hombro.

  La mujer ahogó un grito y le salieron lágrimas del dolor. Tuvo que apoyarse contra la pared para no caerse.

  —Voy por Víctor. Quédese aquí —dijo Rex.

  “Siempre tan gentil,” pensó ella con sarcasmo.

  Rex bajó las escaleras para encontrar a Víctor inmóvil. El haber aterrizado en el concreto sin la oportunidad de mover sus extremidades fue algo que terminó de quitarle la consciencia. Fueran o no graves sus heridas, necesitaba que acomodaran su cuerpo en una posición menos restringida o terminaría torciéndose un músculo.

  “Vamos, amigo” exhaló Rex al cortarle las ataduras. “No te puedes morir, no después de todo lo que hicimos por salvarte”.

  Colocó dos dedos directamente debajo de la nariz de Víctor, haciendo contacto con la punta, y esperó un par de segundos. Si no salía aire, significaba que Víctor había dejado de respirar.

  Verónica bajó las escaleras también, fallando en notar la gravedad de la situación. Ordenó a Rex que se apurara para seguir persiguiendo a los hermanos Severino. Sin embargo, al ver que una parte de la cabellera de Víctor estaba manchada de lo que parecía ser grasa negra, se quedó callada. Inspeccionó más de cerca, ayudándose de la luz de la luna, y notó que no se trataba de grasa, sino de sangre.

  Rex mantenía los dedos debajo la nariz del hombre. Sus propios latidos empezaban a sentirse pesados, distrayéndolo de la sensación que buscaba percibir.

  De repente, calor cayó sobre la mano de Rex. Una cascada suave de viento le hizo confirmar que su amigo aún seguía con vida.

  Terminó de quitarle las ataduras. Esto pareció devolverle un poco de aliento a Víctor, haciéndolo recuperar bastante energía, casi en un arranque, lo cual hizo que tosiera y entreabriera los ojos.

  —?Estoy muerto?

  Rex sonrió con alivio.

  —Si lo estuvieras, no me estarías viendo.

  Verónica y Rex ayudaron a Víctor a levantarse, pero este último fracasó en dar más que un par de pasos antes de que le temblaran las rodillas y perdiera el equilibrio. Cayó detenido por Rex y la se?orita Lombarde, mientras atestiguaban cómo el conocimiento abandonaba nuevamente la mirada del oficial.

  —Creo que necesita un médico —anunció Rex.

  Mientras tanto, bajo el cielo nocturno, Enya y sus dos hermanos abandonaban la escena del crimen, cargando consigo una bolsa llena de diamantes. Aunque el atraco había sido un éxito, Enya se sentía lejos de celebrar.

  —?Qué demonios te sucede? —reclamó Enya a Jerónimo.

  —Enya… —dijo Liz.

  —??Enya?! —repitió la misma, incrédula—. ?él es quien debería ser rega?ado! ?Arruinó todo!

  Sin embargo, la hermana mayor, llena de rabia, se detuvo para encarar a la hermana más joven.

  —La próxima vez que quieras dejar vivo a alguien, sólo dilo. Estoy cansada de tus pretextos.

  Jerónimo se burló, pero Liz lo encaró también.

  —?Y tú…! Enya tiene razón. Arruinaste todo con tu pistola. —Lo golpeó—. El punto de robar en la noche… ?Es no hacer ruido!

  —Pues quizá estoy cansado de actuar como un miedoso —exclamó Jerónimo.

  Liz, que esperaba seguir caminando siendo seguida en silencio, tensó los músculos de su voz.

  —?Qué acabas de decirme?

  —Yo no soy cobarde como ustedes. Yo jamás accedí a movernos al este. ?Yo no le tengo miedo al Monstruo!

  Liz sacó su propia pistola y apuntó a Jerónimo.

  El rostro del hermano menor, y el de Enya, se llenaron de palidez.

  —?Sientes miedo ahora?

  Enya y Jerónimo se quedaron callados.

  —??Lo sientes?!

  Jerónimo balbuceó que sí.

  —Ustedes no lo entienden —siguió hablando Liz—. Ustedes son lo más cercano que tengo a…

  De repente, se abstuvo. Era un pensamiento vergonzoso.

  —Hijos. Yo le ense?é a Enya a leer. Yo te cambié los pa?ales, Jerónimo.

  Lentamente bajó el arma.

  —Si sentiste miedo cuando te apunté, ese es el miedo que siento todos los días por sólo imaginar que el Monstruo les hace algo.

  Enya y Jerónimo intercambiaron una mirada que era una mezcla entre compasión y vergüenza por su anterior comportamiento, aunque el hermano no se calmó del todo.

  —Perdón —musitó Enya.

  —Pero James no está aquí —dijo el varón—. Y, honestamente, ya estoy harto de robar por los techos.

  Liz le dirigió una mirada desafiante, pero Jerónimo no desistió.

  —No hay más ciudades al este de aquí; solo pueblitos. ?Dejaremos de robar?

  —Sacamos un buen botín de aquí —opinó Enya.

  —No. Se nos acabará en cuerdas y arneses y en los estúpidos sobornos que pagamos. Le prometimos un cuarto de esto a Mildred solo por abrir la boca sobre la joyería equivocada —gru?ó—, pero yo no la vi balanceándose y arriesgando su pellejo por estas monedas.

  —Jerónimo… —advirtió Liz.

  —Yo digo que no le demos nada. —Se irguió, más retador—. ?Qué va a hacer? ?Acusarnos con los oficiales?

  Enya pareció considerarlo, pero la hermana mayor sacudió la cabeza, acercándose a Jerónimo para picarle el pecho con el índice y recriminarlo.

  —Así no es como hacemos las cosas.

  —?Según quién? ?Tú? Así fue como me agarraron hace tres a?os.

  Los labios de Liz se estrujaron hasta formar una línea delgada, y Enya trató de interponerse entre sus hermanos, pero ambos estaban tan firmes que no le permitieron empujarlos.

  —No peleen. Jerónimo, así nos evitamos problemas…

  —No. Solo nos damos otros problemas. Tenemos que hacer acrobacias para conseguir dinero. Literalmente.

  Liz se cruzó de brazos y lo miró con dureza.

  —?Y entonces qué quieres? ?Entrar a balazos a las joyerías como si fuéramos unos bandidos?

  —?Somos unos bandidos! ?Y sí! —Sacó su pistola y la blandió en el aire—. Quiero que nos dejemos de preocupar por los malditos testigos. Podríamos ganar mucho más dinero mucho más rápido si tan solo disparáramos estas cosas.

  —Son para protección —le recordó Liz.

  —Pues si el otro sujeto también le vio la cara a Enya, las vamos a necesitar. El oficial y la mujer se cayeron, pero aún queda un cabo suelto.

  La mayor odiaba admitirlo, pero su hermano tenía razón: el tercer cazarrecompensas sería un problema, sobre todo ahora que le habían matado a sus compa?eros.

  —Tenemos que irnos esta noche —concluyó.

  —?Sin pagarle a Mildred? Ella también nos vio —preguntó Enya, nerviosa.

  Liz intercambió una mirada sombría con Jerónimo. El hermano entendió y sonrió con malicia; no tendrían que compartir su botín después de todo.

  —Jerónimo irá a verla. Tú y yo moveremos el botín a la carreta.

  Enya asintió, desanimada por lo que sus hermanos habían decidido hacer, pero no los cuestionó. Quizás tenían razón.

  —Las veo en el punto de encuentro —dijo él, dejando atrás su bolsa para viajar ligero.

  —Vamos —ordenó Liz a Enya con seriedad.

  En otra parte de la ciudad, Rex golpeaba la puerta del médico. Verónica se había quedado con Víctor en el edificio junto a la joyería.

  —?Por favor, abra! —gritó.

  Una luz se encendió en el interior de la oficina y se escucharon unos pasos lentos. El doctor abrió la puerta, claramente recién despertado; estaba en ropa de dormir y sostenía su portavelas.

  —?Qué sucede? —preguntó—. ?Quién es usted?

  —Los hermanos Severino asaltaron Diamantes Holly y hay al menos dos heridos —bramó Rex—. Tiene que ir a verlos.

  El doctor se tardó unos segundos más en espabilarse.

  —?Eh? ?Ya avisó a los oficiales?

  Rex mintió y respondió afirmativamente. No quería perder más tiempo con el médico o la autoridad, pues tenía que ir a confrontar a la se?orita Bustamante, quien les había mentido a todos. Si sabía más sobre los hermanos Severino, lo averiguaría. Además, sabía que la pistola de Jerónimo ya había alertado a todo quien estuviera vigilante en la segunda joyería: otro robo estaba ocurriendo en Antigua Luna.

  Sin embargo, a aquel doctor le resultaba difícil confiar en un desconocido que lucía tan tosco como Rex, por no utilizar otro término cercano a “de clase baja”. Rex no era un civil, y mucho menos un actor, sin embargo hacía el esfuerzo por fingir un estado de pánico y convencer al licenciado de asistir a la escena del crimen. Su verdadera motivación era limpiar el desastre que habían ocasionado los hermanos Severino.

  Pidió al doctor que se apresurara, sonando como un arranque de ira más que un implore de misericordia. Entonces, el hombre lo volteó a ver con mirada sospechosa.

  —Déjeme… ir por mis cosas.

  Rex tuvo la sensación de que este hombre estaba a punto de cerrarle la puerta y tomar represalias, con la amenaza de llamar él mismo a las autoridades. Sin embargo, antes de cerrar la puerta, los ojos del médico se ensancharon como platos, pues a espaldas de Rex se acercaba una se?orita mejor vestida acarreando a un hombre malherido.

  Verónica había logrado que Víctor recuperara la consciencia una última vez o al menos la habilidad para caminar. El médico exclamó una expresión religiosa y se acercó a ayudarlos. Ella le dio un cabeceo a Rex para indicarle que partiera. Debían apresurarse.

  Rex corrió hasta la única pista que tenía sobre el paradero de la se?orita Bustamante: el edificio del periódico. Quizás tendría suerte y la encontraría trabajando. Quizá, incluso mejor, aquel edificio sería donde los Severino habían acordado reunirse con ella. En el peor de los casos, tendría que buscar algún papel que validara la dirección de su casa.

  Una buena se?al fue que al llegar al edificio una de las linternas aún estaba encendida, también observó huellas en la tierra, hechas por las pisadas de un hombre corpulento.

  “Te lo voy a preguntar una última vez” sonó la voz de Jerónimo, “?dónde vive la se?orita Mildred?”

  Rex se asomó ligeramente. El due?o del periódico, el se?or Harper, estaba golpeado y sometido a merced del acróbata.

  —Por favor… —rogaba—. Sólo toma el dinero. Toma todo lo que quieras.

  Pero Jerónimo no quería su dinero.

  Rex se dio cuenta de que las hermanas no estaban ahí. Asumió que se habían dividido la tarea de contar las ganancias y atar cabos sueltos. El robo les había salido mal.

  —?Déjalo ir, Jerónimo!

  El hombre corpulento se congeló, pero no por intimidación, sino soberbia. “Sí…” pensó. Aquel último cazarrecompensas lo había rastreado hasta ahí. Podría encargarse de dos pájaros de un tiro.

  Harper, por su parte, estaba tan drenado de energía que el agarre de Jerónimo era lo único que lo mantenía de pie. Cuando fue soltado, cayó al piso. El acróbata se giró para encarar a Rex.

  —?O qué? —refunfu?ó—. ?Me matarás?

  —Devuelvan el dinero del banco y podemos olvidarnos de todo.

  —“?Podemos?” —se burló—. ?Tú y tus amigos muertos?

  Rex arrugó el ce?o. Dedujo con rapidez que seguramente los hermanos creían haber asesinado tanto a Víctor como a la se?orita Lombarde con la caída del edificio.

  —Mis amigos son más fuertes de lo que parecen —contestó.

  —Yo soy más fuerte de lo que parezco.

  Jerónimo acercó su mano a la cintura para desenfundar su pistola.

  “No lo hagas” advirtió Rex, pero Jerónimo, empe?ado en matar a alguien, lo ignoró por completo.

  Fue de los disparos más fáciles para Rex; el cuerpo de Jerónimo cayó inerte al piso.

  Ahora era el turno del pistolero de interrogar al periodista.

  —Mildred Bustamante le mintió a toda la ciudad —dijo, enfundando su arma—. Estaba trabajando con los Severino y ahora la quieren matar. ?Dónde está?

  El se?or Harper todavía no terminaba de procesar el disparo. Parpadeó un par de veces, boquiabierto y mirando a Rex con miedo de que fuera a matarlo también. éste solo bufó y le preguntó de nuevo.

  —?Dónde está? Ella sabe dónde están los hermanos.

  —No sé —tartamudeó el hombre.

  Rex no le creyó y volvió a sacar su pistola, apuntándola al se?or Harper.

  —Haga memoria.

  —?Vive en la calle Manzano! ?En el edificio tres!

  El pistolero se dispuso a correr, pero recordó que no sabía dónde estaba esa calle.

  —?Dónde es eso? —gru?ó.

  —Por la oficina postal —tartamudeó Harper—. Tres calles al sur.

  Y con eso Rex salió disparado en aquella dirección. Si los hermanos Severino habían mandado matar a Mildred, pensaban irse de Antigua Luna lo antes posible; pronto se darían cuenta de la ausencia de Jerónimo y se volverían menos predecibles. ?Lo buscarían o lo darían por muerto? ?Irían tras Rex o abandonarían la ciudad? El pistolero no podía costearse la incertidumbre.

  Vio un par de oficiales cabalgando hacia la oficina del periódico y se escondió en un callejón. Por supuesto que el disparo había llamado la atención. Maldijo por lo bajo y esperó a que pasaran para continuar su camino. La ciudad estaría más alerta.

  Por fin llegó a la calle indicada y leyó los números de los edificios, pero había llegado por el otro lado y estaba en el edificio veintidós. Tendría que correr al otro extremo para encontrar a Mildred. No había luces en ninguna ventana y el área estaba completamente desierta por ahora. “Siete, seis, cinco, cuatro…” Encontró el edificio tres y abrió la puerta. Se trataba de una vecindad de cuatro pisos, y no tenía manera de saber cuál sería el de la se?orita Bustamante. Optó por golpear la puerta de la planta baja y despertar a quienquiera que estuviera dentro.

  —?Quién es? —preguntó una voz nerviosa desde el interior. Sonaba como una mujer mayor.

  —?Está Mildred? —inquirió Rex a través de la puerta.

  —?Quién?

  El pistolero se dirigió a las escaleras y subió al siguiente piso para repetir la operación. Golpeó la puerta.

  —?Mildred!

  La puerta se abrió para revelar a un anciano en ropa de dormir.

  —Oiga, estamos tratando de dormir —le reclamó al forajido.

  —?Mildred vive aquí? —preguntó de nuevo.

  El viejo hizo un ruido que indicaba su desconocimiento de la mujer en cuestión.

  Rex lo ignoró y subió un nivel más, azotando la puerta con el pu?o y llamando a la periodista. Del otro lado, la mujer despertó sobresaltada; no reconocía la voz que bramaba tras su puerta. Salió de la cama y caminó hasta su armario, donde guardaba su pistola para este tipo de casos. Los golpes en la puerta no cesaban, y el hombre seguía llamándola —ciertamente no era alguien que conociera. Finalmente se armó de valor y se acercó al umbral de la entrada.

  —?Aléjese! —ordenó, apuntando su pistola hacia el exterior mientras abría la puerta.

  Se tardó un segundo en reconocer al pistolero, y recordó que no lo había oído hablar cuando él y sus compa?eros fueron a buscarla a la oficina. Sin embargo, no se alivió de verlo, pues su presencia en su casa no podía significar nada bueno.

  —?Qué hace usted aquí? —preguntó la mujer, sosteniendo su arma con tanta firmeza como sus nervios le permitían.

  Rex no le dio importancia a la pistola.

  —?Dónde están los hermanos Severino?

  —?Le dije que se alejara! —bramó de nuevo.

  Rex no había parecido moverse, pero cualquier gesto peque?o detonaba la paranoia de la mujer

  —?Cómo sabe dónde vivo?

  Sin embargo, Rex no estaba de humor para contestar preguntas. Quería información y la quería rápido. De un arrebato, le quitó la pistola de las manos a Mildred. Desarmarla resultó sencillo, casi ridiculizándola. Mildred, al ver que éste no tenía intenciones de lastimarla, se tranquilizó un poco.

  —Sé del enga?o —dijo Rex—. Sé que los hermanos Severino no robaron Hepburn’s.

  —?Cómo?

  Se quedaron en silencio. Mildred insistió.

  —?Cómo sabe que fue un enga?o?

  —Porque robaron otra joyería —dijo con tono cansado, sinónimo de se?alar la naturalidad.

  Mildred se abrazó el vientre. Se había percatado de que su bata no le cubría enteramente el camisón.

  —Pues… —dijo—. No robaron Hepburn’s porque escribí que los vi merodeando ahí.

  Rex se hartó y cruzó el umbral sin ser invitado, empujando a Mildred con su hombro y sacándole un “?Oiga!”.

  El hombre caminó hasta la habitación de la mujer, abriendo cajones y diferentes gabinetes hasta que encontró lo que buscaba.

  —?Ser periodista debe pagar muy bien! —exclamó sarcástico, refiriéndose al montón de dinero que había sacado de una caja de madera.

  —Eso es mío —titubeó la se?orita—. Déjelo. Por favor.

  —Sabe —siguió hablando Rex—, yo tenía mis dudas sobre cómo es que los hermanos Severino robaban una misma ciudad y se quedaban sin ser atrapados. Después de conocerla a usted, lo supe.

  Mildred Bustamante soltó una bocanada de aire.

  —?O sea que soy mala fingiendo? ?A eso se refiere?

  —No. Fui con mis amigos a un bar a cenar. Todos ahí hablaban de la protección especial que el sheriff había encargado para Hepburn’s. Todos habían leído el periódico.

  El forajido dejó escapar un sonido muy sutil, como una risilla. “El periódico”.

  —Así que voy a preguntar una vez más. ?Dónde están los hermanos Severino?

  Mildred sacó una caja de fósforos de su cajón de la cocina, encendió una lámpara y se sentó.

  —Me interrumpieron en mi descanso. Yo estaba recargada en una pared, fumándome un cigarrillo y, de la nada, me cubría una bolsa de tela la cabeza. Me metieron a una carreta y me llevaron a una parte fea de la ciudad. Intentaron esconderme su ubicación, pero escuché el Río Bueno. Supe que se trataba del este. Me ofrecieron dinero del banco, lo tomé y dijeron que me darían más si escribía sobre otra joyería.

  Mientras escuchaba esto, Rex empezó a contar los lingotes de oro.

  —?Dónde está su amigo, el guapo?

  —?Dónde están los hermanos Severino?

  —No lo sé. Desconozco cuál es la otra joyería que están robando.

  Rex le lanzó una mirada, pero Mildred insistió.

  —?Lo juro! —bramó, irritada.

  Se escucharon ruidos en la calle. Pisadas con espuelas para ser exactos. Mildred se adelantó a revisar antes que Rex, como imponiendo la autoridad de que se trataba de su propia casa. Se asomó a la calle y vio a su jefe, el se?or Harper, recuperado de su reciente golpiza. Asumiendo que los oficiales lo habían interrogado, era natural que ahora lideraba una manada de estos hacia la casa de la se?orita. “Es ahí, caballeros”.

  —Oh… El se?or Harper viene para acá con bastantes oficiales.

  —No quiero una joyería. Dígame a dónde la llevaron.

  —A un hostal feo que se llama “La Gran Sirena”.

  Mildred miró las botas de Rex, llenas de lodo.

  —Le sugiero que, si se va a ir para allá, se vaya a caballo.

  —Miéntales —ordenó Rex, dando zancadas hacia la puerta.

  —?A los oficiales? ?No están del mismo lado?

  —No para Harper, gracias a usted.

  Mildred se encogió un poco ante el rega?o.

  —?Y usted solo se encargará de los hermanos Severino? —quiso confirmar.

  Rex examinó la pistola de Mildred antes de guardarla en su cinto. La periodista no tuvo el valor de reclamarle, pues al menos le había dejado el dinero del banco.

  —Sí. Solo quedan dos.

  A varias cuadras, dentro de un viejo edificio polvoriento, Enya estaba sentada sobre la cama de la habitación adicional que habían rentado en el hostal. En el callejón trasero, una carreta llena de sacos de monedas y joyas estaba estacionada, atada a dos mulas en espera.

  Liz caminaba de un extremo de la habitación al otro con las manos en la espalda y los pies tan inquietos como su mente. “?Dónde está Jerónimo?”

  Enya la seguía con la mirada, moviendo la cabeza de lado a lado para estar a la par con su hermana.

  —Tal vez no fue la mejor idea enviar al único de nosotros con carteles de “Se Busca” a por Mildred.

  Liz ignoró el comentario de su hermana y no contestó. Su hermano podía ser muchas cosas, pero no era descuidado; no desde su arresto. No había manera en que se hubiera topado con algún oficial, pues además de que estaban distraídos en Hepburn’s, no tenían razón para estar cerca del periódico o de Mildred.

  —No me gusta esto —admitió después de pasar un buen rato en silencio—. Tal vez tengamos que…

  Enya sacudió la cabeza.

  —No podemos irnos sin él.

  —Si lo arrestaron, podemos sacarlo de nuevo —razonó la mayor.

  —?Lo colgarán! Tiene antecedentes.

  —Hay un proceso. Tendríamos al menos tres días.

  —?Para irnos y regresar? ?Y a dónde?

  —No podemos quedarnos aquí; menos con todo el dinero. Y todavía está ese cazarrecompensas.

  Se detuvo. Tuvo que ser él. Aquel cazarrecompensas debió haber perseguido a Jerónimo de alguna manera. ?Lo habría arrestado? ?O peor?

  —Fue aquel hombre —aseguró.

  Quizás fuera solo una corazonada, pero era la única opción.

  —?El de la barba?

  —Sí. —De pronto sintió un miedo terrible—. Dio con Jerónimo. Dará con nosotras si no nos movemos. Podemos volver por él pero no si nos atrapan también.

  Liz jaló a Enya del brazo para alzarla de la cama y dirigirse a la ventana, por donde saldrían al callejón trasero.

  —Espera —se quejó la menor—. Me estás lastimando.

  Dos pares de botas aterrizaron sobre la tierra tras La Gran Sirena, y éstas se acercaron a la carreta. Enya titubeó, pero Liz subió al asiento de conductor y dirigió una mirada seria a su hermana: “Sube.”

  Se escuchó el martilleo de una pistola y las dos hermanas miraron al otro lado del callejón, donde el cazarrecompensas salió de las sombras agitado, sudoroso y lleno de lodo, pero apuntando su arma firme.

  —Al cielo —dijo Rex, con el volumen justo para ser oído.

  Enya alzó las manos inmediatamente, pero Liz aún estaba debatiendo. Tenía medio segundo para decidir si sacar su propio acero u obedecer. A pesar de la penumbra, sus ojos se encontraron con los del pistolero, y en ellos vio la frialdad de un hombre que había cobrado más de una vida. A diferencia del oficial, quien había sido sorprendentemente dócil, éste cazarrecompensas no dudaría en jalar el gatillo.

  Liz alzó las manos.

  —Las hermanas Severino —dijo Rex de manera burlona—. Las que quedan, al menos.

  El color abandonó el rostro de Enya y los ojos de Liz se abrieron como platos mientras su pecho se llenaba de furia. “No…”

  —Espera —fue lo primero que pudo vocalizar Liz, pues su garganta estaba seca por el estrés.

  Temía que Rex tuviera la intención de matarlas y pensó que si aquel era su destino, al menos intentaría salvar la vida de su hermana menor.

  —Sólo… —continuó Liz—. No le dispares a Enya.

  Rex se mantuvo callado.

  —Te quitamos dos vidas, ?no es así? De las personas que tiramos del techo.

  Mientras decía esto, Liz bajó de la carreta con lentitud, aún con las manos levantadas y sin dejar de mirar a Rex a los ojos. Era una mirada sumisa, desde un semblante que ya no quería derramar más sangre. Aterrizó cerca de su hermana y con un par de pasos se interpuso entre ella y la pistola de Rex.

  —Ya lograste deshacerte de mi hermano, así que dispárame a mí y déjala ir.

  —Liz —dijo Enya en voz baja.

  Rex observaba con atención todos los lugares a los que podía atinar sus balas en los cuerpos de ambas mujeres. Extremidades, articulaciones, cabezas. Era cuestión de apuntar y ya.

  Sin embargo, él no estaba ahí para vengar ninguna muerte.

  —Entreguen sus pistolas.

  Las mujeres tardaron medio segundo en responder, por lo que Rex gritó “?Ahora!”. Liz y Enya se despabilaron.

  De joven, a Liz le daba pavor entrenar la cuerda floja para el acto de su familia, por lo que apretaba los ojos y movía ligeramente la nariz de un lado a otro, como intentando sacudirse agua de la cara. Hizo este gesto y puso su pistola en la tierra. Enya, por su parte, no podía sacar la suya de su fusca porque estaba temblando demasiado. “Mierda” sopló para sí misma y Liz le ayudó.

  Patearon ambas armas, deslizándolas hasta los pies de Rex.

  —No quiero matarlas —dijo.

  —?Qué quieres?

  —?En general? Dinero.

  Las dos mujeres voltearon a ver la carreta estacionada.

  —No el que tienen en aquella caravana. ?Creen que no sé que si salgo con eso seré arrestado?

  —Pues estás de mala suerte, vaquero. Todo el dinero que tenemos es robado.

  Rex se encogió de hombros.

  —Creo que los habitantes de Antigua Luna agradecerán cuando se los devuelva.

  Caminó hasta Liz y Enya. Indicó con un gesto que se pusieran de rodillas y comenzó a amarrarlas de las mu?ecas.

  —Me preguntaste qué quería. Te contesté. Dinero. Ahora, si me preguntas qué quiero de ustedes creo que esa es una respuesta diferente. La caravana servirá. Seguro tiene alguna ropa de Jerónimo que nos quede a mí y a Víctor.

  Subiéndose a la carreta, Rex dejó caer el oro y los diamantes robados al piso. Cada azotón sonaba como un bonche de piedras y cada saco pesaba más de lo que una persona simple era capaz de cargar. Se adjudicaría la caravana vacía más tarde. Por el momento, se llevó a las hermanas sujetándolas de un brazo hasta toparse con el primer oficial que vio.

  —Eres un ladrón también —le dijo Liz—. El oficial de ojos bonitos actuaba distinto. Tú careces de nobleza.

  —Cállate.

  —Cuando salga de aquí, te buscaré. Te haré pagar por lo que le hiciste a mi hermano.

  —Ni siquiera sabes mi nombre.

  —No lo necesito, vaquero. Soy buena para los rostros.

  Varios oficiales vieron a Rex y aceptaron la imagen heroica de un forastero nocturno acarreando a dos ladronas derrotadas. Tomaron el asunto en sus propias manos y Rex regresó por lo que ahora serían sus provisiones, impaciente por compartirlas. Todo lo confiscado seguro les caería bien a la se?orita Lombarde y al oficial Guadalupe.

Recommended Popular Novels