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El camino que no se ve

  El camino se estrechó poco a poco a medida que el pueblo quedaba atrás. Las casas de madera dieron paso a árboles altos y frondosos, cuyas copas se entrelazaban formando una sombra irregular sobre la senda. La luz del sol se filtraba a trozos, manchando el suelo de claros y oscuros que se movían con el balanceo de las ramas.

  El draward avanzaba con paso firme, emitiendo resoplidos graves y rítmicos. Cada uno de sus movimientos hacía crujir la carreta, un sonido constante que terminaba por volverse casi hipnótico. Carlos caminaba a un lado, atento, tratando de imitar la postura relajada de Rashak aunque por dentro todo estuviera lejos de estarlo.

  Sentía la cola moverse despacio detrás de él, no por entusiasmo esta vez, sino por nervios. La obligó a quedarse quieta.

  —Primer viaje fuera del pueblo, ?eh? —comentó Rashak sin mirarlo, con la vista puesta en el frente—. No está mal empezar así.

  Carlos asintió.

  —Es… más tranquilo de lo que imaginaba.

  —Eso es lo peligroso —respondió Rashak—. Cuando todo parece demasiado calmado es cuando la gente baja la guardia.

  Carlos tragó saliva y observó el entorno con más atención. El bosque no parecía hostil, pero tampoco acogedor. No había pájaros cantando, ni insectos revoloteando cerca del camino. Solo el sonido de la carreta, el viento entre las hojas y sus propios pasos.

  Lira caminaba unos metros por delante, cerca de la parte trasera del carruaje. No hablaba. No miraba atrás. Su silueta se recortaba contra el verde del bosque como si formara parte del paisaje, casi invisible.

  Carlos volvió a sentir ese nudo en el pecho.

  —Rashak… —dijo en voz baja—. ?Siempre es así?

  —?Así cómo?

  —La gente… aceptándolo todo.

  Rashak tardó unos segundos en responder.

  —No todos —dijo al final—. Pero muchos aprenden que sobrevivir es más fácil que luchar.

  Carlos no replicó. Miró sus propias manos. No temblaban, pero las sentía extra?as, como si aún no fueran del todo suyas en ese mundo. Pensó en la habilidad que tenía, en todo lo que podría hacer… y en lo poco que realmente sabía.

  El camino giró ligeramente, y por un instante la visión se abrió. A lo lejos se veía una colina suave, y más allá, el sendero continuaba perdiéndose entre árboles.

  —Si todo va bien —continuó Rashak—, llegaremos al siguiente pueblo antes de que caiga el sol.

  Si todo va bien.

  Carlos repitió la frase en su cabeza.

  Sintió algo. No un sonido, no un movimiento claro. Solo una presión leve, como si el aire mismo se hubiera tensado durante un segundo. Se detuvo sin darse cuenta.

  —?Rashak…? —murmuró.

  El hombre se frenó de inmediato y levantó una mano, indicando silencio. El draward soltó un bufido bajo, inquieto.

  Durante unos instantes no pasó nada.

  Y entonces Carlos lo entendió.

  No sabía cómo. No sabía por qué. Pero algo, en algún lugar del bosque, los estaba observando.

  Su corazón empezó a latir más rápido.

  El viaje acababa de comenzar.

  Las orejas de Carlos se agitaron de golpe, tensándose hacia los lados, luego hacia atrás, como si intentaran captar algo que sus ojos aún no podían ver. No fue un sonido claro, ni un grito, ni pasos evidentes. Era más bien una suma de peque?as cosas: hojas moviéndose donde no soplaba el viento, un crujido ahogado, respiraciones contenidas.

  El corazón le dio un salto.

  —Rashak… —dijo en voz baja, pero urgente—. No estamos solos.

  Rashak reaccionó al instante. Sin hacer preguntas, apoyó una mano en el borde de la carreta y saltó al suelo con un movimiento fluido. Sus pies tocaron la tierra casi sin hacer ruido. Carlos lo imitó un segundo después, cayendo algo más torpe, pero firme.

  El draward soltó un resoplido nervioso y dio un peque?o paso atrás.

  Rashak desenvainó su espada con un sonido seco y metálico. La hoja reflejó un destello de luz entre las sombras del bosque. Su postura cambió por completo: ya no era el aventurero relajado del gremio, sino alguien preparado para matar o morir.

  —?Dónde? —preguntó sin apartar la mirada del frente.

  Carlos cerró los ojos un instante, concentrándose. Sus orejas se movían de forma independiente, captando direcciones distintas. El mundo parecía más nítido de repente, como si el bosque entero se hubiera acercado.

  —Alrededor —respondió—. A la izquierda… detrás… y también al frente.

  Abrió los ojos.

  —Nos están rodeando. Diría que… siete u ocho.

  El mercader soltó un chillido ahogado al oír eso y se metió dentro de la carreta a toda prisa, empujando cajas y sacos para esconderse como pudo. El temblor de la madera delataba su pánico.

  Rashak chasqueó la lengua.

  —Perfecto —murmuró—. Mantente cerca de mí.

  Carlos tragó saliva. Notaba el pulso en los oídos, la cola rígida detrás de él, los músculos tensos sin que se lo ordenara. No veía aún a nadie, pero sentía las miradas clavadas en su espalda, en sus flancos, en cada punto ciego.

  —?Qué crees que son? —preguntó, intentando mantener la voz firme.

  —Bandidos —respondió Rashak sin dudar—. Esperaban a alguien lento, cargado… y con miedo.

  Un silencio pesado cayó sobre el camino. El bosque parecía contener la respiración.

  —Prepárate para lo peor —a?adió Rashak—. Y pase lo que pase, no te quedes quieto.

  Carlos asintió.

  En algún lugar, una rama se rompió.

  Y entonces, las sombras empezaron a moverse.

  La sensación le recorrió la nuca como un escalofrío helado.

  —Vas a ver la sangre de primera mano.

  La voz surgió de repente, rasgada, distorsionada, pero inconfundiblemente parecida a la suya. Carlos se quedó un instante fuera de ritmo, como si el mundo hubiera dado un peque?o salto. Hacía tiempo que no la escuchaba. Tanto, que casi había llegado a pensar que no volvería a hacerlo.

  —…?Ahora? —murmuró sin darse cuenta.

  No tuvo tiempo de pensar más.

  Los arbustos se abrieron de golpe y las figuras ocultas salieron a la luz. Hombres mal armados, algunos con espadas melladas, otros con cuchillos, arcos cortos o simples garrotes. Sucios, tensos, con sonrisas torcidas. El círculo se cerró.

  El que parecía ser el líder avanzó un par de pasos. Era alto, con una cicatriz cruzándole la cara y una armadura ligera demasiado gastada para ser militar.

  —No hace falta que esto acabe mal —dijo con una voz áspera—. Dejad la carreta, no pongáis resistencia… y saldréis caminando.

  Rashak soltó una carcajada abierta.

  —?Eso es todo? —respondió—. Pensé que al menos lo intentarías mejor.

  La sonrisa del líder se borró al instante.

  —Mira a tu alrededor —escupió—. Estáis rodeados. Sois dos. No podéis hacer nada contra nosotros.

  Carlos miró a Rashak. El hombre no retrocedió ni un paso. Su agarre sobre la espada era firme, su respiración estable.

  —Carlos —dijo sin apartar la vista del enemigo—. Quédate cerca del mercader y de la chica.

  Carlos asintió y se movió rápido hacia la parte trasera de la carreta. Se colocó delante de la criada casi por instinto, interponiendo su cuerpo entre ella y los bandidos que ya empezaban a moverse.

  —Si queréis el carruaje —a?adió Rashak—, tendréis que matarnos.

  El líder sonrió, ladeando la cabeza.

  —Eso se puede arreglar.

  Alzó la mano.

  —Matadlos a todos.

  El caos estalló.

  Dos bandidos se lanzaron contra Rashak al mismo tiempo. La espada del aventurero se movió con precisión brutal: bloqueó uno, giró sobre sí mismo y atravesó el pecho del otro con un golpe limpio. El cuerpo cayó al suelo con un sonido seco, y la sangre oscura manó de la herida.

  Carlos lo vio.

  El estómago se le encogió.

  —?Ves? —susurró la voz en su cabeza, divertida—. Sangre.

  Un bandido se abalanzó sobre él. Carlos dio un paso atrás, luego otro, esquivando de forma torpe, casi tropezando consigo mismo. El cuchillo pasó rozándole la ropa.

  —Así no duras nada —se burló la voz—. Patético.

  Carlos apretó los dientes. Otro ataque. Se agachó, rodó como pudo por el suelo, levantándose con el corazón desbocado. No atacaba. Solo huía.

  Entonces lo vio.

  Dos bandidos se estaban acercando a la criada.

  —?No…! —pensó.

  El cuerpo reaccionó antes que la cabeza.

  Carlos salió corriendo. Esquivó por pura suerte el golpe del bandido que lo tenía encima y embistió al que estaba más cerca de la criada. La carga fue torpe, pero suficiente. Ambos cayeron al suelo, rodando entre polvo y hojas.

  —?Apártate de ella! —gritó.

  Pero no tuvo tiempo de levantarse.

  Algo le golpeó el costado. Un impacto seco. El aire se le escapó de los pulmones y cayó de rodillas. Alzó la vista justo a tiempo para ver a otro bandido levantando el arma.

  No podía esquivar. No llegaba a levantarse. Rashak estaba ocupado. No había tiempo.

  La voz volvió a hablar.

  —?Y ahora qué? —susurró—. ?Te mueres aquí?

  Carlos cerró los ojos con fuerza.

  Desesperado.

  Y entonces recordó.

  Una escena. Un anime visto hace a?os. Una habilidad simple, casi ridícula… pero sólida.

  Abrió la boca y gritó con todas sus fuerzas:

  —?Territory!

  El mundo pareció tensarse.

  Un destello verde surgió frente a él, expandiéndose en un instante. Un escudo translúcido, de energía esmeralda, se formó justo cuando el arma del bandido descendía.

  CLANG.

  El golpe rebotó contra la barrera.

  El bandido retrocedió, atónito.

  Carlos abrió los ojos, jadeando.

  El escudo seguía allí.

  Verde. Real.

  Y por primera vez, el miedo dio paso a otra cosa.

  Asombro.

  Carlos se quedó helado solo una fracción de segundo al ver la barrera verde vibrando frente a él. Funcionaba. De verdad funcionaba. Pero no había tiempo para procesarlo.

  El bandido frente a él ya había recuperado el equilibrio y levantaba el arma otra vez.

  Carlos apretó los dientes y extendió el escudo, ampliándolo hasta rodear la parte trasera de la carreta, envolviendo al mercader y a la criada en una cúpula irregular de energía verdosa. La barrera tembló al hacerlo, como si no estuviera pensada para algo tan grande.

  —?Buen movimiento, chico! —gritó Rashak desde unos metros más allá, mientras bloqueaba un ataque y contraatacaba con brutal precisión—. ?Sigue así!

  Carlos no respondió. Cada golpe contra la barrera le recorría el cuerpo como una descarga sorda. No era dolor exactamente, pero sí una presión constante, como si sus músculos y su cabeza estuvieran sosteniendo algo demasiado pesado.

  Esto consume… pensó, con la respiración acelerada.

  La barrera no era perfecta. En algunos puntos se ondulaba, en otros parecía más fina, casi transparente. Pero resistía. A duras penas.

  Rashak seguía luchando como una bestia. Ya había dos cuerpos en el suelo, inmóviles, y estaba enfrentándose a otros dos más sin darles tregua. La sangre manchaba la tierra del camino.

  Los bandidos restantes, frustrados, se centraron en Carlos. Golpeaban la barrera con furia, insultando, gru?endo, intentando romperla a base de fuerza bruta.

  —?Maldito crío!

  —?Romped esa cosa!

  Carlos sentía cómo la energía se le escapaba. Le temblaban las piernas. Si seguía así, no aguantaría mucho más.

  Y entonces tuvo una idea.

  Una loca. Arriesgada. Pero una idea al fin y al cabo.

  La barrera… no tiene por qué ser sólida todo el tiempo.

  Tragó saliva. Se concentró en uno de los bandidos, el que golpeaba con más rabia. Observó su patrón. Levantaba el arma por encima de la cabeza, descargaba el golpe con todo su peso.

  Un segundo antes.

  Carlos esperó.

  El bandido alzó el arma una vez más, gru?endo, y la dejó caer con fuerza.

  Justo antes del impacto, Carlos abrió un hueco en la barrera.

  El arma y los brazos del bandido atravesaron el espacio vacío.

  En ese mismo instante, Carlos cerró la barrera.

  —?Ahora! —pensó con desesperación.

  La energía verde se solidificó de golpe.

  El bandido soltó un alarido.

  Sus brazos quedaron atrapados dentro de la barrera, inmovilizados hasta los codos, como si la propia realidad los hubiera mordido. No se los cortó, pero la presión era brutal, antinatural. El bandido intentó retroceder, pero no pudo. Tiró. Gritó. Se debatió, inútilmente.

  —?Q-qué coj…?!

  Carlos jadeaba, sudando frío, pero una chispa de algo nuevo le recorrió el pecho.

  Funciona.

  Rashak vio la escena de reojo y soltó una carcajada salvaje.

  —?Eso es! —gritó, mientras atravesaba a otro bandido con su espada—. ?Aprende rápido, novato!

  Uno de los bandidos restantes dudó. Otro retrocedió un paso.

  Carlos mantenía la barrera con dificultad, los brazos temblándole, la cabeza a punto de estallar. La voz en su mente volvió a hablar, ya sin burla.

  —…Interesante.

  Carlos no respondió. No podía.

  Solo sabía una cosa:

  ya no estaba huyendo.

  Estaba luchando.

  Carlos sintió cómo sus brazos temblaban al máximo de su resistencia. La barrera verde vibraba y chisporroteaba con cada golpe de los bandidos restantes. La energía que mantenía el escudo se le escapaba poco a poco; cada ataque parecía drenarlo un poco más. Respiró hondo y gritó hacia Rashak:

  —?Mátalos! ?Yo no podré mantener esto mucho más!

  Rashak entendió al instante. Sus ojos se estrecharon y un destello feroz apareció en ellos. Giró sobre sus pies y, con movimientos veloces y precisos, se lanzó hacia los cuatro bandidos que quedaban, espada en mano. Cada corte y empujón suyo derribaba a uno tras otro, bloqueando ataques y matando con una eficiencia que dejó a Carlos sin aliento.

  Mientras tanto, Carlos no soltaba al bandido que tenía atrapado en la barrera. Su cuerpo empezaba a dolerle, los brazos temblaban y las palmas se le adormecían por la presión. Pero no podía dejarlo ir; la criada estaba justo detrás, y si el bandido lograba liberarse…

  Con un último esfuerzo, Carlos apretó la barrera con toda la fuerza que le quedaba. Un crujido metálico retumbó en sus brazos. Sintió cómo algo cedía, un chasquido profundo y seco. Miró hacia abajo, horrorizado: los brazos del bandido habían sido rotos por la presión del escudo. Gritó un “?ah!” de puro susto y sorpresa.

  Rashak, que había acabado de descender sobre los otros dos bandidos restantes, vio la escena y actuó de inmediato. Con un movimiento rápido y limpio, atravesó al bandido inmovilizado, y la sangre manó sobre la barrera, salpicando también las botas y las piernas de Carlos.

  El chico se sobresaltó y retrocedió un paso, bajando lentamente la barrera. Su corazón latía a mil por hora, y la adrenalina todavía recorría cada fibra de su cuerpo. La voz de su cabeza volvió a susurrarle, distorsionada y burlona, pero esta vez se contuvo, como si esperara a que él asimilara lo que acababa de hacer.

  Rashak se limpió la sangre de la cara con la manga y se acercó, con la típica sonrisa confiada.

  —Ya están todos —dijo, mientras la luz del sol se filtraba entre los árboles, iluminando los cuerpos caídos—. Bien hecho.

  Carlos suspiró, aliviado, soltando los últimos restos de energía que mantenían la barrera. Su cuerpo estaba exhausto, pero vivo.

  —Mira —dijo Rashak de repente, levantando algo que Carlos no había visto hasta ese momento—. Esto también te alegrará.

  Rashak levantó la cabeza del líder de los bandidos, todavía ensangrentada y con la mirada vacía. Carlos dio un paso atrás, sobresaltado, con un gesto de horror.

  —Jajaja —se rió Rashak al ver su reacción—. Entregar esto nos dará un poco más de dinero. No es bonito, pero es útil.

  El mercader salió de la carreta, con una sonrisa radiante y los ojos brillando de gratitud.

  —?Gracias, gracias de verdad! —exclamó—. Me habéis salvado la vida. ?No sé cómo podré recompensaros!

  Carlos asintió, pero sus ojos se desviaron rápidamente hacia Lira. Se acercó, con cautela, y preguntó en voz baja:

  —?Estás bien? ?Tienes alguna herida? ?Todo… todo está bien contigo?

  La criada alzó la mirada, sus ojos reflejaban todavía un poco de miedo, pero también alivio. Murmuró con voz temblorosa:

  —Sí… estoy bien. Gracias a ustedes…

  Carlos sintió un leve peso en el pecho al escucharla. Había visto la sangre, había sentido la presión y el miedo… pero también había logrado protegerla. Por primera vez desde que había llegado a este mundo, sintió que realmente podía hacer algo que importara.

  Rashak lo miró con una media sonrisa, notando su alivio y orgullo silencioso.

  —No está nada mal para tu primera pelea seria, novato —comentó—. Ahora descansa un poco, que aún nos queda camino.

  Carlos asintió, con la cola agitada detrás de él, todavía vibrando con la tensión de la batalla, y por primera vez en días, respiró hondo y se permitió sentir que había sobrevivido a algo que parecía imposible.

  Carlos sintió cómo el mundo se desmoronaba en un parpadeo. Un segundo estaba junto a Rashak, con la adrenalina todavía recorriéndole el cuerpo y la energía de la barrera verde vibrando en sus brazos; el siguiente, un sonido estridente y familiar le arrancó de golpe de ese mundo: el inconfundible pitido de la alarma.

  —?Maldita sea! —murmuró, tirando una manta a un lado con frustración. Su corazón todavía latía acelerado, y un escalofrío recorrió su espalda al recordar la escena que acababa de dejar atrás. Justo antes de ser despertado, estaba a punto de alcanzar a Rashak, y la idea de que la alarma lo hubiera interrumpido en el momento crítico lo hizo estremecerse. Solo unos segundos más y… sí, podría haber sido su fin.

  De un manotazo apagó el despertador, que parecía burlarse con su silencio repentino, y se incorporó en la cama, respirando con fuerza y con el pelo revuelto. Miró el uniforme que había dejado cuidadosamente sobre la silla, con la camisa todavía doblada y la corbata descansando encima. Suspiro con desdén y un dejo de fastidio:

  —Otro día más en este mundo aburrido… —murmuró, mientras se levantaba y se ponía la ropa, consciente de que mientras él estaba atrapado en la rutina humana, Loranm seguía allí, en ese mundo que le había dado adrenalina, peligro y vida.

  El sonido lejano de la alarma parecía recordarle que la aventura siempre esperaba, solo que no podía detenerse por mucho tiempo. Aún así, mientras se ajustaba la corbata, no pudo evitar que una peque?a sonrisa cruzara su rostro, recordando la sensación de la barrera verde, el miedo y la fuerza de Rashak a su lado.

  —Supongo que… hoy también tendré que sobrevivir al instituto antes de poder volver. —dijo en voz baja, con un dejo de ironía mientras se dirigía a la puerta.

  El uniforme le resultaba pesado, el aula gris y los pasillos interminables, pero en su mente aún estaba el eco de la batalla, los gritos y la sangre que acababa de experimentar, recordándole que la verdadera emoción, la verdadera vida, le esperaba cuando cerrara los ojos y se sumergiera en el otro mundo de nuevo.

  Carlos intentó relajarse mientras reanudaba el paso. Se obligó a caminar con normalidad, aunque cada músculo de su cuerpo estaba en tensión. Tenía esa sensación incómoda, casi pegajosa, de estar siendo observado, como si algo avanzara a su espalda sin hacer ruido. Miró de reojo un par de veces, pero no vio nada fuera de lo común: coches aparcados, alguna ventana aún con las persianas medio bajadas, el sonido lejano de la ciudad despertando.

  Cuando llegó a la puerta de la casa de Sandra, la vio apoyada en la reja, mochila colgada de un hombro y el móvil apagado entre las manos. Al verlo, levantó la vista y sonrió.

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  —Llegas puntual, milagro —dijo con tono burlón—. ?Qué te pasa? Tienes cara de haber visto un fantasma.

  Carlos forzó una sonrisa.

  —Nada… cosas mías. Dormí mal.

  Sandra lo miró de arriba abajo, claramente sin creérselo del todo.

  —Claro, claro. ?Seguro que no te persigue algún espíritu vengativo o algo así? —a?adió, moviendo los dedos como si lanzara un hechizo imaginario.

  —Muy graciosa —respondió Carlos, soltando una peque?a risa para disimular—. Vamos, que se nos hace tarde.

  Empezaron a caminar juntos hacia el instituto. Poco a poco, la charla cotidiana fue ocupando el espacio que antes llenaba la inquietud. Sandra hablaba de lo aburrido que había sido quedarse sin móvil, de un juego nuevo que estaba probando y de lo lento que se le hacía el tiempo en casa. Carlos asentía, respondía, incluso hacía algún comentario irónico, pero su mente estaba en otro sitio.

  Cada tanto, sus orejas se movían levemente, casi por reflejo, como si buscaran captar un sonido que no terminaba de llegar. No escuchaba pasos, ni respiraciones, ni nada concreto… solo esa sensación persistente, como una presión invisible en la espalda.

  —Oye —dijo Sandra de repente—, estás más callado de lo normal. ?Seguro que estás bien?

  Carlos dudó un segundo antes de responder.

  —Sí… solo estoy pensando en cosas. Ya sabes, el futuro, el instituto, esas mierdas.

  —Vaya, qué profundo —bromeó ella—. Te estás volviendo adulto o algo así.

  Carlos sonrió un poco más natural esta vez. Caminar junto a ella le ayudaba a anclarse a la realidad, al mundo humano, a lo cotidiano. Las calles conocidas, los semáforos, el ruido de otros estudiantes acercándose al instituto… todo parecía normal. Demasiado normal.

  Pero aun así, justo cuando estaban a unas pocas manzanas de llegar, Carlos volvió a sentirlo. Un escalofrío le recorrió la espalda, acompa?ado de un susurro tan leve que no supo si lo había escuchado o solo lo había imaginado.

  No dijo nada.

  Siguió caminando.

  Aunque en el fondo, una certeza incómoda empezaba a tomar forma en su mente: algo del otro mundo no se había quedado atrás, y el límite entre ambos empezaba a volverse peligrosamente difuso.

  Sandra redujo un poco el paso y lo miró de reojo, esta vez sin bromas ni sonrisas exageradas. Había algo en la forma en la que Carlos caminaba, demasiado rígido, demasiado atento a todo lo que los rodeaba.

  —Oye —dijo con voz más suave—, si te pasa algo… lo que sea, ?vale? No te lo guardes. Puedes decírmelo, no pasa nada. Yo te escucho.

  Carlos tardó un segundo en responder. Por un instante pensó en decirle la verdad, o al menos una parte de ella, pero las palabras se le atascaron en la garganta. ?Cómo iba a explicarle que había luchado contra bandidos, creado una barrera de mana y despertado con la sensación de que algo de ese mundo lo había seguido?

  —De verdad, no es nada —dijo al final, forzando un tono tranquilo—. Dormí fatal y ya sabes cómo me pongo cuando no descanso.

  Sandra lo observó unos segundos más, como evaluando si insistir o no. Finalmente suspiró.—Vale… pero no te acostumbres a hacerte el misterioso, ?eh?

  Justo en ese momento, el edificio del instituto apareció frente a ellos. Estudiantes entrando en grupos, risas, empujones, el ruido familiar de cada ma?ana. La rutina de siempre.

  —Bueno, me voy —dijo Sandra, girándose hacia la entrada—. Luego hablamos, ?sí?

  —Sí, luego —respondió Carlos.

  Sandra se perdió entre la gente y Carlos se quedó quieto unos segundos antes de cruzar la puerta. Miró a su alrededor con disimulo, escaneando cada esquina, cada sombra, cada movimiento fuera de lo normal. Nada. Solo alumnos, profesores, y el murmullo constante del instituto despertando.

  Sintió una punzada de vergüenza.Me estoy rayando, pensó.

  Negó levemente con la cabeza, respiró hondo y se pasó una mano por la cara. No había nada allí. Ninguna presencia extra?a. Ninguna voz. Ningún peligro.

  O eso quería creer.

  Con paso algo más rápido, Carlos entró al instituto antes de que sonara el timbre, decidido a ignorar esa inquietud que se le había instalado en el pecho, sin saber que, aunque no pudiera verla, aquella sensación no pensaba desaparecer tan fácilmente.

  Carlos entró al aula y fue directo a su sitio habitual, en medio, cerca de la ventana. Dejó la mochila bajo la mesa, se sentó y apoyó los codos un segundo, respirando hondo. A simple vista, todo era exactamente igual que siempre: el murmullo previo a que llegara el profesor, sillas arrastrándose, alguien riéndose al fondo, el sonido lejano de otras clases empezando al mismo tiempo.

  Normal. Demasiado normal.

  Pero esa sensación no se iba.

  Era como una presión constante entre los hombros, como si alguien estuviera justo detrás de él, inclinado, observando cada movimiento. Carlos giró un poco la cabeza, disimuladamente. Nada. Solo compa?eros hablando entre ellos, mirando el móvil, bostezando. Volvió la vista al frente, incómodo.

  No mires raro. Compórtate normal, se dijo.

  La clase empezó. El profesor entró, saludó y comenzó a explicar, la voz monótona llenando el aula. Carlos intentó concentrarse, de verdad. Miró la pizarra, copió las primeras líneas, leyó lo que estaba escribiendo… pero las palabras no se le quedaban. Se deslizaban fuera de su cabeza igual que el agua entre los dedos.

  Entonces lo escuchó.

  —…no estás aquí.

  No fue un grito. Ni siquiera una voz clara. Fue más bien un susurro, como si alguien pensara demasiado alto. Carlos se tensó, el bolígrafo deteniéndose en seco sobre el cuaderno.

  Miró a su alrededor otra vez. Nadie parecía haber dicho nada.

  Tragó saliva y siguió escribiendo, forzándose a continuar.

  Pasaron unos minutos. Luego otros. Y de nuevo, entre una frase del profesor y el sonido de una silla moviéndose…

  —Aquí eres lento.

  Esta vez, Carlos apretó los dientes. El corazón le dio un peque?o salto incómodo. No sonaba como un recuerdo. No sonaba como su propia conciencia. Sonaba… cerca.

  Intentó ignorarlo. Se dijo que era falta de sue?o, estrés, que venía de lo de anoche, de la sangre, del combate, de despertar de golpe. Es normal, se repitió. Solo estoy cansado.

  Pero la sensación empeoraba.

  Cada vez que bajaba la mirada al cuaderno, sentía que algo se inclinaba más sobre él. Cada vez que levantaba la vista, tenía el impulso absurdo de buscar una sombra que no estaba ahí. El ruido del aula empezó a volverse molesto, lejano, como si estuviera bajo el agua.

  —Si sigues así, te van a ver.

  Carlos apretó el bolígrafo con tanta fuerza que los dedos le dolieron.

  Levantó la mano casi sin pensarlo.

  —?Puedo ir al ba?o? —preguntó, con la voz un poco más tensa de lo que pretendía.

  El profesor lo miró un segundo, evaluándolo.

  —Ve rápido —dijo al final.

  Carlos se levantó casi de inmediato, cogió permiso y salió del aula sin mirar atrás. El pasillo estaba más silencioso, iluminado por la luz fría de los fluorescentes. Caminó rápido, sin correr, con la sensación de que si se detenía demasiado esa presión en la espalda terminaría por aplastarlo.

  Entró al ba?o y cerró la puerta tras de sí.

  El eco del cierre resonó demasiado fuerte.

  Se apoyó en el lavabo, respirando hondo, y abrió el grifo. El agua fría cayó con fuerza. Se inclinó y se lavó la cara, dejando que el frío le despejara un poco la cabeza. Alzó la vista y se miró en el espejo: ojeras marcadas, el gesto tenso, los ojos más abiertos de lo normal.

  —Tranquilo… —murmuró para sí—. Tranquilo.

  Cerró el grifo.

  El silencio volvió de golpe.

  Y entonces lo sintió.

  No fue un sonido esta vez. Fue una presencia clara, definida. Como si alguien estuviera justo a su lado, demasiado cerca. Carlos se quedó inmóvil, las manos apoyadas en el lavabo, sin atreverse a girarse.

  —Aquí tampoco estás solo.

  La voz ya no parecía venir de su cabeza. Sonaba como si estuviera a su derecha, a la altura del oído. Distorsionada, parecida a la suya, pero torcida, incorrecta, como un reflejo roto.

  Carlos sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

  —…esto no es posible —susurró, sin darse cuenta de que había hablado en voz alta.

  El espejo no reflejaba a nadie más. El ba?o estaba vacío. Pero la sensación era innegable: algo estaba ahí, compartiendo el mismo espacio.

  —?No lo es? —respondió la voz, casi divertida.

  Carlos apretó los pu?os. El corazón le latía con fuerza en el pecho.

  Por primera vez desde que todo empezó, no estaba seguro de en qué mundo se encontraba realmente.

  —?…qué eres? —preguntó Carlos al fin, con la voz baja, tensa, como si temiera que hablar más alto pudiera romper algo.

  El reflejo del espejo tembló.

  No fue un movimiento brusco, sino algo más inquietante: la imagen de Carlos empezó a perder definición, como si la luz dejara de obedecerla. Los bordes de su silueta se oscurecieron, alargándose, y en cuestión de segundos el espejo ya no le devolvía su propio rostro, sino una sombra deformada con su misma forma. Donde deberían estar los ojos, dos puntos rojos brillaron con una intensidad antinatural, fijos en él.

  Carlos dio un paso atrás sin darse cuenta, chocando con los azulejos fríos.

  —No —murmuró—. Esto… esto no está pasando.

  La sombra inclinó ligeramente la cabeza, imitando un gesto que Carlos conocía demasiado bien. El movimiento era perezoso, casi aburrido, como si aquello fuera un juego repetido.

  —Todavía no —respondió la voz—. Aún no es la hora de que lo entiendas.

  No había burla abierta en esas palabras, pero sí algo peor: certeza. Como si el tiempo, el momento y las respuestas ya estuvieran decididos sin contar con él.

  Carlos tragó saliva.

  —Entonces dime al menos qué quieres.

  La sombra se movió dentro del espejo, apoyándose contra un borde invisible, cruzando unos brazos que no deberían existir. Los ojos rojos parpadearon una vez.

  —?Un nombre? —dijo la voz, con un deje casi amable—. Los nombres ayudan a que las cosas sean más fáciles de digerir. Si te tranquiliza… puedes llamarme Shion.

  El nombre resonó en su cabeza de una forma extra?a, como si siempre hubiera estado ahí, esperando ser pronunciado.

  Carlos apretó los dientes.

  —No me tranquiliza —respondió—. Y no deberías estar aquí. Tú… tú perteneces al otro mundo. Yo estoy despierto.

  La sombra se quedó quieta un segundo. Luego, soltó una risa baja, rota, que no sonó ni humana ni lejana, sino peligrosamente cercana.

  —Sigues siendo necio —dijo Shion—. ?De verdad crees que las fronteras existen solo porque tú las entiendes así?

  Carlos sintió un nudo en el estómago.

  —Déjame en paz —dijo, esta vez con más firmeza—. No quiero esto. No aquí.

  Los ojos rojos se estrecharon, no con enfado, sino con algo parecido a curiosidad.

  —No puedes querer o no querer lo que ya está en marcha —respondió Shion—. Pero descuida. Hoy no es el día.

  La sombra empezó a disolverse lentamente, como humo absorbido por el propio espejo. Justo cuando los rasgos oscuros se deshacían y los ojos rojos se apagaban, la voz a?adió, casi en un susurro:

  —Descansa mientras puedas, Carlos.

  En ese instante, la puerta del ba?o se abrió de golpe.

  —?Hay alguien…?

  Carlos se giró bruscamente. Un alumno había entrado, mirándolo con extra?eza. Cuando Carlos volvió la vista al espejo, su reflejo era normal otra vez: su cara pálida, los ojos abiertos de más, el corazón aún golpeándole el pecho.

  —Sí… —respondió, tras un segundo—. Ya salgo.

  El otro chico asintió y fue a uno de los lavabos.

  Carlos se quedó mirando el espejo unos segundos más. No quedaba rastro de Shion. Ni sombras. Ni ojos rojos.

  Pero la sensación de no estar solo… esa no se fue.

  Se pasó una mano por la cara, respiró hondo y salió del ba?o, con una certeza clavándosele en la cabeza:

  Algo del otro mundo había cruzado con él. Y ya no sabía si podría volver a dejarlo atrás.

  Carlos volvió a su asiento casi por inercia. Abrió la puerta del aula, entró, murmuró un “perdón” que nadie escuchó y se dejó caer en la silla, otra vez en medio, cerca de la ventana. El murmullo de la clase seguía igual que antes, como si nada hubiera pasado, como si el mundo no se hubiera agrietado hacía apenas unos minutos en un ba?o vacío.

  Pero para él ya no era igual.

  Tenía la cabeza hecha un nudo. Pensar le costaba, pero no pensar era imposible. La imagen del espejo regresaba una y otra vez: la sombra, los ojos rojos, esa voz tan parecida a la suya y, al mismo tiempo, tan ajena. Shion. El nombre se le repetía solo, sin que quisiera.

  Apoyó la frente unos segundos sobre la mano, mirando al cuaderno sin ver realmente las líneas escritas.Si Shion podía aparecer aquí… despierto… entonces, ?dónde estaba realmente el límite? ?En dormir? ?En so?ar? ?O nunca había existido de verdad?

  La idea le revolvió el estómago.

  Siempre había pensado que ambos mundos estaban separados por algo claro: cerrar los ojos, abrirlos. Pero ahora esa frontera se sentía fina, frágil, casi burlona. Como si bastara con mirar mal para que se rompiera del todo. Intentó convencerse de que lo del ba?o había sido estrés, sugestión, una alucinación puntual… pero el recuerdo no tenía la textura de algo inventado. Había sido demasiado nítido. Demasiado presente.

  Un nudo le subió desde el estómago hasta el pecho.

  Shion no le daba buena espina. No por algo concreto que hubiera dicho, sino por cómo lo había dicho. La calma, la certeza, esa forma de mirarlo como si supiera cosas que Carlos todavía no podía ni formular. No parecía alguien —o algo— que estuviera ahí para ayudarlo.

  El mareo llegó despacio, como una ola. El ruido del aula se mezcló, las voces se solaparon, el fluorescente zumbó demasiado fuerte. Carlos respiró hondo, varias veces, intentando mantenerse anclado. Aguanta hasta el recreo, se dijo. Solo aguanta un poco más.

  Cuando el timbre sonó, casi dio un respingo. El sonido le supo a salvación.

  Se levantó rápido, metió lo justo en la mochila y salió del aula con la corriente de alumnos. El pasillo estaba lleno, ruidoso, vivo. Normal. Demasiado normal otra vez. Caminó unos pasos, intentando que el aire le despejara la cabeza, cuando una voz conocida lo llamó.

  —Eh, Carlos.

  Se giró y ahí estaba Sandra, acercándose con ese andar relajado de siempre. Al verlo, ladeó un poco la cabeza.

  —?Vamos al banco otra vez? —preguntó—. Así no comemos de pie como animales.

  Carlos dudó un segundo. Parte de él quería estar solo, pero otra parte —la que se sentía insegura, revuelta— agradeció no quedarse a solas con sus pensamientos.

  —Sí —respondió al final—. Vamos.

  Caminaron juntos hasta el patio y se sentaron en el mismo banco de siempre. Carlos sacó el zumo y lo abrió, dando un peque?o sorbo. El silencio se instaló entre los dos de forma extra?a. No incómoda al principio, pero sí densa. Normalmente, aunque no hablaran, había una especie de tranquilidad compartida. Esta vez, en cambio, parecía que el aire pesaba más.

  Carlos bebía despacio, mucho más de lo habitual, mirando un punto indefinido frente a él.

  Sandra lo observó de reojo un par de veces antes de decir nada.

  —Oye… —empezó—. ?Estás enfermo?

  Carlos parpadeó y la miró.

  —?Eh?

  —Te estás bebiendo eso como si te doliera —dijo, se?alando el zumo—. Normalmente ya lo habrías acabado.

  Carlos tardó un segundo en responder. Buscó una excusa rápida, algo creíble.

  —Me duele un poco la cabeza —dijo—. Supongo que me estaré resfriando o algo así.

  Sandra frunció un poco el ce?o, sin insistir, pero sin creérselo del todo.

  —Ya… —murmuró.

  Carlos volvió la vista al frente y dio otro sorbo, aún más lento. Sabía que mentía. Sabía que ella lo sabía, al menos en parte. Pero no podía decirle la verdad. No podía explicarle que una sombra con su cara le había hablado desde un espejo, que algo del otro mundo ahora parecía caminar con él, incluso despierto.

  Ni siquiera él lo entendía.

  El recreo continuó a su alrededor, risas, pasos, voces lejanas. Carlos estaba allí, sentado junto a su mejor amiga… y al mismo tiempo, sentía que una parte de él seguía atrapada en otro lugar, observando, esperando.

  Y eso, más que cualquier herida o combate, fue lo que de verdad le dio miedo.

  Carlos soltó un suspiro largo, de esos que salen cuando ya no puedes seguir guardándote lo que pesa, y giró un poco la cabeza hacia Sandra.

  —?Alguna vez… —empezó, dudando— has sentido como si todo lo que creías firme se viniera abajo? Como si el suelo desapareciera sin avisar y supieras que algo viene, algo que no puedes imaginar… pero que está cada vez más cerca.

  Sandra no respondió al instante. Se quedó mirando al frente, con el zumo apoyado entre las manos, los hombros relajados pero la mirada perdida en algún punto que no estaba en el patio. Pasaron un par de segundos largos, lo suficiente como para que Carlos pensara que había dicho algo raro.

  Entonces habló.

  —Sí —dijo al fin, con una calma que dolía más que cualquier dramatismo—. Y duele como si te arrancaran el suelo sin avisar. Como si todo lo que creías —tu casa, tu gente, tu idea de amor— se cayera de golpe y te quedaras sola sosteniendo ruinas que nunca debieron pesar tanto.

  Carlos no apartó la mirada de ella ni un segundo.

  —Da miedo —continuó Sandra— porque sientes que algo viene, algo enorme, y no sabes si va a salvarte o a romperte… pero en el fondo sabes que seguir igual ya te estaba matando por dentro. A veces tocar fondo no es perderlo todo —a?adió, bajando un poco la voz—, es darte cuenta de que nunca tuviste lo que necesitabas.

  El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso, sincero.

  Carlos se quedó quieto, el zumo todavía entre las manos, sin beber. Notó un nudo subirle por la garganta, algo caliente detrás de los ojos. No era tristeza exactamente. Era… sentirse visto. Comprendido sin haber explicado nada.

  —Yo… —murmuró al cabo de unos segundos— admiro mucho cómo piensas.

  Sandra lo miró de reojo, sorprendida.

  —De verdad —continuó Carlos—. Lo que has dicho… me ha servido mucho más de lo que crees. Gracias. Por decirlo así. Y por… estar.

  Sandra no respondió con palabras. Sonrió de lado, una sonrisa peque?a, cansada pero real, y le dio un golpecito suave con el hombro.

  —Para eso estamos, ?no? —dijo—. Aunque a veces no sepamos ni qué estamos arreglando.

  El timbre del recreo sonó entonces, rompiendo el momento como una burbuja que se pincha. El patio volvió a llenarse de movimiento apresurado, de voces que regresaban a clase.

  Sandra se levantó primero y Carlos la imitó. Antes de separarse, ella se acercó y lo abrazó con naturalidad, sin decir nada durante un segundo más de lo necesario.

  —Intenta pensar en otra cosa —le dijo al apartarse—. Si le das demasiadas vueltas, acabarás loco.

  Carlos soltó una peque?a risa, sincera esta vez.

  —Lo intentaré.

  Sandra se despidió con la mano y se alejó hacia su edificio. Carlos se quedó un instante quieto, viéndola irse, con una sensación extra?a en el pecho: una mezcla de alivio y de inquietud.

  Luego respiró hondo y volvió hacia su clase.

  No tenía respuestas.Pero al menos, ya no se sentía completamente solo con las preguntas.

  Las clases continuaron sin nada fuera de lo habitual. El profesor explicaba, los alumnos copiaban, alguien se quejaba en voz baja del calor o del frío según el aula, y el reloj parecía avanzar a trompicones. Carlos, aun con esa sensación extra?a adherida a la nuca como una sombra invisible, estaba algo más tranquilo que antes. No bien, pero sí lo suficiente como para no sentir que iba a desbordarse en cualquier momento.

  Seguía distraído, claro. A ratos su mente se iba sola, regresando al ba?o, al espejo, a la voz. Pero ahora conseguía traerla de vuelta, agarrarse al sonido de la tiza contra la pizarra, al roce del bolígrafo sobre el papel. Aguantó. Hora tras hora. Como siempre había hecho, pero esta vez con un peso distinto.

  Cuando por fin sonó el timbre que marcaba el final de las clases, Carlos soltó el aire que no sabía que llevaba reteniendo desde hacía rato. Guardó sus cosas con calma y salió del aula mezclándose con el resto de alumnos que se dirigían a la salida.

  Al cruzar la puerta principal del instituto, el viento le golpeó de lleno. Era un viento fuerte, frío, de esos que barren la calle y hacen que todo parezca un poco más nítido. Allí, esperándolo, estaba Sandra.

  El viento empujaba su cabello hacia atrás con decisión. No caía desordenado ni rebelde; al contrario, parecía obedecer cada ráfaga como si estuviera hecho para moverse así. Oscuro, liso y brillante, se recogía hacia atrás formando una caída limpia, dejando su rostro despejado. El flequillo, recto y bien marcado, protegía parcialmente sus ojos, dándoles una profundidad distinta, más clara, más expuesta de lo habitual. Había en ella una quietud curiosa, una mezcla de sencillez y presencia que hacía que destacara sin esfuerzo entre el ir y venir de estudiantes.

  Carlos se acercó, notando el cambio casi de inmediato.

  —Oye… —dijo, ladeando un poco la cabeza—. ?Te has quitado las gafas?

  Sandra parpadeó un segundo y luego sonrió, llevándose un dedo al ojo con gesto orgulloso.

  —Ajá. Lentillas —respondió—. ?Qué, qué tal?

  Carlos la miró un momento más, como ajustando la imagen en su cabeza.

  —Raro —dijo al final, con una media sonrisa—. Muy raro verte sin ellas.

  Sandra soltó una risa corta.

  —Qué fino eres, ?eh?

  —No, no —a?adió él—. No digo que esté mal. Solo… distinto.

  —Me vale —respondió ella encogiéndose de hombros.

  Empezaron a caminar juntos, alejándose del instituto mientras el viento seguía acompa?ándolos, jugando con la ropa y el cabello. Hablaban de cosas peque?as, comentarios sueltos del día, alguna queja ligera sobre las clases, nada importante. O al menos nada que sonara importante.

  Carlos, sin embargo, iba con cuidado.

  Cada vez que pasaban junto a un coche, una ventana, un escaparate, sentía el impulso automático de mirar su reflejo. Y cada vez, lo evitaba. Desviaba la vista, fijándola en el suelo, en el cielo gris, en Sandra caminando a su lado. No quería comprobar si la sombra seguía ahí, esperando devolverle la mirada desde algún cristal.

  No la escuchó hablar.No la vio.

  Pero la sensación persistía, silenciosa, como un recordatorio incómodo.

  Siguieron caminando, y por fuera todo parecía exactamente igual que siempre.Por dentro, Carlos sabía que algo había cambiado.Y que, quisiera o no, ya no había marcha atrás.

  Carlos y Sandra siguieron caminando por la avenida del instituto, y aunque sus voces llenaban el aire con conversaciones cotidianas, la sensación que Carlos tenía no desaparecía. El viento seguía jugando con el cabello de Sandra y la ropa de ambos, colándose entre las grietas del uniforme, recordándole a Carlos que cada movimiento, cada paso, era una transición entre un mundo aburrido y humano, y otro donde la vida parecía depender de reflejos y decisiones inmediatas. él iba a su lado, algo más relajado por la compa?ía de Sandra, pero con la atención dividida entre la charla y la inquietante presencia de Shion en su cabeza, la voz que se burlaba y dejaba un poso de ansiedad en su mente.

  —…y entonces, en la clase de ciencias, el profesor dijo que teníamos que entregar el proyecto hoy, pero no entendí nada de lo que explicaba —dijo Sandra, rompiendo un poco el silencio que Carlos había dejado crecer entre ellos—. No me preguntes cómo sobreviví, porque no lo sé.

  Carlos soltó una risa baja, aunque distraída. El intento de concentrarse en la conversación era palpable, pero cada reflejo, cada ventana, cada cristal que cruzaban, parecía tentarlo a mirar hacia su propio reflejo. Cada vez que se acercaban a un escaparate o una superficie reflectante, Carlos desviaba la vista casi instintivamente, como si hubiera aprendido que no debía enfrentarse a lo que se ocultaba detrás de él. Shion, por supuesto, no tardaba en llenar esos vacíos de silencio.

  —?Por qué estás tan callado, Carlos? —susurró la voz en su cabeza, burlona, aunque solo él podía escucharla—. ?Te sorprende que te ignore, o es que crees que huir de mí es suficiente?

  Carlos tragó saliva y caminó con más rapidez, como si la prisa pudiera disolver la sensación de ser observado. Sandra notó la tensión que se aferraba a sus hombros y frunció ligeramente el ce?o.

  —Carlos… ?estás bien? —preguntó, esta vez con un tono más serio, mientras sus ojos recorrían su expresión—. No tienes que fingir que todo está bien conmigo.

  él la miró, quiso decir algo, quiso responderle con la verdad que su boca no podía articular. Así que se limitó a asentir con un gesto simple:

  —Sí… sí, estoy bien. Solo es… un día largo, eso es todo.

  Sandra aceptó la respuesta con un leve encogimiento de hombros y cambió de tema, hablando sobre el último juego que había comprado para su consola. Carlos intentó concentrarse en ello, aunque el eco de la voz de Shion seguía jugando con cada pensamiento suyo, insinuando peligros, curiosidades, malicia. La voz le hablaba de cosas que él no comprendía del todo, dejándole pistas a medias, como si quisiera tentarlo a mirar, a reaccionar, a ceder ante la intranquilidad que le generaba.

  Mientras se acercaban a la casa de Sandra, el viento parecía intensificarse, rozando con insistencia sus uniformes, haciéndolos crujir suavemente y levantando peque?as hojas secas que giraban y bailaban a su alrededor. Carlos empezó a notar un temblor sutil en sus manos, un nerviosismo contenido que intentaba pasar inadvertido. Sandra, siempre perceptiva, lo miraba de reojo con curiosidad, sin poder decir del todo si era por el viento o por algo más.

  Al llegar a la puerta de su casa, Sandra se giró hacia él y le ofreció una sonrisa tranquilizadora, abierta y sin filtros.

  —Bueno, aquí es donde me despido, ?no? —dijo—. Recuerda… trata de no darle demasiadas vueltas a las cosas. No queremos que acabes como un zombi caminando por ahí.

  Carlos rió suavemente, un poco tenso, y asintió mientras ella abría la puerta. Antes de que él pudiera reaccionar, ella ya había entrado y cerrado la puerta tras de sí. Carlos se quedó unos segundos parado frente a la casa, sintiendo el vacío que dejaba su ausencia, y fue entonces cuando la voz lo golpeó.

  —Me encantaría ver cómo sería tu caída si ella desapareciera —susurró Shion, con un tono tan cercano que Carlos se giró de golpe, exaltado.

  El sonido de sus propias palabras resonó en su mente y en sus oídos. Detrás de él, un espejo convexo en la fachada reflejaba una silueta que él reconoció al instante: la misma sombra del ba?o, los puntos rojos brillando débilmente como si respiraran con vida propia. Carlos se apartó, dando un paso atrás, ignorando el reflejo como pudo, tratando de concentrarse en cualquier cosa que no fuera la inquietante figura que lo seguía.

  Durante el camino de regreso a su casa, Shion no se quedó callado. Cada reflejo, cada cristal, parecía un portal para burlarse de él, para reproducir cada movimiento suyo como si fuera un juego macabro. La voz se mezclaba con el sonido del viento, con el crujido de las hojas y con el eco de sus pasos:

  —?Por qué estás tan callado? —insistía Shion—. ?Ignoras lo que tienes delante? ?Crees que no puedo seguirte? ?Acaso te sorprende que te observe?

  Carlos apretaba los pu?os, respiraba con fuerza, y se obligaba a ignorarla. Cada paso se volvía un acto de voluntad: no mirar, no reaccionar, no demostrar miedo. Pero la sombra lo acompa?aba, persistente, burlona, casi desafiándolo a perder el control.

  Finalmente, llegó a su casa. La puerta estaba frente a él, el hogar humano, el espacio seguro que parecía una isla en medio del caos que lo rodeaba. Respiró hondo y giró la llave con cuidado. La sensación de alivio fue inmediata: la voz se desvaneció, como si no pudiera cruzar ese umbral sin permiso. Cuando empujó la puerta y vio a su padre pasar por el pasillo hacia la cocina, todo parecía normal otra vez. Su padre lo saludó con un gesto simple:

  —?Hola, Carlos! ?Qué tal el instituto hoy?

  Carlos respondió con una sonrisa, aunque un poco forzada, y siguió a su padre con pasos tranquilos hacia la cocina. Allí, el olor de la comida y la rutina familiar lo envolvieron, ofreciendo un refugio temporal. La presencia de Shion había desaparecido, por ahora, y el mundo humano reclamaba su atención: conversaciones, comida, sonidos cotidianos, normalidad… pero el recuerdo de la sombra, del espejo, de la voz, seguía adherido a su mente, como un recordatorio de que nada de esto sería tan simple nunca más.

  Ese momento de normalidad fue, quizás, lo único que le permitió descansar. Sabía que en algún momento volvería a sentir la mirada de Shion, que su mundo humano y su mundo de sue?os estaban más conectados de lo que jamás había imaginado. Pero por ahora, podía respirar, sentarse, observar a su padre y fingir, aunque solo fuera por unos instantes, que todo estaba bien.

  Y con ese respiro, Carlos supo que, cuando llegara la noche, tendría que enfrentarse a lo que venía, con Shion a su lado o en su cabeza, y con la certeza de que cada día, cada instante, podía ser un paso hacia algo que aún no comprendía del todo. Así, mientras la tarde caía y la luz se filtraba por la ventana de la cocina, Carlos se preparó mentalmente para lo que sabía que no tardaría en regresar: el mundo de Loranm, con todos sus peligros y maravillas, y la sombra que ya no se limitaría a observar.

  Después de cenar con su padre y recorrer, como siempre, los caminos de la conversación típica de padre e hijo —notas escolares, responsabilidades, peque?os consejos sobre la vida y el futuro—, Carlos se levantó de la mesa con una sensación de pesadez. Subió lentamente las escaleras hacia su habitación, cada paso resonando en el silencio del hogar. Al cerrar la puerta tras de sí, soltó la maleta con un gesto de dejadez y dejó que cayera al suelo. La rutina de cambiarse de ropa siempre le daba un peque?o respiro; un momento en que podía ignorar el mundo y, temporalmente, concentrarse en algo tan simple como quitarse el uniforme y ponerse ropa más cómoda.

  Pero justo mientras se quitaba la chaqueta, la risa de Shion apareció, cortante y retorcida.

  —?Crees que tu padre realmente te conoce? —susurró la voz, con un tono que mezclaba diversión y crueldad—. Nunca se ha dado cuenta de quién eres realmente… y probablemente nunca lo hará.

  Carlos, con los pu?os apretados, giró sobre sí mismo, como si pudiera enfrentar a la sombra que no tenía forma física.

  —?Basta! —gru?ó, con la voz cargada de agresividad—. Eres demasiado prepotente para ser solo una voz y una sombra que no puede hacer nada.

  Shion se rió de nuevo, más calmado, como si su sola existencia fuera suficiente para irritarlo.

  —Oh, ya lo veremos… —dijo con un deje de misterio—. Con el tiempo descubrirás lo que realmente puedo hacer.

  Carlos dejó caer el uniforme sobre la silla, con un gesto de frustración, y se recostó en la cama. Quería dormir, quería escapar de la insistente sensación de peligro que Shion había dejado flotando en su mente. Pero la voz no cedió. Continuaba hablándole, sembrando dudas, erosionando lentamente su tranquilidad.

  —Quizás eres solo un esquizofrénico con delirios —susurró Shion—. Quizás ese mundo del que hablas, tus haza?as como Loranm… no existen. Solo es tu cabeza inventando historias mientras la vida real pasa sin que te des cuenta.

  Carlos cerró los ojos con fuerza, respirando hondo, tratando de ahogar la voz, pero cada intento solo la hacía más clara, más insistente. La noche se volvió interminable, cada minuto alargándose hasta que la paciencia de Carlos parecía estirarse como un hilo. Finalmente, después de mucho esfuerzo y tras varias vueltas en la cama, logró dormirse.

  Cuando despertó, no estaba en su habitación humana. El techo de madera sobre él era más bajo, y las paredes tenían un color cálido que no reconocía. Al incorporarse, instintivamente se llevó la mano a la cabeza y sintió un chichón reciente, una protuberancia dolorosa que palpitaba con cada latido. Sus recuerdos de la caída mientras intentaba esquivar un ataque en el mundo de Loranm volvieron de golpe.

  Se levantó con cautela, aún aturdido por el golpe, y miró a su alrededor. La habitación era desconocida, aunque la cama en la que se encontraba le daba un leve sentido de familiaridad: estaba bien arreglada, con sábanas de lino que olían a fresco, y la luz que entraba por la ventana revelaba muebles de madera rústica, simples pero acogedores. No había ni rastro de Shion físicamente, aunque Carlos sentía su presencia flotando en algún rincón de su mente, invisible, omnipresente.

  Se puso de pie lentamente, intentando medir cada paso para no golpearse con el dolor en la cabeza, y empezó a explorar la habitación con la mirada. Un peque?o escritorio al lado de la cama estaba ordenado, con pergaminos, tinta y una pluma. Una silla de respaldo alto estaba empujada hacia dentro, y en la pared colgaban mapas de un territorio que Carlos no reconocía del todo, con caminos que se entrecruzaban y símbolos que parecían se?alar aldeas, monta?as y ríos. Cada detalle hacía que su corazón latiera un poco más rápido: estaba de vuelta en el otro mundo, pero esta vez en un lugar desconocido.

  El olor de la madera y de la cera de vela mezclados le dio una extra?a sensación de calma, como si estuviera seguro… aunque sabía que esa seguridad era frágil. Aun así, sus instintos le recordaron que no podía quedarse quieto demasiado tiempo. Tenía que levantarse, moverse y entender dónde estaba exactamente.

  —Bienvenido de nuevo, Loranm —susurró la voz en su cabeza, con un tono casi juguetón, rompiendo el silencio momentáneo.

  Carlos apretó los dientes y dio un paso atrás, girando ligeramente, como si pudiera localizar a Shion con la mirada. La voz no respondía, solo seguía allí, flotando entre sus pensamientos, recordándole que nunca estaba solo.

  —?Qué quieres ahora? —preguntó Carlos, con la voz cargada de tensión y determinación.

  —Solo observar —dijo Shion, con un leve eco burlón—. Por ahora. Pero la noche apenas comienza… y tú aún no sabes todo lo que puedo hacer.

  Carlos tragó saliva y, con un último vistazo a la cama y al escritorio, se dirigió hacia la puerta. Cada paso resonaba en el suelo de madera, cada movimiento le recordaba que estaba vivo, que aún tenía control sobre algo, aunque fuera solo sobre su propio cuerpo. Sus sentidos estaban alertas, su cola se movía ligeramente detrás de él, y la ansiedad mezclada con la emoción le aceleraba el pulso: no sabía qué le esperaba fuera de esa habitación, pero una cosa estaba clara, tenía que descubrirlo.

  Al abrir la puerta, la luz del pasillo le mostró un corredor estrecho, con varias habitaciones a los lados. Desde allí se podía oír un murmullo lejano, voces que hablaban, algún que otro paso… y el sonido inconfundible de la vida del mundo que conocía como Loranm. Carlos avanzó con cautela, asegurándose de no tropezar ni alertar a nadie innecesariamente. Cada sombra parecía moverse con él, cada crujido de la madera lo mantenía alerta.

  Mientras caminaba, la voz volvió a susurrar, ahora más cerca, como si se deslizara por los muros:

  —No olvides… el mundo que dejas atrás también te observa. Solo que aquí, aquí es diferente. Aquí decides.

  Carlos se estremeció, pero mantuvo la calma. Sabía que las palabras de Shion eran un recordatorio, una advertencia, y que no podía ignorarlas ni dejar que lo paralizaran. Respira hondo, centró sus pensamientos, y continuó avanzando, sintiendo la diferencia entre ser Carlos y ser Loranm, entre su mundo humano y este mundo donde las reglas eran otras, donde cada decisión podía significar supervivencia o peligro.

  Al final del corredor, una puerta más grande y robusta que las demás llamó su atención. Parecía un acceso principal dentro de la casa, como si llevara a la sala principal o al recibidor. Carlos se acercó lentamente, colocando la mano sobre la madera fría de la puerta. Por un momento, la voz se silenció, y con eso llegó un extra?o instante de paz. Solo el latido de su corazón y su respiración marcaban el ritmo.

  Cuando finalmente abrió la puerta, la luz del salón le cegó un poco, pero lo suficiente para ver que no estaba solo: varias personas estaban dentro, conversando entre ellas, algunas de razas diferentes que Carlos apenas reconocía de vista. Humanos, elfos, incluso algún que otro antropomorfo se movía por la estancia. Un aroma a pan recién horneado y especias le llegó de inmediato, mezclándose con la sensación de hogar temporal.

  Carlos respiró hondo, dejando que sus sentidos absorbieran cada detalle. Allí estaba, una nueva parte del mundo de Loranm, un espacio que no conocía pero que prometía respuestas, desafíos y más preguntas de las que podía imaginar.

  Y en su mente, Shion permanecía, silencioso por primera vez desde que abrió la puerta, dejando que Carlos se enfrentara a este nuevo escenario, consciente de que lo que venía a continuación pondría a prueba mucho más que su fuerza o reflejos: pondría a prueba su ingenio, su valor y su capacidad de mantener la cordura entre dos mundos que no dejarían de chocar.

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