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Capitulo 7: La Confesión del Corazón

  Erik aún estaba sumido en el sue?o. La calidez del interior de su caba?a lo envolvía, y su cuerpo parecía hundido en un mar de suavidad. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero lo que sí sentía con claridad era el roce delicado y constante de unas manos que recorrían su espalda.

  — "Debe ser Becca", pensó con una sonrisa apenas dibujada entre sue?os. "Aún está con la pasta que prepara… Qué dedicada."

  Iba a murmurar unas palabras de agradecimiento, cuando una voz familiar, pero distinta, le habló:

  — ?Cómo estás?

  Erik abrió los ojos lentamente, parpadeando con confusión. Trató de incorporarse un poco, pero al hacerlo, notó el peso ligero sobre sus muslos y la silueta que lo montaba suavemente: era Lera, sentada con elegancia, mirándola con una sonrisa luminosa.

  — ?Lera…? —logró decir, su voz aún gruesa por el sue?o, áspera como la corteza de un árbol.

  Ella no respondió de inmediato. En lugar de eso, deslizó las manos por su espalda, palmas planas y firmes, hasta encontrarse con los hombros que la víspera habían estado tensos de dolor. Sus dedos comenzaron a trazar círculos lentos e hipnóticos sobre su piel.

  — Vine a ver cómo amaneciste —murmuró por fin, y su voz era tan suave como su tacto—. Ya no tienes esa mueca de dolor entre las ce?as…

  Erik giró los hombros con cautela, esperando el pinchazo familiar. No llegó. Hizo un movimiento más amplio con el torso, una torsión que el día anterior le habría arrancado un gemido. Nada. Solo el crujido sano de vértebras dormidas y el alivio absoluto.

  — Ya no duele —susurró, más para sí mismo que para ella, con genuino asombro.

  Una risa baja, que era casi un ronroneo, le respondió desde arriba.

  — Lo sé —dijo Lera, y se inclinó hacia delante hasta quedar recostada en su espalda con cari?o, colocando su cabeza alado de la suya —. Por eso me tomé la libertad de despertarte así de bien…

  Su aliento le acarició una mejilla. Y Erik supo, con una certeza de que le quemó el estómago, que el dolor había sido lo de menos. La verdadera medicina estaba justo ahí, montándola con una sonrisa que prometía curar cosas mucho más profundas.

  — ?Ya… amaneció? —preguntó, algo confundido—. Debería ir a ayudar a Becca con los cántaros…

  Lera soltó una risita que vibró en su pecho al estar recostada contra él.

  — Vine a despertarte para que vayamos a comer… Dormiste toda la noche y toda la ma?ana —le dijo con dulzura, alzando un poco la cabeza para ver su rostro adormilado.

  Erik se incorporó un poco más, con los ojos abiertos por la sorpresa.

  — ?Qué? ?Toda la ma?ana también? No... nunca había dormido tanto.

  — Nosotras también nos sorprendimos —dijo Lera, sentándose de nuevo sobre él, acariciando su espalda—. Pero Alisha nos dijo que a veces el mejor remedio es un buen descanso. Que después de todo lo que pasó ayer… lo necesitabas.

  Erik se dejó caer de nuevo sobre el colchón de lana, sintiendo cómo las palabras de Lera hacían eco en su pecho. Cerró los ojos un momento más, sonriendo con suavidad.

  — Tal vez… tenía razón.

  Lera se inclinó de nuevo, lo abrazó por la espalda, y apoyó su mejilla sobre la suya.

  —Siempre tienen razón —susurró.

  Erik, aún recostado boca abajo, sonrió con los ojos cerrados, hundido en la placidez del peso cálido de Lera sobre su espalda. Pero entonces, con un movimiento fluido y deliberado, giró sobre sí mismo hasta quedar boca arriba, y el mundo se recompuso para que sus ojos se encontraran con los de ella.

  Lera lo miró desde arriba. Su expresión era un universo entero: una dulzura profunda que se mezclaba con un deseo tan contenido que casi sonaba a reverencia, como si aquel instante de intimidad fuera un juramento silencioso que solo ellos dos podían entender. Sin mediar palabra, se dejó caer lentamente sobre su pecho, apoyando las manos a ambos lados de su cabeza. Sus labios encontraron los de él no con urgencia, sino con una ceremonia callada.

  El beso fue lento, profundo, terriblemente tierno. No era un beso de fuego, sino de tierra fértil: hondo, nutritivo y prometedor. Erik correspondió acariciándole la espalda con las yemas de los dedos, sintiendo cada vértebra bajo su palma, y por un momento, el tiempo suspendió su marcha, concediéndoles una eternidad en un suspiro.

  Cuando Lera se separó, fue solo lo justo para incorporarse y sentarse sobre sus caderas, sin perder el contacto. Su respiración era un eco de la de él. Sus dedos, largos y de artesana, iniciaron entonces un viaje lento por la geografía de su torso. Recorrieron la piel cálida y marcada, los surcos de músculo definido, hasta que, inevitablemente, se posaron en la cicatriz.

  No era una línea fina. Era una cresta pálida y rugosa que le cruzaba el pecho de lado a lado, un recordatorio brutal de filo y dolor. Los dedos de Lera se detuvieron allí, y no la recorrieron: la acunaron. La tocaron con una delicadeza tan infinita que parecía que estaba tocando algo sagrado y a la vez terriblemente vulnerable.

  —Esto… —susurró, y su voz era tan tenue como el aleteo de una polilla— Te debió doler hasta el alma.

  Erik bajó la mirada, observando cómo sus dedos acariciaban la marca de su casi muerte pasada. Sintió el fantasma de un dolor que ya no estaba, un escalofrío de memoria que se desvaneció al instante bajo el calor de su tacto.

  —Sí —admitió, y su voz sonó suave, desprovista de la angustia que alguna vez tuvo—. Dolió más de lo que pensé. —Hizo una pausa, mirándola a los ojos—. Pero fue hace mucho. Ya deben haber pasado dos a?os… y ya no duele. Solo es… parte de mí.

  Y en sus palabras no había amargura, solo un hecho. Una paz conquistada.

  Lera levantó la mirada hacia él, y en sus ojos brillaba una tristeza antigua, pero por encima de ella, un alivio tan vasto y profundo como el lago. Era la tristeza de quien imagina un futuro que pudo ser y nunca fue, y el alivio de quien abraza con fuerza el presente que sí existe.

  —Mika me contó cómo pasó… —susurró, y su voz era como el rumor de las hojas—. Cada detalle. Me alegra tanto… tanto… que lograste escapar de esa bestia. Si no lo hubieras logrado… si esa herida hubiera sido solo un centímetro más profunda…

  Sus palabras se quebraron, deshaciéndose en el aire en un jadeo ahogado, incapaces de formar la horrible posibilidad.

  Erik no necesitó más palabras. Levantó una mano y enmarcó su mejilla con una ternura que era un bálsamo. Su pulgar se deslizó sobre la suave piel, secando una lágrima que ni siquiera ella había sentido caer.

  —Estoy aquí —murmuró, y su voz era una afirmación sólida, un ancla en el presente—. Contigo. Con todas ustedes. Eso es lo único que importa ahora.

  Lera asintió lentamente, cerrando los ojos por un instante y apoyando su mejilla en la palma de su mano, como una flor buscando el sol. Cuando los abrió de nuevo, solo había certeza. Se inclinó y volvió a besarlo, pero esta vez no hubo pasión contenida, sino una gratitud inmensa. Fue un beso suave, lento y profundo, como un suspiro compartido, como si su corazón, demasiado lleno de emoción, estuviera hablando directamente a través de sus labios.

  No hubo más palabras. No las necesitaban. Se quedaron entrelazados en ese silencio elocuente, donde el único sonido era el de su respiración sincronizada. El pasado estaba grabado a fuego en su piel, en esas cicatrices que contarían su historia para siempre. Pero el presente… el presente era suyo para moldear. Y lo llenaban, minuto a minuto, beso a beso, con un amor paciente y resiliente, cicatrizando las heridas viejas no con olvido, sino con una nueva capa de memoria feliz.

  Después de que Lera lo despertó con caricias y besos, Erik se sintió más renovado que en muchos días. Ambos, con el corazón tranquilo y el cuerpo bien descansado, se dirigieron juntos hacia la zona de comida, caminando con la complicidad que solo nace cuando hay cari?o verdadero.

  Al llegar, el ambiente en la mesa era el de siempre, o casi. Mika les lanzó una sonrisa leve de bienvenida, y Suri, absorta en su mundo, comía mientras trazaba figuras invisibles con la yema del dedo sobre la madera de la mesa. La normalidad del ritual era reconfortante.

  Hasta que no lo fue.

  Fue Hada la que rompió la armonía con su silencio. La joven, que solía ser la primera en saludarlo con una mirada burlona o un comentario que lo dejara fuera de base, ni siquiera alzó la vista cuando él se acerco. Se limitó a clavar los ojos en su plato como si los trozos de carne contuvieran un mensaje urgente que descifrar. Comenzó a comer con una premura nerviosa, apresurándose como si el acto de masticar fuera una tarea molesta que quería terminar para poder huir de allí.

  El vacío donde debería haber estado su habitual saludo irónico se sintió como un golpe de viento frío. Ni una broma, ni una mirada de complicidad. Nada.

  Erik se detuvo un instante en seco, observándola con el ce?o fruncido. Lera lo notó al instante. Sus ojos se encontraron con los de él por encima de la mesa, y en ellos brilló la misma pregunta silenciosa y preocupada: ?Qué le pasa?

  Pero aquello no fue un mal día aislado. Se convirtió en una incómoda rutina. En los días siguientes, Hada se convirtió en un fantasma de sí misma. Hablaba solo lo estrictamente necesario, y si alguna vez soltaba uno de sus chascarrillos habituales, lo hacía sin alma, como si recitara un guion que ya no le divertía. Su mente parecía habitar en otro lugar, lejos de ellos, más retraída y ausente de lo que nadie la había visto jamás.

  Y lo que más le apretaba el pecho a Erik era la evasión. Cuando él se dirigía a ella, sus ojos, de un color que solía brillar con malicia divertida, se desviaban hacia cualquier otro punto: la mesa, su vaso, las manos de Suri. Respondía con cortesía, sí, pero era una cortesía fría y distante, un muro de ladrillos levantado donde antes había una ventana abierta de complicidad y calidez chispeante.

  La tensión se hizo insoportable para él. Una noche, durante una cena particularmente tranquila donde solo se escuchaba el crujir de la fruta fresca, Erik no pudo aguantar más. Inclinándose hacia Becca, que era la brújula moral del grupo y la más perceptiva, le susurró al oído, camuflando la pregunta entre un suspiro:

  —?Becca? Una cosa… ?Pasa algo con Hada? La noto… rara. Como si algo la estuviera carcomiendo por dentro.

  Becca dejó el cuchillo y la fruta a medio pelar. Su mirada, usualmente tan serena, se nubló con una sombra de conflicto. Miró a Erik, luego desvió los ojos hacia Hada, como sopesando lealtades. Finalmente, un suspiro profundo escapó de sus labios, y con él, la franqueza.

  —Hada está… herida. Por dentro —confesó, su voz era un hilo de sonido apenas por encima del murmullo de la conversación de las demás—. No lo dice, lo esconde detrás de esa ironía apagada que ahora usa de escudo… pero se nota. Todo empezó desde lo que pasó ese día en el bosque frutal.

  —?Desde el accidente? —preguntó Erik, su tono se volvió grave, instintivamente bajando la voz también—. Pero si no pasó nada grave, fue solo un susto…

  Becca negó lentamente con la cabeza, su expresión era de una pena comprensiva.

  —Para ti tal vez fue un susto. Para ella… es una herida que no la deja respirar. —Hizo una pausa, buscando las palabras exactas—. Cree, con toda su alma, que si tú no hubieras estado ahí… —La frase quedó deliberadamente colgada en el aire, su final implícito era más elocuente que cualquier palabra: yo estaría muerta o gravemente herida. —Y lo que más la carcome es que tú te lastimaste. Por salvarme a mí.

  Erik se quedó completamente quieto, las palabras de Becca impactando en su pecho con el peso de un pu?o. Un nudo de frustración y compasión se le formó en la garganta.

  —Pero eso… eso fue un accidente, Becca. Puro y simple —logró decir, casi en un suspiro—. Yo no le echo la culpa.

  —Lo sé —asintió ella, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Yo se lo repito cada día. Pero ya sabes cómo es… a veces el corazón cree cosas que la cabeza sabe que son falsas. Y Hada… —Becca miró con ternura a su amiga, que forcejeaba con una sonrisa forzada para Arlea.

  —…Hada es todo corazón, aunque finja que no. Se está castigando. Se aleja porque cree que no es digna de estar cerca, de compartir la alegría, después de lo que pasó.

  Erik tragó en seco. Su mirada se desvió hacia Hada, capturando el instante en que ella, al sentir su mirada, desvió los ojos con una rapidez que delataba dolor. No era indiferencia. Era vergüenza.

  Y en ese momento, lo supo con una claridad absoluta. No podía permitir que esa distancia creciera un centímetro más. Hada no era solo la bromista del grupo, era el alma festiva de la aldea, un pilar de su historia compartida… y, en el silencio más profundo de su pecho, Erik admitió que era alguien que había tallado un rincón inquietante y especial en su corazón. Un rincón que ahora sentía vacío y frío.

  Esa noche, la cena se disolvió con la calma habitual. Las despedidas fueron un suave murmullo de "hasta ma?ana" y "descansen", te?ido por el cansancio satisfactorio del día de trabajo. Las chicas se fueron esfumando en parejas o solas hacia la penumbra del sendero que llevaba a sus caba?as.

  Pero el vacío que dejaba Hada era distinto. Palpable. Cuando pasó rozando, su figura fue apenas una sombra de su yo habitual. Erik sintió el momento acercarse, esa fracción de segundo en la que sus miradas solían encontrarse para sellar el día con una última broma privada. En su lugar, solo recibió un susurro apresurado, lanzado al suelo más que a él:

  —Nos vemos ma?ana…

  Y acto seguido, se esfumó en la oscuridad, con unos pasos tan rápidos y decididos que parecían querer dejar atrás el sonido de su propia voz. Erik sintió entonces esa punzada familiar. No era el fuego de la frustración, sino el frío aguijón de una tristeza que no entendía pero que cada vez le pesaba más.

  Minutos después, ya en la intimidad de su caba?a, el aroma a madera lo envolvía. Estaba tendido sobre su cama, con los músculos relajados y la mente dando vueltas en círculos cansados, cuando el suave crujido de la entrada de madera lo sacó de su ensimismamiento.

  Eran unos pasos que ya no necesitaba identificar. Mika.

  Entró con la naturalidad de quien cruza el umbral de su propio espacio. Traía su cabello corto revuelto por el viento nocturno y un pa?o húmedo colgando negligentemente de su hombro. Sin mediar palabra, como era su ritual, comenzó a quitarse la ropa, manchada de tierra y sudor. Se movía con una tranquilidad práctica, lavándose los brazos y el cuello con el pa?o húmedo, ajena por completo a cualquier pudor, acostumbrada ya a la intimidad compartida.

  Fue entonces cuando, entre enjuague y enjuague, le lanzó una mirada de reojo. No era del todo juguetona, ni del todo seria. Era Mika en estado puro: directa y perceptiva.

  —Tienes que hablar con Hada —dijo, sin preámbulos, como si estuviera comentando el estado de la caza. La declaración, simple y cruda, cortó el aire tranquilo de la caba?a como un cuchillo.

  Erik parpadeó.

  —?Lo dices por lo de la culpa que…?

  —Porque se le nota hasta en la forma de respirar —lo interrumpió Mika, con su suavidad práctica que no dejaba espacio para evasivas. Se pasó el pa?o húmedo por la nuca y luego por la espalda, con movimientos largos y eficientes—. Cumple con todo, hace su trabajo impecable… pero es como un eco de ella. —Hizo una pausa breve, y por primera vez su voz se cargó de una nostalgia tangible—. Extra?o sus bromas. Esas tonterías que me decía sobre mis pechos, como si tener más o menos fuera un trofeo. —Una sonrisa leve, casi triste, le escapó—. El silencio duele cuando estás acostumbrado a sus comentarios burlones.

  Erik bajó la mirada hacia sus propias manos. Asintió lentamente, sintiendo el peso de esa verdad en el pecho.

  —Sí… a mí también me está faltando. Y sus ojos… —buscó las palabras— cuando por fin me mira, es como si le doliera hacerlo. Como si yo fuera un recordatorio de algo que quiere olvidar. Becca me contó… lo de la culpa que carcome por lo del bosque.

  Mika terminó de secarse, dejó el pa?o a un lado y cruzó la distancia que los separaba con la familiaridad de quien pertenece allí. Se recostó a su lado en la cama, hundiendo el colchón, y se acomodó pegando su cuerpo cálido y limpio contra el costado de él. Apoyó la mejilla en su pecho, como si escuchara el latido bajo su piel.

  —Por eso mismo tienes que ser tú quien hable —susurró, su voz vibrando contra su torso—. Ella no va a pedirlo. Se va a consumir en silencio antes de hacerlo. Pero lo necesita.

  La determinación se clavó en Erik como una estaca. Acarició el cabello corto y algo ondulado de Mika con una ternura que era promesa y respuesta a la vez.

  —Lo haré —afirmó, y su voz no dejó lugar a dudas—. Ma?ana mismo. No voy a dejar que se quede en esa idea. No es justo.

  —Nunca hizo nada malo —murmuró Mika, ya con los párpados cerrados, derritiéndose contra él en un suspiro—. Solo pasó.

  —Lo sé —repitió Erik, más para sí mismo que para ella, sellando el pacto en la oscuridad—. Y se lo voy a recordar hasta que le entre en esa cabeza testaruda.

  El silencio que siguió fue cómplice y cálido, acunado por la respiración sincronizada de ambos. El sue?o tiró de ellos suavemente, pero bajo la paz de la noche, la resolución de Erik ya era de acero.

  Al día siguiente, Erik hablaría con Hada.

  El sol aún no estaba en su punto más alto cuando Erik terminó de ayudar a Becca con los cántaros y luego a Arlea con los cultivos. Aunque su cuerpo aún cargaba rastros del cansancio acumulado de los días anteriores, algo más pesaba en su pecho: la tristeza de Hada.

  La vio a lo lejos, como una figura tallada en melancolía bajo la sombra de un viejo árbol, cerca del peque?o corral donde sus animales rumiaban en paz. Estaba inmóvil, la mirada perdida en un punto invisible, mientras acariciaba con mano automática la cabeza de un cabrito juguetón que tiraba de su falda de piel sin obtener ninguna reacción.

  El corazón de Erik se apretó. Caminó hacia ella con pasos silenciosos, midiendo cada uno sobre la hierba seca. Se sentó a su lado, dejando un espacio de respeto entre ellos, y se sumió en el mismo silencio. Solo el susurro del viento acariciando las hojas y el balido distante de una cabra rompían el hechizo de quietud.

  —?Te molesta que me siente aquí? —preguntó al fin, su voz era tan suave como la brisa.

  Hada negó lentamente con la cabeza, sin apartar la mirada del vacío.

  —Puedes quedarte. Es tu aldea también —respondió, pero su tono era plano, como si las palabras carecieran de significado.

  El silencio se instaló de nuevo, pesado y denso, hasta que Erik no pudo soportarlo más.

  —Becca me dijo lo que te atormenta —rompió el aire, con una honestidad que sonó a desafío—. Y yo lo he visto. No quiero que sigas cargando con una culpa que no es tuya.

  Hada bajó la cabeza como si le hubieran aplicado un peso enorme sobre la nuca. Sus manos, antes inertes, comenzaron a temblar levemente sobre el regazo.

  —No fue solo ese día, Erik… —logró susurrar, y su voz sonó quebrada, como cristal a punto de hacerse a?icos—. Aún recuerdo cuando me salvaste del lagarto… no nos conocías y aun así… te lanzaste sin pensarlo. —Alzó la mano, temblorosa, y la extendió hacia su costado sin siquiera mirarlo, como si pudiera ver la cicatriz a través de la tela—. Aquí… —sus dedos encontraron el lugar donde sus costillas se habían soldado con una imperfección perceptible—. Puedo sentirlo… la marca de tus huesos… eso quedó por protegerme.

  Un sollozo se le escapó, rudo y seco. Se puso de pie de golpe, girándose para ocultar el rostro contraído por una emoción que ya no podía contener.

  —No quiero que me veas así… —suplicó, con la voz ahogada por la vergüenza.

  Pero Erik ya se había levantado. En dos zancadas firmes estuvo detrás de ella y la envolvió con sus brazos, rodeando su abdomen y sujetándola contra su pecho con una fuerza que no era violenta, sino anclaje.

  —Hada… —murmuró cerca de su oído, y su voz era un rumor grave y seguro—. Nunca, nunca te culparía por eso. Ni por nada. Si tuviera que volver atrás… lo haría sin dudar un segundo. Las protegería a todas, a ti, mil veces si fuera necesario. —Hizo una pausa, respirando hondo, y soltó la verdad que llevaba semanas, quizá meses, madurando—. Porque las amo.

  Hada se giró en sus brazos, forzado la vuelta para enfrentarlo. Sus ojos, inundados de lágrimas, estaban abiertos por completo, desbordando un asombro tan puro que pareció limpiar por un segundo toda la pena.

  —?Qué… qué dijiste? —tartamudeó, como si no pudiera confiar en sus oídos.

  Erik no apartó la mirada. La sostuvo con una mezcla de ternura infinita y una certeza que venía de lo más profundo de su ser.

  —Que te amo, Hada. Desde hace mucho tiempo… Y ahora… verte así, apagada, cargando con un peso que no te corresponde… no puedo permitir que sigas pensando, ni por un segundo, que vales menos por ello. Porque para mí… vales todo.

  Los ojos de Hada se anegaron por completo, desbordándose en dos surcos brillantes que le bajaron por las mejillas. Ya no hubo fuerza en el mundo capaz de contenerlo. Con un temblor que le sacudió todo el cuerpo, se arrojó contra el pecho de Erik, aferrándose a él como si fuera la única roca en medio de un mar embravecido.

  —Yo también te amo, Erik —confesó entre jadeos, su voz amortiguado contra su polera—. Desde hace tanto tiempo… Lo guardaba aquí —apretó un pu?o contra su propio pecho— porque sabía que estabas con Mika, y cada vez que lo pensaba… me ahogaba.

  Erik acunó su cabeza contra el de ella y sonrió, una sonrisa cargada de la dulce tristeza de lo complicado que era su mundo.

  —Estoy con Mika —dijo, con una claridad que no dejaba dudas—. Y con Lera también. Pero eso no hace que lo que siento por ti sea menos real. Ni menos fuerte.

  Hada se separó lo justo para mirarlo, sus ojos nadando en un mar de lágrimas y perplejidad. Y entonces, como si un resorte interno, largo tiempo comprimido, se hubiera soltado de golpe, se impulsó y lo besó. No fue un beso de pasión desatada, sino uno tembloroso, salado por las lágrimas, que sabía a perdón pedido y a promesa recibida. Erik correspondió con la misma intensidad serena, sellando en sus labios una verdad que ya no necesitaba palabras.

  Cuando se separaron, jadeantes y aún fundidos en un abrazo, una voz serena y familiar cortó el aire cargado de emociones.

  —Vaya… por fin.

  Era Mika. Se acercó sin prisa, con una sonrisa que no era de triunfo, sino de profunda ternura y alivio. Sin decir nada más, cerró el círculo, abrazando a ambos a la vez, enterrando su rostro en el espacio entre Erik y de Hada. No hubo reproche, ni sombra de celos, solo una aceptación cálida y silenciosa.

  —Bienvenida de verdad, Hada —murmuró contra el cabello de ella, su voz un bálsamo—. Ya puedes dejar de fingir que no estás aquí.

  Hada rompió a reír entre lágrimas, un sonido entrecortado y liberador que vibró en el peque?o grupo.

  —Gracias… No sé si merezco todo esto —logró decir, su voz aún quebrada por la emoción.

  —Claro que sí —replicó Mika, apartándose solo lo suficiente para mirarla a los ojos con complicidad—. Ya estás oficialmente dentro del lío maravilloso que es amar a este hombre —se?aló a Erik con la barbilla—. Prepárate para compartir felicidad y preocupaciones por partes iguales.

  Ambas rieron, una risa que limpió el último resto de tensión, mezclada con los últimos sollozos de Hada y la firmeza del abrazo de Erik.

  Por un instante eterno, los tres permanecieron enlazados, un único organismo respirando al unísono. Sabían, con una certeza que calaba hasta los huesos, que su amor era extra?o para el mundo, pero para ellos era tan sincero, tan profundo y tan suyo como las raíces de los árboles más antiguos del bosque.

  Mika, al notar que las lágrimas de Hada no cesaban, pero que ahora eran de alivio, le tomó la mano con una naturalidad conmovedora.

  —Ven —le susurró, limpiándole una mejilla con el pulgar—. Vamos a buscar un lugar tranquilo. Necesitamos secar estas lágrimas y hablar… de mujer a mujer.

  Hada asintió, permitiendo que Mika tomara su mano con una firmeza tranquilizadora. Se dejó guiar, sus pasos aún vacilantes, por los senderos serpenteantes de la aldea. La mirada que Mika le lanzó a Erik por encima del hombro no fue de despedida, sino de complicidad: un pacto silencioso de que todo estaba, por fin, en su lugar.

  Al cruzar el umbral del taller de Lera, el aroma a madera fresca, aceite y hierbas secas las envolvió como un abrazo. Lera, con las manos manchadas de tintas vegetales, levantó la vista de su banco de trabajo. Sus ojos se encontraron con los de Mika, y en ese instante, un entendimiento completo y silencioso pasó entre ellas. No hizo falta ninguna explicación.

  —?Todo en orden? —preguntó Lera, dejando suavemente una brocha sobre la mesa.

  Mika sonrió, una sonrisa que llegaba hasta sus ojos y que transmitía un alivio profundo.

  —El círculo se expande. Tenemos una nueva que necesita que le expliquemos como repartimos el amor por Erik —dijo, con un tono ligero que desarmaba cualquier tensión.

  Lera no necesitó más. Se acercó, se limpió las manos y se sentó en el suelo de madera con naturalidad, invitando a las demás a hacer lo mismo con una simple mirada. Formaron un peque?o círculo íntimo. Hada se enjugó las últimas lágrimas con el dorso de la mano, evitando mirarlas directamente, abrumada por una vergüenza repentina.

  —Siento… estar metiéndome donde no me llaman —musitó, jugueteando con un doblez de su falda—. No quiero ser la que estropee lo que ustedes ya tienen con Erik.

  Mika negó con la cabeza incluso antes de que Hada terminara la frase.

  —Aquí no se mete nadie donde no debe —la corrigió con una suavidad que no admitía réplica—. Erik es el fuego alrededor del cual nos sentamos todas a calentarnos. Nadie le quita ese calor a otra. —Hizo una pausa, buscando las palabras exactas—. Erik… no nos pertenece. Lo elegimos. Y él nos eligió. Cada una de nosotras. Tú también.

  Lera asintió, su voz era un susurro sereno que complementaba la firmeza de Mika.

  —Yo también dudé al principio. Pensé que no tenía lugar. —Extendió la mano y posó los dedos suavemente sobre el brazo de Hada —. Pero Mika me dio el valor para decirle mis sentimientos y no se trata de competir… se trata de amar y confiar. En él y en nosotras. De no luchar por el amor, sino con el amor de tu lado, junto a las demás.

  Hada tragó saliva, sintiendo cómo un nudo de ansiedad se deshacía lentamente en su pecho, reemplazado por un calor vulnerable pero esperanzado.

  —?Y si… y si lo arruino? —confesó, su voz era un hilo de duda—. ?Si no soy lo suficientemente fuerte para esto? No sé cómo se hace.

  Mika soltó una risa baja y cálida, y rodeó los hombros de Hada con un brazo, acercándola más.

  —Todas nos equivocaremos. Pero estaremos juntas. Así como tú cuidarías a Erik, nosotras te cuidaremos a ti.

  Por primera vez desde que había entrado al taller, una sonrisa verdadera, aunque temblorosa, iluminó el rostro de Hada. No era de alegría desbordada, sino de un alivio tan profundo que le hizo cerrar los ojos un instante.

  —Gracias… —susurró, y esta vez la palabra no venía cargada de culpa, sino de gratitud.

  Mientras tanto, Erik caminaba sin rumbo fijo, dejando que sus pies descalzos lo llevaran por inercia hacia el lago. Y una brisa suave, cargada del aroma de tierra húmeda, le acarició el rostro como un consuelo silencioso.

  Al llegar a la orilla del lago, encontró su roca, la que sobresalía del agua como la espalda de un animal dormido. Se sentó, sintiendo la frialdad de la piedra a través del pantalón, y dejó que el viento le despeinara el cabello.

  Inclinándose un poco, miró su reflejo distorsionado en el agua. La imagen que le devolvía ya no era la del joven delgado, temeroso, con cicatrices viejas y el corazón hecho cenizas. Ahora tenía un lugar. Personas que amaba y lo amaban. Que lo veían.

  Esa persona se había quedado atrás, ahogada en el mismo lago que ahora le mostraba a un hombre con los hombros más anchos, la piel marcada por cicatrices que contaban historias de supervivencia y protección, y unos ojos que, por primera vez en mucho tiempo, veían y eran vistos.

  Pero, en la quietud, una sombra sutil se arrastró desde el fondo de su mente. Una duda venenosa, importada de su mundo, su antiguo hogar.

  —?Y si todo esto está mal?

  En su hogar en la Tierra, lo que tenía con Mika, Lera y ahora Hada… no tendría nombre bonito. Lo llamarían mujeriego. Infiel. Promiscuo. Le buscarían etiquetas feas para una cosa que a él le parecía… inmensa. ?Cómo defender que su corazón no se dividía, sino que se expandía?

  Un nudo de angustia se le formó en la garganta. Allá, lo habrían se?alado, juzgado, convertido en el villano de una historia que ni siquiera entendían.

  Pero entonces… aquí.

  Aquí no había juicios. Solo había la mirada serena de Mika, que lo veía completo y nunca como su propiedad. El abrazo de Lera, que era refugio y no cadena. El beso tembloroso de Hada, que era entrega pura, no conquista.

  Ninguna de ellas buscaba poseerlo. Ninguna lo reclamaba como un trofeo. Lo elegían. Y en esa elección mutua, constante y consciente, había más fidelidad y respeto que en cualquier contrato de exclusividad basado en la obligación y los celos.

  La sombra de la duda se disipó, barrida por la certeza que le inundó el pecho. No importaba cómo lo llamarían en un mundo que ya no era el suyo. Porque en este mundo, el único que importaba, no era un pecador.

  Era, simplemente, amado. Cerró los ojos, y el sonido del lago lo envolvió.

  Las protegería. Las haría reír. Las escucharía. Y las amaría por quienes eran, no por cuántas eran.

  Y si alguna vez llegaba el día en que debiera morir por ellas… lo haría sin dudar para protegerlas.

  El sol comenzaba a alzarse a lo mas alto del día. Erik permanecía sentado en su roca, absorto en la paz del día, cuando unos pasitos rápidos y ligeros rompieron el silencio a sus espaldas.

  —?Estás pensando en cosas raras otra vez? —preguntó la voz inconfundible de Suri, que se plantó a su lado con las manos en las caderas y la cabeza ladeada, como un pajarito curioso.

  Erik sonrió sin necesidad de volverse del todo.

  —Hola, peque?a. ?No te tocaba estar con Jerut aprendiendo a tejer?

  —Sí… —admitió ella, arrastrando la palabra— pero me aburría. Prefiero estar contigo. Además —a?adió, dejando caer su peque?o cuerpo en la hierba a su lado y cruzando las piernas— aún no me cuentas más cosas de tu mundo.

  Erik se acomodó para verla mejor, con una sonrisa de complicidad.

  —Está bien. ?Qué quieres saber hoy?

  —?Cómo eran las ni?as allá? —preguntó, apoyando la barbilla en sus manos— ?Jugaban a lo mismo que yo? ?Tenían aventuras de verdad?

  Erik rió por lo bajo.

  —Claro que sí. Algunas eran exactamente como tú: inventaban reinos enteros, corrían hasta quedarse sin aliento y exploraban cada rincón que encontraban. Recuerdo a una, en particular, que juraba que iba a domar dragones cuando fuera grande.

  Los ojos de Suri se abrieron como platos, brillando con la última luz del día.

  —?Existían los dragones de verdad?

  —No… —confesó Erik con suavidad— pero en su cabeza, sí. Tenía una imaginación tan grande como la tuya. Otras jugaban con mu?ecas, otras leían libros sobre piratas… había de todo.

  —?Yo también me invento historias! —anunció Suri, hinchando el pecho con orgullo—. ?Y mejores!

  —Lo sé —le acarició el cabello algo despeinado—. Tú harías que todas las ni?as de allá se murieran de la envidia.

  Suri se sonrojó, fingiendo fastidio, pero luego lo miró con sospecha, entrecerrando los ojos.

  —?Y en qué pensabas tan serio? ?Pensabas en Mika y Lera?

  Erik soltó una carcajada sincera que espantó a un par de pájaros cercanos.

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  —Algo así. Pensé en… Hada también.

  La reacción de Suri fue instantánea y dramática. Se irguió como un resorte, poniendo cara de ultrajada.

  —??También ELLA va a estar contigo?! —exclamó, como si acabaran de anunciarle la mayor de las traiciones.

  Erik parpadeó. La frase había salido sola, sin filtro, empujada por la comodidad del momento. Tragó saliva, sabiendo que no podía retroceder.

  —Sí… —confirmó, con la mayor suavidad que pudo—. Hada también estará conmigo.

  Suri frunció los labios hasta formar un puchero perfecto y redondo, y desvió la mirada hacia el lago, con el entrecejo fruncido en un gesto de profunda decepción. Erik no dijo nada, le dio su espacio para procesar el golpe a su peque?o universo de "esposas".

  Después de un largo minuto de silencio teatral, Suri suspiró, derrotada.

  —Bueno… no importa —murmuró, con un aire de resignación que resultaba absurdamente gracioso viniendo de alguien tan peque?o—. Aunque no me guste mucho… yo soy la segunda esposa. Y eso no lo cambia nadie. Lo dice el acuerdo.

  Erik sintió que el corazón se le derretía de ternura ante esa muestra de "madurez" precoz. La tomó con suavidad y la sentó sobre su regazo, envolviéndola en un abrazo que olía a hierba, sol y ni?a.

  —Y nunca, nunca dejarás de serlo —le susurró cerca de la oreja—. Prometido. Nunca voy a olvidarte, Suri. A ti ni a ninguna de las locas hermosas que tengo la suerte de querer.

  Ella levantó la vista, y sus ojos ya no estaban enfadados, sino brillantes de una emoción más vulnerable.

  —?Entonces… te quedarás con nosotras? —preguntó, su voz era un hilo de esperanza— ?No te irás, y seguir viajando cuando estés completamente sano?

  —Sí, me quedaré —respondió Erik, y su voz no dejó lugar a dudas—. Las quiero demasiado… y este, contigo aquí, es mi único hogar ahora.

  Suri asintió lentamente, como si esa fuera la confirmación final que su corazón inquieto necesitaba escuchar. Se acurrucó contra su pecho, acomodando la cabeza en el hueco de su hombro, y por un largo rato, ni?a y hombre, simplemente miraron como las luz del sol se fundían en el espejo del lago.

  La voz de Becca cortó la paz del momento que compartían.

  —?Erik, Suri! ?Vengan, que la comida se enfría!

  Erik alzó la vista y la vio en la orilla del sendero, con una cesta de fibras colgando del brazo y una sonrisa práctica en los labios. Sonrió en respuesta, pero fue Suri quien reaccionó primero, saltando de su regazo como un cervionejo asustado y emprendiendo la carrera hacia ella.

  Sin embargo, a mitad de camino, sus pasos se frenaron en seco. Hada aparecía por el otro extremo del sendero. Suri la miró, dudó un instante, y luego se le acercó con esa determinación infantil que no admitía negociación.

  Se plantó frente a ella, alzó la barbilla para mirarla a los ojos (o lo más cerca que podía llegar) y, en un susurro que era solo para los dos, declaró con solemnidad:

  —Eres la cuarta esposa.

  Hada parpadeó, sorprendida por el anuncio formal. Pero en lugar ofenderse, una risa cálida y genuina le brotó del pecho, suave como el sonido de una campanilla.

  —No me importa el número, Suri —respondió, agachándose un poco para estar a su altura—. Lo único que me importa de verdad… es que todas seamos felices a su lado. Incluyéndote a ti.

  La sonrisa que iluminó el rostro de Suri fue de puro triunfo. Como si hubiera obtenido una promesa escrita en piedra. Sin mediar más palabra, le tomó la mano con una naturalidad conmovedora y tiró de ella para seguir caminando, como si siempre lo hubieran hecho.

  Desde un rincón cercano, donde las mayores descansaban a la sombra de un gran árbol, se intercambiaron una mirada cómplice y enternecida. No intervinieron. Sabían, por experiencia, que Suri llegaría a ellas más tarde con el relato completo y dramático de la coronación. Pero por ahora… era perfecto ver cómo los hilos del destino se anudaban solos, con la ternura torpe pero sincera de una ni?a que organizaba el mundo a su manera.

  Al llegar al área común, el ambiente era el de siempre, pero con una armonía nueva. Todos encontraron su lugar. Becca se sentó en su sitio habitual, pero en lugar de su serenidad característica, había un silencio pensativo en ella, una mirada perdida que delataba una tormenta interior silenciosa.

  Arlea, en cambio, era un remanso de paz práctica, repartiendo porciones con una sonrisa tranquila, como si no sintiera el peso de las miradas que a veces se posaban en ella.

  Mika, observaba la escena con el corazón lleno. Veía a Lera y Hada conversando en voz baja, riendo con complicidad, tejiendo la nueva dinámica entre ellas. Veía a Suri contarle algo muy serio a Erik, que la escuchaba con expresión divertida.

  Y luego estaban Becca y Arlea. Solo ellas dos faltaban por dar ese paso. Y nadie, ni siquiera Erik, sabía cuándo o cómo ocurriría.

  Tal vez… algún día. Cuando el amor fuera más fuerte que el miedo, y la costumbre más cómoda que la duda.

  La brisa era suave, como una caricia apenas sentida, y el cielo, de un azul intenso y despejado, empezaba a ceder el paso al calor del mediodía. Uno a uno, las jóvenes se retiraban hacia la sombra de sus caba?as, dejando atrás un reguero de risas, susurros íntimos y miradas que se buscaban con complicidad.

  Bajo el viejo toldo tejido de ramas y hojas secas, donde el aire olía a tierra húmeda y a hierbas aromáticas, las tres mayores compartían una infusión dulce en silencio. Sus ojos, curtidos por los a?os y la experiencia, seguían cada movimiento en la aldea con una mezcla de diversión maternal y reflexión profunda.

  Jerut fue la primera en romper el silencio, con una sonrisa torcida que le arrugaba la comisura de los ojos.

  —?Notaron el rubor que le subía a Hada hasta las orejas cada vez que se le acercaba? Parecía una muchacha en su primer verano.

  Jaia, con la mirada perdida en el vapor que ascendía de su taza, asintió lentamente antes de hablar. Su voz era un rumor grave y seguro, que no necesitaba de contextos.

  —Fue él… —murmuró, como si estuviera viendo la escena proyectada en el aire—. Esta vez fue Erik quien rompió el hielo. No soportó verla sufrir en silencio. Le dijo lo que sentía.

  Alisha alzó la vista hacia ellas, sus dedos acariciando el borde áspero de la taza.

  —Al principio no quise creerlo cuando Suri nos contó. Erik, ese joven tan reservado… pero es cierto. No podía tolerar verla apagada, cargando con una culpa que no le pertenecía. La tristeza ajena le pesaba más que su propio dolor.

  Jaia cerró los ojos, como saboreando la verdad de sus propias palabras.

  —Eso no es solo cari?o. Eso es amor. Del que duele en las costillas cuando el otro sufre. Amor que no es solo deseo, sino cuidado. Responsabilidad por la felicidad del otro.

  Jerut dejó escapar un suspiro, jugueteando con su taza.

  —Y pensar que Hada siempre fue la que reía más fuerte, la que soltaba la broma justa para aliviar la tensión… hasta a nosotras nos tomaba el pelo. Verla tan callada, tan consumida por la pena… era como ver un manantial secarse. Duele.

  —Pero brotó de nuevo —susurró Alisha, y una sonrisa cálida que iluminó su rostro—. Solo necesitaba que una mano firme y cari?osa le recordara que podía volver a sonreír. Erik la encontró… incluso antes de que ella misma se diera cuenta de que aún podía reír sin que le pesara el mundo.

  Jerut, con un gesto que se volvió más serio, cruzó las piernas con calma.

  —Hablemos de lo evidente. Becca… Arlea. No me digan que son las únicas que lo ven.

  Jaia abrió los ojos. En ellos había una pena comprensiva.

  —Becca se refugia en el deber. En la responsabilidad, en el cuidado de todos. Es su fortaleza y su muro. Se le escapa la felicidad entre los dedos por miedo a agarrarla con fuerza. —Hizo una pausa, bebiendo un sorbo—. Pero la manera en que lo mira… esa no es la mirada de una curandera hacia su paciente. Es la mirada de una mujer que ya ama, pero que se cree indigna de pronunciarlo en voz alta.

  —Así es —a?adió Alisha, con un deje de tristeza en la voz—. Y me parte el alma en dos. Becca ha estado a su lado. Lo conoce, lo respeta. Si tan solo pudiera verse con los mismos ojos con que él la ve a ella… entendería que merece ese amor tanto como cualquier otra.

  Jerut, siempre la más pragmática, resopló con un fastidio que nacía de la impotencia.

  —Demasiadas veces la he visto observarlo desde lejos, mientras otras se refugiaban en sus brazos. Y ella… siempre bajaba la mirada. Como si amar fuera un lujo que no se puede permitir. ?Por todos los espíritus! Si no fuera porque la admiro profundamente, ya la habría empujado hacia él yo misma.

  Las tres rieron, una risa baja y cálida que escondía, justo bajo la superficie, una capa de ternura melancólica.

  —Y Arlea… —dijo Jaia con una sonrisa que iluminaba sus ojos—. Esa ya tiene el pie en el fuego. Pero le falta soltar el último amarre. El que le dice que está permitido desear algo para ella.

  Alisha asintió, con los ojos brillantes de emoción contenida.

  —Ninguna de ellas quiere arrebatarle nada a la otra. Quieren sumar, no restar. Compartir, no competir. Eso es lo más hermoso.

  Jerut alzó la mirada hacia el cielo infinito, como buscando respuestas entre las nubes.

  —Y eso… eso me hace pensar que quizás, a pesar de todo, hicimos algo bien. Criamos esta aldea para que el amor no fuera un campo de batalla. Para que las chicas no se vieran como rivales, ni el cari?o fuera un trofeo por el que había que luchar.

  Jaia, con una voz tan suave que casi se la llevaba la brisa, a?adió:

  —Y sin que nadie lo planeara… a Erik lo criaron de la misma forma. Alguien, en ese mundo suyo, le ense?ó a amar con las manos abiertas, no con los pu?os cerrados. Por eso encaja aquí. Por eso pertenece.

  Un silencio respetuoso se instaló entre ellas, cargado del peso de esa revelación.

  Jerut, con una suavidad que rara vez mostraba, rompió el momento:

  —Yo solo espero que, cuando sea el turno de Becca y de Arlea, él sepa verlas de verdad. Que tenga la valentía de tenderles la mano si ellas dudan en cruzar el puente. Como lo hizo con Hada. Y que cada una encuentre, a su lado, su propio rincón de paz.

  Alisha la miró con un cari?o profundo y posó su mano sobre la de Jerut, surcada de arrugas y tiempo.

  —Seamos pacientes, hermana. Las flores no se abren a gritos… necesitan sol, tiempo y calor constante.

  —Y el corazón humano no es diferente —concluyó Jaia con solemnidad—. El de ellas… y el suyo propio.

  Jerut soltó un suspiro exageradamente dramático, tomando un sorbo largo de su infusión.

  —Y pensar que este muchacho llegó a nuestra aldea herido, más cerca de la muerte que de la vida… y ahora anda recogiendo afectos como si cosechara flores. Ya van tres que lo aman con todo. Cuatro, si contamos a la peque?a tifón que se autonombró su segunda esposa.

  Alisha cruzó los brazos, con una expresión de asombro admirativo.

  —Y no le ha roto el corazón a ninguna. Ni ha usado palabras falsas. Es… transparente. Tierno. Y lo suficientemente torpe como para que sepamos que es real. Eso es lo que me maravilla. Que no sea un juego para él.

  Jerut ladeó la cabeza, una chispa de curiosidad en su mirada.

  —Yo también estuve a la espera, al principio, de que mostrara la arrogancia de los hombres de anta?o. Que fuera dominante, áspero, o que las viera como trofeos para coleccionar. Pero no. Hasta ahora, cada vez que una se le ha acercado, ha sido porque ella quiso. Y él solo ha respondido con una reverencia hacia su corazón que… bueno, no es algo que se vea al doblar cualquier esquina.

  —Quizás —murmuró Jaia, cerrando los ojos como si escuchara el rumor de la tierra— es porque ha renacido aquí. O quizás siempre llevó este potencial dentro, ahogado por el mundo del que vino. Sea como sea… la transformación no es solo de ellas. él también madura con cada una.

  Las tres rieron de nuevo, y el sonido era como el crujir de la madera vieja y buena de un árbol ancestral.

  —Yo creo —dijo Alisha, con una chispa de picardía en la mirada— que Arlea será la próxima. Solo necesita… que la tempestad correcta le dé el valor. Y si la conozco tan bien como creo, no lo hará a escondidas. Declarará sus sentimientos en el centro de la aldea, frente a todos, si hace falta.

  Jerut, completamente divertida, concluyó con una carcajada:

  —?Y entonces sí, por los espíritus! Tendremos que organizar un banquete para todas las "esposas". Nos tocará ampliar el toldo comunal. O mejor aún… ?a que construyan juntos la caba?a más grande que hayamos visto!

  Jerut alzó su taza de barro hacia el cielo.

  —?Por nuestras chicas! ?Por Erik! ?Y por los hermosos y complicados líos de amor que están por venir!

  —?Por los líos lindos! —repitieron Alisha y Jaia al unísono, entre risas que se mezclaron con el susurro del viento.

  Y esa tarde, la aldea entera pareció respirar con una certeza silenciosa y profunda: el amor, aunque llegara torpe, lleno de dudas y caminos sinuosos, estaba echando raíces tan fuertes y verdaderas como las de los arboles antiguos. Y eso, al final, era todo lo que importaba.

  El calor de la tarde se adhería a la aldea como una segunda piel, pesada y quieta. Aunque el calor del sol había cedido, su fantasma seguía allí, obligando a todo ser viviente a refugiarse en la sombra o tras las paredes de las caba?as. Las piedras del sendero brillaban con un resplandor agonizante, y hasta el canto de los pájaros se había apagado, como si el mundo contuviera la respiración.

  Becca cruzó el umbral de su caba?a con un suspiro que era alivio. Dentro, el aire era notablemente más fresco, cargado con el aroma terroso de las hierbas medicinales colgadas del techo y el olor a arcilla húmeda de las paredes, que mantenían a raya el bochorno exterior. Se dirigió a la mesa de trabajo, donde varias raíces esperaban ser cortadas y molidas. Pero sus manos, usualmente tan seguras y activas, permanecieron inertes a los lados.

  Se dejó caer en el banco, apoyó los codos en la madera gastada y se quedó mirando sus palmas. En ellas veía no las líneas de la vida, sino el rastro de él.

  —?En qué momento te metiste en mi pecho sin que me diera cuenta?

  La pregunta resonó en el silencio de su mente, clara e inexorable.

  Al principio, solo había sido curiosidad. Aquel hombre misterioso que apareció, salió lastimado y casi murió, por proteger a Hada de una bestia. Un hombre desorientado, con heridas que hablaban de una violencia que ella solo conocía por los relatos. El que nunca alzaba la voz, ni siquiera cuando la indignación era justa. El que escuchaba con una atención que desarmaba. El que preguntaba con una humildad que no era sumisión, sino respeto. El que se ofrecía para ayudar, aun estando herido, sin esperar ni pedir nada a cambio.

  Becca recordó con una nitidez dolorosa la primera vez que le curo los dedos, magullados y sucios. Erik apenas se atrevía a mirarla a los ojos. Ella, en cambio, lo estudiaba. Observaba el modo en que apretaba la mandíbula para no quejarse cuando el dolor mordía, el temblor casi imperceptible de sus manos que delataba una fortaleza que se negaba a quebrarse, las disculpas constantes que brotaban de él incluso cuando el error no era suyo.

  —Fue allí, ?verdad? — pensó, y el recuerdo le provocó un calor en el rostro—. Cuando comencé a buscarlo entre la multitud sin siquiera ser consciente de ello. Cuando su voz se volvió un sonido que mi oído aislaba entre todos los demás.

  Desde entonces, lo veía con unos ojos distintos. Pero aún no lo sabía, no ponía nombre a lo que crecía en silencio.

  El golpe llegó después, cuando Hada le conto, que había visto a Mika casi desnuda de la caba?a de Erik. Que había dormido con él.

  El corazón de Becca dio un vuelco seco y brutal que le cortó la respiración. No fue rabia. No fue celo puro. Fue… descolocación.

  —Mika… claro. Era obvio que sería ella.

  Era la más valiente, la más directa. La que iba y tomaba lo que quería. Becca se sintió profundamente confundida, no por la posesión, sino por la intensidad con la que esa imagen la golpeó. La dejó vacía.

  Pero la revelación final, la que le partió el alma en dos y se la volvió a armar de una manera nueva y aterradora, fue el día de la pasta de hierbas.

  Cuando lo vio tendido boca abajo, la espalda una constelación de moretones. Por ella. Por salvarle la vida. Talló cada hoja, machacó cada raíz con una devoción que la asustó. Frotó su espalda con unas manos que ya no eran solo de sanadora; temblaban. Sintió su piel tibia y viva bajo sus yemas de los dedos, los músculos tensos que se relajaban bajo su tacto. Y lo vio quedarse dormido, vulnerable y confiado, bajo su cuidado.

  Allí, en la penumbra de aquel momento, ocurrió.

  —Te amo… —le había susurrado, y las palabras habían salido solas, un secreto robado al aire mientras él dormía.

  No sabía si lo escuchó. Parte de ella esperaba que no. Pero ya no importaba. La verdad había sido pronunciada y ya no podía barrerla bajo la alfombra de su negación. Y luego, el beso. Ese beso que le imprimió en la mejilla con una ternura que le quemó la piel, creyendo que nadie la veía.

  Pero alguien sí la vio.

  Mika.

  Y Mika no se enfadó. No la confrontó. Solo la miró. Y en esa mirada no había juicio, ni reclamo, ni posesividad. Solo una comprensión vasta y silenciosa.

  El peso de esa posibilidad, de esa aceptación, cayó sobre sus hombros como una manta de plomo caliente. Era más aterrador que el rechazo.

  —Tal vez soy yo la única que no se permite decirlo… — pensó, y la idea le sabía a verdad amarga.

  Cerró los ojos, transportándose de nuevo a ese momento. Volvió a sentir su espalda bajo sus manos, la textura de la piel, la firmeza del músculo. La precisión de la sanadora se había mezclado con la ternura de la mujer, y ya no podía separarlas.

  Ahora, sentada en la soledad de su caba?a, Becca apretó el pu?o contra el pecho, justo donde el sentimiento se anudaba, denso y doloroso.

  —Y no tengo derecho a reclamar nada —musitó para sus adentros, y su voz sonó quebrada en el silencio fresco—. No me atreví. No como ella. No como Mika.

  Un pensamiento la golpeó con la fuerza de una revelación, deteniendo el flujo de sus recuerdos.

  Lera. Y Mika. Había algo distinto en la forma en que se movían a su alrededor estos días, en la manera en que sus miradas buscaban a Erik y se aferraban a él un segundo más de lo necesario. Una luz nueva, una complicidad tranquila que antes no estaba allí.

  —?También Lera?

  Becca cerró los ojos, dejando que una respiración profunda y lenta le oxigenara el alma. No era una pregunta de incredulidad, sino de aceptación.

  No sintió el fuego del odio ni la urgencia de la competencia. En su lugar, una punzada de tristeza silenciosa se anudó en su pecho, justo bajo las costillas. Era la misma tristeza serena y resignada que se siente al ver partir un tren en la estación, sabiendo que fue tu propio pie el que no se atrevió a subir.

  Porque el amor que le tenía no era de posesión. No gritaba ni exigía. Era un amor quieto, de observación profunda. Un amor que solo quería verlo feliz, completo, rodeado de manos que lo sostuvieran. Pero también, en el rincón más secreto de su corazón, quería que una de esas manos fuera la suya. Quería ser vista. No como la sanadora, la líder, la roca. Sino como Becca. La mujer.

  —Ojalá me mires como yo te veo, Erik. Ojalá puedas ver más allá de mi fuerza.

  Y sin embargo, incluso con esa tristeza pesándole en el estómago, no quería dejar de mirarlo. No quería apartar los ojos ni fingir que lo que sentía se iría con solo desearlo. El amor, una vez que echaba raíces, no se marchitaba por conveniencia.

  Se levantó del banco con una determinación nueva. Caminó hasta el peque?o cuenco de cerámica donde guardaba agua fresca, sumergió un pa?o de lana y se lo presionó contra la nuca, luego contra la frente, como si estuviera lavando no solo el calor, sino las dudas.

  Se inclinó sobre el cuenco y miró su reflejo distorsionado en el agua quieta. Los ojos que la devolvían ya no eran los de una ni?a, sino los de una mujer que había decidido algo.

  —Tarde o temprano… se lo diré —le prometió a su reflejo, y su voz no titubeó—. No porque espere que me elija por sobre las demás… sino porque necesito ser valiente por mí misma. Porque lo que siento por él es real. Y merezco vivirlo con la frente en alto, sin esconderme. Con dignidad.

  Salió de la caba?a solo unos pasos, suficiente para que el sol de la tarde le diera de lleno en el rostro. Cerró los ojos, sintiendo el calor en los párpados.

  Y en su pecho, justo donde antes habitaba la tristeza, algo nuevo brotó. No era el dolor agudo de la nostalgia, ni la ansiedad giratoria del "qué pasará". Era otra cosa. Una sensación sólida, tranquila, de terraplén.

  Era decisión. Y por primera vez, le sabía a libertad.

  La brisa de la tarde apenas se colaba por la rendija de la ventana. Las hojas de los cultivos danzaban suavemente, como si el sol hubiera tenido piedad por un momento.

  Arlea estaba sentada en el borde de su peque?a cama. Tenía las rodillas juntas, los codos sobre ellas, y en las manos sostenía una peque?a piedra blanca que había recogido junto al lago semanas atrás. Erik la había elogiado por su forma de reconocer la tierra buena al solo tocarla. Ella solo sonrió en su momento, sin decirle que ese comentario se le había quedado clavado en el corazón como una espina dulce.

  Miró la piedra. Luego, miró al suelo. Y finalmente, suspiró.

  —Así que ya pasó —dijo en voz baja.

  Hoy, durante el almuerzo, lo notó con claridad. Hada ya no tenía esa mirada triste, ese rostro apagado. Reía, incluso si no con la misma fuerza de antes, con un nuevo brillo en los ojos. Y cuando se sentó junto a Mika, compartieron un gesto de complicidad. Uno que Arlea reconocía bien.

  Era el mismo tipo de mirada que Lera le había lanzado días atrás, cuando ella —inocente, sin pensar— le preguntó si Erik estaba mejor del golpe en la espalda. Lera solo sonrió. Una sonrisa cálida, pero no del todo inocente. Después se excusó. Y no dijo más.

  Y Mika… Mika siempre fue directa, aunque torpe para ocultar lo que siente. Sospechaba desde hace tiempo. Pero no quiso preguntar. Mika tenía esa forma de proteger su orgullo, como si confesar su amor por Erik fuera un peligro para ella misma.

  Y sin embargo, lo hizo. Debió hacerlo. Arlea no sabía cómo ni cuándo, pero estaba casi segura.

  La imagen regresó con fuerza a su mente: Erik caminando hacia el rio en busca de algún material para sus locos inventos. Lera lo vio y, sin pensarlo, corrió detrás de él y se le colgó del cuello por la espalda. Erik, lejos de incomodarse, le sostuvo los brazos con ternura, y ambos siguieron caminando juntos con una naturalidad que hablaba más que mil palabras.

  El brazo de Erik en su cintura. El de Lera en la de él. Como si sus cuerpos ya se conocieran.

  Arlea bajó la vista a su pecho. El corazón le palpitaba con firmeza. No por celos. No por rabia.

  Sino por la urgencia de actuar.

  —?Cuántas más esperaremos en silencio…? —murmuró, acariciando con el pulgar la piedra lisa en su mano.

  Ella no era como Mika, impulsiva. Ni como Hada, espontánea y juguetona. Ni siquiera como Lera, que a pesar de su reserva, tomaba acción cuando lo creía necesario.

  Ella era paciente. Cuidadosa. Sembraba esperando la situación adecuada. Pero ahora sentía que la estación había llegado.

  Porque Erik… Erik también la miraba diferente. Cuando se ofrecía a ayudarla, aunque no lo necesitara. Cuando le preguntaba cómo se sentía, y se quedaba callado solo para escuchar la respuesta. Cuando una vez —sin darse cuenta— le limpió la frente con ternura después de que ella regresara cansada de recolectar las verduras.

  Esos gestos no eran nada. Pero para ella… lo eran todo.

  Arlea se levantó. Salió descalza a su peque?o huerto, que tenia detrás de su caba?a. La tierra estaba tibia, suave. Cerró los ojos, y se arrodilló en ella. Sintió ese cosquilleo en las rodillas, esa conexión que nadie más comprendía. Respiró profundo.

  —Creo que también debo florecer, ?verdad?

  La brisa la rodeó como una caricia.

  No sabía si esa noche sería la indicada, o si aún debía esperar un poco. Pero una certeza comenzó a brotar en su interior como semilla germinando:

  Ella también lo amaba. Y pronto se lo diría.

  El calor de los últimos días había sido una manta pesada y constante, adormeciendo los sentidos. Aunque la aldea ofrecía sombra y el lago refrescaba, la imagen mental de la cascada era un imán para Erik. Aquel lugar donde el agua caía con fuerza purificadora, donde la luz del sol bailaba sobre la espuma y se podía sentir, por unos momentos, completamente limpio y libre.

  Decidido, aprovechando la calma de la tarde, tomó una tela como toalla y se escabulló por el sendero.

  El bosque lo envolvió en su frescura. Los sonidos—el crujir bajo sus pies, el murmullo de las hojas, el canto lejano de los pájaros—eran un bálsamo. Caminaba solo, pero una presencia sigilosa lo seguía a varios metros de distancia.

  Mika se movía entre la espesura con la agilidad de una sombra, mordiéndose el labio para contener una sonrisa picara y nerviosa. No era la primera vez que lo espiaba, pero nunca se había atrevido a tanto. Algo dentro de ella—una mezcla de ternura, deseo puro y una curiosidad abrumadora—la impulsaba. Al verlo salir con determinación, el corazón le saltó en el pecho y los pies la siguieron sin permiso.

  Erik llegó al claro. La cascada rugía, llenando el aire con su sonido poderoso y relajante. Sonrió, aliviado. Se descalzó, sintiendo la hierba húmeda y fresca bajo sus pies, y luego se quitó la ropa con movimientos tranquilos, dejándola sobre una roca seca.

  Desde su escondite, Mika contuvo la respiración. Sus ojos, muy abiertos, absorbían cada detalle. No era solo la admiración por su cuerpo—fuerte, marcado por el trabajo y surcado por las cicatrices que contaban su historia—sino por la esencia de quien era: el hombre que las protegía, que las escuchaba, que había elegido quedarse.

  Erik se metió bajo el torrente. El agua golpeó sus hombros y espalda con fuerza. Cerró los ojos, dejando que la corriente lo envolviera, lavando no solo el sudor sino también las preocupaciones. Era su ritual de soledad.

  El sonido del agua era tan envolvente que amortiguó todo lo demás… mientras Erik trataba de frotarse la espalda con una piedra rugosa, hasta que una voz, tan suave como el susurro de la brisa entre las hojas, se abrió paso.

  —Esa piedra sí que suaviza tu piel… —dijo Mika, con un tono juguetón que apenas velaba sus nervios.

  Erik, absorto, respondió casi por instinto:

  —No sé si la suaviza… pero al menos me ayuda a quitar la mugre.

  Se detuvo en seco. La voz no era un eco de su mente. Giró lentamente. Y allí estaba ella. Sentada sobre su ropa, con las mejillas sonrojadas pero la mirada firme, llena de una ternura nerviosa y una decisión que le quitó el aliento.

  Estaba desnuda.

  Erik tragó saliva, una oleada de emociones contradictorias—sorpresa, deseo, un profundo cari?o—chocando dentro de él.

  Mika se levantó con una calma que no delataba el torbellino en su pecho. El sol filtrado por las hojas acariciaba su piel mientras caminaba hacia él.

  —?Te ayudo con la espalda? —preguntó, con una sonrisa tímida pero llena de intención.

  Erik dudó solo un segundo antes de asentir. Ella era su pareja. La primera que lo había besado, la que lo había elegido sin dudar.

  Le dio la espalda, sintiendo el agua resbalar entre ellos. Las manos de Mika, peque?as pero firmes, tomaron la piedra. Pero no era solo una limpieza; cada movimiento sobre su espalda era una caricia, un mapa de afecto dibujado sobre su piel.

  Cuando terminó, Erik se giró. El agua les llegaba por debajo de la cintura, sus cuerpos a centímetros de distancia. La brisa erizaba su piel.

  Se miraron. Y entonces, se abrazaron.

  Fue un abrazo que empezó con timidez y se transformó en una necesidad feroz de cercanía. Y luego, se besaron.

  No fue un beso de pasión desesperada, sino largo, profundo, exploratorio. Era el beso de dos almas que se reconocían y dos cuerpos que empezaban a conocerse. Sus labios se movían con una ternura acumulada, saboreando el momento.

  El rugido de la cascada se convirtió en la banda sonora de su intimidad, envolviéndolos en una burbuja privada. Mika, abrazada a Erik, lo miraba con una mezcla de admiración y entrega total. él la contemplaba como si fuera el mayor de los tesoros, con un respeto y un deseo que le hacían temblar las manos.

  —?Estás segura? —preguntó Erik, su voz apenas un susurro raspado sobre el sonido del agua.

  Mika asintió, sin romper el contacto visual. Su mirada era serena, certeza pura.

  —Sí. Estoy segura. Te amo, Erik.

  Fue entonces cuando todo cambió. Se besaron primero con timidez, luego con pasión creciente. Mika temblaba levemente, no de miedo, sino de intensidad.

  Erik la sostuvo con firmeza y ternura, besando sus labios, su cuello, sus pechos. Cuando su mano recorrió su espalda, con una lentitud reverente, aprendiendo la curva de su cintura, la suavidad de su piel. bajó por la cintura de Mika, sintió su cuerpo responder, cálido y entregado. Mika exploró su pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo sus palmas, bajando sus manos por sus costados para atraerlo más cerca.

  La respiración de ambos se entrecortó, convertida en jadeos suaves y susurros. Erik la guio con delicadeza hacia una roca plana y cubierta de musgo en la orilla, un lecho natural que parecía esperarlos. La recostó con una ternura infinita, como si temiera que fuera a romperse.

  —Estoy contigo —murmuró él, rozando su frente con la suya, sus ojos buscando en los de ella en cada segundo.

  —Lo sé… —suspiró Mika, abrazándolo con fuerza, confiando por completo.

  Se amaron despacio, con la paciencia de quienes saben que están tallando un recuerdo eterno. Erik fue exquisitamente cuidadoso, deteniéndose ante el más mínimo signo de tensión en ella, avanzando solo cuando su cuerpo le respondía con arqueos y susurros de aprobación. El dolor inicial fue breve, un instante que se disipó rápidamente bajo la ola de ternura, las palabras murmuradas al oído y la seguridad que emanaba de Erik.

  Fue una danza de descubrimiento mutuo. No de rendición, sino de entrega consciente. Sus cuerpos se movieron al unísono, encontrando un ritmo que era solo suyo, guiados por el instinto y un amor tan vasto que parecía llenar el claro. Mika temblaba, no de miedo, sino de la intensidad de sentir cada parte de el, de fundirse con la persona que amaba.

  El clímax los alcanzó como una ola suave pero poderosa, envolviéndolos a los dos en un mismo latido. Mika contuvo un grito ahogado contra el hombro de Erik, aferrándose a él como a un ancla, mientras él murmuraba su nombre como una plegaria, sintiendo cómo todo su ser se serenaba en un éxtasis compartido.

  El silencio que siguió solo fue roto por el sonido eterno de la cascada y el jadeo sincronizado de sus respiraciones. Permanecieron abrazados, piel con piel, sus corazones golpeando contra el pecho del otro. Mika tenía los ojos húmedos, unas lágrimas de emoción pura que no podía contener.

  —Fue hermoso —susurró, su voz cargada de un asombro radiante.

  Erik no pudo hablar. Solo respondió besando su frente, sus mejillas, sus párpados, sus labios… una lluvia de besos que decía todo lo que las palabras no podían.

  —Te amo —logró decir al fin, y esta vez, fue ella quien selló su promesa con un beso que sabía a nuevo comienzo.

  El agua seguía fluyendo, testigo silencioso y complaciente. Finalmente, se sumergieron juntos en la poza, dejando que el frescor calmara sus pieles ardientes. Erik se recostó contra una piedra y Mika, con una naturalidad desinhibida que solo la intimidad concede, se sentó en su regazo dentro del agua, rodeándolo con sus brazos y apoyando la cabeza en su pecho.

  —No quiero que este momento termine nunca —murmuró ella, cerrando los ojos, escuchando el latido de su corazón.

  —Ni yo… —susurró Erik, acariciándole la espalda bajo la superficie—. Aunque… tenemos que regresar en algún momento, si no querrán venir a buscarnos con antorchas —agregó con una leve sonrisa.

  Mika rio bajito, una vibración contra su pecho.

  —Que vengan. Solo van a encontrarme encima de mi esposo —dijo con tono juguetón, y luego, al ver la cara de Erik, se sonrojó profundamente—. Bueno… solo aquí digo esas cosas… cuando estamos solos.

  —?Por qué solo cuando estamos solos? —preguntó Erik, curioso, jugueteando con un mechón de su cabello mojado.

  —Porque… cuando están las demás… me da vergüenza. No quiero que piensen que presumo o que… las hago sentir menos. Aunque sé que… ellas también te quieren.

  Erik besó su frente.

  —No necesitas esconderte. Pero también entiendo por qué lo haces. Y lo respeto. Me gusta cómo eres con ellas… y me gusta cómo eres conmigo cuando estamos así, solos.

  Mika lo miró a los ojos, y luego, con una risa burbujeante, le salpicó agua en la cara.

  —?Eso fue por hablar tan lindo! —y salió nadando unos metros riendo, la imagen de la felicidad misma.

  Erik le devolvió la salpicada y se lanzó detrás de ella en una persecución juguetona. Jugaron como ni?os, sumergiéndose, salpicándose, riendo sin restricciones. Finalmente, se quedaron flotando de espaldas, tomados de la mano, mirando cómo las primeras estrellas empezaban a titilar en el pedazo de cielo visible entre las copas de los árboles. El mundo, por un rato, era solo suyo.

  El sol comenzaba a ceder su trono al crepúsculo, tejiendo sombras largas y frescas entre los árboles. Mika fue la primera en notar el cambio de luz.

  —Deberíamos regresar —dijo, con un tono de pena genuina en la voz—. Si llegamos tarde, Lera nos va a recibir con esa mirada que lo dice todo sin una palabra.

  Erik asintió, aunque cada fibra de su ser se resistía a dejar aquel santuario. Al salir del agua, Mika dejó florecer su lado más travieso. Tomó su ropa interior y la sostuvo frente a sí como una coqueta armadura de tela, pero la sonrisa pícara en sus labios delataba sus intenciones.

  —?Y si no me la pongo todavía? —preguntó, desafiante, con una chispa de picardía en los ojos.

  —Mika… —protestó Erik, con un tono entre exasperado y divertido.

  —?Qué? Estoy contigo. Y aquí solo nos ven los espíritus del bosque —replicó ella, cerrándole la distancia para darle un beso breve pero electrizante en los labios, antes de reír con suavidad y, finalmente, comenzar a vestirse con una lentitud deliberada, disfrutando de cómo la mirada de Erik se quedaba prendada de cada movimiento.

  —Eres una traviesa cuando estamos solos —dijo él, riendo entre dientes mientras se vestía también.

  —?Y acaso te quejas? —preguntó ella, ladeando la cabeza con fingida inocencia.

  —Para nada. Me fascina.

  Vestirse se convirtió en un ritual más de complicidad, entre risas ahogadas, besos robados y miradas que prometían más de lo que las palabras podían decir. Ambos sabían, con una certeza que les calentaba el pecho, que aquella tarde en la cascada quedaría grabada en su memoria para siempre.

  De regreso a la aldea, Mika caminaba con una discreción estudiada, manteniendo unos pasos de distancia para no alimentar murmullos. Pero había una peque?a sonrisa persistente en sus labios, un brillo nuevo en sus ojos que contaba una historia de secreto a voces para quien supiera mirar.

  Desde su regreso, Mika se veía… transformada.

  No era una metamorfosis estridente. No se dedicó a proclamar su amor desde los tejados ni a reclamar a Erik como su propiedad exclusiva. El cambio era más sutil, más profundo: estaba en la serenidad de su paso, en la confianza tranquila con la que ahora movía los hombros, en la manera en que su mirada buscaba la de él y se mantenía allí, firme y sin miedo, incluso cuando creía que nadie las observaba.

  Esa noche, durante la cena comunal, no esquivó a Erik cuando se acercó a llenar su cuenco. Le dirigió una peque?a sonrisa, un gui?o de complicidad que para él valía más que cualquier discurso. Y aunque no se sentó a su lado, tampoco eligió el lugar más lejano. Se sentó a su distancia, una distancia que ya no era de huida, sino de elección.

  Más tarde, cuando el grupo se disolvió en buenas noches y bostezos, Mika no se apresuró. Caminó lentamente, permitiendo que Erik la alcanzara con naturalidad. Y cuando su mano encontró la de ella en la penumbra, no la soltó. Sus dedos se entrelazaron con los de él, y ese simple acto fue una declaración más elocuente que cualquier palabra.

  Al cruzar el umbral de su caba?a, el ambiente cambió. La intimidad los envolvió de nuevo. Mika se sentó en el borde de la cama, la espalda recta, y lo miró directamente a los ojos. La luz de las estrellas que se filtraba por la ventana iluminaba su determinación.

  —No quiero que pienses que mi valor solo existe detrás de una cortina de agua —dijo, su voz clara y serena—. Estoy lista para caminar a tu lado. No solo por lo que compartimos hoy, sino por todo lo que eres y todo lo que me haces sentir. No voy a esconderme más.

  Erik se acercó y se arrodilló frente a ella, tomando sus manos entre las suyas como si sostuviera algo precioso y frágil.

  —Yo siempre supe que tenías fuerza, Mika. Pero ahora… la siento respirar. Y es lo más hermoso que he visto.

  Mika bajó la mirada por un instante, una sombra de su antigua timidez asomando, pero fue barrida de inmediato por una oleada de felicidad. Lo atrajo hacia sí y lo besó con una ternura que sabía a promesa, apoyando su frente contra la de él.

  —Solo te pido una cosa —susurró, su aliento mezclándose con el de él—. Cuando las demás te pidan que estés con ellas… no sientas culpa. Ellas te aman tanto como yo. También merecen tu amor.

  —Lo haré, Mika —susurró él, sellando su promesa con un beso en sus nudillos.

  —Pero —a?adió ella, y una media sonrisa juguetona, llena de amor y de fuego, apareció en sus labios— cuando estés conmigo… quiero todo de ti. Todo.

  Esa noche, Mika durmió abrazada a él no con la desesperación de quien teme perderlo, sino con la calma plena de quien sabe que ha encontrado su hogar. Su respiración era pareja, profunda, pacífica. Ya no era la chica que dudaba de su lugar, que se escondía por miedo a ser demasiado o demasiado poco.

  Era Mika. Su compa?era de caza. Su esposa. Y por primera vez, lo sabía con cada fibra de su ser, y esa certeza era la manta más cálida bajo la cual había descansado jamás.

  A la ma?ana siguiente, el aire de la aldea parecía haberse lavado con una nueva luz. Tal vez era el rocío que brillaba como diamantes sobre la hierba, o el canto de los pájaros que sonaba más alegre, pero para Jerut, la verdadera diferencia caminaba con nombre y presencia: Mika.

  La joven había salido temprano de la caba?a de Erik, con el cabello mas revuelto que de costumbre y una leve sombra de cansancio bajo los ojos, pero era su andar lo que delataba la transformación. Caminaba con una soltura nueva, una gracia despreocupada, como si un peso invisible se le hubiera desprendido de los hombros.

  Una sonrisa serena, casi inconsciente, no se borraba de sus labios. Saludó a Lera con un leve gesto de cabeza que era todo un poema de complicidad, le robó un abrazo por la espalda a Suri que hizo reír a la ni?a, e incluso se detuvo a bromear con Becca mientras la ayudaba a levantar un cántaro pesado. Nada estridente, todo natural, pero Jerut, desde su banco de trabajo, lo captó al instante.

  La anciana alzó la vista de las raíces que cortaba, siguiendo a Mika con la mirada entrecerrada y una sonrisa tan torcida y sabia como las ramas del viejo roble.

  —Ajá… —murmuró para sus adentros, con la satisfacción de quien ve confirmada una apuesta—. Ya cruzaste ese río, peque?a halcón. Y volaste alto.

  En ese momento, Alisha se acercó y dejó una cesta de hierbas aromáticas a su lado.

  —?Qué susurras para ti sola, hermana? —preguntó, acomodándose en el banco con un suspiro—. Tienes esa cara de quien acaba de descifrar el mundo.

  Jerut se?aló con la barbilla, con discreción de espía experimentada, hacia donde Mika se alejaba. Unos pasos detrás, Erik caminaba, y aunque no se tocaban, el espacio entre ellos vibraba con una corriente de palabras calladas y miradas cómplices.

  —Esos dos. Ya lo consumaron.

  Alisha entrecerró los ojos, ajustando sus manos en su regazo.

  —?Tan segura estás?

  —A nuestra edad, hermana, ya se huele el amor en el aire después de la primera vez. No es solo el brillo en los ojos. Mika camina como si por fin supiera exactamente dónde pisa cada pie. Y él… —a?adió con una risa ronca— tiene esa mezcla de orgullo y ternura de un cachorro que acaba de descubrir que el mundo es más grande y más bonito de lo que creía.

  Alisha sonrió, pero en sus ojos asomó un velo de nostalgia dulce.

  —Parece que fue ayer cuando una Mika peque?a venia a nosotras, con el pelo como un nido de pájaro y los ojos llenos de desconfianza y rabia, sin dejar que nadie se le acercara a un paso…

  —Y mírala ahora —concluyó Jerut, con un orgullo que le hinchaba el pecho—. Se enamoró. Se entregó. Y en lugar de achicarse, creció. Eso solo pasa cuando el amor es de los que nutre, no de los que encoge.

  —?Crees que las demás… ?

  — Lo haré. Cada una a su ritmo. —Jerut tomó una raíz nudosa y la partió con un golpe certero de su cuchillo—. Y n o con cualquier hombre, llegó de otro mundo y en lugar de imponer con fuerza, la puso a ellas como un regalo. El que en lugar de querer dominar, escuchó . Y ahora, al verlas así… me nace un anhelo que creía abandonado hace décadas.

  — ?Cuál? —preguntó Alisha, su voz suave como el susurro del viento.

  Jerut alzó la vista hacia el cielo, que se te?ía de un azul profundo y limpio.

  — Aunque no sean nuestras hijas, el s er abuela . Cargar en estos brazos a un ni?o o una ni?a que lleve la fuerza de nuestras muchachas y el corazón noble de ese hombre. Verlos crecer aquí, entre los árboles y los cultivos, libres y seguros, riendo como nosotras mismas lo hicimos…

  Alisha río, una risa baja y cargada de emoción.

  — Tendremos que afinar las voces para las canciones de dormir . Y avisarle a Jaia que prepare el corazón… porque algo me dice que no tardará tanto.

  Ambas guardaron silencio, observando. En la distancia, Mika se giró un instante, como sintiendo la mirada de Erik. él, sin decir palabra, le dedicó una sonrisa que era un rayo de sol directo al alma.

  Si. Lo sabían. El primer lazo se había sellado de la manera más íntima y poderosa. Y ahora, la vida en la aldea nunca volvería a ser la misma… pero prometía ser mejor . Más profundo. Y, con un poco de suerte, llena del eco de risas nuevas, risas infantiles .

  Con el paso de los días, los demás lo notarían en los detalles: en cómo Mika ya no desviaba la mirada cuando la de Erik la encontraba en público, sino que la sostenía con una calma radiante. En cómo su voz sonaba más firme en las decisiones de la aldea, como si hubiera encontrado un centro interno inquebrantable.

  E incluso, con una generosidad que conmovía, en cómo a veces acercaba a las otras a Erik, con un gesto o una palabra, como si al haber cruzado ella misma el puente, quisiera tenderles la mano para que lo cruzaran también.

  Y en el rincón más sabio de sus corazones, las mayores lo supieron con certeza:

  Mika había florecido en el amor.

  Ya no amaba a Erik desde las sombras de la duda.

  Ahora lo amaba desde la plenitud de la libertad.

  La traviesa Mika y si podría hacerla de frente pero no se si está prohibido en la página XD

  y si se preguntan si puedo hacerlo con todos los demás

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