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Algo empezó a quebrarse poco a poco...

  La noche era fría, y el aire cargado de un silencio que solo las casas vacías pueden tener. Aelix apenas tenía cinco a?os, pero ya entendía que su hogar no era igual al de los demás ni?os. Las risas se habían extinguido hacía mucho, reemplazadas por susurros amargos y el sonido de platos vacíos.

  Su madre, una mujer de belleza marchita, solía pasar horas mirando por la ventana, esperando algo que nunca regresaría. Su padre —un hombre de poder y renombre, casi un rey entre los suyos— había desaparecido de sus vidas sin una sola carta. Solon quedaron las monedas que había enviado como despedida. como un recordatorio de que ellos eran la sombra de un secreto.

  Elyra, su hermana mayor, era el orgullo de su madre. A sus a?os, ya mostraba un don para la magia que hacía que los ojos de su madre brillaran con una mezcla de esperanza y ambición. En cambio, Aelix no tenía nada. No podía encender una chispa, no podía mover una hoja. Era un ni?o débil en un mundo donde el poder lo era todo.

  —?Por qué no puedes ser como tu hermana? —decía su madre con voz seca, mientras lavaba lo poco que quedaba de su cena—. Si al menos tuvieras un poco de talento…

  Aelix no respondió. Solo bajaba la cabeza y apretaba los pu?os. Sabía que su padre lo había abandonado por eso mismo. Era el hijo no deseado, el error de un amor prohibido.

  Los días se hicieron semanas, y las semanas, meses y después pasaron a?os. El hambre llegó como una bestia silenciosa. Su madre vendió primero las joyas, luego los muebles, y al final, la esperanza.

  Una noche, mientras la lluvia golpeaba el techo, Aelix de 9 a?os escuchó a su madre llorar por primera vez. Lloraba por Elyra, no por él. él y su hermana de 15 a?os seguían sin entender que lo peor estaba por venir.

  Antes del amanecer, unos hombres llegaron. Sus ropas olían a tabaco ya sudor. Traían un carro cubierto y una bolsa de monedas. Aelix no comprendió lo que pasaba hasta que su madre lo tomó de la mano junto a su hermana, con una mirada que intentaba ser tierna pero no podía esconder el miedo.

  —Sé fuerte, Elyra—le susurró—. Esto es por nuestro bien…

  él ya empezaba a entender lo que estaba pasando y su madre solo se quedó de pie en la puerta, temblando, con lágrimas que caían solo por su hija.

  Aelix miró hacia atrás una última vez. Quiso decir algo, pero su voz se quebró. Y mientras el carro se alejaba entre la lluvia, entendió por primera vez lo que era ser olvidado.

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  Algo dentro de él se rompió poco a poco en esa ma?ana. Y aunque aún no lo sabía, esa grieta sería el comienzo de todo.

  El amanecer llegó sin promesas.

  El aire era denso, pesado… casi pegajoso. El sol apenas tocaba los tejados mientras las carretas de madera avanzaban por el camino de tierra.

  Dentro de una de ellas, Aelix y Elyra permanecían con las manos atadas, espalda con espalda. Nadie hablaba. Solo el crujido de las ruedas y el murmullo del viento acompa?aban el viaje.

  —?Adónde nos llevan? —preguntó Elyra en voz baja.

  —A un lugar donde todavía tendremos ma?ana —respondió Aelix, sin creer del todo sus propias palabras.

  Ella intentó sonreír, pero sus ojos temblaban. Aelix lo notó. Quiso decirle algo más, algo que la calmara… pero ?cómo se consola a alguien cuando ni siquiera uno mismo entiende qué está pasando?

  Cuando la carreta se detuvo, el silencio se rompió con el golpe seco de la puerta al abrirse. Un hombre gordo, con una marca quemada en el cuello, los observará con desprecio.

  —Bájenlos.

  Los guardias los empujaron fuera, y el suelo frío los recibió con violencia. La plaza del mercado negro estaba llena de ruido, gritos y olor a sudor. Era un lugar donde la vida tenía un precio, y la dignidad era una moneda gastada.

  Aelix alzó la mirada. Había visto pobreza antes… pero nunca así. Ni?os con la mirada vacía, mujeres con marcas en el rostro, hombres con los ojos apagados. Todos esperaban que alguien los comprara.

  —No tengas miedo —murmuró Aelix.

  —?Y tú? —preguntó Elyra, con un hilo de voz.

  —Yo tampoco lo tengo —mintió él.

  Sabía que debía parecer fuerte, aunque por dentro sintiera que algo se rompía con cada respiración.

  Los minutos pasaron. Varios compradores se acercaron, revisando a los prisioneros como si fueran ganado. Uno de ellos, vestido con una capa gris, se detuvo frente a los hermanos.

  —La chica parece sana… —dijo, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Y el chico tiene buena tez.

  —Vamos juntos —interrumpió Aelix con voz firme.

  —Eso no lo decide tú, ni?o.

  El hombre rio y se alejó.

  Aelix apretó los pu?os. La soga se clavó en su piel, pero no soltó ni un quejido. No lo haría. No mientras Elyra lo mirara.

  El sol ya estaba alto cuando finalmente los eligieron. Tres hombres con armaduras viejas y aspecto vulgar. Tenían sonrisas amplias, pero vacías.

  —Nos llevamos a los dos —dijo uno de ellos, lanzando unas monedas.

  —Trato hecho.

  Y así, sin más, el futuro de los hermanos cambió de due?o.

  Los empujaron hacia otra carreta, más peque?a, con una lona rasgada cubriéndola. Aelix miró por un hueco en la tela: el pueblo se alejaba, y con él, cualquier rastro de su antigua vida.

  —Elyra… —susurró—. No importa adónde vayamos. Yo voy a cuidarte.

  —Tú siempre dices eso… —ella escuchó débilmente—, pero nunca puedes evitar que el mundo duela.

  —Entonces haré que duela menos.

  Ella cerró los ojos, dejando que la carreta los llevara hacia lo desconocido.

  Mientras tanto, Aelix miró el horizonte, el cielo te?ido de rojo, como si presintiera algo.

  En ese amanecer, comprendió algo sin entenderlo del todo:

  El precio del ma?ana siempre será más alto de lo que estás dispuesto a pagar o mejor dicho a aguantar.

  Después de que el sol se levantaba fue cuando Aelix y Elyra llegaron a la propiedad del nuevo amo. Las tierras eran extensas, y el aire olía a humo, hierro y riqueza corrompida. Los tres guardias de armaduras desgastadas los empujaron con brusquedad, como si fueran objetos inútiles más que humanos.

  Aelix observó todo con atención. Cada movimiento, cada gesto, cada sombra. No era un ni?o común: sabía que su fuerza física era su única ventaja aunque no era demasiado si tenía la manera con dedicación de ser mayor al promedio y que debía usarla para proteger a Elyra.

  —Mantente cerca —susurró a su hermana, que caminaba a su lado—. No importa lo que pase, yo estoy contigo.

  Elyra se acercó con una leve sonrisa. Aunque estaba asustada, confiaba en su hermano. Sabía que él nunca la dejaría sola.

  Los días se convirtieron en rutina: Aelix cargaba armas, armaduras y objetos pesados, entrenando su cuerpo sin descanso. Cada golpe, cada esfuerzo, era un paso más hacia la fuerza que algún día le permitiría defender a su hermana y enfrentarse al mundo.

  Elyra, por su parte, realizaba labores de sirvienta, atendiendo habitaciones y realizando tareas con cuidado y elegancia. Su presencia llamaba la atención, aunque ella no entendía la mirada intensa que algunos hombres le dedicaban. Aelix notaba cada gesto sospechoso, cada intento de acercamiento indebido. Su corazón se tensaba, pero su rostro permanecía imperturbable.

  A medida que pasaban los 3 a?os, Aelix aprendía. No solo a cargar, sino a observar, calcular y anticipar. Sabía que cuando llegara el momento, tendría que convertirse en algo más que un simple esclavo: un guerrero, un protector, alguien capaz de desafiar al mundo que los había arrebatado todo.

  Elyra crecía junto a él, confiada, sin saber la magnitud del peligro que la rodeaba. Y aunque los días eran largos y duros, Aelix prometió, una y otra vez, que nunca dejaría que nada ni nadie la timarla aunque le costará su propia felicidad.

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