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Capítulo 8: La Sombra de la Plebeya y el Rugido de la Guerra

  Amreh estaba en los aposentos de Lizarel, supervisando cada detalle con su habitual energía.

  —Anden, siervas, pongan estas flores de pétalos, este perfume debe quedar muy exótico —dijo con tranquilidad, mientras el vapor perfumado llenaba la estancia.

  Las siervas ponían los pétalos de todo tipo y con perfume especial, creando un ambiente digno de una diosa. Lizarel llegó después de una larga oscuridad, con el cansancio marcado en sus hombros.

  —?Siervas! —exclamó Amreh al verla entrar—. Princesa.

  —Amreh, ?qué haces aquí? —pregunté, sorprendida por el despliegue.

  —Su esposo, el príncipe Hadram, pidió que le hiciéramos un ba?o especial.

  —?Por qué?

  —Eso me dijo su esposo —respondió el eunuco con una sonrisa cómplice.

  —Bueno, vamos.

  —Claro, ?siervas, anden!

  Mientras que Lizarel se ba?aba, el agua tibia y los aromas intentaban borrar la inquietud de su alma. Pero más allá de los muros del palacio, la realidad de Jericó era otra.

  A pesar de que era próspero y había casas en buen estado, también había pobreza, como hoy en la actualidad. Pero te preguntarás por qué nos estás diciendo esto si lo estamos leyendo como es la vida de Lizarel. Bien, te diré que no solo los nobles como la realeza viven así; el pueblo también puede vivir eso.

  Vamos a un lugar de Jericó donde sabrás un poquito de esta historia... Había una casa grande, parecía inofensiva, pero ?por qué no lo averiguamos?

  —?LEORA! ?Dónde está Leora? —gritó la Patrona, una mujer de mirada endurecida por los a?os.

  —No sé, creo que se está arreglando —respondió otra mujer entre el humo y el olor a cerveza.

  —Sí, porque en más al rato llegarán los soldados.

  —?Por qué, se?ora?

  —Tú lo sabes. Ma?ana conoceremos a la esposa del príncipe Hadram y tú sabes por qué.

  —Dicen que es muy bonita, más bella que todas las jóvenes —murmuró la mujer con envidia.

  —Sí, es muy hermosa. Quiero verla. Pero sabes bien que Leora no lo tomó bien. Tráela, sí...

  —La traeré.

  —?Más cerveza, por favor! —gritó un cliente al fondo.

  —Claro.

  Mientras tanto, la mujer llegó a un cuarto oscuro donde una joven se miraba al espejo con ojos empa?ados.

  —Leora, ?estás lista?

  —Estoy lista —respondió ella, con la voz quebrada.

  —Vaya, te quedaron esas joyas. Eres muy bonita.

  —Aún no lo sé —dijo Leora, triste, sabiendo que su belleza era su única moneda y su mayor condena.

  —Debes saber que...

  —Que nunca le llegaré a los pies de la esposa de Hadram... esa es la realidad.

  Mientras en el palacio, el vapor del ba?o comenzaba a disiparse.

  —?Le gustó el ba?o, princesa? —preguntó Amreh, extendiendo una sábana de lino fino.

  —Me encantó, aromático y relajado más.

  —Este vestido que se puso es un regalo de su marido.

  —Ya sé qué es lo que quiere él —dije, mirando la seda fina.

  —En serio... disculpe por el atrevimiento.

  —Claro que no te disculpes. Mi marido quiere estar conmigo a solas, es por eso.

  Amreh asintió y Lizarel estaba feliz, esperando una noche de reencuentro.

  En la noche...

  —?Lizarel! —llamó Hadram al entrar.

  —?A dónde estabas? —pregunté, tratando de no sonar recelosa.

  —Estaba en el jardín reflexionando, pero al estar contigo me siento feliz...

  —Si te hago feliz, no me gusta ver a mi marido así, triste o enojado.

  —Te amo mucho, ?lo sabías? Qué te parece si disfrutamos este momento, ?te parece?

  —Claro, te amo mucho, mucho.

  Mientras Lizarel toca el cabello de Hadram como forma de amor y paciencia, él se dejaba querer. Hadram solo se sentía amado, pero en su mente vagaban sombras que no pertenecían a esa habitación. Luego, Hadram besó a Lizarel con delicadeza, sellando una promesa que se rompería antes del alba.

  En la sala del trono, el ambiente era pesado.

  —Entonces, debemos saber cómo podemos administrar la comida para los soldados, Tibar... —decía el Rey Zekeriel, se?alando los mapas.

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  —Lo sé, soberano. Es lo que vamos a hacer.

  —Bueno, también empieza a dar los horarios nuevos a los soldados para que empiecen a entrenar. Contra Egipto y Hezor... ellos me están declarando la guerra.

  —?En serio, soberano? —Tibar se tensó.

  —Sí. Recibí noticias del Faraón; quiere nuestra tierra como Hezor. Por lo menos hace 20 a?os era contra Hai, ahora de tener esta alianza con Lizarel, será más fuerte.

  —Hizo bien, soberano.

  —Sí, pero entre estos dos reinos va a ser difícil. Por eso necesito que pongas más esfuerzo a los soldados. Encárgate de que ellos hagan los entrenamientos, ?entendido?

  —Sí, mi soberano.

  —Ve. Por cierto, ma?ana debe haber guardia. Mi nuera será presentada ante el pueblo, por favor.

  —Sí, mi soberano —dijo Tibar, inclinándose antes de retirarse.

  Mientras, en los aposentos de Lizarel...

  Lizarel estaba dormida, pero luego, al darse la vuelta, intentó abrazar a su esposo. Despertó de golpe y vio que Hadram no estaba a su lado. El lugar estaba frío.

  —?Dónde está Hadram?

  A pesar de que tenía un matrimonio especial, a veces a mi lado solo estaba la soledad.

  —Hadram... ?a dónde se habrá ido?

  Al día siguiente...

  —?Princesa, princesa! —llamó Amreh, entrando con prisa.

  —Amreh, hola —dije con voz dormilona.

  —Debe estar lista, sí.

  —?Y Hadram?

  —No lo he visto, pero me pidió que se pusiera...

  —Que me pusiera ese vestido. Bueno, ?está mi ba?o? —pregunté, seria, sintiendo la punzada del abandono nocturno.

  —Sí, mi princesa.

  —Anda.

  Mientras tanto, Hadram estaba en la piscina real, tratando de lavar la culpa o el cansancio de la noche.

  —?Príncipe! —llegó Tibar.

  —Tibar, ?qué sucede?

  —Ayer regresó en la madrugada...

  —Sí, regresé. Disfruté de maravilla —dijo Hadram, tratando de sonar indiferente.

  —Pero ?con su esposa?

  —Sí, pero...

  —No me diga que fue a... —Tibar no terminó la frase, pero su mirada lo decía todo.

  —Así es. Yo amo a mi esposa, pero sabes bien que fui con... tú ya sabes.

  —Príncipe...

  —Vámonos, debo arreglarme.

  En los aposentos...

  —?Cómo me veo? —pregunté, mirándome al espejo con frialdad.

  —Linda, pero ?por qué está así de seria? —preguntó Amreh, preocupado.

  —Vamos...

  En el corredor, Hadram y Tibar conversaban.

  —Bien, Tibar, entonces mi padre te pidió que empezaran a entrenar más.

  —Sí, el Faraón envió un mensaje pidiendo que les den estas tierras, al igual que Hezor, el rey de allí...

  —??Qué?! ?El Faraón de Egipto envió un mensaje de amenaza? ?Como el rey de Hezor?

  —Sí, así es.

  —?MALDICIóN!

  —Ellos tal vez declaren la guerra, y más si usted tiene una esposa linda. Sabe que el Faraón obtiene a las mujeres más bellas —advirtió Tibar.

  —Eso es cierto. él hará todo para quedarse con mi mujer.

  —Hay una posibilidad de que esté con ella aún más...

  En ese momento, Lizarel salió de sus aposentos. Llevaba un vestido negro imponente, con bordes dorados y una cintura cuajada de joyas, igual que su cabello, adornado con oro.

  Hadram se quedó sin habla. Lizarel caminaba por el corredizo con una elegancia que silenciaba a los guardias.

  —Lizarel, te ves tan bella.

  Hadram tomó la mano de Lizarel y la besó con delicadeza, pero ella permaneció seria, su mano de piedra en la de él.

  —?Qué tienes, amor?

  —Nada —respondí, tajante.

  —Pero estás seria...

  —?Por qué será? Amreh...

  —Los vamos a dejar solos por aquí. Nos vamos a quedar. ?Vengan, vengan, chicas! —dijo Amreh, retirándose con las siervas.

  —Yo iré con su padre, princesa —a?adió Tibar, alejándose.

  Hadram me miró a los ojos. —Amor, ?por qué estás así? Nunca te vi tan seria, sino muy sonriente.

  —?Por qué será? No sé, dime tú.

  —Amor...

  —Ayer me vestí más bonita a órdenes tuyas y luego, cuando voltee, no estabas. Solo yo. Es la verdad. Pensé que era mejor que las otras mujeres, ?no?

  Hadram palideció. —Lizarel, yo... yo me fui porque...

  —Porque tal vez no la has olvidado a ella, ?no? No miento —dije, clavando mi mirada en la suya.

  —?Cómo sabes eso? Dime.

  —Secretos míos. Aún no me conoces bien. Ja, cómo son los hombres, idiotas. ?AMREH, VáMONOS!

  —Sí, mi princesa.

  —Pero... pero, ?Lizarel! ?Lizarel! —gritó él, pero ella ya no escuchaba.

  En la sala del trono...

  —Entonces, ya están los soldados para que nos escolten, más si hay más soldados a nuestra posición... —decía el Rey Zekeriel.

  —Ya está todo listo, soberano.

  Las puertas se abrieron y entró Lizarel, como una reina de ébano y oro.

  —?Nuera, hija mía!

  —Soberano, disculpé si lo interrumpí.

  —Claro que no, me alegra. Vaya, te ves muy elegante y linda.

  —Gracias. ?Está listo?

  —Claro, solo falta mi hijo. ?Te trata bien?

  —Claro... solo que últimamente está muy seco conmigo —solté, dejando caer la sospecha.

  —?En serio? ?Por qué?

  —No me quiere decir.

  —"Debe ser esa mujer..." —pensó el Rey Zekeriel, apretando el pu?o sobre el trono.

  Hadram entró apresurado. —Disculpen, llegué tarde. ?Me perdí de algo?

  Lizarel se alejó de él de inmediato, ignorando su mirada emocionada.

  —Sí, Lizarel, ?por qué no vas a que te lleven al jardín? Tibar, llévala.

  —Sí, mi soberano. Venga por aquí, princesa.

  —Claro. Amreh...

  Mientras Lizarel y los demás se iban, el Rey cerró las puertas de la sala, dejando solo a Hadram.

  —?Qué pasa, padre? ?Ya no va a haber cortejo?

  —Claro que sí, pero sé que andas muy frío con tu esposa.

  —Claro que no, yo la trato bien y ayer estuvimos juntos.

  —?En serio? Pues tu mujer parece disgustada, triste y seria, algo que nunca he visto. Ya sé por qué. Por esa mujer, ?verdad?

  —Papá, ya no veo a esa mujer, tú lo sabes, yo...

  —Yo te vi ayer. Fuiste a verla. Recuerda, ella no es perfecta. Ella nunca será mejor que Lizarel, compréndelo —dijo el Rey, severo.

  —Pero, papá...

  —Te lo estoy advirtiendo. O se va ella, o Lizarel se va. Dejaré que ella se case con otro, tal vez con Melkart. Yo sé que él la va a tratar bien.

  —Papá, no puedes hacer eso. El padre de Lizarel...

  —él estará de acuerdo. Decide —sentenció el Rey.

  En el jardín, Lizarel caminaba junto a Tibar, lejos de los oídos de palacio.

  —Dime, Tibar, ?tú sabes si hubo una mujer en la vida de mi marido?

  —No se lo puedo decir, princesa.

  —?Por qué no? Yo quiero saber. Sabes bien que yo no soy celosa... si nadie me dice, entonces sí. Dime.

  Tibar suspiró, mirando hacia los lados. —El príncipe amó a una mujer. Ella era linda, pero no tanto como usted. Era un amor prohibido.

  —?Por qué prohibido? ?Por qué?

  —Porque... porque esa mujer...

  —?Esa mujer qué?

  —Ella es una... una...

  —?Es una qué?

  —Es... usted sabe que hay mujeres que hacen cosas como...

  —Ah... por eso el Rey no la quiere, ?verdad?

  —No, más siendo una plebeya.

  —Es por eso. ?Cómo se llama?

  —No puedo decirle.

  —?Dime cómo se llama! —exigí.

  —Ella se llama...

  —?LIZAREL! ?TIBAR! —la voz de Hadram interrumpió la confesión.

  —Después hablamos de esto. Iré por otro lado. Vamos, Amreh.

  —Sí, princesa.

  —?Lizarel! —gritó Hadram, alcanzándolos.

  —Tuvieron una discusión, ?verdad? —preguntó Tibar a Hadram en voz baja.

  —Sí, así es. Pero él sabe que estuve con la mujer...

  —Debe valorar a su mujer. Sabe que si no lo hace, ella ya nunca regresará a usted.

  —Es lo que voy a hacer...

  —Hágalo. Lizarel no es celosa, poco le importa si anda por allí. Pero si la está ignorando, entonces prepárese, porque puede odiarlo para siempre. No diga que no se lo advertí —dijo Tibar, preocupado.

  —Lo voy a hacer.

  En el corredizo, una figura familiar acechaba.

  —Vaya, tan elegante... ?Dónde está tu marido? Supe que anda por otro lado, ?por qué será? —soltó la Segunda Esposa con una sonrisa venenosa.

  —Con su permiso —dije, intentando pasar.

  —?Estás huyendo? ?Por qué será? ?No será que ya lo fastidiaste?

  —No... ?será que tú también? Porque eres así cuando no te llama el Rey. Es mejor que no te metas en la vida de una persona, o puede ser que no seas feliz. Mejor checa la tuya. Con su permiso...

  Lizarel se alejó dejando a la Segunda Esposa furiosa, pero había algo diferente en ella ese día, una chispa de maldad contenida.

  —?Crees que ella...? —preguntó la Tercera Esposa, acercándose.

  —Ja... eso veremos si Lizarel está bien —respondió la Segunda con una alegría tétrica.

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