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|Capítulo 5|Primer contacto

  "Cuando las armas de fuego dejaron de ser efectivas, no fue culpa de la ingeniería, ni del desgaste, ni de la munición. El fallo provenía de algo mucho más oscuro. Las bestias, transformadas por el desastre del maná, desarrollaron una resistencia anormal al simple plomo: las balas se alojaban en su pelaje sin llegar a penetrar, quedando atrapadas entre capas de pelo que se habían vuelto casi tan densas como una armadura natural.

  Sus cuerpos cambiaron a un ritmo imposible de comprender. El pelaje, antes suave o esponjado, se endureció hasta alcanzar una textura áspera, gruesa, capaz de desviar proyectiles. Sus músculos se multiplicaron en volumen y densidad, otorgándoles una fuerza bruta que superaba cualquier registro previo. Y su agilidad aumentó de la misma manera, volviéndolos más rápidos, silenciosos y letales, criaturas adaptadas para sobrevivir incluso a descargas completas de fuego automático.

  Con el tiempo, el peligro crecía. Las defensas humanas, ya debilitadas por el caos del desastre del maná, no pudieron contener la nueva amenaza. Se estima que estas criaturas fueron responsables directas de al menos el setenta y cinco por ciento de las muertes dentro del ochenta por ciento de la población global que pereció durante los primeros 5 a?os de la catástrofe.

  Aquellos que vivieron esa época describieron la experiencia de enfrentar a estas bestias como intentar detener una bestia que no sangraba lo suficiente, que no caía cuando debía, que parecía aprender demasiado rápido cómo ignorar el dolor."

  — Libro de introducción a la biología de la Nueva Era

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  El rugido constante del motor a máxima potencia era el único sonido que dominaba el interior del vehículo. Todos permanecían en silencio, absortos en la espera de llegar a su destino. Las únicas sensaciones físicas que experimentaban eran las vibraciones del vehículo al golpear los baches del camino y el calor sofocante que desprendían sus uniformes militares, con el único alivio de que la noche había caído y el sol ya no golpeaba con la misma intensidad que durante la tarde.

  El escuadrón estaba compuesto por ocho personas armadas con fusiles FX-05 Xiuhcoatl, el modelo estándar del ejército mexicano. Sus órdenes consistían en brindar refuerzos en un tiroteo entre policías municipales y un grupo de sicarios. Algunos se preguntaban por qué los enviaban a ellos, siendo parte de la Guardia Nacional, cuando normalmente habrían dejado a los policías locales librados a su suerte bajo las políticas de un gobierno corrupto. Sin embargo, las órdenes eran órdenes, y aunque el cuestionamiento flotaba en el aire, avanzaban en silencio hacia el lugar del enfrentamiento.

  En cuestión de diez minutos, el vehículo se detuvo por completo y el escuadrón comenzó a descender en formación ordenada y eficiente, cubriendo mutuamente sus flancos mientras apuntaban al frente con sus fusiles en posición de alerta.

  Mientras bajaban de los vehículos blindados Ocelotl, de fabricación mexicana y equipados con torretas operativas, el silencio era absoluto. El único sonido perceptible era el runruneo residual de los motores al apagarse y el eco metálico de sus botas al pisar el suelo firme.

  ?Aquí Alfa y Bravo, hemos llegado al destino. Solicitamos confirmación de ubicación?, transmitió el capitán del escuadrón por el radio. Solo recibió como respuesta un crepitante silencio interrumpido por estática. Al repetir el mensaje con mayor urgencia, la situación persistió sin cambios.

  El punto de llegada correspondía a las faldas del Cerro del Topochico, cerca de una zona de suburbios de baja densidad poblacional, donde las luces dispersas apenas iluminaban el contorno del terreno.

  Al confirmar que no obtendrían respuesta por los canales establecidos, el comandante tomó la decisión de avanzar hacia la última ubicación registrada donde el equipo anterior había reportado su posición.

  Bajo la orden silenciosa pero firme del capitán, el escuadrón se puso en movimiento de manera sincronizada. Avanzaron con precisión militar a través de las calles desiertas y callejones oscuros, manteniendo una formación compacta mientras sus fusiles barrían sistemáticamente los posibles puntos de amenaza. Cada soldado movía los pies con pasos medidos y seguros, todos sus sentidos en estado de máxima alerta, hasta alcanzar los límites del monte.

  Ascendieron una peque?a colina del cerro que les ofrecía una posición estratégica, y desde allí, utilizando visores nocturnos y miniprismáticos, identificaron a lo lejos las siluetas de las camionetas policiales con sus luces aún encendidas. Descendieron con rapidez pero manteniendo la disciplina táctica, dirigiéndose directamente hacia los vehículos cuyo resplandor artificial destacaba en la oscuridad.

  Al llegar al lugar, una escena dantesca se reveló ante sus ojos. Los cuerpos de los oficiales yacían esparcidos en el suelo, mezclados con los de sujetos que portaban chalecos tácticos, cascos y armas largas que evidentemente son los sicarios. La tierra estaba empapada de sangre que brillaba bajo la tenue luz ambiental. Algunos cadáveres mostraban extremidades arrancadas con violencia evidente, mientras otros presentaban profundas heridas abdominales cuyos bordes desgarrados se abrían como pétalos macabros, dejando ver las cavidades internas. Varios tenían la cabeza parcialmente destrozada, como si algo los hubiera mordido y abandonado a medio consumir. Por todo el perímetro se distinguían huellas animales marcadas en la sangre coagulada, creando un rastro carmesí que serpenteaba entre los restos humanos.

  Un escalofrío intenso les recorrió toda la columna hasta el cabello de su cabeza erizando su piel

  Un escalofrío intenso les recorrió la columna vertebral y erizó el cabello.

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  Jamás en sus vidas ni en sus a?os de servicio habían visto algo igual; los más débiles de estómago comenzaron a vomitar la cena. Solo las mentes más endurecidas o las que rozaban la locura pudieron mantener la mirada sin apartarla.

  Al seguir inspeccionando la zona, notaron varios cadáveres que recordaban a coyotes, pero de tama?o desproporcionado: más semejantes a perros de raza grande o a lobos juveniles que a animales corrientes. Eran cinco en total, todos muertos y baleados; entre ellos yacían también restos humanos. La tierra alrededor estaba marcada por impactos y huellas, el pelaje sepegado y revuelto, y la escena conservaba una quietud sanguinolenta que helaba la sangre.

  Un crujido, como el click de una rama, rompió el silencio. Al instante todos apuntaron hacia las altas hierbas que los rodeaban con las bocas de sus armas temblando.

  De entre las hierbas se asomó primero una nariz húmeda, temblorosa, que avanzó unos centímetros antes de mostrar por completo la cabeza del coyote. Sus ojos brillaban entre las sombras, fijos en el grupo. Al instante, todos los soldados tensaron el cuerpo y colocaron el dedo sobre el gatillo, formando un peque?o semicírculo que apuntaba directamente al animal. La respiración se volvió corta, pesada, y el aire vibró con la amenaza de un disparo.

  Ninguno de ellos notó que ese coyote no avanzaba, que mantenía la cabeza baja y el cuerpo inmóvil, como si esperara algo. La tensión los mantenía enfocados en un solo punto, y por eso no se dieron cuenta de que aquello era solo una distracción.

  A los costados, saliendo de la oscuridad con una velocidad tan abrupta que apenas se distinguía su forma, dos coyotes más saltaron sobre los dos militares que se encontraban más alejados del grupo. Se movieron como sombras vivas, sin emitir un sonido previo, abalanzándose directamente sobre sus piernas. El primer impacto fue seco; los colmillos se hundieron en carne y músculo, desgarrando con un chasquido húmedo. Los huesos cedieron, fracturándose bajo la fuerza del ataque, y ambos soldados cayeron de inmediato mientras eran arrastrados hacia atrás, dejando surcos en la tierra.

  El pánico estalló con la misma rapidez. Los dos heridos soltaron disparos erráticos mientras gritaban, sus manos temblando mientras intentaban apuntar. Los proyectiles atravesaron la oscuridad, encendiendo la escena con destellos intermitentes. Eso provocó que el resto del pelotón reaccionara tarde y de forma desordenada: varios dispararon por instinto hacia el primer coyote que seguía frente a ellos, el que había servido como se?uelo. Las balas lo impactaron casi al mismo tiempo, haciéndolo retroceder y caer muerto al instante, con el cuerpo desplomándose entre las hierbas.

  Al escuchar los gritos desgarradores de sus compa?eros, los soldados giraron de inmediato en su dirección, buscando entre la oscuridad y la maleza movida por el viento. El temblor de las linternas y el balanceo de las miras solo alcanzaban a iluminar breves fragmentos del caos. Pero cuando por fin lograron enfocar, ya era demasiado tarde. De entre las sombras aparecieron otros dos coyotes, abalanzándose sobre los cuerpos caídos como proyectiles vivos. Sus mandíbulas se cerraron alrededor de los cuellos expuestos, rompiéndolos con un chasquido húmedo que resonó con una crudeza brutal.

  El sonido fue tan claro, tan seco, que por un instante nadie respiró. Luego el silencio se quebró.

  ??FUEGO!?rugió el capitán.

  Los soldados apretaron los gatillos al instante. El estallido de las balas iluminó la escena en destellos violentos, pero los coyotes se movieron con una agilidad casi antinatural. Saltaron hacia atrás más de dos metros, desapareciendo y reapareciendo entre los huecos de la maleza como si el terreno mismo los tragara. Las ráfagas atravesaban ramas, hojas y tierra, pero casi nunca carne. Eran demasiado rápidos. Demasiado erráticos. La combinación de oscuridad y vegetación densa hacía que cada intento de apuntar se sintiera como disparar contra sombras que cambiaban de forma.

  Aun así, entre los disparos perdidos, se alcanzó a oír un gemido ahogado, una especie de crujido animal que delataba que al menos uno de los coyotes había sido herido. No se veía desde dónde provenía, pero estaba allí, mezclado con la respiración acelerada de los soldados y el olor a pólvora.

  Los segundos se volvieron eternos. Y en cuestión de momentos, el clic metálico y seco de varias armas anunció lo inevitable: se habían quedado sin balas.

  Los militares intentaron recargar con manos temblorosas, buscando desesperados los cargadores en sus chalecos. Fue en ese preciso instante, en ese peque?o lapso de vulnerabilidad, cuando los coyotes aprovecharon. Desde la maleza, sus ojos brillaron un segundo antes de lanzarse hacia adelante, acercándose con un sigilo imposible para criaturas que acababan de moverse como bestias frenéticas.

  Los soldados, al verlos emerger a escasos metros, soltaron los cargadores y, en un reflejo desesperado, desenfundaron sus pistolas. Los ca?ones temblaron en sus manos, pero aun así dispararon una y otra vez, iluminando de nuevo el escenario con fogonazos cortos y violentos que arrancaban sombras de cada rincón.

  Para sorpresa de los militares, las balas parecieron perder su efecto. Los proyectiles impactaron, sí, pero muchos no lograron perforar más allá del denso pelaje, quedándose atascados entre capas de pelo endurecido y piel tensa. Otros tiros simplemente fallaron, desviados por la oscuridad, la confusión y el movimiento frenético de las bestias.

  En un abrir y cerrar de ojos, los coyotes se abalanzaron sobre cuatro de los soldados, arrastrándolos hacia un forcejeo brutal. El choque fue inmediato: cuerpos cayendo al suelo, armas golpeando la tierra, gritos cortados por colmillos que buscaban carne. Pero el enfrentamiento no duró mucho. Los animales, feroces y precisos, apuntaron a los cuellos de sus presas. Se escucharon mordidas húmedas, el crujido de vértebras cediendo, y los cuatro soldados dejaron de moverse casi al instante, incapaces de resistir siquiera unos segundos más.

  Los dos militares que aún quedaban en pie vieron cómo la mayoría de su escuadrón caía en cuestión de momentos. El terror les recorrió el cuerpo como una descarga eléctrica. Sin pensarlo, rompieron la formación y comenzaron a correr, sin mirar atrás, sin preocuparse por la dirección. La moral se había desmoronado. Sus manos temblorosas soltaron los rifles, dejándolos caer para aligerar el peso y poder moverse con mayor velocidad entre la maleza.

  De los cuatro coyotes, dos —heridos por los disparos previos— ignoraron a los fugitivos. Se quedaron junto a los cuerpos caídos, lamiéndose las heridas con respiraciones agitadas y volviendo una y otra vez a su festín, moviendo sus mandíbulas manchadas de sangre. Pero los otros dos no estaban dispuestos a permitir que las presas escaparan. Tan pronto terminaron con la vida de los últimos soldados caídos, levantaron las cabezas, olfatearon el aire y se lanzaron tras los dos supervivientes con una determinación fría y silenciosa.

  Los militares, jadeando y con el corazón desbocado, lograron llegar al vehículo de los policías. Al abrir la puerta casi se les escapó un sollozo de alivio: las llaves estaban puestas. Uno de ellos giró el encendido con manos temblorosas, y el motor rugió. Pero antes de poder avanzar siquiera un metro, un golpe seco resonó sobre el capó. Los coyotes habían alcanzado el vehículo.

  Uno de ellos se subió al capó, clavando las garras sobre el metal mientras ara?aba con furia. Dentro, los dos hombres se encogieron en sus asientos, creyéndose ya fuera de peligro gracias a la protección del vehículo. Pero entonces, de la nada, el coyote dio un salto poderoso. Se elevó como una flecha, igual a los saltos que dan los coyotes árticos cuando rompen el hielo para cazar ratones. Su peso cayó justo sobre el parabrisas.

  El vidrio se fracturó al primer impacto con un sonido agudo, como si una enorme piedra hubiera sido lanzada desde lo alto. La tela de grietas se extendió por toda la superficie del cristal, debilitándolo en cuestión de segundos mientras el animal preparaba el siguiente golpe.

  Pero el militar del asiento del copiloto reaccionó antes de que el coyote pudiera lanzar otro golpe. Levantó la pistola con ambas manos, apuntó directamente al parabrisas fracturado y presionó el gatillo. La bala atravesó la tela de grietas del vidrio y continuó su trayectoria hasta hundirse en la piel del animal.

  El impacto lo hizo tambalear sobre el capó, emitiendo un chillido agudo, breve, que resonó dentro del vehículo como un clavo raspando metal. La criatura se encorvó por un instante, pero no cayó. La sangre brotó en un hilo fino, oscuro, resbalando por su pelaje áspero… y nada más. La bala había entrado, sí, pero no lo suficiente. Apenas había perforado los músculos superficiales.

  El militar se quedó helado por un par de segundos. Esa reacción… era demasiado pobre. Cualquier criatura conocida habría caído al recibir un disparo directo a esa distancia, y mucho más estando tan expuesta. Pero aquel coyote no. Aquel coyote seguía aferrado al capó, respirando con fuerza, abriendo las mandíbulas como si estuviera a punto de lanzarse de nuevo contra el parabrisas debilitado.

  El miedo se mezcló con la adrenalina. El soldado apretó los dientes, ajustó el agarre y volvió a accionar el arma. Una, dos, tres veces. Las detonaciones sacudieron el interior del vehículo y cada fogonazo iluminó, por fracciones de segundo, el rostro del animal pegado al vidrio. Las primeras dos balas solo lo hicieron sacudirse, gru?ir y mover la cabeza con violencia como si intentara liberarse de un insecto molesto.

  Pero la tercera encontró un punto débil.

  La bala entró directamente por el ojo izquierdo, hundiéndose en un chasquido húmedo. El coyote perdió toda fuerza al instante. Su cuerpo se arqueó hacia atrás, cayó del capó como un saco sin forma y aterrizó sobre el pavimento con un golpe sordo, inmóvil.

  El compa?ero del animal hasta entonces acechando al costado del vehículo vio cómo su hermano caía. Se detuvo un segundo, olió el aire, mostró los dientes… y, en un gesto repentino, retrocedió. No atacó. No intentó rodearlos. Simplemente giró sobre sí mismo y desapareció entre la maleza, como si hubiese comprendido que esa presa ya no valía el riesgo.

  Los dos militares no perdieron ni un segundo. El conductor, con las manos temblorosas y la respiración cortada, hundió el pie en el acelerador. El motor rugió y el vehículo se lanzó hacia adelante, alejándose

  del sitio mientras las sombras de la noche se tragaban el camino frente a ellos.

  Huyeron sin mirar atrás.

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