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Capítulo 1 - Un intruso en el castillo

  Los mayores de la manada se lo habían advertido:

  – Nunca te alejes más allá de las monta?as donde viven los humanos.

  Pero esos odiosos bastardos también tenían la culpa de que ahora se viera obligado a ignorar aquella misma advertencia.

  Ya no había ningún lugar para él en las Monta?as Rugientes.

  En realidad, no tenía ningún lugar en el mundo. Podría haberse caído muerto en el acto, dejar que la nieve lo cubriera por completo y nadie notaría la diferencia.

  Para los suyos era un paria, para el resto una leyenda o criatura que debía ser cazada.

  Sería mejor morir aquí mismo, pensó, mientras, escondido dentro de un hueco entre las rocas, se protegía de la intensa ventisca y el frío cortante. ?Qué sentido tenía continuar? Nunca sería más que un ser defectuoso, objeto de lástima o de repudio. Su existencia no tenía sentido. No le era de utilidad a nadie, no tenía nada de valor para ofrecer. Por eso lo habían abandonado a su suerte.

  No es justo. No es justo. Nunca le hizo mal a nadie. él sólo quería existir en paz con los otros, jugar con sus hermanos, ser reconocido por su pares, tener su propia familia, disfrutar del sol, del viento, de todos los colores de la monta?a. Nada más simple y, al mismo tiempo, tan difícil de conseguir.

  ?Pero por qué? ?Por qué?

  ?Por qué las cosas tenían que ser así? ?Quién lo había decidido? ?Por qué tenía que ser justo él quien tuviera que morir? ?Por qué no podían morirse todos los demás?

  Aquella idea lo asaltó de súbito. Era un pensamiento prohibido. Iba en contra de todo lo que le habían ense?ado.

  Pero él ya no formaba parte de la manada.

  Estaba solo.

  Una inesperada llama se encendió en el centro de su pecho y se fue extendiendo hacia el resto de su cuerpo.

  De inmediato, dejó de sentir frío.

  Había encontrado su propósito.

  Cuando la borrasca terminó, adoptó su forma de zorro y comenzó su descenso por la ladera de la monta?a. A medida que avanzaba por el terreno escabroso, saltando de piedra de piedra, y más tarde adentrándose en el denso bosque, su plan iba tomando forma y su determinación se hacía más fuerte.

  Algún día su manada se arrepentiría de haberlo despreciado. Se convertiría en la quimera más poderosa de todas y cuando volviera junto con ellos, con la cabeza bien en alto, se verían obligados a inclinar las suyas. Le rogarían por clemencia pero, cuando él se negara, caerían en la cuenta de que ya era muy tarde para arrepentirse de la injusticia que habían cometido.

  Pero, para que todo eso ocurriera, primero, debía vengarse de los humanos.

  Y qué mejor que manera de comenzar que colándose en aquel inmenso castillo que se encontraba al pie de la monta?a, justo en medio de dos territorios que pertenecían a familias de elfos rivales.

  Desde lejos, la fortaleza parecía impenetrable con sus imponentes muros de piedra y torres vigilantes. Mientras que entre las almenas podía reconocer las peque?as siluetas de decenas de soldados armados.

  Al acercarse a la gigantesca puerta de hierro observó un incesante flujo de gente que entraba y salía en un caótico torbellino de sudor penetrante y excrementos, mezclado con el rancio aroma del cuero curtido, el hedor de las bestias de carga y el toque metálico de las herramientas y las armas de los hombres.

  Y ninguno de esos asquerosos seres poseía la suficiente imaginación para percatarse de la presencia de una criatura tan inusual como él.

  Aunque, para pasar desapercibido, no tuvo más remedio que abandonar la forma de zorro, la cual, hasta entonces, lo había ayudado a sobrevivir en las monta?as, y eligió adoptar la forma de ratón.

  Podría haber buscado algún agujero en la base de la muralla, lo suficiente grande para dejarlo pasar, pero le pareció más divertido atravesar la gigantesca puerta de hierro frente a las narices de los propios soldados quienes no se percataron de la presencia del minúsculo roedor o no le dieron la importancia suficiente.

  Aun así, su audacia casi la costó la vida, al estar muy cerca de ser aplastado por alguna de las incontables botas y ruedas de carretas que entraban y salían del lugar a raudales.

  Lección aprendida, no dejarse llevar por la arrogancia.

  Como buen cazador el siguiente paso era reunir información acerca de sus costumbres, sus fortalezas y, sobre todo, sus debilidades. Una vez cumplida esa etapa sabría lo que tenía que hacer.

  Al principio se sintió un poco perdido. No bien cruzar la puerta de entrada se encontró con un amplio espacio empedrado rodeado de varias edificaciones. No sabía por dónde empezar hasta que, de repente, entre los asquerosos olores de los hombres y los caballos, pudo distinguir uno que le hizo levantar la nariz.

  Nunca había sentido algo tan maravilloso. Era un olor de carne asada, similar a cuando se sentaba alrededor del fuego, acompa?ado por el resto de su manada, pero había algo más, desconocido para él.

  Empujado por un hambre voraz, que había estado tratando de ignorar desde que había quedado solo en la monta?a, persiguió aquel delicioso aroma que lo condujo hasta la puerta de una cálida y bulliciosa estancia en cuyo interior observó a varias mujeres con delantales manchados y cuerpos sudorosos, moviéndose entre mesas y fogones.

  Tuvo que detenerse en el umbral de la puerta, aturdido por la explosión de nuevos olores que le estaba provocando un inédito mareo. Ese descuido le valió un fuerte golpe que lo devolvió al exterior y casi lo envió al otro mundo. Una de las sirvientas había visto al ratón intentando entrar en la cocina y sin ninguna lástima le había propinado una patada a la peque?a criatura.

  Esto no va a quedar así, pensó el ratón, y volvió a hacer el intento varias veces, tratando de cruzar aquel primer obstáculo sin que lo descubrieran. Sin embargo, tras el tercer intento fallido, un gato de color gris apareció de la nada y lo persiguió por todo el recinto hasta que logró colarse por un diminuto agujero de la pared que lo salvó de un mortal zarpazo.

  Cambió de estrategia. Primero había intentado que no lo vieran, ahora tenía que hacerse ver.

  Decidió, por tanto, convertirse en gato, después de estudiar cómo las sirvientas, sobre todo las más jóvenes, se encari?aban de esos seres gordos y perezosos y hasta le regalaban peque?os pedazos de comida.

  El problema era que nunca había probado esa forma. En la monta?a se había cruzado con felinos salvajes y tenía alguna noción sobre ellos, pero un gato doméstico era algo muy distinto, por lo que le llevaría unos días de práctica hasta que pudiera conseguirlo. Para eso debió buscar un rincón fuera del castillo, cerca de algún charco congelado donde poder ver el reflejo de su cuerpo transformado. Mientras tanto, para mitigar el hambre, se contentó con migajas de pan o fruta que los soldados dejaban caer a su paso.

  No fue fácil encontrar el tama?o o la apariencia adecuada. Si alguien lo hubiera descubierto en alguno de sus primeros intentos, se habría llevado tremendo susto al toparse de frente con un grotesco amasijo de formas indefinidas que se encontraba a medio camino de lo que quería lograr.

  Después pudo transformarse pero por partes. Había momentos que se veía como una nueva especie de gigante roedor peludo y, en otros, un gato con cabeza y cola de ratón. Cualquiera de esas escenas hubiera hecho sonar las voces de alarmas y en ese caso debería escapar cuanto antes lo más lejos posible.

  Por fin, tras varios días e incontables pruebas, retornó a la cocina en su nueva forma. Para la ocasión, había elegido un perfecto color naranja, que enseguida consiguió el asombroso resultado de ser recibido por una serie de exclamaciones, proferidas por las mismas sirvientas, quienes nada más verlo se acercaron a acariciarlo. Todo el mundo se preguntaba de dónde había salido aquel majestuoso gato y llegaron a suponer que había llegado caminando desde el pueblo o se había escondido en alguna carreta.

  Para llevar adelante su enga?o él se había tomado su tiempo para estudiar el comportamiento de los otros gatos, no tan hermosos como él, y, aunque no le gustara la idea, sabía que para conseguir lo que deseaba tenía que comenzar a restregarse contra los asquerosos vestidos de las mujeres y ronronear de la manera más escandalosa posible. Luego se tiró panza arriba y las muchachas no se hicieron esperar para acariciarlo por todos lados.

  Aquello era insoportable pero necesario.

  Y resultó. Aquella primera muestra de falso cari?o le valió un delicioso pedazo de carne que se convirtió en el primer bocado de muchos. No sólo no fue echado a patadas de la cocina sino que, al parecer, para su bochorno, se convirtió en su mascota más preciada.

  En realidad, si hubiera tenido que ser sincero consigo mismo, no necesitaba transformarse en gato para recabar información sobre los humanos. Podría haber visitado todos los rincones del castillo, si lo hubiera querido, en su forma de ratón.

  Ah, pero la comida...

  Antes de llegar allí, no sabía que pudiera existir tanta variedad y tantas maneras distintas de combinar los sabores. La mayoría de las palabras las había aprendido escuchando a las cocineras: ternera, cerdo, venado, jabalí, faisán, perdiz, conejo, pato, todo relleno de hierbas, frutas y especias, aderezado con aceite o vinagre, adornado con frutos secos o nueces, además de sopas calientes, guisos de verduras y legumbres, panes recién horneados, quesos de diversas regiones, tartas de frutas frescas, de almendras y miel, acompa?ados de vino y cervezas.

  Todos los días, en bandejas de plata, salían por la puerta aquellas delicias de las que él sólo podía probar las sobras que volvían al término de cada desayuno, almuerzo o cena y que eran aprovechadas también por los mismos sirvientes, quienes, al igual que él, cazaban al vuelo un pedazo de cada comida y hasta un copa de bebida sin terminar.

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  Con el paso de las semanas, mientras afuera el invierno seguía su curso, gracias a su nueva dieta llegó incluso a sentirse más fuerte. Mucho más de lo que se había sentido nunca. Sus movimientos se estaban volviendo cada vez más ágiles y cada fibra de sus músculos se tensaba ante la expectativa de su siguiente transformación. Quizás era hora de seguir entrenando. Siempre había querido asumir la forma de algo de gran envergadura y con gran poder de ataque, como un oso o un lobo.

  Cuando la nieve se derritiera, quizás se internaría en el bosque, aunque eso no le generaba ninguna seguridad. Aquel era territorio de elfos y, como todo ser mágico, cualquiera de ellos podría descubrir en el acto su verdadera naturaleza. Ya se había arriesgado bastante después de cruzar la frontera entre el bosque y la monta?a.

  En territorio humano, sólo aquellos denominados “magos” podrían tener alguna posibilidad de reconocerlo. Era por eso que debía de mantenerse en alerta cuando paseaba por el patio de armas pues siempre cabía la posibilidad de que debiera emprender la retirada si alguno se decidía aparecer de sorpresa. Escuchando atentamente desde su resguardado lugar en la cocina había aprendido a reconocerlos por su vestimenta, lo cual le facilitaba mucho las cosas. Los jóvenes aprendices usaban túnicas de colores marrones y azules. De esos no debía preocuparse, al parecer, no tenían suficiente poder. El peligro eran los de color rojo.

  No había día que las criadas no se quejaran de la arrogancia de los magos, cuyos caprichos y abusos eran limitados gracias a la intervención del se?or del lugar, quien, al parecer, no permitía los maltratos. Otros castillos no corrían con la misma suerte.

  Las chicas habían escuchado rumores: magos que obligaban a los sirvientes a ayudarlos en sus experimentos, como clasificar diminutos granos de arena o buscar ingredientes extra?os en los lugares más recónditos y peligrosos. Ante el error más insignificante era castigados severamente con el látigo e incluso podían llegar a experimentar con ellos el efecto de sus pócimas. Se suponía que el Consejo de los Magos debía controlarlos pero a veces el dictamen llegaba demasiado tarde y la víctima terminaba sucumbiendo a terribles fiebres y convulsiones cuyo único alivio era la muerte.

  Eso era impensable en el castillo de Rocasombra, hogar del Guardián del Círculo y protector de los todos los habitantes que allí residían, mágicos o no.

  Aun así, por suerte para él, incluso en ese lugar los magos no se mezclaban con los sirvientes.

  Cuando no estaba en la cocina, se encontraba inspeccionando los alrededores. Ya todo el mundo se había acostumbrado a su presencia, y nunca volvía de sus recorridos sin que alguien le regalara alguna sobra de su almuerzo.

  Así conoció la armería, un lugar oscuro y lleno de estantes con afiladas espadas, lanzas, flechas y escudos.

  En su taller, los herreros trabajaban inmersos en el calor abrasador del horno dando forma a piezas de hierro con rítmicos martillazos acompa?ados del sonido chispeante del metal al sumergirse en el agua fría.

  Las caballerizas eran más bulliciosas. Allí imperaba el olor a heno y sudor. Los caballos no paraban de relinchar mientras entre animadas conversaciones los mozos cepillaban sus lomos sin descanso, revisaban las herraduras y preparaban las monturas. En contraste, el cuartel de los soldados era un lugar más austero, inspeccionado constantemente por un capitán alto y pelirrojo de mirada seria y movimientos medidos que no permitía que ni una sola litera quedara sin tender o un daga hubiera quedado fuera de lugar.

  Por todos lados, como si de treboles se tratara, el emblema del castillo brotaba en objetos, banderas y paredes. Se trataba de un escudo dividido verticalmente en dos mitades por una espada detrás de la cual se alzaba una oscura torre emergiendo de una roca. En el lado izquierdo tenía dibujado un árbol negro, desnudo de hojas, sobre un fondo blanco, mientras que el lado derecho representaba lo opuesto, un árbol blanco sobre un fondo negro en donde se alzaba una creciente luna plateada.

  Se suponía que había algo escrito que él no era capaz de leer y tuvo que esperar un tiempo hasta que un día un ni?o peque?o le preguntó a uno de los soldados quien con exagerado orgullo le respondió que se trataba del lema de Rocasombra: “El peso de la noche sostenemos.”

  Ridículo. Los humanos tenían una gran capacidad para mentirse a sí mismos. Nadie podía sostener la noche que se imponía sobre cada criatura sin importar cuan grande o importante esta se creyera.

  Había otro lugar que le llamaba la atención, aunque sólo podía ingresar de noche, cuando los únicos en el patio eran los soldados que cumplían su guardia.

  Se trataba de una peque?a edificación de techo alto, en cuyo fondo se hallaba la estatua de una enorme mujer vistiendo una túnica sin mangas y una corona de flores en la cabeza. La habían esculpido de pie con los brazos extendidos hacia arriba como si estuviera bailando. Los humanos parecían estar muy interesados en ese lugar. Los veía entrar y quedarse allí durante horas.

  No sabía exactamente qué es lo que harían allí dentro pero más adelante pudo confirmar que aquel era un templo dedicado a la Ninfa Némertyss, que no era nada menos que una de los causantes de la gran guerra entre los clanes de la Pradera y el Bosque. Aquello, seguramente, no debía hacerle mucha gracia a los elfos.

  Las quimeras, por otro lado, no tenían deidades a las que rezarles. En su lugar, veneraban a las mismas monta?as, el viento que soplaba entre ellas, los ríos que las cruzaban, el ciclo de las estaciones, y la luna y el sol que aparecían y se escondían tras sus cumbres. Cada quimera se consideraba parte de un todo mayor y su único cometido era convivir en equilibrio con la naturaleza. Nada de templos, estatuas o emblemas.

  A donde no tuvo el valor de entrar fue a la residencia principal del conde de Rocasombra, en donde también vivían su hija y los magos. Aquel era el único gran obstáculo en su ambicioso plan y debía pensar muy bien en cómo resolverlo, pues, al fin y al cabo, la gran arma que tenían los humanos contra las quimeras era su magia sacrílega, lo cual había obligado a su raza a internarse cada vez más hacia el corazón mismo de la monta?a, lejos de todas las demás.

  En algunas ocasiones llegó a ver al conde de lejos, atravesando a caballo la gran puerta de hierro. Se trataba de un hombre alto, de aspecto musculoso, cabellos y barba de un color negro, entremezclado de canas. No podía verle los ojos pero las sirvientas, quienes no paraban de suspirar ante su presencia, se la pasaban hablando de sus bellos ojos del color azul del mar.

  La quimera nunca había conocido el mar. Quizás algún día se animaría a acercarse al hombre y verlo por sí mismo, sólo para saciar su curiosidad.

  Todo el mundo estimaba al conde. Según decían, era un hombre honorable que profesaba un gran amor por su hija y se mostraba amable con todos sus sirvientes, sin importar el rol que llevaran a cabo. Quizás lo único cercano a una crítica era que protegía demasiado a la muchacha, a quien por esos tiempos se la veía cada vez menos. Pero, claro, agregaban, si era todo lo que tenía en el mundo, desde que la pobre y querida condesa había muerto hacía ya diecisiete a?os.

  Y ahora se encontraba a punto de perder a su hija, quien desde su primer llanto había sido prometida al príncipe heredero. En los últimos días, su casamiento, el cual probablemente se celebraría luego de llegada la primavera, ocupaba la mayor parte de las conversaciones, ya que las sirvientas sentían envidia de aquellas elegidas que se dedicarían a atender a su se?ora una vez que esta se fuera a vivir a la capital.

  También se decía que pasaba mucho tiempo con su maestro, probablemente estudiando magia, para lo cual mostraba grandes aptitudes, además de otros conocimientos necesarios que le serían útiles como futura princesa y, eventualmente, reina.

  Quizás cuando el se?or y su séquito se dirigieran a la capital, el castillo estaría mucho más tranquilo y él tendría más posibilidades de recorrerlo. Aunque también lo seducía la idea de esconderse entre el equipaje y marcharse con ellos. Era una opción arriesgada. No se imaginaba cómo podría ser una ciudad llena de humanos, mucho más grande que aquel castillo que ya le parecía demasiado enorme.

  No estaba seguro de nada. En realidad se encontraba esos días cavilando sobre el asunto, cuando, sin previo aviso, la hija del conde se apareció en la cocina.

  Desde el primer momento en que la vio cruzar la puerta, se dio cuenta de que era distinta. Su pelo largo y brillante como las alas de un cuervo estaba delicadamente trenzado y adornado con cintas, mientras que su vestido de un azul cielo, con detalles dorados, nada tenía que ver con los uniformes opacos de las criadas, quienes, no bien la vieron llegar, se inclinaron mirándose entre sí nerviosas.

  Desde donde se encontraba, él no podía verle los ojos. Quizás fueran como los de su padre, azules como el mar, pero por precaución se mantuvo alejado.

  Ella sacudió la mano, como para tranquilizarlas, y se sentó frente a una de las mesas, la cual no tardó en ser vaciada de todos los utensilios y ollas para darle espacio a la joven dama. Segundos después, una de las sirvientas le servía una taza con un bebida caliente y la muchacha se dispuso a beber y conversar con ellas, como si nada más fuera una conocida que había llegado de visita.

  En aquel recinto tan ajetreado de trabajo su figura estaba fuera de lugar pero ella se comportaba con naturalidad, como si todo le perteneciera. Para disgusto de él, ella no parecía darse cuenta de la incomodidad que flotaba en el aire, del atraso que estaba causando en el ritmo habitual de la cocina, del apuro en el que se verían ahora las pobres sirvientas que tendrían que esforzar sus ya exhaustos cuerpos para preparar a tiempo la cena.

  De todas maneras, ese asunto no le incumbía. No comprendía por qué estaba tan molesto...

  De repente, mientras la observaba desde un rincón, se le cruzó una idea en la cabeza.

  Quizás no pudiera enfrentarse él solo a toda una raza... A ese paso tardaría a?os en concretar su venganza. Pero... si tan sólo pudiera convertirse en algo más grande, con colmillos y garras filosas, aunque fuera un monstruo sin forma concreta, alguna de esas noches podría ir a buscar la habitación de la muchacha y matarla de un zarpazo mientras dormía.

  Aquello sería la venganza perfecta contra la familia real. Estaba incluso dispuesto a arriesgarse a que los magos lo descubrieran en el acto y morir luego de haber sido de testigo de la sorpresa de aquella odiosa gente al descubrir quién había sido el perpetrador de la terrible tragedia.

  Si sólo pudiera aunque fuera...

  – ?Ay, qué gato tan lindo!

  Al tiempo que él se estaba relamiendo los labios pensando en el charco de sangre al lado de su cama, la muchacha se precipitó sobre él y lo agarró por debajo de sus patas delanteras para luego mecerlo en sus brazos como un bebé.

  – ?Se siente tan suavecito! –decía ella mientras hundía las manos en su esponjoso pelaje –. ?Tiene nombre?

  – Gato, mi se?ora – contestó una de las criadas bajando la mirada, aunque algunas no pudieron contener una sonrisa –. Pero puede usted elegirle un nombre si quiere...

  Los ojos azules de ella se iluminaron como una ma?ana de cielo despejado.

  Hermosos... ?No, no! ?Qué estaba pensando? ?Ella era una enemiga!

  –Pues, sí. ?Claro! Nunca tuve un gato... Lo llamaré... lo llamaré... ?Naranjito!

  él hubiera adelantado su plan para matarla ahí mismo, nada más que de la indignación, pero sólo se dignó a gru?ir para dejar en claro su descontento.

  Ella sólo se rió.

  –Parece que no le gusta... pues... ?Solcito?

  él siguió gru?endo.

  –?Peludín?

  Lo mejor era ignorarla. Hizo varios intentos por zafarse pero no lo dejaba. Lo apretaba incluso con más fuerza contra su cálido pecho.

  ?Pero por qué eso se sentía tan reconfortante? Debía escapar de inmediato.

  –Ya pensaré en otro mejor... Es tan lindo... Ojalá pudiera llevármelo...

  No la dejó terminar. Le hincó con fuerza las u?as en su brazo hasta hacerla chillar y obligarla a que los soltara. Un peque?o hilo de sangre brotó de su piel pero él no tuvo tiempo de regodearse porque debía escapar antes de que se le ocurriera adoptarlo como mascota.

  Sin embargo, a uno de los sirvientes no le cayó en gracia la reacción del gato así que comenzó a perseguirlo a lo largo de todo el patio.

  Aquel impulsivo acto significaba el fin de su estadía en el castillo, por lo que comenzó a buscar la salida al exterior pero no fue lo bastante rápido como para evitar que otro hombre lo atrapara por la cola.

  – ?No le haga nada! ?Es un animal inocente! – gritó la muchacha.

  Si ella supiera...

  – ?Qué está pasando? ?Por qué grita mi se?ora? – exclamó de repente un hombre vestido de rojo.

  Todos los sirvientes se detuvieron al mismo tiempo e inclinaron la cabeza.

  Invadida por el pánico, la quimera se sacudió, tratando de ara?ar al hombre que lo había capturado.

  – Leander... no ha pasado nada... – contestó la hija del conde.

  – Mi se?ora... ?está sangrando! – exclamó preocupado el mago. Se trataba de un hombre flacucho, pálido, de cara larga y pelo rapado.

  – Un accidente, nada más... estaba jugando con el gato y...

  – ?Cuál gato? – el mago giró la cabeza y se enfrentó a los ojos del culpable, que pudo ver claramente cómo las pupilas del hombre se agrandaban –. Me pareció... sentir algo extra?o cerca...

  La quimera debió haberse quedado como estaba, seguir simulando, hacerlo dudar, pero, como otras tantas veces que había sentido miedo frente a un depredador, perdió el control de su cuerpo y volvió a su forma de ratón frente a la mirada estupefacta de todos los presentes.

  En aquella diminuta forma logró liberarse de las manos que lo tenían sujeto pero el da?o ya estaba hecho.

  Con un simple movimiento de su mano y una acertada puntería, el mago congeló el cuerpo de la criatura como si lo hubieran enterrado bajo una densa capa de nieve.

  Lo último que vio la quimera antes de quedar inconsciente fueron las enormes botas del mago deteniéndose frente a él.

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