La espada forjada en pura luz vibraba con un zumbido sobrenatural en la mano de Cáliban, cuyos ojos brillaban con una malicia antinatural. Poseído por la diosa corrupta, se acercaba con paso solemne y letal al cuerpo arrodillado de Alec. El fulgor del arma iluminaba los bordes de su rostro deformado por la divinidad oscura.
—Perdóname… hijo mío. —susurró con una voz rasgada, casi humana, empa?ada por la voluntad de la deidad que lo dominaba —Tu sacrificio… es necesario para que el reino eterno de esta diosa florezca.
La espada brilló como una estrella que muere hacia el rostro de Alec. Un instante después, el impacto retumbó con una fuerza devastadora. Las aguas negras que rodeaban la plataforma estallaron en una serie de olas espumosas, como si el mundo entero respondiera al choque de energías. El aire se llenó de vapor ardiente, una neblina densa que ocultó todo a la vista, mientras el suelo temblaba como si el mismísimo corazón del mundo se agitara.
Pero en la mano de Cáliban… la diosa sintió algo extra?o. Una punzada de resistencia. Frunció el ce?o. El control sobre el cuerpo ya no era absoluto.
En medio de la nube abrasadora, dos ojos carmesíes emergieron, brillando como brasas espectrales vivas.
—?Ya te divertiste suficiente, parásito?
La voz resonó como un trueno contenido, grave y cargada de desprecio. La diosa retrocedió un paso, temblorosa.
—No… no puede ser…
Avalon emergió, su silueta se alzó entre los vapores como un espectro de venganza. Levantó una mano enguantada y, con un leve gesto, despejó la niebla como si apartara una cortina.
—No es cierto… —gimió la diosa, con voz rota —?Yo tengo tu cuerpo! ?Tu mente me pertenece! ?Tú me juraste obediencia!
—?Crees que puedes enredarte en mi mente, criatura menor? —replicó Avalon, su voz se tornó más oscura que el abismo bajo sus pies —?Crees que puedes someter mi voluntad, como si fuera un ni?o temeroso?
Sus ojos escarlatas brillaron con furia contenida. Se giró hacia Alec, que apenas lograba mantenerse en pie, anonadado e incrédulo. Era el mismo caballero que momentos antes había sido solo un mito... ahora lo tenía en frente.
—?Lo ves ahora? Para ella, tú… cualquier mortal… no son más que chispas que se apagan. Vidas sin peso. Basuras prescindibles como insectos.
El alma de Alec se quebró en ese instante. Las palabras de Avalon perforaron su mente como cuchillas. Cada decisión, cada esperanza, cada palabra de consuelo que creyó sincera… habían sido hilos manejados por una marionetista cruel y sin alma. Sus piernas flaquearon.
Avalon volvió su mirada a la diosa, aún atrapada en el cuerpo joven que alguna vez usurpó.
—Ya fue suficiente.
El tono fue definitivo. El aire se volvió pesado, el mundo mismo pareció contener la respiración.
—Es hora de acabar con esto.
Fuera del plano mental, los cuerpos físicos de Alec y Cáliban permanecían inmóviles, atrapados dentro del domo oscuro como estatuas congeladas en medio de una tragedia silenciosa. El cuerpo de Alec, ba?ado en sudor y con la respiración entrecortada, sostenía con ambas manos las sienes de su oponente. Su mirada, aunque exhausta, ardía con un dolor que no era solo físico.
Entonces, los ojos de Cáliban se abrieron con brutalidad. Un fulgor incandescente, como brasas vivas encendidas por la furia, recorrió su mirada. La diosa, que había regresado al cuerpo de Alec, entreabrió los ojos al instante, sintiendo un escalofrío antinatural. Intentó retroceder, pero era tarde.
Cáliban alzó el brazo, y su aura estalló en llamas vivas, ardientes como su deseo de justicia. Con un rugido cargado de rabia y una fuerza que quebraba la razón, descargó un pu?etazo directo al abdomen de la diosa. El impacto fue brutal. El cuerpo de Alec, ahora ocupado por la deidad, salió disparado y se estrelló contra la superficie del domo, que crujió como cristal bajo una presión insoportable… hasta que se rompió.
El domo estalló en mil fragmentos de oscuridad marchita. Como si una burbuja de pesadilla hubiese explotado. Los espectadores contuvieron el aliento al ver a ambos combatientes emerger, envueltos en sangre, cenizas y luz temblorosa.
Cáliban no esperó. Sin tregua, con los ojos encendidos por la ira, descargó golpe tras golpe sobre la diosa. Cada pu?etazo encontraba un punto débil, una grieta abierta como una herida. Su voz rugía con la fuerza de todo el dolor contenido.
—?Maldita sea! ?Te voy a destruir!
La diosa intentó invocar su espada, pero su brazo apenas respondió. Era como si la voluntad de Alec comenzará a rebelarse desde dentro.
??Alec! ?No me desafíes! ?Si lo haces, moriremos los dos!?
Pero no obtuvo respuesta. Su anfitrión se resistía. Su cuerpo se volvía extra?o, distante… y entonces, otro golpe la arrojó al suelo. La sangre brotó de su boca cuando su mejilla impactó contra el suelo agrietado.
Cáliban avanzaba. Arrastraba la pierna herida, dejando un reguero de sangre tras él, pero su determinación era imparable. Sus ojos eran los de un vengador, no un mortal.
La diosa, la eterna, la soberbia, la invencible, ahora comenzó a temblar. El miedo invadió sus facciones como una grieta invade una máscara.
—?Aléjate…! ?No te acerques a mí!
Retrocedía como un animal acorralado, arrastrándose con desesperación, sintiendo cómo la fuerza la abandonaba. Sus ambiciones… su imperio… todo se derrumbaba frente a ella, reducido a ruinas por la furia de un hombre.
Desde las gradas, Madame Lothrim se incorporó de golpe. El dolor le quemaba las entra?as, pero su corazón no la dejaba quedarse quieta. Alec… su amado nieto Alec… estaba allí.
—No… —susurró.
El director la miró de reojo, y le advirtió con un tono helado.
—Si vas ahora e interrumpes el duelo… tendrás que asumir las consecuencias, Valeria.
Ella lo miró sin parpadear, como una loba acorralada. Su respuesta fue seca y definitiva.
—No me importa.
Loana, con el rostro pálido y los ojos anegados de incertidumbre, siguió a su mentora sin decir palabra. El director volvió su mirada al campo de batalla. Por primera vez, algo se agitó en su interior.
—?Sálvenme! ?Alguien… por favor, ayúdenme! —suplicó la diosa con un grito desgarrador, su voz temblaba como la de una ni?a en medio de una pesadilla.
Pero nadie respondió.
Los integrantes del gremio que observaban desde las gradas sintieron un escalofrío recorrer sus espaldas. Lejos de despertar compasión, aquellas palabras les provocaron un rechazo visceral. ?Cómo era posible que una entidad que se había creído eterna, superior, se rebajara ahora a suplicar por su vida como cualquier mortal?
Los tres Guardianes, testigos silenciosos desde la retaguardia, intercambiaron miradas densas. El corazón les pesaba. El desenlace que se desplegaba ante ellos no era el que habían imaginado, ni en sus sue?os más oscuros. Un joven débil había acorralado a un guerrero de séptimo rango.
Ella continuó reptando, sus dedos se aferraban al suelo como una bestia herida. El cuerpo de Alec, que había sido su vehículo, ya no respondía a sus órdenes. Su luz, aquel resplandor casi celestial que alguna vez la envolvía, se apagaba con lentitud, como una vela en la tormenta.
Entonces, un pensamiento le atravesó la mente como un rayo desesperado.
??Es cierto! ?Aún tengo a Glandeir!?
Volteó con rapidez hacia el otro extremo del campo de batalla, buscando a su campeón con una esperanza ciega. Sus ojos brillaron por un instante… pero el mundo se le vino abajo.
Glandeir, el titán de luz, cayó de rodillas. Su pecho fue atravesado sin piedad por el pu?o ardiente de Ocelotl, que surgió como un cometa de fuego. El golpe fue tan limpio como letal. La luz de Glandeir se extinguió con un quejido sordo. Su cuerpo colapsó con un eco hueco.
Ocelotl, sin perder un solo segundo, volvió a fundirse con la sombra de Cáliban, para no agotar más de su energía. A su espalda, aquella sombra cobraba forma. Una amalgama pulsante de colmillos, ojos brillantes y odio ancestral que fijaba su mirada en la diosa.
—Eres… eres un demonio… —balbuceó, te?ida de verdadero terror.
Cáliban sonrió al oírla, era una mueca sin alegría, una grieta en su rostro ensangrentado. Se inclinó, la tomó por el cuello de la camisa y la alzó con brusquedad. Sus ojos carmesíes la atravesaban con furia silenciosa.
—No. —murmuró, con una calma que helaba la sangre —Si fuera un demonio, sería como tú.
La sonrisa se deshizo.
—Yo soy mucho peor.
Sin apartar la mirada, Cáliban alzó su mano. El anillo en su dedo destelló con un resplandor oscuro. De su interior emergió una carta envuelta en energía sombría. En su centro, una calavera grabada parecía sonreír. La diosa la reconoció al instante. Sus ojos se agrandaron.
—Tú… no es posible… ?Cómo tienes eso?
Cáliban arrojó a la diosa al suelo con fuerza. Mirándola a los ojos.
—Tú le arrebataste su futuro. —dijo Cáliban mientras la inmovilizaba —Ahora, yo te lo quitare a ti…
Rasgó su camisa, dejando expuesto el abdomen de Alec. Colocó la carta sobre su vientre, y esta comenzó a brillar con un fuego negro. El aire se volvió pesado, como si el mismo tiempo se detuviera.
Desde la entrada de la arena, Madame Lothrim se detuvo en seco al ver la escena. Sus ojos se abrieron, y un escalofrío le cruzó la columna. Por primera vez en mucho tiempo… sintió miedo. Miedo real.
—?Cáliban! ?Por favor, detente! —gritó Madame Lothrim, rasgada por la angustia.
Pero Cáliban no respondió. No escuchó, o no quiso escuchar. Sus ojos se cerraron por un momento, y un suspiro profundo escapó de sus labios. Entonces, con un último impulso de su energía divina, la arena fue envuelta por un estallido.
Una torre de luz carmesí emergió del centro del coliseo como una lanza celestial invertida. El estallido cegó a todos los presentes. Los espectadores, incluso los más curtidos, cayeron de rodillas o se cubrieron los ojos ante la intensidad abrasadora. Ni siquiera el director, que había presenciado cientos de manifestaciones mágicas, pudo percibir con claridad la naturaleza de aquella energía. No había luz ni sombra. Era… otra cosa. Algo que desafiaba toda lógica.
El torrente de poder ascendió como una columna sin fin, abriéndose paso hacia los cielos y sacudiendo el corazón mismo de la ciudad. Desde las zonas más alejadas, incluso más allá de las murallas, las personas se detuvieron, alzaron la mirada y sintieron un estremecimiento en el alma.
Lejos del coliseo, en una de las calles principales del distrito, cubierta por cadáveres todavía humeantes, Kylios rugía de felicidad. Su cuerpo cubierto de sangre se alzaba sobre la monta?a de cuerpos como una deidad de guerra.
—?Ja, ja, ja! ?Esto es vida! —bramó, con los ojos encendidos por la locura —?Pensé que este viaje sería un aburrimiento eterno! ??No hay más enemigos?! ?Vamos!
A unos pasos, Argos observaba en silencio, quitando con lentitud los cadáveres que lo rodeaban.
—Los has aniquilado a todos, hermano mayor… los demás huyeron antes de que pudiera detenerlos.
Kylios entrecerró los ojos. Sus colmillos relucieron con furia.
—Tch… ?Ni siquiera pudiste retener a unos pocos?
Las manos de Argos temblaron apenas.
—Lo siento… hermano mayor.
Por un momento, Kylios frunció el ce?o, pero luego soltó una carcajada seca y se encogió de hombros.
—Bah, olvídalo. Un inútil sigue siendo un inútil. No vale la pena desperdiciar saliva.
En la esquina tranquila de la calle, Cresselia y Gremeldia compartían una elegante merienda bajo la sombra de un toldo. Desde allí podían ver la carnicería de Kylios a la distancia, mientras tomaban su té con aparente indiferencia.
—Maldición… ver tantas vísceras me ha quitado el apetito. —dijo Cresselia con tono altivo, dejando la taza a medio camino.
—Te entiendo, hermana… ?Similia! ?Limpia esto! —ordenó Gremeldia sin siquiera girarse.
Similia asintió en silencio, retirando los platos con manos delicadas. Catherine, sentada a un lado, no dijo nada. Solo observó el trato que recibía Similia, pero su expresión era envuelta en una sombra de desagrado.
—Es una lástima que hayan cancelado el evento. —comentó Cresselia —Realmente quería ver una buena pelea…
Similia tembló. El simple hecho de escuchar a su hermana mayor hablar con desdén la hacía encogerse. Sus manos, aún sosteniendo los platos, vibraban imperceptiblemente.
Entonces, como si una voluntad superior hubiera rasgado los cielos, todos giraron la cabeza al unísono.
Un pilar de luz carmesí se alzó desde el coliseo como un estandarte de juicio divino. La energía que emanaba era tan intensa, tan ajena al mundo conocido, que cada rincón de la academia la sintió. Las clases se detuvieron. Las conversaciones cesaron. Incluso los pájaros enmudecieron ante aquella visión.
En el corazón de la arena, Cáliban se mantenía de pie a duras penas, reuniendo cada fragmento de su voluntad. La energía giraba en torno a él como un vendaval de relámpagos congelados. Su objetivo era arrancar el alma de la diosa con cada fibra de su ser.
El cuerpo de Alec convulsionaba con violencia. Su piel se desgarraba, y su voz, antes suave y firme, se convertía en alaridos desgarradores que hacían eco entre las paredes del coliseo. Madame Lothrim, impotente, sentía su corazón romperse en mil fragmentos.
—?Alec…! —susurró con voz quebrada.
Las venas de Alec se inflaron bajo su piel. Entonces, con un estruendo sobrenatural, una entidad espectral emergió desde su pecho. El espíritu etéreo de la diosa, furioso, envuelto en gritos y sombras. Su forma flotaba como un fuego frío que buscaba escapar al aire.
Los nobles, en las gradas, quedaron boquiabiertos. Algunos dieron un paso atrás. Ninguno de ellos había visto jamás una manifestación tan directa de un alma divina siendo arrancada.
Con rapidez y precisión, Cáliban canalizó toda su energía hacia la carta. Esta resplandeció, y la diosa fue absorbida con un chillido estridente, quedando encerrada en su interior como una fiera enjaulada.
Alec cayó inconsciente. La pelea había terminado.
Cáliban, tambaleante, luchó por no desplomarse. Entonces, una mano firme lo sostuvo. Lord Xander apareció junto a él, ayudándolo con cuidado.
—?Vaya, vaya! Este sí que es un resultado que no esperaba. —dijo el director, entrando a la arena con una sonrisa ambigua.
—?Alec! ?Alec! —gritó Madame Lothrim mientras corría hacia él. Se arrodilló a su lado, acariciando su rostro.
—Está vivo… pero apenas.
Los nobles comenzaron a descender, sus rostros eran máscaras de incredulidad.
—??Qué clase de poder era ese?! ?Director, estoy seguro de que es un infiltrado!
—?Director, esto es inaudito!
—?Sí! ?Es imposible que un joven sin experiencia derrote a un enemigo con el doble de su fuerza! ?Esto es una burla!
El ce?o de Lord Xander se marcó, incómodo por sus palabras. Incluso el director frunció los labios, molesto por no haber previsto este desenlace.
Pero antes de que pensaran en cómo manipular la situación, la voz de Cáliban se alzó, clara y decidida:
—?Director! Gracias a su guía… he logrado exorcizar al espíritu maligno que poseía a Alec.
La reacción fue inmediata. El murmullo entre los nobles se multiplicó. Los ojos del director se entrecerraron, analizando la jugada. Xander entendió de inmediato. Dio un paso al frente y a?adió con tono solemne:
—Así es. Ha sido gracias a la tutela adecuada… y al coraje de este joven.
El aire se llenó de una tensión distinta. Ahora la narrativa estaba en sus manos.
—?Gracias una vez más, director! —exclamó Xander —Si no le hubiera prestado parte de su poder a mi hijastro para ganar la batalla y salvar a Alec… ?El plan de los atacantes habría tenido éxito! Gracias a su sabiduría, la academia y la organización entera se han salvado de caer en las garras del enemigo.
Hubo un silencio tenso. Los nobles se miraron entre sí, confundidos al principio, intentando atar cabos. Pero las palabras de Cáliban, reforzadas por el renombre de lord Xander y la falta de una explicación lógica alternativa, se arraigaron con rapidez en sus mentes. No tardaron en aceptarlo.
—Así que todo fue gracias al director… —murmuró uno.
—Ya veo… si Alec estaba poseído, entonces los atacantes realmente intentaban infiltrarse desde dentro… —a?adió otro, ajustando su capa con una preocupación fingida.
Lord Tyrion, un hombre corpulento de barba trenzada, asintió con entusiasmo, con los ojos brillando como si todo cobrara sentido.
—?Ah! Entonces era parte del plan del director. Realmente hace honor a su título de “Gran Sabio”…
El director esbozó una sonrisa casi diplomática mientras se acariciaba lentamente la barba. Por dentro, sin embargo, su mirada perforaba a Cáliban con una furia contenida. Aquel joven acababa de arrebatarle la oportunidad de manipular los hechos a su favor, destruyendo su maniobra política con apenas unas frases.
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?Maldita sea… supongo que no se puede hacer nada. Me tendré que conformar con el alma de la diosa…? —pensó, ocultando su rabia tras una expresión neutra
—Está bien, está bien… —dijo al fin, levantando las manos con fingida modestia —No es necesario hacer tanto escándalo por ello…
Su voz era medida, pero por dentro hervía.
—Lo primero que debemos hacer ahora es examinar el cuerpo de Alec. —a?adió, girándose hacia él con lentitud —No sabemos qué efectos colaterales puede haber dejado esa… posesión.
Se arrodilló junto al cuerpo del joven, colocando una mano sobre su pecho, sus dedos fueron envueltos en un leve resplandor. Intentaba sentir lo que quedaba de la esencia de la diosa, rastrear aquel poder abrumador que hasta hace poco lo había invadido todo.
Pero no había nada. Ni un rastro. Ni una chispa. Como si hubiese sido borrada de la existencia. Sus ojos se entrecerraron. Una gota de sudor descendió por su sien.
?No puede ser… ?Dónde está? ?Cómo pudo desaparecer de repente…??
Su mirada se clavó en Cáliban.
—Jovencito… el espíritu… ?Dónde está?
Cáliban mantuvo su postura, con un poco de cansancio y pesar en el rostro.
—Se me ha escapado, se?or… lo siento. Mi voluntad no fue lo suficientemente fuerte como para retenerla…
—Ya veo… —murmuró el director con una sonrisa leve, casi imperceptible.
Pero en su interior, dudaba. No creía del todo las palabras de Cáliban. Sabía que el muchacho ocultaba algo, lo sentía en cada gesto, en cada pausa calculada. Sin embargo, iniciar una confrontación en ese momento, con los nobles atentos, con la atención de la élite encima, sería un error estratégico.
Todavía no era el momento.
—Entonces… ?Qué harás con Alec?
Cáliban bajó la mirada hacia el cuerpo inmóvil de su enemigo. La respiración de Alec era apenas perceptible, su rostro estaba pálido como el mármol.
—Le dejaré el castigo a Madame Lothrim.
—??Qué…?!
Una voz quebrada por la indignación se alzó desde la entrada de la arena. Nhun, que había corrido hasta allí tras notar que Cáliban no había ejecutado la sentencia, se detuvo con los ojos desbordando rabia.
—??Vas a dejarlo vivir?! —gritó, dando un paso al frente —?Después de todo lo que hizo!
—Nhun… —respondió Cáliban con voz firme, sin levantar la voz. —Esto… ya ha terminado.
Sus ojos la miraban con gravedad. No con frialdad, sino con un cansancio que calaba hasta los huesos.
—Pero… —intentó protestar, temblando.
—El cuerpo de Cecilia necesita atención. —a?adió con suavidad —?Vas a dejarla sola… en ese estado?
Sus palabras eran como una daga en el centro de su pecho. Mencionarla así, con ese tono, removía todo lo que había contenido.
Nhun apretó los pu?os. Su mirada oscilaba entre el odio y la culpa. Tenía tanto que decir, tanto que gritar… pero el rostro de Cecilia se interponía como un escudo contra su furia. Finalmente, dio media vuelta y salió corriendo, sus lágrimas cayeron en silencio, sin dejar espacio para más palabras.
El gremio, atento, giró sus miradas a Cáliban.
—Vayan con ella… —ordenó con voz apagada —Yo estaré bien.
Todos asintieron, aunque con evidente preocupación, y se apresuraron a seguirla. Cáliban respiró hondo. Sentía como su cuerpo cedía, como cada músculo temblaba al borde del colapso. Pero se negó a caer. No todavía.
El director, de pie, observó la escena con sumo detalle. Analizaba, evaluaba y calculaba. Cada reacción, cada mirada. Quería arrancar a Cáliban de ese lugar. Llevarlo a un rincón oscuro donde pudiera forzarle la verdad. Odiaba las variables fuera de su control… y ese muchacho se había convertido en la más peligrosa.
Pero actuar ahora… sería desastroso. No tenía más opción que esperar.
—Ya que así lo has decidido… —murmuró Kasus, con los brazos cruzados y la mirada fija en Valeria.
Aunque su tono era contenido, sus ojos ardían con una ira pasiva apenas disimulada.
—A pesar de ser una “víctima”… Alec tendrá que rendir cuentas.
Valeria Lothrim no respondió. Sabía exactamente lo que el director insinuaba, y no tenía fuerzas para discutirlo. Su rostro, endurecido por el dolor y el orgullo, apenas asintió en silencio. La herida en su costado ardía, pero más le dolía la energía corrupta que aún palpitaba en su interior, con aquel fulgor púrpura que parecía negarse a morir.
—Llévenlos al hospital. —ordenó el director con voz áspera, dándose la vuelta. Se alejó sin más palabras, aunque la irritación se dibujaba con claridad en la rigidez de sus hombros.
Loana se inclinó y recogió a Alec con cuidado, sosteniéndolo como si fuera de cristal. Antes de marcharse, tanto ella como Valeria dedicaron a Cáliban una mirada compleja… una mezcla de agradecimiento, respeto y una pizca de temor.
Cáliban no dijo nada. Apenas asintió, incapaz ya de sostenerse por sí mismo. Xander se acercó y lo sostuvo, alzándolo con esfuerzo.
—Parece que esta vez te has excedido, muchacho…
Cáliban jadeaba. Su respiración era pesada y entrecortada. El ardor en sus músculos era insoportable, y la oscuridad le comenzaba a cerrar los párpados.
—Olvídalo… —susurró. Luego, con esfuerzo, extrajo de su anillo la carta negra, ocultandola en la camisa de Xander.
—Llévala a la cueva. —dijo en un susurro —Que aguarde ahí… hasta que despierte…
Xander tomó la carta con solemnidad. En su superficie, el emblema de la calavera brilló levemente.
?Xander antes de caer… necesito decirte algo… el director… él es…?
Y en ese instante, luego de confesar aquel profundo secreto, Cáliban cayó sumido en un sue?o profundo, sin fuerzas para resistir más. Xander sostuvo su cuerpo, abrumado por la noticia que acababa de recibir.
Las noticias no tardaron en extenderse por la academia. Un culto de fanáticos, seguidores de una deidad olvidada, había intentado destruir todo lo que representaban. La amenaza había sido contenida, y la academia salvada. Sin embargo, el caso de Alec fue silenciado cuidadosamente, a cambio de costosos favores y bienes entregados a las familias nobles.
Nada era gratuito en aquel mundo.
Horas después…
En el castillo celestial de Cáliban, Xander caminaba por los pasillos silenciosos, cargando el cuerpo de su se?or. Lo depositó con suma delicadeza en las aguas termales del santuario, cuyo vapor perfumado parecía envolverlo en un manto de calma. Cáliban no se movía. Su rostro, pálido y relajado, flotaba apenas sobre la superficie.
A su lado, Bardrim apareció con paso firme.
—?Qué sucedió ahí afuera? —preguntó con voz grave.
Xander no respondió al instante. Sus ojos se perdieron en el reflejo del agua.
—Maestro herrero… ?Cómo se encuentran sus heridas?
Bardrim levantó un brazo, flexionando los músculos con lentitud. La piel aún mostraba cicatrices recientes.
—?Este lugar es una maravilla! —exclamó Bardrim, mientras se acomodaba entre las aguas termales —A pesar de que mis heridas no se han cerrado del todo, el dolor y la fatiga han desaparecido. Me siento joven otra vez…
Se recostó con los ojos entrecerrados, dejando que el vapor acariciara su piel. Pero dentro de él, persistía un pensamiento sombrío.
?Las pastillas adormecen el dolor… pero estas aguas… estas aguas tienen un efecto a un más grande…?
Por un instante, su mente se liberó de la sombra de su enfermedad. Así que respiró profundo.
—Por cierto… —interrumpió Xander, sacándolo de sus pensamientos —?Dónde está Lidia?
El maestro herrero exhaló con lentitud, bajando la mirada.
—Se culpa de todo lo que ocurrió. —respondió con pesar —En cuanto nos trajo aquí, se encerró en su habitación… no ha salido desde entonces.
Xander asintió en silencio. La conocía demasiado bien. Sabía que su consuelo sería inútil en ese momento. Algunas heridas, por profundas, no sanaban con palabras. Aun así, no podía quedarse quieto. Mientras su se?or dormía, aún tenía tareas que cumplir. Se levantó, cruzó el pasillo de piedra del castillo, y se dirigió hacia la salida. Su andar era recto y decidido.
Joseph y Reinhard lo vieron alejarse, dirigiéndose hacia el bosque, y no dudaron en seguirlo.
—Lord Xander, ?A dónde se dirige? —preguntó Reinhard.
Xander los miró de reojo. Su expresión era firme, su voz, inquebrantable bajo el peso del dolor provocado por aquella entidad.
—Voy a darle un castigo digno a ese espectro... Cáliban me lo ha ordenado.
Ambos intercambiaron una mirada breve, para después abandonar su ida a las aguas termales. Pero antes de poder responder, se escucharon pasos apresurados.
Desde una habitación lateral, las chicas aparecieron. Cecilia, aún inmovil, había sido traída al castillo. Nhun no se había separado de su lado en ningún momento, sollozando, maldiciendo y aferrada a los retazos de lo que quedaba.
Pero al oír las palabras de Xander, su mirada se alzó con súbito interés. Sus ojos, rojos por el llanto, ardían con una intensidad callada.
—?Qué castigo le darás? —preguntó con voz ronca —?Cómo lo harás?
Xander la miró. Sintió el vacío en sus pupilas, en ellas estaba el peso de una ni?a que había perdido demasiado en muy poco tiempo. No tuvo el valor de rechazarla.
—Si quieres saberlo… sígueme.
Y sin a?adir más, reanudó su camino hacia la cueva.
Nhun dio un paso al frente sin pensarlo dos veces. No había dudas ni titubeos en su andar. Ella quería ver justicia… o venganza. Para ella, eran la misma cosa. Quería presenciar con sus propios ojos el destino de la mujer que le había arrebatado a su familia, que había envenenado la vida de aquellos que amaba.
Las demás chicas la siguieron, silenciosas pero no menos cargadas de emociones. Había una furia contenida en cada una de ellas, especialmente después de ver que Cáliban había perdonado la vida de Alec. No entendían sus razones… tampoco podían olvidar.
Todos caminaron en formación cerrada por el bosque, sus pasos apenas eran audibles sobre la tierra húmeda. A medida que se adentraban, el entorno cambiaba. Los árboles se volvían más retorcidos, sus ramas parecían garras apuntando hacia el cielo, y la luz de los relámpagos se desvanecían poco a poco.
—?Soy yo… o este lugar se vuelve más tétrico con cada paso? —comentó Dimerian, con un escalofrío en la voz.
Joseph no respondió de inmediato. Elizabeth, sin apartar la vista del camino, se acercó a él.
—?Aquí fue donde sucedió?
Joseph asintió con gravedad.
—Sí. La cueva de las Revelaciones… no subestimen este lugar. Cuando Cáliban me habló de él por primera vez, pensé que exageraba. Fui incrédulo… y lo pagué caro. A pesar de que ya me he recuperado, no es un lugar que se deba tomar a la ligera.
El tono de su voz y la sombra que cruzó su rostro provocaron un silencio inmediato. Un escalofrío recorrió la columna de varios del grupo. Dimerian tragó saliva con dificultad, arrepintiéndose de haber venido.
La única que no prestó atención fue Nhun. Seguía los pasos de Xander con los ojos clavados en su espalda, como si el mundo a su alrededor se hubiera difuminado.
Finalmente, el bosque se abrió hacia una monta?a de piedra oscura. Ante ellos, una entrada ciclópea se alzaba… o lo que quedaba de ella. La puerta, anta?o sólida e imponente, yacía en ruinas. Grandes fragmentos de piedra estaban esparcidos como si una fuerza ancestral la hubiese hecho a?icos.
—?Qué pasó aquí? —preguntó Astrid, inspeccionando los restos.
—Cáliban la destruyó cuando Joseph quedó atrapado… —respondió Xander, sin detenerse.
Sacó de su ropa una carta negra, su superficie brillaba con destellos violáceos, como si respirara. En cuanto fue expuesta, una carcajada femenina, profunda y burlona, retumbó por todo el bosque.
—?Libérame! —clamó una voz desde la carta, con un tono seductor y autoritario —Libérame… y te entregaré la llave de la magia antigua. El poder será tuyo… si me dejas ir.
Xander frunció el ce?o. No respondió de inmediato. Luego, con firmeza, habló:
—Ya hemos visto lo que el poder que ofreces puede hacer… engendro.
—?Ja! —la risa de la diosa resonó desde la carta como un eco venenoso —?Y prefieres confiar en él? ?Los está usando! Cuando menos lo esperen… los apu?alará por la espalda. Es lo que hacen los mentirosos disfrazados de salvadores.
Xander sonrió con serenidad, sin ceder ante la provocación.
—Un fútil intento por sembrar el caos. —respondió con tono firme —Sacrificaste la vida de una ni?a inocente, permitiste la muerte de tus fieles como si fueran ceniza, y lo peor de todo… es que ni una sola vez mostraste empatía o amor por quienes te adoraban. En lo que a mí respecta… no eres más que un monstruo.
Por unos segundos, la diosa guardó silencio. Sabía que con él no lograría nada. Así que cambió de estrategia.
—Oye… ni?a. —dijo con voz seductora, como un susurro en el oído de Nhun —Esa chica… Cecilia, ?Verdad? Era importante para ti… puedo traerla de vuelta. Con un solo gesto. Si me liberas…
Nhun se tensó. Su mirada tembló por un instante. El corazón le dio un vuelco. Xander apretó los dientes. Estaba por hablar, pero fue Joseph quien alzó la voz primero, firme y urgente:
—?No le creas, Nhun! Esa cosa usa rituales oscuros y profanos. Lo vimos con nuestros propios ojos. Cuando Lord Xander capturó a la chica que intentó darte ese anillo maldito… ella… ya no era humana. Era un experimento de sufrimiento. La diosa la convirtió en una bestia… solo para sus planes retorcidos.
Nhun tragó saliva. Los recuerdos le vinieron como golpes a la mente. La mirada compasiva de la chica, el frío del anillo maldito, y la presencia salvadora de Cáliban. La ira ardió en sus venas. Su respiración se agitó. Sus ojos, húmedos por el llanto contenido, ahora brillaban con odio.
—?Te gusta jugar con las vidas de los demás? —dijo con los dientes apretados —Entonces prueba esto, perra.
Sin dudarlo, Nhun tomó la carta y la arrojó hacia la cueva. Esta pareció abrirse como una boca hambrienta, succionando el artefacto maldito con un rugido sordo. Las puertas de piedra comenzaron a recomponerse lentamente, encajando como un mecanismo antiguo que volvía a sellarse.
Por un instante, reinó el silencio. Un silencio tan pesado, tan inquietante, que hizo tensar los músculos de todos.
—Joseph… ?Estás seguro de que…?
Y entonces, desde el interior de la cueva, un grito desgarrador se alzó como una llamarada de horror. La voz de la diosa no era ya orgullosa ni desafiante. Era puro dolor, súplica y desesperación. A pesar de no tener cuerpo, el sufrimiento se hacía palpable, rasgando la quietud del bosque.
Xander asintió, solemne, mientras sus ojos brillaban con una chispa de orgullo.
—Muy bien, ni?os… —dijo, girándose con paso firme —Es hora de volver.
El grupo abandonó el bosque en silencio. La tensión aún se sentía en el aire, como una sombra persistente. Elizabeth, en especial, no podía dejar de estremecerse. Su oído agudo de vampiro captaba todavía, a lo lejos, los gritos apagados de la diosa condenada en la cueva. Ese sonido la perseguía, como un eco lejano que rasgaba el alma.
Y entonces, sin quererlo, un recuerdo se abrió paso en su mente. Uno que había enterrado con esfuerzo durante a?os.
La matanza de Rosengard.
Una visión fugaz la atravesó. Recordó los cuerpos, el fuego, el olor metálico de la sangre y los gritos de los suyos. Cerró los ojos, intentando contener el escalofrío que le recorría la columna. No era momento para flaquear.
Una vez en el castillo, todos fueron llamados por Lord Xander a la mesa principal del salón de guerra. El ambiente estaba cargado, tenso. Las chicas aún conservaban la ropa rasgada y los rostros marcados por el esfuerzo. Y Lidia… seguía sin aparecer. Xander, aunque preocupado, decidió no forzarla. Sabía que cada persona enfrentaba el dolor a su manera.
Con todos en sus asientos, fue Bardrim el primero en hablar, cruzándose de brazos con el ce?o fruncido.
—Bueno… ?El mocoso te dijo qué es lo que pasaría ahora?
Xander asintió, su expresión se endureció.
—Sí. Antes de desmayarse, me reveló, mediante un mensaje telepático, algo que podría cambiar todo. Me confesó… la identidad del Soberano del Padre sin Forma.
El silencio cayó como un manto pesado.
—Espera, espera, espera… —interrumpió Juliana, alzando una mano —?Hay otro culto?
—Me temo que sí. —dijo Xander con gravedad —Ahora que el culto de la Diosa de la Mirada Triste ha sido eliminado… todavía quedan otras cinco sectas activas. Todas ellas… buscan las llaves para abrir el portal.
Juliana bufó, visiblemente irritada. Astrid, por su parte, habló con una voz suave, pero cargada de ansiedad.
—?Y qué buscan exactamente? ?Qué quieren de nosotras?
Xander bajó la mirada, meditativo. Por una vez, no tenía una respuesta clara.
—Temo que esa es una pregunta para la que aún no tengo respuesta. Tendrán que esperar a que nuestro se?or despierte…
—?Y eso cuándo será? —preguntó Adelina, preocupada —?Cuánto tiempo más estará dormido el jefe?
—Su cuerpo, espíritu y mente han sufrido un desgaste extremo. —respondió Xander —Temo que tardará algunos días, quizás más. Por ahora, necesito que mantengan un perfil bajo. No podemos permitir que ninguna de ustedes caiga en manos del enemigo… y mucho menos… del director.
Al escuchar esas palabras, Bardrim alzó una ceja con curiosidad.
—?Por qué? —preguntó Bardrim, sin poder contenerse —?Qué tiene que ver el director con todo esto?
Xander bajó la mirada. Respiró hondo, con una pesadez que parecía llevar a?os acumulándose en su pecho. Como uno de los pocos que había conocido a Kasus desde sus días de juventud, no pronunciaba aquellas palabras a la ligera.
—Porque él… —dijo con voz grave —es el Soberano del Padre sin Forma.
La sala quedó en silencio absoluto.
El aire se volvió denso, casi irrespirable. El rostro de todos reflejaba una mezcla de incredulidad, miedo y rabia contenida. La revelación cayó como una losa sobre la mesa, oscura y definitiva.
Mientras tanto, en el despacho privado del director, la atmósfera era distinta, pero no menos tensa.
Kasus caminaba lentamente entre sus estanterías, deteniéndose frente a su escritorio. Sus ojos recorrían los documentos, los mapas, los símbolos cuidadosamente marcados con tinta roja. Todo parecía en orden… y sin embargo, algo no encajaba.
??Dónde fallé? El plan era perfecto… sin márgenes de error…?
Apretó el pu?o con tal fuerza que la madera crujió bajo su palma. Sus nudillos palidecieron. Su mandíbula se tensó.
Fue entonces cuando, desde las sombras, surgió una figura. Una mujer alta, envuelta en un velo negro, con una marca arcana sobre el pecho. Era una de sus sacerdotisas más leales.
—Mi se?or… —dijo con voz suave pero firme —el operativo ha sido un éxito en la sede central del culto rival. Los informes lo confirman. El culto de la diosa corrupta ha sido exterminado por completo.
Kasus apenas asintió, sin disimular su frustración.
—?Ocurre algo, mi se?or…?
—No importa. —respondió él, agitando la mano como si espantara un pensamiento molesto —?Algo más?
—Sí, se?or. Aunque nos tomó tiempo… encontramos al objetivo. Había estado huyendo alrededor del continente. Finalmente lo atrapamos en el Coliseo de la isla Primum. Estaba a punto de embarcar hacia la Atlántida.
Chasqueó los dedos. Al instante, otra figura emergió de la nada, como si hubiera estado allí todo el tiempo, oculta por un encantamiento. En sus brazos arrastraba a un hombre harapiento, amarrado de pies y manos.
El prisionero fue arrojado al suelo como un saco sin valor. Su respiración era errática, su rostro, sudoroso y demacrado. La magia que sellaba su boca fue desactivada con un gesto de Kasus.
—Yo… yo… yo le juro que no he hablado… ?Lo juro! —balbuceó , tembloroso como una vela al viento.
Sin decir una palabra, el director agitó un dedo con pereza. Una mano hecha de maná puro emergió en el aire y lo abofeteó con fuerza, cortando su discurso de raíz.
El hombre cayó de costado, aturdido.
Kasus, con la frialdad de un verdugo, caminó hacia su escritorio y se sentó con calma, cruzando las piernas. La mirada que posó sobre el prisionero era helada, vacía de misericordia.
—Hace meses… les di una tarea simple. —dijo el director, su voz era tan serena que helaba el aire —Capturar a Cecilia Thorm con vida.
Se inclinó hacia adelante. Una tenue luz arcana se encendió en sus ojos, ba?ando su rostro con un resplandor ominoso.
—No había guardias fuertes, incluso les facilité una distracción para apartar al capitán de los caballeros y darles tiempo… así que dime…
Sus dedos golpearon la madera con lentitud, marcando un ritmo inquietante.
—?Cómo es que un grupo de bandidos, enfrentándose solo a unos ni?os… fue incapaz de cumplir una orden tan básica?
El hombre, todavía de rodillas, sudaba frío. Su cuerpo temblaba visiblemente, la voz le temblaba como una hoja sacudida por el viento.
—?No fue culpa nuestra, se?or! —balbuceó, intentando justificarse —?Ese ni?o… él apareció de la nada! ?Comenzó a matarlos sin piedad y...!
Kasus lo interrumpió con un gesto de la mano.
—Esa es la cuestión que me interesa. —dijo con frialdad —Cuéntamelo todo. Si omites un solo detalle… si me mientes, aunque sea en una palabra… será lo último que hagas.
El bandido tragó saliva con dificultad, incapaz de sostenerle la mirada. Su voz era frágil, como si cada sílaba fuese un peso.
Relató lo ocurrido. Cómo aquel ni?o, ese tal Cáliban, no se comportaba como un novato. Poseía la mirada, la destreza y la decisión de un guerrero experimentado. Se movía como un vendaval, silencioso y letal, degollando a cada uno de sus hombres sin piedad. Nada en él encajaba con un huérfano cualquiera. Solo su líder había logrado detenerlo brevemente… y aún así, fue vencido tras la llegada del capitán de los caballeros.
El director escuchó cada palabra sin interrumpir. Su expresión era neutra, casi vacía, pero por dentro, su mente giraba con rapidez. Cuando el relato terminó, guardó un largo silencio.
—Ya veo… así que fue así como ocurrió…
El bandido, esperanzado por el tono calmado de la respuesta, se atrevió a implorar.
—P-por favor… déjeme ir… ?Le juro que no hablaré! ?Yo solo-!
?Crack!
Con un sutil movimiento de dedos, una onda de maná comprimida le quebró el cuello. El cuerpo cayó inerte al suelo.
Kasus suspiró con fastidio.
—No tengo paciencia para los inútiles…
La sacerdotisa observaba en silencio desde las sombras. Entonces preguntó:
—?Desea que actuemos, mi se?or? ?Debemos ir por el ni?o?
Kasus agitó la mano con pereza. Una negativa simple, pero absoluta. Ella comprendió. Hizo una reverencia silenciosa y abandonó la oficina. Sabía que su se?or no deseaba ser molestado.
El aire en la estancia se había vuelto denso… Kasus se acercó a la ventana. Desde la torre más alta del distrito Delion, contempló las nubes cruzando el cielo gris, como si buscaran escapar.
?Si negaba tener relación con él… los nobles no me habrían creído. Habría perdido su favor. Habría quedado como un director incapaz de controlar su propia academia…?
Cerró los ojos por un momento, reprimiendo la rabia que lo quemaba por dentro.
?Pero al seguir su juego, ese maldito joven salvó la vida de Alec, restauró la imagen de Valeria y, de paso, me hizo quedar como un estratega sabio y visionario ante los nobles…?
Sus dedos se apretaron tras la espalda.
?Una jugada sin pérdidas para nadie… eso no me agrada.?
La luz de sus ojos volvió a encenderse, esta vez te?ida de un negro imperceptible.
?Joven Cáliban… no me gusta ser utilizado en los planes de otros…?

