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Capítulo 119: Laboratorio secreto

  La noche cayó silenciosa sobre la academia, como un velo oscuro que ahogaba cada rincón con su peso helado. El viento ululaba entre los torreones abandonados, arrastrando murmullos antiguos que parecían surgir de las piedras mismas. En algún lugar oculto, más allá de los jardines olvidados, detrás de las puertas selladas por el tiempo y el olvido, cuatro figuras descendían por una escalinata tallada en la roca viva. Escaleras que se perdían en la penumbra, suspendidas sobre un abismo de sombras infinitas.

  Los agentes caminaban en fila, envueltos en capas oscuras. Sol, Luna, Mar y Tierra. Cada paso resonaba como un eco solemne en aquel silencio sagrado. Al final del descenso, una bóveda de piedra se abría ante ellos. Una cripta perdida bajo la fundación original de la academia, donde ni siquiera la historia se atrevía a mirar.

  Un mural cubría la pared del fondo, tallado con una precisión sobrenatural. Las figuras, aunque erosionadas por el tiempo, recordaban claramente a aquel que descubrieron en la cueva de la puerta dorada. Tenía el mismo símbolo central. El mismo resplandor invisible que parecía pulsar desde la piedra misma. Pero no era lo más perturbador.

  En el centro de la sala, una figura metálica permanecía erguida e inmutable. Una marioneta de aspecto ancestral, forjada en un material que ningún mortal reconocería. Luces rúnicas olvidadas recorrían su torso, y sus ojos, apagados al principio, parpadearon súbitamente con un fulgor azul, como si despertara de un letargo de siglos.

  —Informenme… —dijo con voz robótica, hueca y desprovista de toda emoción —?Se ha cumplido lo que he dictado?

  El silencio duró unos segundos largos, densos como la piedra que los rodeaba. Entonces, el agente Luna avanzó un paso y se quitó la máscara. Bajo la capucha surgieron las facciones duras del profesor Yannes.

  —No, mi se?or… —dijo con voz firme, aunque con una sombra de duda —Usted tuvo razón, y al mismo tiempo, no. Tal como predijo, algo iba a suceder… pero no sucedió como en su visión.

  —La escena que nos mostró… —a?adió el agente Sol, retirándose la máscara. Era la profesora Rain, cuyos ojos azules brillaban con la inquietud de quien ha presenciado lo imposible —Alec no fue consumido… y la academia no fue destruida. No hubo sangre en los distritos, ni lamentos en los cielos.

  —El culto… —terció el agente Mar, mostrando el rostro del profesor Truman, con una expresión de desconcierto —Aquel que debía expandirse como una plaga... fue aniquilado antes de surgir. No tenemos explicación.

  Finalmente, el agente Tierra se quitó la máscara con un gesto pausado. La profesora Zabilyx dio un paso al frente, su voz baja y serena contrastó con la tensión del momento.

  —Maestro… algo interfiere en las líneas de causa y efecto. Usted vio un futuro que ya no existe. ?Está seguro de que no puede ver más allá?

  La marioneta emitió un chirrido profundo, como si sus engranajes internos se lamentaran.

  —No… —dijo lentamente —No importa cuánto lo intente. No puedo ver el destino de esa persona. Hay un vacío… una oscuridad sin forma. Parece que el Cáliban está desligado del tejido del destino. No pertenece al orden… ni al caos. Está fuera.

  Giró su cabeza con un esfuerzo mecánico hacia el mural. Las luces de sus ojos parpadearon débilmente.

  —Una variable incontrolable… tal vez, justo lo que necesitamos. Vigilen al muchacho. No permitan que el impostor lo toque. él es… crucial. Por el bien del mundo, debemos protegerlo a toda costa.

  Los cuatro agentes se arrodillaron al unísono ante la figura inerte del autómata. Sus capas rozaron el suelo polvoriento, y sus voces resonaron como un trueno sagrado en la bóveda silenciosa:

  —?Sí, Lord Kasus!

  Los ojos de la marioneta brillaron con una última descarga de luz azul al recibir la confirmación. Luego, como si se desactivara una voluntad antigua, las luces se apagaron lentamente y el cuerpo volvió a su quietud metálica. El eco de su nombre aún flotaba en el aire, como si la piedra misma lo susurrara.

  A mucha distancia de allí, bajo el resguardo de las enfermeras nocturnas y los pasillos iluminados por faroles mágicos, en una habitación del hospital de Hilloy, una figura se agitaba con incomodidad. El sudor le perlaba la frente y su respiración era irregular. Sebastián Thorm dormía entre espasmos, envuelto en sábanas empapadas por la fiebre. Su herida, aún sin cerrar del todo, palpitaba como si algo oscuro latiera en su interior.

  Debajo de sus párpados cerrados, los ojos se movían frenéticos, atrapados en un mundo entre la conciencia y el delirio. Y en ese abismo, una voz suave, envolvente como una brisa cálida, se filtró entre su tormento:

  —Sebastián…

  él conocía esa voz.

  La imagen vino como un relámpago en la oscuridad. Recordó un cuarto iluminado por velas temblorosas, el olor de hierbas y sangre, los gritos de una mujer que luchaba contra la muerte misma.

  Abril. Ella estaba allí, postrada en una cama de madera antigua, con las sábanas empapadas de sudor y sangre. Sus piernas temblaban por el esfuerzo, y sus manos, crispadas, se aferraban con desesperación a la de él. Sebastián le hablaba, la animaba con voz entrecortada, pero sus ojos estaban cargados de miedo.

  —Estoy aquí, amor… estoy contigo…

  Abril pujaba con todas sus fuerzas. El dolor era una ola interminable, un fuego que subía desde su vientre hasta quemarle el alma. La sangre fluía incesante entre sus piernas, ti?endo las sábanas de un rojo que no parecía tener fin. Frente a ella, una anciana sirvienta de la casa, curtida por los a?os y la experiencia, oficiaba como partera. Su voz firme cortaba el aire.

  —?Vamos, se?ora! ?Ya puedo verla! ?Una vez más, empuje con todo lo que tenga!

  Abril soltó un grito desgarrador y pujó. Lo hizo con cada pedazo de vida que le quedaba, con el deseo único de ver el rostro de su hijo, aunque fuera solo una vez. El mundo pareció detenerse.

  Entonces, el grito de un recién nacido llenó la habitación.

  La tensión se rompió. Abril, jadeante, dejó caer la cabeza sobre la almohada, mientras las lágrimas se mezclaban con su sudor. El dolor no había desaparecido del todo, pero había sido desplazado por algo más grande.

  —Felicidades, mi se?ora… —dijo la partera con una sonrisa temblorosa, mientras envolvía al bebé en una manta —Es una ni?a… saludable y hermosa.

  Con manos temblorosas, la mujer colocó a la ni?a en el pecho de su madre. Abril la miró con una mezcla de asombro y alivio. El bebé respiraba con fuerza, con los ojos entrecerrados, dando patadas con sus peque?os pies. Su piel tibia llenaba de calor la suya. Sebastián se inclinó sobre ambas, con lágrimas deslizándose por sus mejillas.

  —Es… es hermosa, mi amor… —susurró con la voz quebrada —?Cómo le pondremos?

  Abril no podía hablar con claridad. Sus labios temblaban, su cuerpo aún era prisionero del agotamiento. Pero en medio del suspiro, una palabra escapó de su boca, suave como un soplo de viento:

  —Ce… Ceci…

  —Cecilia. —dijo Luna con suavidad, apareciendo al lado de la cama como una sombra silenciosa que se fundía con la penumbra —Es lo que intenta decir.

  Sebastián levantó la mirada, sorprendido por la presencia de la joven, que hasta entonces se había mantenido en un rincón, en silencio, como si el dolor de su hermana le impidiera acercarse. El nombre resonó en su mente con una fuerza inusitada.

  —?Significa algo… para ella? —preguntó él, observando cómo Abril apretaba débilmente los dedos en torno a la peque?a.

  Luna asintió, manteniendo ese rostro imperturbable que siempre mostraba al mundo. Pero algo distinto brillaba en sus ojos esta vez. Había una chispa, un temblor casi imperceptible en su voz.

  —Cecilia… era el nombre de una mujer que dirigía un orfanato para los hijos olvidados de la guerra. Era una viuda noble. Usó su fortuna, su casa, su vida entera… para salvarnos. Nosotras crecimos allí. Entre muros fríos y camas compartidas… ella fue lo más parecido a una madre que tuvimos. Nunca nos trató como una carga. Nunca dejó de mirarnos como hijas… hasta el final.

  Sebastián guardó silencio. Las palabras de Luna perforaron algo profundo en su pecho. Miró a la peque?a criatura entre sus brazos, tan frágil, tan perfecta, y comprendió de inmediato por qué aquel nombre había sido elegido.

  —Cecilia Thorm… —repitió en voz baja, probando el sonido con ternura —Es un nombre hermoso. ?Qué opinas, mi amor?

  Abril apenas pudo asentir. Sus ojos, cansados y velados por la fiebre del esfuerzo, no se apartaban del rostro de su hija. Sebastián se inclinó, con suma delicadeza, y colocó a Cecilia entre sus brazos. La recién nacida emitió un suave gemido, acomodándose contra el pecho de su madre, reconociendo con sus peque?os sentidos el calor que le era más familiar.

  La manita de Cecilia se alzó lentamente y tocó la mejilla de Abril. Un roce breve, torpe, pero suficiente para que los ojos de la madre se llenaran de lágrimas. Acarició con la yema de sus dedos la piel de su hija como si quisiera grabar su existencia en su alma.

  —Hija mía… —susurró Abril, con la voz rota apagándose a cada momento —Por favor… perdona a tu madre… por no poder quedarme contigo…

  El tono de sus palabras heló la sangre de Sebastián. Se inclinó más cerca, con el rostro contraído por el miedo.

  —Querida… ?Qué estás diciendo? No… no hables así…

  Pero Abril no permitió que la interrumpiera. Aquella era su última ofrenda, su despedida.

  —Te espera una vida difícil… llena de oscuridad, quizás… —continuó, con un hilo de voz —Pero debes perdurar… por favor, aguanta… recuerda siempre que mamá te ama… con todo su corazón…

  Con un último esfuerzo, extendió su mano y rozó la mejilla de Cecilia. Una caricia que temblaba como una vela en su último aliento. La ni?a gimió suavemente, como si intuyera la urgencia del momento.

  —Eres tan bella… —murmuró Abril, cerrando los ojos —Tan perfecta… tan inocente…

  Una lágrima solitaria rodó por su mejilla. En ese último instante, vio pasar toda su vida ante sus ojos.

  El abandono en su ni?ez. La sangre en sus manos. Las misiones, los errores, el silencio. Fue huérfana. Fue asesina. Fue lo que el mundo llamó monstruo… y sin embargo, en medio de ese caos, encontró dos faros. El amor incondicional de su hermana, y la paz imposible en los brazos de Sebastián.

  Sintió el calor de la playa donde alguna vez rieron juntos, el peso de una manta compartida en una noche de tormenta, las canciones susurradas en la cocina mientras aún so?aban con el futuro. Sintió la esperanza que brotaba de su vientre, el poder sagrado de dar vida. Sintió, por primera vez en mucho tiempo… plenitud.

  Y fue feliz. Aunque fuera en el último momento.

  Su respiración se hizo más lenta. Usando lo último de su fuerza, Abril alzó a su hija una vez más. El temblor en sus brazos no impidió que la sostuviera con ternura. La miró intensamente, como si quisiera memorizar cada rasgo, cada línea diminuta de su rostro. Luego giró la cabeza con dificultad hacia su esposo.

  —Querido… —murmuró con la voz casi extinguida —por favor… perdóname…

  Sebastián se inclinó de inmediato, sujetando su mano, buscando su mirada. Había angustia en su rostro, pero también confusión, una negación visceral que no le permitía aceptar la realidad que se formaba ante él.

  —?Querida? ?De qué hablas? Yo… —su voz se quebraba entre palabras, pero aún se aferraba a la esperanza —No hay nada que perdonar…

  Pero la luz ya se había apagado en los ojos de Abril. Aun así, su rostro mantenía una sonrisa serena, cálida, como si, en medio de la muerte, hubiera alcanzado una paz que nunca antes conoció. Sentía el calor de su hija contra el pecho, y eso era todo lo que necesitaba.

  —Querida… —la llamó Sebastián otra vez, más alto y urgente —Abril, por favor…

  Se acercó, tratando de encontrar en ella una reacción, un gesto, cualquier se?al de vida. La sacudió suavemente, con una desesperación creciente.

  —No… por favor, no me hagas esto…

  La sala se llenó de un silencio pesado, espeso como la pena que envolvía el aire. El rostro de Sebastián se torció en una expresión de puro sufrimiento. Las lágrimas cayeron en cascada por su rostro. Luna, al otro lado, bajó la mirada. Una lágrima tembló en el borde de su ojo, negándose a caer, hasta que finalmente se deslizó con dignidad por su mejilla.

  —?Despierta! —gritó Sebastián con la voz desgarrada —?Me prometiste que verías a nuestra hija crecer! ??No era eso lo que habíamos acordado?! ??No era ese nuestro futuro?!

  Pero no hubo respuesta.

  Solo el cuerpo inerte de Abril, y el peque?o latido de una vida nueva sobre su pecho.

  El llanto de Sebastián se volvió un gemido quebrado, un lamento que parecía venir del alma misma. Se inclinó, recogió a Cecilia con delicadeza, temiendo da?arla con la fuerza de su dolor. Con el otro brazo, rodeó a su esposa. Abrazo a ambas con todo el cari?o que podía dar. Era la primera vez… y también la última… que las tendría juntas en sus brazos.

  —Al menos… déjame despedirme…

  Y entonces gritó. Un grito seco, profundo. No un rugido de furia, sino uno que rasgó su conciencia. Una mezcla de rabia, impotencia y amor ahogado por la tragedia. El eco del lamento se coló en su subconsciente, tatuándose en su memoria como un juramento silencioso.

  —?AAAH!

  Sebastián se incorporó de golpe en la cama del hospital. Su cuerpo entero temblaba, ba?ado en sudor. Jadeaba, atrapado entre el pasado y el presente. Sus ojos abiertos recorrían la habitación con ansiedad.

  Pero algo no encajaba.

  Intentó llevarse la mano a la frente para limpiarse… y entonces notó que su brazo no estaba.

  La ausencia era un recordatorio brutal de la batalla reciente. De lo que había perdido… y de lo que aún debía proteger. La respiración se le volvió más lenta, pesada, mientras miraba hacia la ventana. La luz del amanecer llenaba la sala con un resplandor dorado, como si el mundo, indiferente a su dolor, intentara empezar de nuevo.

  Fue entonces cuando la vio.

  A su lado, en otra cama, una mujer yacía postrada, inconsciente, con tubos conectados a su brazo. Su rostro, aún pálido por la pérdida de sangre, conservaba la belleza dura y serena de alguien que había resistido todo sin quebrarse.

  —Luna… —susurró Sebastián.

  Se acercó con dificultad, aún aturdido, aún dolido.

  —?Qué sucedió…?

  Sebastián intentó levantarse de la cama, ignorando el ardor en sus músculos y la pesadez de su cuerpo, cuando una enfermera pasó corriendo por el pasillo y lo detuvo con firmeza.

  —Disculpe, se?or… usted no puede-

  —No lo entiende… necesito-

  —Es mejor hacer lo que se le pide, Lord Thorm…

  Una voz distinta interrumpió la escena. Grave, contenida, cargada de cansancio… pero familiar. Sebastián alzó la vista, reconociendo de inmediato al hombre que se aproximaba.

  Lord Xander Ard Hilloy caminó hacia la cama con paso lento pero decidido. Su rostro, normalmente sereno y disciplinado, mostraba esta vez grietas en su compostura. La mirada que le dirigió a Sebastián era la de alguien que deseaba encontrar esperanza… y sólo hallaba dolor. Un reflejo claro de la herida que ambos compartían.

  —Lord Hilloy… ?Qué hace aquí? —preguntó Sebastián, con un nudo en la garganta.

  Xander se detuvo frente a él, y durante unos segundos no dijo nada. Solo suspiró, como si el peso de las palabras fuera demasiado para su alma.

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  —Sebastián Thorm… —comenzó con voz ronca —tenemos que hablar…

  Se sentó junto a la cama. Su noble porte no ocultaba el temblor en sus manos. No era fácil estar allí. No con los recuerdos aún tan frescos. No después de lo que habían perdido. Quiso ofrecer consuelo, quiso decirle que todo tendría sentido. Pero sabía que mentirle sería peor que el silencio.

  Ambos hombres hablaron un largo rato. No fue una conversación fluida. Hubo pausas, silencios incómodos, miradas perdidas. Pero no hacía falta decir todo en voz alta. El dolor de un padre que perdió a su hija, y el de un esposo que perdió a su compa?era, se entendían sin necesidad de palabras.

  Xander no se movió hasta que Sebastián le dio una se?al con los ojos. Cuando la conversación terminó, se marchó sin decir adiós. Pero su paso fue más lento, más pesado. Como si la esperanza que había traído consigo se hubiera esfumado en aquella sala de hospital.

  Mientras tanto, en la sala del Gorrión Dorado, el aire aún olía a ceniza y metal fundido. Las paredes estaban agrietadas, los muebles hechos astillas. El techo tenía un gigantesco hueco por donde entraba la luz del día, y desde el suelo se extendía un agujero negro, profundo, que parecía devorar la poca estabilidad que quedaba en el lugar.

  Dimerian fue el primero en entrar, seguido de Joseph, Reinhard y finalmente Adelina, que los escoltaba con precaución a través del lugar devastado.

  —?Esto lo hizo el líder? —preguntó Dimerian con asombro, observando la magnitud de la destrucción.

  Adelina asintió con una expresión sombría.

  —Su cólera fue... indescriptible. Exhaló todo ese poder como un torbellino de ira y desesperación. Honestamente, aún no entiendo cómo es que sigue vivo después de eso…

  Se acercaron con cuidado, sin tocar nada. El aire estaba cargado, como si la magia aún permaneciera suspendida, a punto de estallar otra vez.

  Adelina desvió la mirada hacia Joseph. Había estado inquieta desde el suceso, intentando encontrar una respuesta que nadie parecía querer darle. Preguntó a los demás estudiantes, incluso a los más cercanos a Cáliban. Pero Bardrim solo bajó la cabeza en silencio, y Lidia se limitó a apartarse sin responder.

  Cuando preguntó a Lord Xander, solo recibió una evasiva:

  —Espera a que él despierte… solo él puede darte esa respuesta.

  Pero Adelina no era paciente por naturaleza. La duda la devoraba desde dentro. Y si alguien podía saber algo, era el chico callado que ahora caminaba junto a ella. Joseph había estado cerca de Cáliban desde el principio. Demasiado cerca.

  Decidida a obtener algo, se acercó lentamente a él. Lo tomó por sorpresa, colocándose justo a su lado. Con un gesto firme, lo atrajo hacia ella, hasta que su hombro tocó su pecho. Joseph enrojeció de inmediato, pero no se apartó.

  Adelina se inclinó, colocó sus labios cerca de su oído, y le susurró:

  —Escuché que eres tú quien más sabe sobre el jefe. —insistió Adelina, caminando a la par de Joseph —Dime, ?Quién es en realidad?

  Joseph no detuvo el paso, pero su rostro endurecido habló antes que sus palabras.

  —El se?or Xander ya te lo dijo. —respondió, sin mirarla —él te responderá… cuando despierte. Por ahora, haz lo que se te pidió. Ayúdanos a inspeccionar este lugar.

  Adelina chasqueó la lengua, frustrada por la evasiva. Pero era cierto, por el momento no tenía otra opción.

  —Sí, sí… obedeceré. Por cierto, ?Qué quieren hacer exactamente aquí? ?No deberían estar apoyando con el funeral?

  Fue Reinhard quien respondió con la franqueza que lo caracterizaba, negando con la cabeza antes de hablar:

  —Tenemos que asegurarnos de que no haya quedado ningún partidario escondido aquí. Lord Xander tiene demasiados asuntos pendientes ahora que la due?a de este establecimiento ha muerto. Hay bienes, propiedades, contactos… muchas cosas que deben ser aseguradas antes de que caigan en manos equivocadas.

  Miró de reojo a Adelina, y una sonrisa burlona apareció en sus labios escamosos.

  —Además, si algo peligroso sucede, te tenemos a ti, ?No es así?

  Adelina alzó una ceja, pero no discutió. Técnicamente, tenía razón. Ella era ahora un recurso del gremio Avalon. Había sido contratada como guardaespaldas, y por lo tanto, debía acatar órdenes… incluso de muchachos más jóvenes que ella. No le gustaba. Pero no tenía elección.

  Con un leve movimiento de sus alas, levantó una corriente de aire que la impulsó suavemente hacia el interior a través del enorme agujero en el suelo junto a los chicos. La magia de su cuerpo la protegía del polvo y los escombros mientras descendían.

  Aterrizaron con cuidado en lo que alguna vez fue el centro de la catedral subterránea.

  El espectáculo que se reveló ante ellos heló la sangre en sus venas.

  Cientos de cuerpos yacían esparcidos por el suelo. Algunos aún en poses de lucha, otros desgarrados por la violencia mágica o el filo de las armas. Sangre seca cubría las paredes. Fragmentos de carne, de vestiduras, de almas perdidas… se mezclaban con las piedras y los restos del altar.

  Dimerian se detuvo en seco. El color desapareció de su rostro. Miraba el suelo como si fuera incapaz de procesar la escena. Tragó saliva, cubrió su boca con una mano temblorosa. El olor era insoportable. El metal de la sangre, la carne al aire, la humedad atrapada… todo era una mezcla fétida y pesada.

  Estuvo a punto de vomitar.

  Reinhard, sin necesidad de palabras, puso su mano sobre su hombro. Un gesto de comprensión que no suavizaba el horror, pero que ofrecía un mínimo de apoyo.

  —Tranquilo. —dijo en voz baja —Te acostumbrarás…

  —?A matar… o al olor de los cadáveres? —preguntó Dimerian con un hilo de voz.

  Reinhard no supo qué responder. Se quedó en silencio, apretando la mandíbula. Entonces, Joseph intervino, sin detener su paso ni cambiar el tono de su voz, que era fría como la piedra:

  —Era una batalla de vida o muerte, Dimerian. ?Preferirías ser tú quien decorara el suelo con sus entra?as?

  Dimerian giró el rostro hacia los cadáveres. Cerró los ojos con fuerza… y negó. No. No quería estar en su lugar. No quería morir. Aunque la idea de haber participado en esa masacre aún le provocara repulsión… entendía por qué lo había hecho.

  El grupo continuó su recorrido, avanzando entre sombras y estructuras derruidas. Las paredes del lugar estaban cubiertas de símbolos antiguos, algunos tallados, otros pintados con sangre fresca. El eco de sus pasos parecía rebotar entre las columnas rotas, cargando con ellos el susurro de los caídos.

  No encontraron sobrevivientes. Solo cadáveres, silencio… y ruinas.

  Adelina, que iba al frente, se detuvo repentinamente. Miraba las paredes con el ce?o fruncido.

  —Este lugar… no era solo un escondite. —tocó una de las columnas con la palma de su mano —Hay símbolos religiosos. Trazos de arquitectura ancestral. Esto era algo más…

  Dimerian se acercó con cautela. Aún le temblaban las manos.

  —Este lugar parece una antigua ciudad… —dijo, mientras sus ojos recorrían las paredes cubiertas de runas —?Qué habrá sido aquí?

  Joseph bajó la vista. Luego alzó la mirada hacia el altar parcialmente destruido al fondo de la sala.

  —Esto era un templo.

  —?A qué dios? —preguntó Reinhard, ahora más atento.

  Joseph frunció el ce?o.

  —?Alguna civilización antigua… o una ciudad perdida en el tiempo? —murmuró Joseph, con la mirada fija en los restos de una estructura colapsada —Hay muchas cosas que no puedo entender. ?Cómo es posible que un pueblo así… haya terminado bajo tierra?

  Los muros en ruinas, las torres corroídas por el tiempo y las estatuas fragmentadas esparcidas como cuerpos sin vida ofrecían más preguntas que respuestas. Aquello no era un simple templo o refugio. Parecía una ciudad escondida, olvidada por el mundo entre pilares de roca creados naturalmente como piezas que sostenían el techo de roca sobre ellos. Una civilización avanzada… extinguida sin dejar testigos.

  Mientras discutían, avanzaron por un pasillo largo y angosto, flanqueado por pilares inclinados que se extendían hasta perderse en la oscuridad. El eco de sus pasos parecía resonar con un tono ajeno, como si las propias paredes susurraran advertencias.

  —Por aquí… —comenzó Joseph, se?alando el camino —Aquí estaba la cueva a la que fui cuan-

  Entonces lo vio.

  Una figura fugaz, una silueta envuelta en sombras, se deslizaba al final del pasillo, apenas visible bajo la tenue luz que se filtraba desde las grietas superiores.

  Sin pensarlo, Joseph activó su ánima.

  El viento respondió de inmediato. Silbó a su alrededor, arremolinándose como una capa invisible que lo impulsó hacia adelante. En un parpadeo, su figura se convirtió en un borrón, desplazándose con una velocidad impresionante..

  —?Woah! ?Ya puedes usar magia espiritual? —exclamó Dimerian, aún boquiabierto por la rapidez con la que Joseph desapareció de su vista.

  —Aún no… —murmuró Joseph, sin girarse.

  —?Por supuesto que no puede! —bramó una voz etérea.

  Desde la espalda de Joseph emergió una forma nebulosa, brillante, con una silueta esbelta y rasgos apenas definidos. Era su espíritu de viento, su ánima. Una criatura de energía viva, tan temperamental como poderosa.

  —?No deberías forzar tu cuerpo así, idiota! —le gritó al oído —?Acabas de volver de la muerte y ya estás exigiéndote como si nada hubiera pasado!

  —Lo siento, lo siento… —replicó Joseph, con una media sonrisa mientras inmovilizaba a la figura que intentaba huir entre las sombras.

  La detuvo con un brazo alrededor del cuello y la empujó contra el muro sin herirla. La figura no opuso resistencia. Temblaba.

  Reinhard fue el primero en acercarse. Adelina y Dimerian llegaron segundos después. El grupo rodeó al prisionero, que se acurrucaba contra la pared como si el solo hecho de respirar fuera demasiado para él.

  Era un hombre delgado, con el rostro hundido, piel pálida y ojos hundidos tras unos lentes rotos. Su bata blanca estaba manchada de hollín y sangre seca. Todo en él gritaba “cobardía”.

  —P… por favor… —balbuceó, con la voz trémula —?Déjenme ir! ?Les diré todo lo que sé, solo… no me maten!

  Joseph bajó la espada apenas un poco, sin dejar de observarlo con desconfianza.

  —?Quién eres?

  El hombre tragó saliva, intentando no desmayarse del miedo.

  —Soy… soy un científico…

  Hubo un breve silencio. Reinhard frunció el ce?o. Dimerian parpadeó. Y Adelina soltó una carcajada despectiva.

  —?Un qué? —repitió con burla —?También eres parte de esos locos que creen que los humanos pueden mover las leyes de la creación sin usar magia? ?Pff! Patra?as ridículas…

  —Sea lo que sea… —dijo Joseph, con tono firme, sin apartar su mirada del prisionero —?Qué hacías en el laboratorio? Este lugar ha sido despejado. Nadie con algo de cordura se quedaría aquí… entonces, ?Por qué tú…?

  El hombre tragó saliva, con su cuerpo aún encorvado por el miedo, pero sus ojos brillaban con una chispa que Joseph no pasó por alto.

  —Yo… solo intentaba resguardar mi trabajo…

  —?Trabajo? —interrogó Dimerian, levantando una ceja con escepticismo.

  El científico levantó ambas manos con desesperación, sus mu?ecas aún temblaban.

  —?Solo hacía investigación! ?Era parte del grupo, pero solo como observador! No participé en ningún experimento cruel, lo juro. Me obligaron… nos obligaron a continuar los trabajos de la vieja ciudad. Estaban obsesionados con recrear las armas de la civilización anterior. ?Querían revivir una de ellas! ?El núcleo de Adamanthea!

  —?El Núcleo Adamanthea? —preguntó Reinhard con un tono sombrío.

  —?Sí! ?Esa cosa que destruyó esta ciudad hace siglos! ?Las pistas los llevaron aquí, en estas ruinas!

  Joseph intercambió una mirada rápida con su espíritu, que ahora flotaba inquieto detrás de él. El ánima no dijo nada, pero había tensión en su forma. El viento a su alrededor vibraba.

  —?Dónde está? —demandó Joseph —?Dónde está ese fragmento ahora?

  El científico tragó saliva, su voz era cada vez más entrecortada.

  —N… no lo sé. ?De verdad! Durante el ataque… ?Algo sucedió! ?Hubo una explosión! ?Un desgarro! Fue como si el cielo se abriera por dentro… y luego, desapareció. ?Todo desapareció! Los líderes, los soldados, la energía… ?Todo!

  Dimerian dio un paso atrás, visiblemente perturbado.

  —?Y tú cómo sobreviviste?

  —?Me escondí! ?Bajo los laboratorios! Había una cámara de aislamiento dise?ada para contener artefactos inestables. Me encerré allí antes de que todo colapsara. Pensé que moriría… pero luego, hubo silencio. Silencio total…

  Adelina cruzó los brazos, aún recelosa.

  —?Y qué ganamos con dejarte vivir?

  El científico la miró suplicante, con los ojos enrojecidos.

  —?Puedo ayudar! ?Tengo registros! ?Planos! ?Datos de lo que intentaban hacer! Puedo demostrarlo. Si me matan, se perderá todo…

  Joseph bajó su espada, pero no la enfundó.

  —Nos llevarás a esos registros.

  El científico asintió como un ni?o castigado.

  —Sí… sí, claro… lo que digan…

  Adelina, sin apartar la mirada de él, murmuró por lo bajo:

  —Espero que valga la pena, rata cobarde…

  El científico miró a todos, como si evaluara el momento. Luego sonrió apenas.

  Joseph intercambió una mirada breve con Reinhard, quien asintió en silencio. Después lo soltó. El hombre se incorporó lentamente, frotándose las mu?ecas con aparente dolor, pero sus pasos se volvieron más firmes a medida que los guiaba entre los corredores abandonados.

  No lo decían en voz alta, pero todos lo sentían, algo no encajaba. El temblor nervioso en sus manos era demasiado teatral. Su mirada, aunque fingía temor, brillaba cada vez más mientras se acercaban a su destino.

  —Por aquí… por favor. —dijo con tono casi servicial.

  Llegaron a un rincón del templo. Allí, tras un muro agrietado y cubierto por escombros, el científico se?aló un elevador oculto. Los símbolos grabados en su marco no eran de la época actual… ni de ninguna escuela mágica conocida.

  Adelina mantuvo su brazo a medio desenfundar todo el trayecto. No apartaba la vista del hombre ni por un segundo. Ni siquiera cuando las puertas del elevador se cerraron y comenzaron a descender con un zumbido sordo que estremecía el suelo bajo sus pies.

  El descenso fue largo. Demasiado largo.

  Finalmente, el ascensor se detuvo en un nivel subterráneo. Al abrirse, los recibió un laboratorio inmenso, mucho más avanzado que cualquier instalación conocida en la región. El aire olía a metal quemado, a reactivos químicos, a carne… y algo más, algo indefinible.

  Luces tenues se activaron a su paso. Máquinas extra?as, giratorias, con tubos y mecanismos que zumbaban como insectos dormidos, llenaban las paredes. Paneles cubiertos de símbolos digitales parpadeaban, y grandes cápsulas de vidrio se alineaban como tumbas de exhibición. Algunas estaban vacías. Otras… contenían restos.

  —?Qué es este lugar? —preguntó Joseph con voz baja, sin bajar la guardia.

  El científico caminó con orgullo entre los dispositivos.

  —Este… es el laboratorio principal. El culto financió mis estudios. No entendían del todo mi trabajo, claro… pero me daban recursos sin hacer preguntas. Ah… permítanme mostrarles…

  Comenzó a buscar algo entre los instrumentos, moviendo objetos con manos ansiosas. Luego, sin que nadie lo impidiera, activó una palanca oculta en el panel lateral.

  Un estruendo sacudió el suelo. Un chillido gutural, casi inhumano, rasgó el aire.

  —?No! —gritó Joseph, pero ya era tarde.

  El techo se abrió con un crujido metálico, y desde las alturas cayó una masa grotesca. Un conglomerado abominable de cadáveres unidos, fusionados con acero, tendones y magia corrupta. Aquella monstruosidad gemía, cada boca en su carne retorcida exhalaba dolor y locura. Brazos surgían de su lomo. Rostros congelados en una expresión de sufrimiento se abrían por todo su cuerpo.

  —?Admiren mi obra! —gritó el científico, con un frenesí demente —?Mi obra maestra! ?La fusión perfecta de ciencia y carne, de alma y artificio!

  Pero en un abrir y cerrar de ojos, un destello atravesó la sala.

  Una lanza de luz pura, disparada con precisión, atravesó tanto al monstruo como al hombre, separando ambos cuerpos en un instante. El chillido cesó. El cuerpo del científico cayó de rodillas, escupiendo sangre.

  Adelina bajó su mano lentamente, la energía mágica aún chispeaba en la punta de sus dedos de piedra runica. Su rostro era una máscara de desprecio.

  —Por eso odio a estos malditos desquiciados… —masculló.

  El científico se derrumbó. Joseph se acercó, pero ya era tarde. Con los ojos vidriosos y la boca cubierta de sangre, el hombre susurró su último aliento:

  —Octavo… círculo…

  Y murió.

  Adelina lo ignoró. No había tiempo ni espacio para compasión. Se dirigió sin demora hacia la puerta reforzada al fondo del laboratorio. Una cerradura de retina la bloqueaba.

  Sin dudar, extendió su mano. Un aura mágica envolvió el cadáver, y con un giro leve de sus dedos, extrajo el cuerpo por el aire como si fuera una marioneta. Sin inmutarse, posicionó el rostro del muerto frente al escáner.

  —Verificación ocular confirmada.

  Un chasquido mecánico acompa?ó la apertura de la puerta. Adelina dejó caer el cadáver con desdén a un lado del umbral. Luego se dirigió a los chicos.

  —Yo entraré. Ustedes se quedan aquí. —ordenó Adelina, su tono más afilado que el acero.

  —Pero- —intentó objetar Joseph, dando un paso hacia ella.

  Con un chasquido ágil de dedos, Adelina conjuró un hechizo menor. Las palabras de Joseph murieron al instante, selladas por un velo mágico que le cerró la boca, como si sus labios se hubieran fundido. Solo pudo lanzar una mirada de frustración.

  —Sin peros. —continuó el hada sin mirarlo siquiera —Puede haber más trampas abajo. No pienso arriesgar a ninguno de ustedes. Quédense aquí.

  Dimerian levantó ambas manos en se?al de aprobación.

  —Yo no tengo problemas con eso… de verdad.

  Sin perder más tiempo, Adelina se adentró sola en la oscuridad del segundo nivel del laboratorio. El aire era más denso aquí, impregnado de químicos antiguos y algo más… algo podrido, sin nombre, que vibraba en el fondo de sus sentidos.

  No tardó en encontrar horrores.

  Estanterías repletas de frascos con órganos flotando en líquidos viscosos. Animales abiertos en canal, colgados como piezas de carnicería. Mesas con instrumentos quirúrgicos oxidados, algunos aún con restos frescos. Cada rincón contaba la historia de una mente rota por la obsesión.

  Adelina frunció el ce?o, su expresión era una mezcla de repugnancia y rabia.

  —Esta maldita gente enferma… —murmuró, conteniendo su deseo de prenderle fuego a todo —Realmente me hacen querer matarlos a todos…

  Sus pasos la llevaron hacia una sala más amplia, donde encontró un segundo elevador. Era mucho más grande que el anterior, de carga pesada, probablemente dise?ado para mover maquinaria de gran volumen… o algo peor.

  —?Por qué hay tantos elevadores? —dijo, desconfiada, mientras se adentraba.

  El ascensor bajó con un traqueteo irregular, y luego, sin aviso, se detuvo bruscamente con un golpe seco que sacudió la plataforma.

  —Claro… quieren moldear el mundo, pero no pueden arreglar un maldito elevador. —rezongó entre dientes.

  Al salir, sus botas resonaron sobre un suelo limpio y metálico. La diferencia era evidente. Aquí no había suciedad, ni sangre, ni improvisación. Las máquinas estaban pulidas, alineadas. Las paredes eran lisas y blancas, iluminadas por luces tenues que parpadeaban con una frecuencia artificial. Todo estaba… en orden. Y eso le puso la piel de gallina.

  Adelina avanzó, guiada por la intuición y la tensión en sus alas. Frente a una gran puerta metálica reforzada con capas de sellado arcano, había un escritorio peque?o, demasiado simple para el entorno, como si no perteneciera allí. Sobre él, había un montón de documentos apilados ordenadamente.

  La curiosidad pudo más que la prudencia.

  Adelina hojeó los papeles con rapidez al principio, pero algo en ellos captó su atención. Empezó a leer más despacio. Sus ojos se movían de un renglón a otro, y su rostro fue cambiando.

  Primero, una leve confusión. Después, sorpresa. Luego, una sombra de horror que le heló la espalda.

  Finalmente, una expresión de absoluto asombro dominó sus rasgos. Cerró el documento entre las manos, lo presionó contra su pecho por un instante, como si intentara convencerse de que era real.

  —Esto no puede ser verdad… —susurró.

  Sin esperar más, activó el control de apertura de la puerta. Un zumbido grave retumbó por el suelo, seguido por el sonido pesado del metal deslizándose hacia los lados. Una luz verde emergió desde la estancia oculta, ba?ando el rostro de Adelina. Su mirada estaba desbordada de pensamientos. Sus labios se torcieron en una sonrisa débil y nerviosa. Su respiración se hizo más lenta, como si estuviera conteniendo el grito de una revelación.

  Y entonces lo dijo. Una frase suave, cargada de humor y preocupación genuina.

  —Oh jefe… ahora sí estás muy jodido…

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