La ma?ana siguiente me despierta el canto de los pájaros. Es tan raro escuchar animales en lugar de coches, bocinas o gente gritando por la calle. Me siento un poco aturdida necesito al menos unos cinco minutos para recordarme en donde estoy aun así necesito mantener mi rutina: levantarme temprano y hacer ejercicio. Sé que aquí no hay gimnasio, pero puedo salir a correr.
A las seis y media ya estoy en pie, me cambio y salgo a dar una vuelta por el pueblo. Algunas personas ya están trabajando. Veo a varios arreando vacas, a otros montando a caballo camino a su faena. Aunque vine varias veces de vacaciones, pensar que esto podría ser mi nuevo hogar me resulta... abrumador. Debo soltar este enojo que siento por haber tenido que volver. Este lugar no lo merece, si lo veo con otros ojos en realidad en un pueblo tranquilo,seguro y bastante pintoresto. Como de cuento si lo ves de alguna manera.
Acelero el paso y sigo corriendo por el centro del pueblo, con los audífonos a todo volumen, ignorando a quienes pasan cerca. No quiero hablar con nadie, ahora no me siento en condiciones de tener la charla de mi regreso con personas del pueblo.
Como era de esperar voy tan concentrada en mi musica, en mi respiracion y en mis propios pensamientos que cruzo la calle sin mirar. No se por que olvide que no era ni una caminadora ni un centro de deporte, de repente una camioneta de carga frena de golpe. y lo hago yo tambien. Casi me atropella. Escucho que alguien me grita algo, pero sigo como si nada. No me hizo da?o así que no hay necesidad de que tenga que hablar con alguien.
Cuando por fin llego a mi casa entor y veo que mi madre aun no ha llegado de su trabajo. Me meto a la ducha y mi cerebro lo primero que hace es recordarme lo que acaba de pasar, todavía tengo el corazón latiendo rápido. Ese susto me recuerda que estoy viva. Y que necesito prestar más atención ya no estoy en la cuidad y debo ser mas conciente ded lo que me rodea.
Durante una semana, la rutina se repite: correr, volver a casa, leer, cocinar con mi madre, aplicar a empleos en Chicago... y nada más. Pero al empezar la segunda semana, todo cambia. Ya no quiero moverme. No quiero salir. Me hundo en la cama, sin ganas ni propósito, se que estos bajones suelen suceder de repente pero los odio tanto. Cuando me siento impotente y lo unico que quiero es dejar de jugar. Es abrumador.
El miercoles por la ma?ana mi madre irrumpe en mi cuarto y me quita las sábanas de la cara.
—Caroline, no puedes pasarte los días así —dice, con su voz suave pero firme.
—Ahhhh —gimo con fastidio y me vuelvo a colocar las sábanas hasta cubrirme completa—. Estoy triste. Ya sabés. Dejame.
—Sí, pero necesitás moverte. Hoy hablé con el se?or Green. Me dijo que puedes ir a hablar con su hijo Albert. ?Te acuerdas de él? El ni?o peque?o… aunque ya no es tan peque?o —dice, bajando la voz con una sonrisita.—El se?or Green dice que necesitan alguien que les ayude, podrías ir y ver si puedes ayudar en algo.
Asomo la cabeza entre las sábanas.
—Mamá, ellos tienen una caballeriza… no sé nada de caballos. Lo más cerca que estuve de uno fue en un carrusel y esos son de mentira. No puedo hacer nada ahí.—Me vuelvo a cubrir el rostro para poder pensar un poco la situación.
—Puedes aprender. Es solo por unos días, mientras ves si te llaman de Chicago.
Busque trabajos en la ciudad más cercana por si acaso. No quiero manejar ocho horas otra vez hasta Nueva York si algo aparece y luego tener que volver si no resulta.Suspiro.
—Está bien. Voy a ir —me levanto, me pongo ropa cómoda y deportiva. Si voy a estar con animales, los tacones se quedan en el armario—. Le voy a dar una oportunidad.
—?Genial! Bajá a comer algo antes de que te vayas.
Los establos Green están al otro lado del pueblo por lo que voy en mi coche alrededor de unos quince minutos desde mi casa a los establos nada mal a decir verdad. Cuando doblo a la entrada de "Los Green" y paso por unos portones de hierro con las figuras de unos caballos busco la oficina donde debe estar el hijo peque?o. Mi mamá me dijo que hablara con Albert, el hijo menor del se?or Green. En mi mente, busco la imagen de un ni?o de ocho o diez a?os pero se que debe de ser mayor ya. Hace más de veinte a?os que no lo veo así que va a estar un poco complicado reconocerlo.
This story originates from Royal Road. Ensure the author gets the support they deserve by reading it there.
Estaciono cerca de lo que supongo deebe ser la entrada y entró al picadero cubierto, donde se dan clases de equitación en invierno. Todo está en silencio. Al lado derecho puedo ver una peque?a oficina, supongo que debe ser ahí. Toco la puerta y se abre un poco. Se oye una voz masculina, que está al teléfono. Abro un poco más la puerta y asomo la cabeza.
Hay un hombre corpulento, con una camisa de cuadros que le queda ajustada sobre los hombros anchos, y las mangas arremangadas, dejan al descubierto unos antebrazos fuertes y bronceados, marcados por a?os de trabajo físico. El tipo de cuerpo que no se consigue en un gimnasio, sino cargando sacos de heno y domando caballos, está frente a un monitor, hablando sobre comida para animales. Mi mamá me dijo que buscara al hijo menor de los Green pero no esperaba que aquel ni?o tímido que una vez lloró en la iglesia se hubiera convertido en esto. Aún no se a ciencia cierta si es él. Pero este hombre que tengo enfrente es guapo. No, más que guapo. Tiene esa clase de atractivo que parece sacado de una portada de revista para le?adores: mandíbula firme con una sombra de barba, ojos claros que brillaban con una calidez inesperada y un cabello casta?o oscuro, desordenado de una forma que solo alguien naturalmente atractivo podía permitirse.
No parece notar mi presencia así que me tomo la libertad de admirarlo un poco mas de lo que es debido, cuando levanta la mirada del monitor nota que estoy ahí mirandolo con cara de boba probablemente. Sigue en el teléfono pero nuestras miradas se encuentran.
—Hola —digo, sonriendo y saludando con la mano.
—Hablamos luego,—dice al teléfono— ?sí? Gracias —cuelga—. ?Hola?—pregunta curioso.
—Hola, soy Caroline —digo, entrando un poco más.
—?Caroline?
—La hija de Mariam...
Su rostro se ilumina.
—?Claro! Caroline Whitmore. No te reconocí. ?Han pasado a?os! Albert Green.
Ok, entonces si es el él el hijo peque?o de los Green.
Se pone de pie y me extiende una mano. Entro un poco más a la oficina y se la tomo. Es calida, callosa y muy pero muy grande a comparación de la mía. Me sonríe como si me conociera de toda la vida, en parte si, crecimos en el mismo pueblo, solo que nunca antes habiamos hablado. Tiene una energía cálida, contagiosa y me agrada.
—Te vi corriendo hace unos días... —dice ofreciendome con su mano una se?al que tome asiento en una de las sillas enfrente de su escritorio, me siento y él hace lo mismo en la suya. —casi te atropello, de hecho. Lo siento mucho.
Me sorprende que si me recordara de esa situación.
—?Fuiste tú? —me río—. No pasa nada. Fue mi culpa por cruzar sin mirar.—hago un gesto para restarle importancia.
—Nah, fui yo. Iba muy rápido. De verdad lo siento.
Adoro eso de la gente del pueblo: se disculpan de verdad, sin sarcasmos ni excusas.
—?Cómo estás? —le pregunto para cambair de tema.
—Bien, con el negocio familiar. ?Y tú?
—Bueno… buscando trabajo.—digo un poco nerviosa— Mi mamá me dijo que hablo con tu papá y...
—?Sí, claro! —dice muy entusiasmado— eras la que necesitaba un puesto, ?verdad?
Asiento, sintiéndome como una adolescente en su primer día. él ríe con una sinceridad que me desarma.
—?Querés empezar hoy mismo?
—Ah, pues…?No vas a hacerme una entrevista?
—?Entrevista? Nah,—niega con sus manos—?Si te conozco de toda la vida!
Me río, nerviosa. él se pone de pie y lo miro con más atención: es alto, fuerte, de esos hombres que podrían cargar fardos de heno sin sudar. Y esa sonrisa…
—Vamos —dice.
—?Seguro?. Aunque vas a tener que ense?arme todo.
—Pues, para eso estoy aquí. Para ense?arte. —me regala una hermosa sonrisa— Vamos. —dice se?alando a fuera de su oficina.
Me muestra los establos. Hay unos setenta caballos: algunos para clases, otros para trabajo o exhibición. Me explica las tareas básicas del lugar: barrer, limpiar baldes, rellenar agua, revisar cercas y ordenar cosas fuera de lugar. Nada complicado, pero igual me siento perdida.
—?Hace cuánto que no nos veíamos? —me pregunta. Una vez de camino a ver los ultimos caballos.
—Ahh no lo sé, ?Veinte a?os talvez? Tenías como ocho la última vez que te vi.
—No creo, yo digo que nos vimos en la feria del pueblo hace cinco a?os, estabas con tu mamá...
No lo recuerdo. Me siento mal, pero no quiero mentir.
—Lo siento, no me acuerdo.
Finge una pu?alada al pecho.
—?Auch! Eso me dolió.
—Perdón. Soy muy distraída con la gente, sobre todo en fiestas y mucho más si voy con mi mamá. Capaz te veías diferente. —menos atractivo quiero a?adir.Pero mejor lo reservo para mi.
—Puede ser. Yo suelo recordar a las personas, cuando alguien me interesa —me lanza una mirada y un gui?o.
?Interesado en mí? ?Desde cuándo?, debo estar equivocada, no te hagas historias en tu cabeza solo intenta ser divertido. Lo dejo pasar, no estoy en situaciones de enredarme con un chico del pueblo. No digo nada. Solo sonrío, incómoda.
Finalmente llegamos al ala donde voy a trabajar. Me explica los detalles y yo asiento, tratando de memorizarlo todo. Miró alrededor y le preguntó.
—Muy bien ?Qué querés que haga ahora?— lo miro directamentee a los ojos ya que son hipnoticos aunque debo recordarme a mi misma que de ahora en adelante élsera mi jefe.
Se queda mirándome en silencio, no dice nada así que le pregunto.
—?Albert?
—?Eh? Perdón. —dice agitando la cabeza— Sí, puedes empezar barriendo. Yo voy a avisarle a los chicos que vas a trabajar acá. No quiero que piensen que eres una chica que apareció a limpiar los establos —dice riendo.
—Perfecto —respondo, y voy en busca de una escoba.
él se aleja y yo me quedo mirando el polvo en el suelo y los caballos en sus puestos. No tengo idea de lo que estoy haciendo… pero, por primera vez en semanas, no me siento tan mal. Iremos poco a poco y veremos a donde nos lleva esto. Algo podremos aprender de esta situación.

